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Historia 34969 — capítulo 6

Lo que restaba de semana y, la siguiente, intenté mantenerme lo más alejado posible de Melinda. Me quedaba hasta tarde en la oficina o me mantenía ocupado en diferentes cosas, simplemente por tener alguna excusa para no estar mucho con ella, sobre todo si era a solas. Cada vez me gustaba más; su forma de ser, tan dulce, simpática, amable, siempre sonriente e ingeniosa, la forma de entenderlo todo, sin hacer preguntas, sabiendo cuando debía mantenerse callada... me tenía atrapado. Sin embargo sabía que aquello era imposible, casi una aberración, por lo que opté por no pasar mucho tiempo junto a ella. Quizá así, no la daría la oportunidad de que se fijara en mí, si es que eso era posible, que lo dudaba, y así nada pasaría; todo estaría bien.

Sin embargo, aquella mañana de sábado algo cambió. Me olvidé unos papeles en mi casa, y casi fue mi perdición.

-Mamá -dije cuando mi madre contestó el teléfono-. Escucha. Me he dejado una carpeta naranja encima de mi escritorio, en mi habitación. Es muy importante para la reunión de esta tarde, ¿te importaría, por favor, traérmela?

-¡Lo siento, cariño! Tengo que terminar de revisar un manuscrito, antes de esta tarde. Pero no te preocupes, le diré a Melinda que te lo lleve.

Intenté pensar alguna excusa para que no enviara a Melinda; no quería quedarme a solas con ella, pero lo único que se me ocurría era que no conocía el camino, ni sabía donde trabajaba. Pero claro, eso era mentira, no colaría, pues ya había estado con nosotros en nuestro edificio casi a diario, en la última semana.

Me consolé pensando que estaba en la oficina, que había mucha gente y que aquí no pasaría nada. Suspiré y contesté al fin, resignado.

-Está bien. Dile que la espero lo antes posible, es muy urgente.

-Tranquilo, Mike. Que pases buen día.

-Gracias, mamá. Tú también. Te quiero.

El resto de la mañana la pasé inquieto. Estaba casi seguro de que Melinda se había dado cuenta de que la evitaba, pero con su forma de ser no podía estarlo al cien por cien. Así que me inquietaba pensar si se había molestado por tener que traerme la carpeta a la oficina. Si se había dado cuenta (que era lo más probable), seguramente estaría ofendida o molesta, como poco y quizá, aprovechando que me pillaba a solas y que la había echo ir hasta allí, querría una explicación. Algo, que si me ponía en su lugar, era totalmente normal; que le eviten a uno sin saber porqué, después de parecer que le caes bien a alguien, molesta y duele bastante. Por lo menos así es en los humanos.

En ese caso, ¿qué le diría? ¿La verdad? "Oye, Melinda. Te evito porque me gustas demasiado y no quiero tener nada contigo. Ayudé a que nacieras, soy un vampiro de doscientos cincuenta años, y tu tío es como un hermano para mí. No funcionaría". No no podía decirle aquello. Cogí aire e intenté concentrarme en los papeles que tenía delante, pero sin mucho éxito.

A eso de las doce del mediodía, pude notar el revuelo que se montó entre mis empleados. La imagen de Melinda apareció en las cabezas de todos cuantos se cruzaban con ella; las mujeres la miraban, unas con envidia, otras con admiración y otras con una combinación de ambas. Mientras que los varones, la miraban con deseo. Como me enfureció eso, solo los dioses lo saben. Sin embargo, Melinda parecía ajena a todo aquello y se ruborizó con las miradas que le propinaban unos y otros, claramente incómoda.

Un poco antes de que llegara a la mesa de mi secretaria, y con la excusa de que ésta me fotocopiara unos papeles, salí del despacho para recibirla personalmente.

-Alysson, por favor. Hazme veinte fotocopias de estos papeles -le pedí cortés a mi secretaria, que se sonrojó y soltó una risita nerviosa. Soy bastante convincente cuando quiero, y en ese momento no quería a nadie cerca de Melinda.

-Sí, señor Warren. En seguida -contestó complaciente, mientras se levantaba de su silla-. Buenos días, señorita Owen -saludó educadamente a Melinda, cuando ambas se cruzaron en la puerta de entrada.

Era extraño, pero Alisson, era la única a la que la gustaría tener amistad con Melinda. La había caído muy bien, desde que se conocieron y, tenía verdadero interés e incluso curiosidad por conocerla mejor.

-Hola, Alisson -respondió con una enorme sonrisa en la cara y con su tono pausado y suave Melinda-. Vaya, la tienes loquita. No deberías emplear tus encantos con ella. Un día la va a dar un infarto, en serio -bromeó riendo-. Aquí tienes tu carpeta -añadió tendiéndome la carpeta naranja que me había olvidado.

No parecía estar enfadada o molesta conmigo. Se comportaba de igual manera que el primer día que pasó con nosotros de forma consciente. Me sentí terriblemente culpable y arrepentido por mi comportamiento.

-Muchas gracias, Melinda. Hubiera tenido que cancelar la reunión de esta tarde al lunes. Por favor, pasa y siéntate -le dije haciendo un gesto con la mano para que entrara en el despacho.

-No hay de qué. De todas formas, me aburro como una ostra sin nada que hacer... -contestó suspirando y encogiéndose de hombros mientras entraba al despacho, y volvía a mirarlo con admiración.

-Siéntate. Por favor -la invité señalando el sofá, y sonriendo.

Como lo conseguía, era todo un misterio para mi, pero siempre hacía que sonriera o riera con ganas, dependiendo de la situación.

-No me quedaré mucho. No quiero molestar -me dijo después de sentarse en el sofá, mirándome muy seria. Algo que me desconcertó. Siempre me desconcertaba, no reaccionaba a nada como yo esperaba.

-No me molestas, Melinda -la aseguré devolviéndola la intensa mirada, después de dejar la carpeta encima de la mesita de centro-. Además, has dicho que te aburres sin hacer nada. Puedes ayudarme a organizar los papeles de la reunión.

Aquello me salió sin pensarlo. Era toda una contradicción; lo que había estado evitando durante una semana y media, era lo que más deseaba en aquel momento: estar con ella. Me enfadé conmigo mismo, e hice una mueca que esperé la hubiera pasado desapercibida. Pero no, no había sido así.

-Hum. ¿Pero eso no es trabajo de tu secretaria? -me preguntó con una sonrisa, y mirándome con ojos suspicaces.

-En teoría. Pero siempre me ha gustado preparar estas cosas a mí. Soy demasiado tiquismiquis, para mis cosas -contesté sinceramente. Era cierto, siempre lo hacía yo mismo, no la mentí. No sentí esa necesidad, es más, quería que se quedara conmigo.

-Ya -dijo sin dejar de mirarme con aquella sonrisa-. En cualquier caso, no quiero molestar, de verdad. Además, no quiero que te enfades conmigo si me equivoco. Y no he comido todavía.

No tuve duda. Sabía que había estado evitándola, aunque tuve la sospecha -poco después confirmada-, que estaba pensando en otros motivos muy distintos a los que yo tenía en realidad. Me sentí el doble de mal que unos minutos antes.

-Louis, trae a mi despacho dos ensaladas de lechuga y tomate, dos sandwiches de jamón de york y queso, dos coca-colas, y dos yogures. Gracias -le pedía a uno de los camareros del restaurante de la empresa, bajo la intensa e inquisitiva mirada de Melinda, que sonrió de forma extraña cuando colgué, aunque no dijo nada. Se limitó a dejar su bolso en el sofá.

-Señor Warren -dijo tímidamente Alisson cuando entró en el despacho-. Aquí tiene sus copias.

-Muchas gracias, Alisson. Louis nos traerá comida, cuando llegue hazle pasar y después puedes marcharte a comer -dije sin mostrar todo mi "encanto", como me había sugerido Melinda, antes. Mi secretaria no se aceleró tanto y pudo hablar con más potencia y seguridad de lo que la había oído en tres años.

-Muy bien, jefe. ¿Señorita Owen? -nos dedicó una breve sonrisa y salió del despacho.

-¿Lo ves? -me dijo maliciosamente Melinda, entre risas- Es mucho mejor para su salud y su orgullo que no la "deslumbres" como lo has echo antes.

Tuve que reírme.

-Vale, vale. Lo pillo. Nada de deslumbrar a mi secretaria, por su bien -prometí levantando la mano derecha en un gesto dramático, provocando una carcajada en Melinda.

Era increíble como lo iluminaba todo cuando reía y lo relajado y a gusto que me sentía con ella.

La expliqué como debía colocar los papeles dentro de las carpetas, y durante unos minutos ninguno dijo nada.

-No te sientas mal ni culpable, Michael -me dijo con voz serena, aunque seria y algo resignada-. Sabes a lo que me refiero. No tienes que ser amable conmigo ni fingir que te caigo bien -se apresuró a explicarme, al ver mi cara de sorpresa y vacilación-. Yo no le caigo bien a nadie, no eres el único ¿sabes? Nunca he tenido amigos ni amigas, ni novios ni nada... no congenio bien con la gente. A menudo se sienten incómodos conmigo y me temen. Aunque no sé porqué, siempre he sido bastante tímida y nunca me he comido a nadie... Pero en fin, que no tienes que fingir nada, ni sentirme mal por nada. Estoy más que acostumbrada.

Evidentemente, estaba en los cierto cuando pensé que ni siquiera se había acercado a los verdaderos motivos por los que la evitaba. Pero tampoco me imaginé algo así.

-No finjo nada, Melinda. Tú no me caes mal, al contrario -me apresuré a asegurarle cogiéndola suavemente de la barbilla, para que alzara la vista hacia mi. Quería que viera la sinceridad en mí-. Deberías saberlo, eres empática, Melinda -añadí ceñudo cuando me miró.

Ella sonrió, y sin variar su tono suave y relajado dijo:

-No me gusta emplearla con nadie, a no ser que sea necesario. Me parece una violación de la privacidad. Y, ni mucho menos, la utilizo con mi familia. Así que me fiaré de ti

-Pero no te lo crees -afirmé molesto.

-Si tú me aseguras que no finges nada, no veo porqué no deba creerte -la tranquilidad con que lo dijo me dejó pasmado.

Era respetuosa con todo el mundo, hasta a la hora de emplear sus poderes. Toda una digna futura Dama de Avalon. Pero al mismo tiempo era tan confiada, que me desconcertó. Siguiendo su línea no iba a seguir haciendo preguntas ni a cuestionar nada, pude verlo. Cada vez la comprendía y conocía mejor.

La comida llegó diez minutos más tarde. Comió en silencio, las dos ensaladas y los dos sandwiches, y se bebió una coca-cola, para terminar la comida, tomándose uno de los yogures.

-No te he evitado porque me caigas mal, Melinda -dije en un ataque de sinceridad irrefrenable-. Si lo he echo, ha sido por tu bien y por motivos muy diferentes a los que has pensado.

-Deseas mi sangre, ¿no es así? -preguntó intentando comprender.

-Podríamos decirlo así, si -contesté sin querer decir más.

-Lo siento -se disculpó con verdadera tristeza-. De verdad que siento todo esto, Michael. Deberíais haberme dejado en mi casa. Os estoy causando muchas molestias... sobre todo a ti; he invadido tu dormitorio y encima te hago sentir mal... lo siento mucho, muchísimo.

Suspiró cogiendo mi mano, en forma de disculpa. Aunque me soltó rápidamente.

La culpabilidad que sentí en aquel momento, casi me hizo soltarle todo lo que no quería que supiera jamás. Pero mi secretaria nos interrumpió.

-Señor, Warren. Le esperan en la sala de reuniones.

-Voy enseguida. Toma, lleva las carpetas y repártelas, por favor. Voy en un minuto -dije de forma cortante. Estaba bastante molesto por aquella interrupción.

-Si, señor -contestó asustada la chica, cogió las carpetas y salió del despacho disparada.

-No te muevas de aquí. No tardaré mucho -ordené a Melinda mientras me levantaba y me ponía la chaqueta del traje-. Puedes utilizar mi ordenador, si te aburres o hacer lo que quieras. Estás en tu casa, ya lo sabes.

Para la sorpresa de ambos, me incliné y la besé la cabeza antes de salir del despacho.

-¿Has visto a la chica de Michel? -escuché que decía uno de mis arquitectos, al resto mientras me esperaban en la sala de reuniones. Aquello me alarmó. Había estado tan absorto en Melinda durante toda la mañana, que casi había olvidado que podía escuchar a toda la planta con suma facilidad, aunque bloqueara sus pensamientos-. ¡Cómo está! Es igual de rarita que el resto de los Warren, pero tiene algo diferente.

-Si. Es cierto. Los Warren intimidan un poco, la verdad, aunque resultan todos muy... atractivos -contestó Brian, otro de mis arquitectos que al parecer estaba sentado junto a él-. Ella sin embargo... ¡uff! Solo atrae. Y la verdad, no me importaría nada enfrentarme a Michael, si con ello consiguiera una cita con la nena... No sé, no parece ser muy mayor, ¿verdad?

-No. Pero eso no importa. ¡Está de muerte! ¿Te has fijado en sus ojos? Son violetas. Jamás había visto nada parecido -contestó otro de los arquitectos varones, aunque no supe cual fue, me hervía la sangre con aquella maldita conversación.

-Si, son muy peculiares. Pero hacen un efecto...

Los tres hombres rieron, imaginando cosas que me hicieron enfurecer de una manera irracional.

-¡Por favor, es solo una cría! Y tampoco es que sea nada del otro mundo. Más bien es normalita. Y es la chica de Michael, te lo recuerdo -terció una de las mujeres que componían mi equipo, con un tono desdeñoso que me enfureció un poco más.

-Ya, eso lo dices tú porque esa "cría" es más guapa que tú, y tiene lo que tú no podrías tener aunque vivieras toda una eternidad -contestó molesto, Brian.

Afortunadamente, llegué a la sala de reuniones antes de que pudieran seguir con aquella conversación. Era increíble como reinaba el silencio cada vez que entraba en algún sitio, sobre todo si estaba enfadado, como era el caso. Sin embargo había algo que me tenía muy intrigado; ¿porqué todo el mundo pensaba que era mi chica?

-Buenas tardes. Si todos estáis listos, empecemos -ordené en tono peligroso, esforzándome porque quedara claro que no estaba de buen humor en absoluto.

La maldita reunión duró dos horas, que se me hicieron eternas. El rendimiento de mi equipo estaba siendo muy bajo en los últimos meses y no mejoraba, lo que contribuyó a empeorar mi humor según pasaban los minutos, aunque algo me decía que yo tenía parte de culpa. No estaba pasando por un buen momento, desde hacía un tiempo, y eso quizá se hizo notar contagiando a mi equipo. No podía permitir que eso siguiera así. Definitivamente, no podría irme todavía, ni siquiera unos días.

A las cuatro di por finalizada la reunión, después de echarles una pequeña bronca y los emplacé al lunes a las once de la mañana, para una nueva reunión, dónde pensaba dejarles bien claras algunas cosas. Después salí hacia mi despacho, donde me esperaba Melinda, rezando para encontrar algo de paz y poder relajarme una vez estuviera en casa. Craso error.

No había llegado todavía cerca de mi despacho, pero gracias a mi extraordinaria visión de vampiro, pude verlo; uno de los secretarios, estaba hablando con Melinda y Alisson, intentando ser gracioso y, pensando la mejor forma de abordar a Melinda y pedirle salir. No sé qué me pasó, simplemente no pude pensar más que en llegar antes de que se le ocurriese algún ingenio y se lo pidiera. Olvidé hasta el caminar a paso humano, y aceleré un poco el ritmo dejando pasmados a cada empleado con el que me cruzaba.

-¡Daniel, ¿no tienes trabajo que hacer antes de irte a casa?! -le dije en voz baja, pero intentando darle mi tono más peligroso. Era extraño como me sentía, no podía soportar que todos y cada uno de los hombres de la empresa se sintieran tan atraídos como se sentían por Melinda.

-S-si... si, señor. Lo siento, s-solo estaba... -tartamudeó nervioso y asustado aquél infame. Se sentía decepcionado por no poder pedirle salir a Melinda pues no se atrevía a hacerlo conmigo delante. Solo por un instante, barajé la posibilidad de despedirlo.

-De chachara -lo corté irritado aunque sin alterar mi voz lo más mínimo-. No importa, pero a la próxima tendré que amonestarte-. Como me estaba quedando de a gusto, al desahogarme con aquel infame.

-S-si, señor. No volverá a pasar, señor.

-Eso espero. Vamos, Melinda -dije de forma cortante antes de que tuviera oportunidad de volver a hablarla, mientras la tomaba de la mano para acercarla a mí y rodear su cintura con mi brazo, en un gesto posesivo y de forma casi inconsciente-. Alisson, por favor, trae mi maletín.

-S-si, señor.

Mientras observaba con furia a Daniel dirigirse a su mesa, me di cuenta de que todos habían estado observando aquella escena y muchos dieron por confirmada la teoría que se habían formado, sobre mi relación con Melinda. No me molestó, más bien me satisfizo bastante.

-Aquí tiene, señor -me dijo mi secretaria mirándome con aprensión cuando me entregó el maletín.

-Gracias, Alisson. Hoy me voy antes, como puedes observar, así que si quieres tú puedes hacer lo mismo -la dije, intentando aliviar su miedo hacia mi. Ella no tenía la culpa de nada.

-Muchas gracias, jefe. Hasta el lunes. Que pase un buen fin de semana. Nos vemos Melinda -se despidió de nosotros.

-Claro, cuando quieras -contestó Melinda sonriendo con amabilidad-. Que lo pases bien con tu novio esta noche -añadió guiñando un ojo de forma cómplice, antes de irnos.

-Gracias, Melinda. Ya te contaré -dijo Alisson, sonriendo también.

Melinda no había mencionado al respecto de mi conducta, aunque sabía que me había estado observando sorprendida y con mil preguntas al respecto, por lo me sobresalté un poco cuando habló al llegar al coche.

-¿Voy a ir contigo? -me preguntó sorprendida, mientras sostenía la puerta para ella.

-¿Con quién sino, con ese estúpido de Daniel? -aquella pregunta retórica y estúpida se me escapó sin querer. Además soné molesto y enfadado.

-Lo digo, porque he traído el coche de tu madre. ¿Vamos a dejarlo aquí? -fue lo único que me dijo, pasando por alto lo que la había dicho con anterioridad. Aunque me miraba ceñuda.

-Tranquila, le diré a Jason que lo recoja. No te preocupes, y sube al coche -intenté no sonar enfadado ni molesto, ni mandón. Pero no lo conseguí. Estaba demasiado... ansioso por llegar a casa y sacarla fuera de la vista de cualquier hombre a doscientos kilometros a la redonda, que me resultaba imposible calmarme.

Melinda me miró más ceñuda y con los labios fruncidos y retorcidos, pero no dijo una palabra y subió al coche. Cerré la puerta, y llamé a Jason antes de subir al coche, para que recogiera el coche de mi madre.

El camino a casa, con Melinda al lado claramente molesta, y mi humor de perros, se me iba a hacer larguísimo, a pesar de que no me llevaría más de media hora. Suspiré intentando relajarme y miré al frente mientras conducía intentado no echar una mirada de vez en cuando a Melinda.

En verdad, aquel sábado estaba resultando ser mi perdición, y lo peor de todo era que no veía que fuera a terminar nada bien. No me podía creer que estuviera celoso, si es que eso era lo que me pasaba.

Bueno, pues aquí está un nuevo capítulo. Espero que os guste, aunque me haya salido un poco largo.

Muchas gracias por leerme y por vuestros comentarios.

Besos.