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Historia 34969 — capítulo 7
El camino a casa fue tenso. Ninguno de los dos dijimos nada; yo intenté no mirar de reojo a Melinda, mientras que ella hacía todo lo contrario: me miraba fijamente con expresión de desconcierto, como si intentase descifrar algún misterio. Por lo menos esa era la impresión que me daba, al verla por mi visión periférica pues no podía leer su mente.
Cuando llegamos a casa mi padre, Alez, Diana, Mark y Mia, estaban esperándonos en el porche delantero de la casa, con aspecto de preocupación.
-¡Gracias a los dioses que ya estáis aquí! -exclamó mi padre cuando llegamos al pie de las escaleras.
-¿Me podéis explicar qué ha ocurrido? -preguntó Diana entre asustada y desconcertada-. ¿Estáis bien?
Melinda y yo nos miramos sin comprender.
-Si, estamos bien. ¿Porqué? ¿Qué has visto? -dije tratando de que no se notase demasiado, el cabreo que todavía tenía.
-Pues... a ti... -dijo entrecortadamente y claramente confusa-. Aún puedo ver algo... pero...
-Si lo que has visto ha sido a tu hermano merendándose a uno de sus empleados -terció Melinda, soltando un bufido de sarcasmo- ...entonces, casi aciertas.
-¿Qué? -dijeron poniéndose lívidos todos al mismo tiempo.
-Bueno... en realidad, lo vi atacando a varios -confesó mirándome de forma aprensiva, mi hermana-. Aún puedo verle... bueno, intentando decidirse...
-Ya decía yo que había salido furioso de la reunión... -murmuró para sí, Melinda.
-Pero... ¿de qué estáis hablando? Yo no voy a "merendarme" a nadie. Ni siquiera lo he pensado -protesté furioso. Aunque, ahora que lo mencionaban, me había dado cuenta de que el sabor de la ponzoña me había estado acompañando durante toda la tarde, lo que me hizo dudar de lo que acababa de decir. Pero, por supuesto, tampoco iba a dejar que ellos supieran sobre mis dudas-. Solo pensé despedirlo -me apresuré a añadir, intentando suavizar el tono, sin mucho éxito.
-Michael, estuviste a ésto de tirarte al cuello de ese chico, hasta yo me di cuenta -explotó también furiosa Melinda, haciendo un gesto con los dedos índice y pulgar de su mano derecha.
-¿Pero qué dices? -espeté ahora un poco asustado.
-¡Oh, vamos! ¿No me digas que estabas tan celoso como para no notar la sed? ¡Me echaste abajo el puñetero escudo, Michael. Me ardía la garganta como si fuera yo quien deseaba destrozarlo allí mismo.
Me quedé estupefacto. Ciertamente no recordaba haber querido matarlo de aquella manera que me decían, pero no era por eso por lo que estaba pasmado. Melinda había dicho que estaba celoso, algo que ya sospechaba, pero que me negaba a aceptar que fuera verdad. ¿Qué derecho tenía yo para estar celoso de nadie? Ella no era mía, no tenía ningún derecho a hacer lo que había echo esa tarde, no obstante, no me arrepentía de haberlo echo ni me sentía culpable o mal por ello.
Miré fijamente a Melinda a los ojos, y vi como me devolvía la mirada con un toque bastante pronunciado de fiereza.
-¿Celoso? -repitió mi padre en forma de pregunta-. A ver, ¿podéis explicarnos qué demonios a pasado esta tarde?
-Pues a pasado que Michael a estado a punto de merendarse a uno de sus empleados, como dije antes -contestó con calma Melinda sin dejar de mirarme como si quisiera matarme-. Pero, por lo que ha dicho Di, imagino que no ha sido al único. Lo único que no entiendo es porqué -terminó dirigiéndose claramente a mi.
-Hijo, ¿qué...?
-Yo no he querido "merendarme" a nadie, ¿cuántas malditas veces tengo que repetirlo? -gruñí entre dientes y con la voz baja y melosa, que siempre me decían que resultaba más peligrosa que si gritaba.
-¿Ah, no? -preguntó con ironía Melinda, sin amedrantarse en absoluto-. Entonces dime, ¿qué te ha pasado para actuar como un marido celoso?
-¿Como un...? Yo no estaba celoso Melinda -mentí descaradamente sin alterar mi tono de voz, aunque impregnándolo de cierto sarcasmo- ¿Porqué iba a estarlo?
Aquellas palabras parecieron haberla tocado. Frunció el entrecejo y los labios, y aspiró con violencia algo de aire, antes de volver a hablar.
-Muy bien. Entonces explícame qué ha pasado, porque no lo entiendo -me pidió, ahora con su tono normal, aunque un poco más bajo. Parecía... asustada-. No sé si lo sabrás, Michael, pero todos tus empleados te tenían por un tipo duro. Aunque nunca te has portado de una forma que pudiera corroborar sus sospechas, siempre han creído que es mejor no meterse contigo, que eres peligroso... No creo que sospechen que sois vampiros, no lo aparentáis, pero saben que sois... eres, peligroso -se corrigió en este punto enfatizando "eres"-. Y te aseguro, que si tenían dudas de que eso fuera posible, hoy te has encargado de despejarlas tú mismo. Ahora no te temen, Michael, les das pánico.
Durante unos tensos minutos, que parecieron horas, me quedé sin saber qué decir. Las palabras de Melinda me habían pillado por sorpresa. Sí sabía que me temían, pero nunca me importó; todo el mundo nos teme por puro instinto. Pero nunca me había percatado de cómo me veían a mí en particular, y lo que me había dicho Melinda, de que solo yo les resultaba peligroso, me hizo pensar. ¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta de aquello? ¿Sería que me fallaba mi don de leer mentes o era que le prestaba tan poca atención a los pensamientos de los demás que estaba perdiendo facultades?
-Yo no... solo... -intenté explicarme al fin, intentando al mismo tiempo, controlar mi furia, pero solo conseguí balbucear como si fuera tonto-. Yo solo... ¡ese idiota quería invitarte a salir! -gruñí al fin, sorprendiéndome a mí mismo por haber confesado aquello, tanto como se sorprendieron los demás-. No quiero... hum... ese chico no es bueno para ti, ¿vale?
-Ya, intentabas protegerme -el sarcasmo era evidente en su voz. Entonces me di cuenta de algo más; cuando Melinda se enfadaba, el sarcasmo tomaba posesión de ella, haciéndola totalmente insufrible-. Como un hermano, ¿no es así?
-Exacto -dije secamente. Me puso nervioso darme cuenta de que estaba perdiendo aquella batalla. No encontraba las palabras adecuadas para arreglar aquella situación en la que me había metido yo solito, gracias a aquellos irritantes ataques de sinceridad que me invadían cada vez que hablaba con Melinda.
-¡Eso no te lo crees ni tu, Michael Warren! -me espetó soltando un bufido y una risa sarcástica-. Mira, no sé qué puñetas te pasa conmigo Michael. Primero me tratas como si me conocieras de toda la vida, hablando y riéndonos juntos. Después, me ignoras y evitas como si no existiera. Y, después te pones tan celoso con un chico que ni siquiera sabía como entrarme, que actúas como un marido celoso... un marido vampiro celoso, aterrando a todos para dejar claro que soy terreno vedado.
"La verdad, no te entiendo. Me gustaría que me lo explicaras para poder solucionarlo entre los dos antes de alguien resulte... herido.
En efecto, había perdido la batalla por completo. El mundo se me vino encima con la explosión de Melinda. Lo que más había temido, se había confirmado. Melinda se había dado cuenta de mi actitud hacia ella, y estaba dolida, pude ver eso en sus ojos, unos ojos que me miraban expectantes por mi respuesta. Una respuesta que no me sentía capaz de darle. Una respuesta que sería mi perdición, tanto si ella me rechazaba como si me aceptaba.
-Nadie va a resultar herido, Melinda. Y no me pasa nada contigo -la mentí en un intento de eludir su pregunta y calmarla. Además, al menos una parte no era mentira; no tenía intención de herir a nadie... ¿o sí?
-Vale, como quieras -me dijo después de suspirar resignada-. Si no quieres hablar, no te voy a obligar.
-Gracias -dije secamente.
-Michael, ¿estás seguro? Todavía veo... -intervino Diana con tono de angustia.
-Si, Di. Estoy seguro. Y, ahora si me disculpáis, voy a subir a cambiarme -la interrumpí molesto.
-Pero...
-Vale ya, Di ¿quieres? No quiero hablar más del tema, ¿de acuerdo? -la dije enfadado antes de entrar en la casa y subir a mi habitación a ducharme y cambiarme.
Una vez en mi cuarto, y mientras me duchaba, pude escuchar la conversación que mantenían sobre lo sucedido. Melinda les contó lo que había pasado, aunque pude adivinar en su tono, que había ciertas cosas que se reservaba. Detalles, que seguramente, solo sabía ella gracias a su empatía, y que por alguna razón no quería compartir. Mas tarde, mi madre, Jason y Melisa fueron informados por mi hermana, en forma de venganza por el trato que la había dado aquella tarde.
-Bueno, chicos. Id a prepararos, salimos en dos minutos -anunció mi padre, mientras Melinda cenaba-. ¿Estás segura de que no te importa quedarte sola?
-Tranquilo, Robert. Estaré bien -contestó ella con su tono habitual; suave, melódico y calmado-. Además, no es que se acerque mucha gente por aquí, ¿verdad? -bromeó ante el gesto de preocupación de mi padre.
-Está bien -dijo finalmente, sonriendo-. Pero a cualquier cosa, no dudes en llamarnos, ¿de acuerdo?
-Sí, papá. No te preocupes -volvió a bromear, aunque a mi padre le gustó bastante oírla llamarle papá. No entendía muy bien porqué en aquel momento.
-Bien. ¿Todos listos? -nos preguntó.
-Si -contestamos al unísono.
-Entonces en marcha. Volveremos mañana por la noche, Melinda -dijo mi padre a Melinda, dándola un beso en la frente.
-Te echaremos de menos, cielo -dijo mi madre con tristeza en la voz-. Te llamaré por la mañana para saber cómo estás, ¿vale?
-Vale -concedió con paciencia Melinda-. Pero estaré bien, de verdad.
-Lo sabemos, pero...
-Tranquila. No te preocupes o se te indigestarán los tigres o los leones que te comas -la consoló Melinda, dándole un abrazo fuerte y bromeando-. No quiero ser la responsable de la mala digestión de una vampira...
Mi madre rió con ganas, al igual que todos los demás. Como consigue levantar el ánimo de todos cuantos la rodean, es algo que me fascinaba y que hoy en día, cinco años después de aquello, aún me sigue fascinando. Hasta yo sonreí a pesar de negarme a ello.
Después de que todos se despidieran de Melinda, con besos, abrazos y recomendaciones de última hora de mis padres y sus tíos, nos dirigimos al garaje, acompañados por Melinda, a la que mi madre no quería soltar hasta el último minuto. Cuando subí a mi coche, junto a Di, Melisa y Amelia (que se habían subido con migo con la única intención de machacarme por lo de aquella tarde, por no haber dirigido la palabra a Melinda en lo que restó de tarde, y por no haberme despedido de ella, momentos antes), me sentía más o menos bien. Por fin iba a pasar un día y una noche sin estar cerca de Melinda, y por fin iba a disponer de algo de tiempo para aclararme, para meditar sobre toda aquella semana y media infernal, en la que aquellos pensamientos impuros con Melinda habían estado atormentándome. Suspiré aliviado, cuando arranqué mi coche; Aunque solo fuera un día, podría escapar de mi tormento y poner mi mente en orden.
Sin embargo, en algún lugar de mi mente, no quería irme. Quería quedarme en casa, con Melinda y darla todas las respuestas que esperaba, mientras veíamos la televisión o escuchábamos música, algo similar a como habíamos hablado el día que despertó. La miré y noté algo extraño en su expresión. Algo que no supe distinguir; era una mezcla de sentimientos enfrentados, de los cuales solo pude distinguir la tristeza. Se me revolvieron las tripas de lo mal que me sentí en aquel momento.
-Ve, Mike -la voz de Mia me sobresaltó-. Te esperamos aquí. Hacer las paces antes de irnos.
-No. Cuanto antes lleguemos, mejor -contesté de forma fría. El orgullo pudo conmigo, no quería dar mi brazo a torcer. Si me bajaba del coche, no tendría la voluntad suficiente para irme de caza. Me quedaría con Melinda, estaba seguro. Y lo que menos deseaba en aquel momento, era quedarme a solas con ella, un día y medio entero. No podría controlarme, y eso era algo que no me podía permitir-. Melinda tenía razón; la sed me quema la garganta, necesito alimentarme ya.
Me puse en marcha antes de que dijeran algo que me convenciera y me hiciera bajar del coche.
Bueno, pues aquí os dejo la primera parte de este nuevo capítulo. Espero que os guste y que la disfrutéis.
Muchas gracias por leerme y por vuestros comentarios.