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Historia 3558 — capítulo 43
- Inconsciente
Se quedó escuchando. En principio todo indicaba que no había nadie en los lavabos. Salió sin hacer ruido y miró a todos lados. Nadie. Bajo el brillo blanco de los azulejos que reflejaban un día luminoso, Ron miró su rostro en el espejo. Sonreía, sonreía como hacía casi dos meses que no lo hacía. Su mano seguía protegiendo el tesoro de sentimientos que Hermione le había regalado. Ahora ya estaba en paz. Sí, ella no se encontraba físicamente a su lado pero siempre lo estaba en su corazón. Como él en el de Hermione. La confirmación de su amor no lo quebraría ni el tiempo ni la distancia.
Salió de allí como un hombre nuevo pero se le borró la sonrisa. Harry estaba sentado en la repisa de piedra de la venta, encogido y escondiendo el rostro entre sus manos. No hacía falta preguntar, se podía sentir en el aire la pena y la rabia. Metió el pergamino en un compartimento oculto de su baúl y se sentó cerca de Harry. No dijo nada, sólo permaneció allí.
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Lo siento – La voz de Harry parecía salir de ultra tumba – No se me ocurre cómo ayudarte, Ron. Iba a decirle a Ginny que mandarías una carta a Hermione. Lo iba a hacer en sueños, yo sé que ella puede estar conmigo. No quise decírtelo porque me parecía injusto que tú no tuvieses la misma oportunidad. De verdad, lo siento
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Ya está hecho – Contestó con calma Ron. Harry lo miró anonadado - ¿Sabes tú a quién llaman las hadas “la princesa del bosque”? Porque me da la sensación de que se refieren a mi hermana
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¿De qué estás hablando?
Ron le contó a Harry lo sucedido aquella mañana. Escuchó asombrado como Hermione también se desesperaba por enviarle a Ron un mensaje y como éste creía que las chicas habían dado con la solución más sencilla para hacerlo, utilizar a las hadas. Le planteó la duda de sí pudiesen volver a hacerlo y quedaron en que lo mejor sería hablar con Vesta y Marina para aclararlo. Harry estaba de acuerdo, sobre todo después de lo ocurrido con Emy. Los sueños se los habían prohibido. Vale. Otro tema era hacer caso al impedimento de cualquier clase de comunicación. Por ahí no iba a tragar. Y así se lo expuso a su mejor amigo.
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No la culpes, es normal
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¿Ahora te pones de su parte?
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Venga, Harry, no seas tan inflexible. Eres tú el que siempre me recrimina que me pongo cabezón con las cosas y que es peor
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No lo entiendes – Harry desvió la atención de su amigo y la posó en la vista de los terrenos del castillo – Aunque sólo fuese una cita al mes y en sueños, me daba el aliento para continuar y ahora...
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Claro ¡Cómo voy a entenderlo! Si yo “nunca” he pasado por esa misma situación...
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¡Ron!
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¡Harry! – El pelirrojo le miró sin ningún tipo de concesión – Yo sólo digo que de ella no salió la idea para que se llevaran a las chicas y que sabe que en tus sueños, tanto puede aparecer mi hermana, como Voldemort... ¡Vaya! Ha sido la primera vez que lo he dicho sin ninguna clase de temor ¡Esto va mejorando!
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Lo sé pero te recuerdo que sí tú mismo te has arriesgado a enviar una carta, no veo por qué yo no puedo utilizar mis propios medios de comunicación
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Mira, puedes excusarte en mí si te da la gana. Yo no digo que lo que he hecho esté bien, no nos estoy defendiendo, lo que digo es que es normal que Emy se enfade contigo y conmigo. Ella te quiere como una madre, Harry, y por desgracia para ti, yo puedo decirte que esa preocupación es lógica y normal, llevo sufriéndola toda mi vida y viendo que en la mayoría de los casos, las madres acaban teniendo razón
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¡Vale, vale! ¡La snitch para ti!. Pero mira lo que pasó hace quince días, desde entonces ni nos entrena en defensa. Te digo que está exagerando, no sabes el broncón que me ha echado, incluso Sirius cree que se ha pasado. No sé qué le ocurre pero es como si de pronto me viese de cristal y encima me cuelga el cartel de “inconsciente” – Harry puntualizó la palabra por haberla dicho Emy hasta la saciedad – Además se ha puesto en plan autoritario y ladino, nunca le había visto conmigo como esta mañana
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Hombre... tenemos nuestros momentos irreflexivos, a las pruebas de estos últimos años me remito – Ron soltó una carcajada e hizo que Harry se sonriera – Aunque la verdad, crea fama y échate a volar, podríamos ser mucho peores
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Será mejor que cambiemos de tema, no vaya a ser que hoy termine yendo donde ella, con las orejas gachas, para confesarle todos mis “pecados”
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¿Pecados? – Repitió Ron en tono burlón – Pero alma cándida ¿Qué pecados vas a tener tú? Si eres un rancio... Jejeje
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A ti te lo voy a confesar ¡espera sentado! – Harry se ruborizó. Quizás fuese un inconsciente en algunas cosas pero aún le llegaba la cordura para no mencionar el encuentro que había tenido con la hermana de su mejor amigo, y menos cuando él y Hermione se pensaban que eran unos santurrones
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¡Oh! Ahora se pone misterioso – Se rió Ron – Anda, vamos, que en una de estas te muerdo del hambre que tengo
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Te romperías los dientes, se supone que debo ser el hombre de acero – Ironizó Harry haciendo referencia a la bronca que le habían echado
En la sala común se encontraron con Neville haciendo un trabajo de Herbología con Dean, que al parecer tenía serias dificultades para distinguir las principales partes del helecho intermitente, cuya cualidad era aparecer cuando creía que nadie le veía. Según Neville, era esencial su sabia como ingrediente en la poción de invisibilidad momentánea. Estaba claro que al muchacho ya no le apetecía seguir investigando la planta, porque se unió a la idea de bajar a comer pronto, así que su compañero también bajó con ellos. Enseguida se centró la conversación en el quidditch, de la cual no participa Harry. Él estaba en otro mundo.
¡Qué diferente era aquella mañana a la de hacía cuatro semanas! Lo más penoso es que podría haber sido igual de buena o más. Su gozo en un pozo. Y no es que sólo quisiera que aquel sueño se repitiese, no. Lo que él quería era hablar con ella, preguntarle cómo se sentía, saber si sólo era él quien había atesorado aquella experiencia como una de las mejores de su vida. Claro que quería abrazarla, besarla, amarla, sentir su calor, ver su sonrisa, en verdad lo quería todo de ella, no podía negarlo. A veces se encontraba a sí mismo embobado pensando en ella, en lo que había ocurrido. Por desgracia no eran todos los momentos que hubiese querido dedicar, su horario era asfixiante.
Eso era lo que más le jodía. Sacaba su rebeldía a flote. No sólo tenía que tragar con el alejamiento obligado al que les tenían sometidos, no, tampoco podía despacharse a sus anchas con Malfoy, no podía mencionarlas en público y ni en privado, claro que eso era poco más que imposible. Encima tenía que atender perfectamente a todas las clases, participar de ellas, tener los deberes al día, estudiar y realizar los mejores trabajos sin pegas. No. También se le exigía, y él entendía que así lo cumplía, la máxima concentración en cada entrenamiento, fuese de lo que fuese, porque incluso Ron le pedía el máximo en quidditch. No quería ser injusto con su mejor amigo pero Ron no lo estaba cumpliendo. En muchos entrenamientos caía antes de tiempo por pensar en Hermione. Él lo sabía, sabía que Ron era mucho mejor de lo que estaba demostrando. Les llamaban la atención por no compenetrarse en las tácticas de ataque en campo abierto y en cuanto un techo cubría la cabeza de su amigo, parecía que su mente pudiese volar de allí y subir hasta los cielos, por si se encontraba en una nube con ella. Le daban puntos de pararse de repente, porque juraría que había oído palabras en el aire y aún así, Emy jamás era tan dura con él. Que supiese, sólo le había dado una charla en privado, en la que le pedía un poco de paciencia pero nada le dijo sobre su concentración. Y, sin embargo, a él le seguía exigiendo el todo por el todo, cuando en realidad, a veces, ya no le quedaba nada.
No bastando con eso, Emy estaba de lo más rara, tan pronto tenía un humor envidiable, como se la veía enfurruñada, irritable o en exceso sensible. Sirius le había dicho que se pasaba mucho tiempo durmiendo, que como la dejaras cinco minutos sentada en el sofá, cuando volvías la encontrabas dormida profundamente. Y ya el colmo lo sufrieron en un entrenamiento de Duelo Avanzado, hacía ya quince días.
Después de repasar los hechizos de ataque, al igual que hicieron con los de defensa, comenzaron los entrenamientos con Remus, Bella y, por supuesto, con Sirius. Aquel día era el primero y ellos habían conseguido asombrar a sus entrenadores con buenas maniobras para mantenerse en plena lucha. Ron hizo un duelo muy bueno, sin embargo Sirius le confundió, haciendo un duplicado de sí mismo, y Ron cayó violentamente tras un desarme después de más de media hora de desafío al máximo nivel. Emy se había acercado corriendo, preocupadísima por su estado, pero Ron la tranquilizó jurando que su cabeza era más dura que la de una estatua de piedra. Él, para su propio orgullo, consiguió desarmar a Remus pero a su tía no le sirvió como primer entrenamiento, pues ya le había advertido su amigo que no estaba en perfectas condiciones. Así que ella misma se prestó para un duelo contra su sobrino. Utilizando palabras de Ron, “aquello había sido alucinante”. El reparo de Emy fue perdiéndose ante su determinación por acabar con su tía. Todos los presentes estaban absortos al ver la capacidad defensiva de Emy frente a la atacante de él. Aún le quemaba el orgullo por no haberse mantenido con la suficiente sangre fría en el combate, por haberse cegado con la victoria, de lo cual siempre le prevenía su tía, pues en ese estado es donde crecen los errores que pueden costar la vida. No obstante, a él le pareció, en todo momento, que Emy cometía el mismo error. Ella quería ganar e incluso diría más, quería humillarlo. En una de las maniobras acrobáticas más alucinantes que había visto, su tía se libró de una maldición conjurando un escudo rebotador, que fue a parar directo a su pecho, dejándole seco. No perdió el conocimiento, simplemente fue tal el golpe, que se quedó sin respiración y sin movimiento, perdiendo incluso fuerza en sus manos y haciendo que su varita cayese al suelo. Vio la cara de horror que puso Emy, como si se diese cuenta, en ese instante, de que acababa de cometer un acto atroz. De nuevo corrió hacia uno de sus pupilos, atrapándole antes de que se diese de morros contra el suelo.
Se puso histérica y no paró de pedirle perdón. Él pensaba que tampoco había sido para tanto. Sí, tenía su amor propio un tanto hundido pero nada más, aquel era el primer duelo del año y sabía que no lo había hecho nada mal. Sin embargo, Emy no quiso saber nada más de entrenamientos de duelos, ella se ocuparía de su mente y su espíritu, de su fuerza física, sólo supervisaría sus ejercicios matutinos. De lo demás, que se ocupase el resto. Y no hubo forma de hacerla entrar en razón. Por más que le insistió Sirius de que con él no alcanzarían el mismo nivel, ella no cedió. En aquel instante comprendió, en su total magnitud, lo que Emy trataba de no decir con palabras, la lucha la convertía en la peor versión de sí misma, sacaba los más bajos instintos, haciéndola que le importase muy poco qué o quién tuviese que pagar. Aquella Emy a la que se le oscurecían los ojos y se le absorbía el rostro, no era pura fachada. Aquella era quien arrasó una casa entera, quien amenazó al tiempo y al espacio, al cielo y la tierra, la misma que le mostró a Wilcox que no se jugaba con ella o que contempló, sin pesar, como Samantha Street se consumía en llamas. Su malsana curiosidad le había hecho desear volver a verla luchar contra Voldemort, saber cuán cruel podía llegar a ser. Quizás su curiosidad provenía también de su peor parte como persona.
No había duda que ella era contradictoria. Porque tanto podía ser total oscuridad, como ser portadora de luz a quien estaba perdido. Vengó a la profesora Trelawney contra los que se habían reído de ella, incluido su marido se había visto con una lección que no olvidaría. A él se le cayó el alma a los pies un día que había ido al apartamento y se había encontrado a la profesora de Adivinación llorando angustiosamente en el salón, con Emy tranquilizándola y consolándola como podía. Cuando le había preguntado por la pena de su compañera de trabajo, su tía le había dicho secamente que no era asunto suyo, así que no tuvo más opción que quedarse con la intriga.
Pero lo que más le había desconcertado, era la bronca de la noche anterior y la que continuo esa misma mañana.
Durante todo el mes había obedecido las órdenes de cerrar la mente en sueños o cuando caía cansado, pues era cuando más expuesto estaba a una intrusión por parte de Voldemort. No sólo había tenido que practicar en esos momentos, en verdad mantenía la mente cerrada a cada momento en que estaba con ella, porque tenía la sensación que podría llegar a ver su sueño con Ginny y entonces sí que podría organizarse una buena. Los nervios de otro encuentro pudieron más que su mente y tras la cena de ayer, sábado, les metió por sorpresa en el aula vacía del vestíbulo y entró en su mente con total impunidad. Lo que vio le vino tan de sorpresa, que nada más ver cómo se habían besado y caído al suelo, cortó la conexión y lo siguiente fue una lluvia de reproches. Mandó a Ron fuera y se quedó a solas con él. Le dijo de todo pero si una palabra se repitió en aquella discusión fue claramente “inconsciente”. Claro que estúpido, necio, arrogante, soberbio o desagradecido habían aparecido en su bravura, incluso le dijo que más le valía practicar el onanismo de ahí en adelante, si no quería verse con algún miembro dañado. Menos mal que eso no lo había entendido en el instante que lo dijo pero claro, cuando luego buscó en un diccionario la palabra, se quedó poco menos que petrificado.
Sirius había acudido al aula, después supo que avisado por Ron, lo cual era de agradecer. Le llevó a la sala común cuando la riña estaba en pleno apogeo por parte de ambos y después de entender lo que había pasado. Su padrino no había sido muy duro con él, entendía la locura que había cometido y no por el acto en sí, sino por la peligrosidad que este entrañaba para las chicas. Le prometió tranquilizarla a cambio de que no se le ocurriese volver a llevar a nadie a un plano astral con él. No tuvo más remedio que asentir y cumplir lo prometido. Le contó a Ron una versión dulcificada de lo ocurrido y se metió en la cama. Apenas había pegado ojo en toda la noche, se la pasó de pensamiento en pensamiento, yendo desde la decepción de Ginny, hasta el cabreo de Emy y la injusticia de su situación. Para colmo, ayudar a Ron se veía más que imposible. Además, en medio de su inquietud, juraría que había sentido a Ginny muy cerca de él aquella noche.
No llevaría ni una hora durmiendo, cuando le despertó Sirius. Emy quería hablar con él. A regañadientes se había levantado de la cama y todo porque su tío medio insinuaba que ella estaba arrepentida. Nada más entrar en el salón la vio, estaba esperándoles. Su sonrisa era indiscutiblemente falsa. En sus ojos vio clara la verdadera intención y sus brazos cruzados a la altura del pecho, le chivaban que aquello era una encerrona. Cuando le pidió a Sirius que les dejara a solas, por sorpresa para él, se dio cuenta que Emy le había utilizado de ”cabeza de turco”. Por supuesto, Sirius se marchó y lo hizo claramente cabreado. Aquella situación avivó tanto la llama de rebeldía que seguía ardiendo en su interior, que nada más cerrar la puerta soltó una impertinencia.
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Pensé que ya me habías dicho todo lo que tenías que echarme en cara
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¡Qué va! – Exclamó Emy abandonado su risa falsa. Estaba erguida, llevaba el pelo recogido en una coleta alta y eso le hacía verse aún más crecida. Vestía unos pantalones ajustados y un jersey de cuello alto. Unas botas con tacón y pico afiliado, le hacían más amenazante. Todo en color negro, como una sombra hiriente preparada para atacar. Dio dos pasos hacia Harry – Clama tanto al cielo tu insensatez, que me he visto inspirada para mucho más que las cuatro palabras que pude decirte ayer
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Lo que clama al cielo es que seas tú quien me hable de insensatez – Espetó Harry con toda la rabia que podía lanzar
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¿Así que no vienes dispuesto a hacer esto más fácil? – Emy, por supuesto, no se amilanó – Te has puesto hoy el traje de pobre niño huérfano y rebelde, que se cree con derechos porque la vida le ha apaleado. Es una pena, porque con lágrimas o con ira, no vas a escuchar bien lo que te tengo que decir
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No te preocupes de las lágrimas, te puedo asegurar que esas no van a aparecer
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Tu insolencia es la que no deja ver más allá de un efímero sentido común. Deberías aprender a ser un poco más humilde...
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Pues no creo que sea precisamente eso lo que tú puedas enseñarme – Bramó Harry – Tú, que intentas mostrarme sensatez, deberías buscar en tu supuesta humildad, para darte cuenta que no eres la persona indicada para hacerlo. Has cometido errores mucho más garrafales que yo
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No te consiento... – Emy abrió los ojos como platos ante esa salida
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¿Qué? ¿Acaso tu ira y tus lágrimas no te dejan escuchar unas cuantas verdades? – Harry ya estaba desbocado y le hablaba con desprecio – Nadie querría escuchar que traicionó a su propia hermana, que dio la mano al peor mago de todos los tiempos, que por su tozudez, su padre murió y su madre también, que intentó asesinar al hombre que ama y que se inventó una sinceridad y unas promesas que se cayeron con un solo soplido ante mí
Se hizo el silencio. Sólo las respiraciones agitadas de ambos arañaban el ambiente. Sus miradas seguían enganchadas por un torbellino de sentimientos. Emy sentía el peso de las palabras de su sobrino en la boca del estómago. Se tragó las ganas de vomitar allí mismo. Harry no pudo entender quién había hablado con su boca, quién era el que había pronunciado semejantes palabras con su voz, pero no cedió en su aptitud, se mantuvo firme y distante, dispuesto a recibir desde una bofetada, hasta una respuesta aún más hiriente que la que él había dado. Lo segundos pasaban como horas y ninguno de los dos dijo nada. No fue hasta que Emy cortó la comunicación visual, que se volvió a llenar el salón con su voz. Apenas era audible, pero era clara y concisa. Ella se había dado por vencida pero no cesaría en decir el mensaje. Había perdido aquel duelo sin importarle, porque lo vital del asunto, no eran las recriminaciones, que nacían de su sentimiento protector, lo realmente transcendental era el motivo de su miedo.
- Lo que has hecho es jugar con la vida de millones de personas, con la evolución de pueblos y países enteros, con la comunidad mágica – Se acercó a la estantería que rebosaba libros, escogió uno de ellos y se lo dio directamente a Harry sin mirarle a la cara – Entiendo que a ti no te lo parezca, que sólo crees que ha sido un sueño. ¡Un sueño!. Bien sabes tú que ha sido real. No me importa si hay dones que no quieres admitir, no me importa que llames sueños a lo que sabes perfectamente que son viajes astrales. Lo que sí me importa es que estás conectado a ciertas personas y que una de ellas es, al que llamas, tu peor enemigo. La verdad que buscas en ocasiones con tanto esmero, no la has encontrado porque no se puede confiar en ti, porque consideras cerrar la mente como un puro entrenamiento, cuando lo cierto es que es la base para un futuro libre
Harry sintió como se le iban congelando los sentidos. Ella no confiaba en él. Tenía que moverse, hacer algo, demostrar que aún seguía allí. Lo único que se le ocurrió fue mirar la solapa del libro. Allí no había ningún título. Emy hizo un movimiento brusco con la mano y Harry interpretó que le iba a dar una bofetada, así que por un acto reflejo se apartó un paso hacia atrás. Lo que en verdad estaba haciendo Emy, era desvelar el título. Al pasar su mano sobre él, aparecieron una letras doradas que rezaban: “La piedra de fuego caída del cielo”. Pero ella se dio cuenta del temor y la falsa impresión de su sobrino, y aún le brillaron más los ojos con absoluta decepción y tristeza. Se dio la vuelta y se encaminó hacia su cuarto. Sólo dijo una palabra más y para Harry, curiosamente, fue la peor de todas.
- Vete
Se había marchado dolido y de ganas no sólo se hubiese ido del apartamento, de ganas habría abandonado el castillo, los terrenos, Hogsmeade e, incluso, Inglaterra. En ese momento lo que más necesita era descansar sobre el pecho de Ginny, mientras ella le abrazaba y le acariciaba el pelo con su siempre extrema dulzura. Sin hablar, sin preguntas, sin confesar que se sentía un imbécil y un desagradecido. Acabó en su cuarto, sentado en la repisa de la ventana, mirando el horizonte y preguntándose cómo es que el cielo tenía el descaro de brillar con aquel azul tan electrizante. Él quería que lloviese, que la lluvia empapase su cuerpo sucio, lavar esa imagen que le había quedado de sí mismo, echándole en cara todas aquellas barbaridades. Por desgracia, no era de los se autodestruyeran con facilidad, incluso contra él mismo tenía que pelear y oírse decir, en el fondo de su mente, que ella era una histérica y que él no había obrado como para acabar el mundo entero. Por un momento quiso ponerse a leer el libro que le había dado pero lo cierto es que, en aquel instante, no se sentía con ganas de nada que confirmara su “insensatez”. Así se quedó hasta que apareció Ron.
Estaba sentado junto a él, no paraba de hablar y reír en la mesa. Neville y Dean parecían encantados con aquel resurgir, porque disfrutaban de lo lindo de las múltiples bromas, chistes y ocurrencias que el pelirrojo tenía. ¿Qué le habría dicho Hermione?. Él había echado varios vistazos a la mesa de profesores pero en ella no se encontraban ni Sirius, ni mucho menos Emy. Se descubrió a sí mismo deseando que llegaran para verles comer y charlar como siempre. Agradeció que se quedaran a esperar a que terminaran de comer Seamus, Lavander y Parvati, que habían llegado casi a la vez, el primero de ligar, y las chicas de la biblioteca. Cuando los siete salieron de allí, Harry ya se había resignado a que ese día no les vería más. Y así fue.
La cena llegó sin que Harry pudiese remediar pensar que había perdido la tarde entera en no hacer nada de provecho. Su intención, antes de todo lo que había pasado, era quedarse la tarde del domingo en la biblioteca, para seguir su propia investigación pero lo único que había hecho era charlar un poco de quidditch, de la guerra, de las clases, de los talleres y del mercado que habían puesto hacía una semana. A pesar de no apetecerle estar con nadie, como mucho con Ron, y no demostrar mucho sus dotes lingüísticas, se pasó la tarde con el resto de sus compañeros, incluso Dan Gutt y su prole les deleitaron una rato con sus ocurrencias. Se habían metido al castillo de nuevo, más exactamente a su sala común, porque el cielo se había encapotado y una tormenta seca, bastante fea, se adueñaba ahora de la atmósfera. Ni una sola gota cayó sobre la fuerte y verdosa hierba de los terrenos del castillo. Harry imaginó la furia contenida de su tía, fiel reflejo del tiempo, y como él, ni una sola lágrima caería de sus ojos. La última vez que habían discutido, hacía ya tiempo, Emy le había dicho algo que le dejó por entonces tranquilo: “¿Es que no sabes que estoy aquí para aguantarte? Y cuanto más te aguanto, más te quiero”. Se preguntaba si le seguiría queriendo después de aquello.
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¡Joder! – Musitó tirando el tenedor sobre la mesa con desgana
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¿Qué pasa? – Preguntó Ron que estaba a su lado
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Que soy gilipollas
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¡Ah! Pensé que era algo nuevo – Ron le sonrió y le dio un suave codazo en el costado – Venga, no te preocupes, mañana ella te sonreirá como siempre
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No, Ron, estaba vez no, esta vez la he cagado hasta el fondo – Musitó con voz débil
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Mañana tenemos entrenamiento con ella y ya verás que termina como siempre, las madres son así. Ni de coña la dura para el martes, que toca Estudios no mágicos
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Te digo que esto no lo perdona así como así
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¡Oye! – Exclamó Ron que era la quinta vez que veía a Dumbledore mirar su reloj - ¿Qué le pasará al viejo? Parece que tiene prisa por que ocurra algo, está muy pendiente de ese reloj suyo tan raro
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Pues no lo sé
Arabella entró en el salón con paso ligero hacia la mesa de los profesores. En aquella ocasión ni desvió la mirada para dedicarles alguna de sus sonrisas. Se veía claramente disgustada, tenía los ojos y la nariz roja como si acabara de llorar. Llegó hasta el director, se inclinó y le dijo algo al oído. De inmediato, Albus Dumbledore se levantó y ambos salieron por la puerta de atrás. Entonces se dio cuenta, en la mesa no estaban ni Snape, ni McGonagall, ni Lupin y por supuesto, ni Emy, ni Sirius. Pasaba algo. Terminaron de cenar y volvieron directos a la sala común. Cuando subían las escaleras, Harry vio desde el descansillo como la puerta del despacho de su tía se cerraba. Le pareció raro que estuviese allí un domingo por la tarde pero como el ambiente estaba caldeado, supuso que tendría alguna reunión. La profesora McManaman y Charlie estaban revisando el castillo y mandando a todos los alumnos a sus respectivas casas sin ningún miramiento. Sí, pasaba algo. Ron le preguntó a su hermano pero este le despachó con un: “ya te cuento mañana”. Así que tuvieron que quedarse con la intriga.
Nada más pasar el umbral de la sala común, Harry lo sintió. Un odio nacido del centro de su cabeza se adueñó de él, temblaba y bufaba a convulsiones. Con los ojos abiertos como poseído se dio cuenta, Voldemort estaba enfadado, muy, muy enfadado.