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Historia 3558 — capítulo 44
- Salida sin llegada
La mansión era de grandes dimensiones. Se notaba de lejos la sobriedad de la elegancia heredada de las casas con abolengo. No por nada eran una de las familias más ricas y poderosas de la comunidad mágica. Por dentro las habitaciones eran muy amplias. Un espacioso recibidor, con una majestuosa escalera, que daba al piso superior, presidía la entrada. A derecha y a izquierda dos grandes salas. Una era el despacho de la familia, que a su vez hacia de biblioteca, en la que podrías hallar multitud de libros de Artes Oscuras, y la otra era un salón comedor, en el que la piedra tallada estaba adornada con enormes tapices de momentos gloriosos, en los que la familia tomó partido. Ambas tenían ventanales por donde dejar pasar la luz pero no era lo que últimamente se podía encontrar allí. Una nube espesa permanecía apresada sobre el tejado de la mansión, coronando tétricamente la vivienda, ahora de aspecto gris y lúgubre como un gas venenoso que entraba hasta lo más profundo de la residencia.
La dueña de la casa estaba bastante molesta por su nuevo “invitado”. Lo cierto es que aquel era el lugar de su supremacía y lo había perdido sin poder resistirse. Poco podía hacer, pues su “invitado” era el Lord de las Tinieblas. Su propio orgullo mostraba su indignación ante su nueva situación, la cual llevaba soportando más de lo que hubiese pensado en un principio y temía que soportaría aún mucho más tiempo. Ante las amenazas de su marido, al que tampoco le agradaba la estancia de su huésped, con un castigo por parte de su Señor por su aptitud tan indisciplinada y poco prudente, se mantenía tan cual. Aquella mujer, que rondaba ya los cuarenta años, con aspecto de gran señora, tenía una cualidad indiscutible, su frialdad. De belleza indudable, con porte noble y airado, peinaba su pelo y maquillaba su rostro con total sobriedad, adornando su cuerpo con trajes elegidos con suma elegancia, que escondían su perfecto cuerpo, quizás una vez deseado y ahora envuelto en el aura de sus ojos, que eran dos témpanos. Lucía joyas de exquisito diseño y unas uñas afiladas y pintadas en color carmesí, que casi amenazaban ante cualquier roce humano. Permanecía sentada, rígida, con las manos sutilmente posadas sobre la larga mesa de caoba del salón, esperando la llegada de su Señor.
En cambio, su marido iba de un lado a otro de la estancia, mostrándose inquieto y excitado. Del mismo porte noble, con semejante frialdad en los ojos y con la elegancia que le da a algunos el dinero de cuna, se sentía igualmente ultrajado ante el destrono que suponía la presencia de Lord Voldemort en su casa, convirtiéndola en lugar de paso y cuartel general para muchos ineptos, por muy seguidores que fuesen de su misma causa. Odiaba ver pasar por allí a vulgares delincuentes, que manchaban sus alfombras de seda, que toqueteaban sus tapices familiares o que bebían en sus copas de fina orfebrería y cristal, mostrándose como zopencos energúmenos y perdiendo el respeto que le debían a él, a su familia y a su casta. Lo único que le consolaba era saber que su Señor le iba a dar mucho más a cambio.
El matrimonio Malfoy era el más adepto ante la limpieza de sangre dentro de la comunidad mágica y el levantamiento contra los muggles. Quizás por ese motivo, Lord Voldemort les permitía cierta arrogancia. No obstante, ellos sabían que le debían adoración y respeto ante su presencia. Llegó al salón con paso resonante, haciendo temblar hasta a las piedras, sentándose en la cabecera de la mesa y mirando con desafío a sus dos fieles. Su rostro reptil estaba más blanquecino que nunca, haciendo que sus ojos rojos resaltasen aún con mayor intensidad e inspirasen gran temor. Parecía absorber el aire y la luz en su interior, convirtiéndolo todo en oscuridad y vacío. Su furia se había visto incrementada desde el mismo instante en que, por culpa de su sobrina, perdió su casa y no dudaba en mostrarla a la mínima oportunidad. Dos asuntos pasaron a ser primordiales para él, uno tenía por nombre Wilcox y el otro también llevaba propiedad, Sirius Black. Ambos nombres llevaban escondidos el mayor de sus deseos y la máxima preocupación. Estaba perdiendo la paciencia por momentos, pues ninguno de ellos estaba solucionado, ni tenía visos de zanjarse con prontitud.
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Señor – Malfoy inclinó la cabeza para mostrar respeto, encontrando sólo desprecio por parte tanto del Lord, como de su esposa – Acabo de enterarme, lo sacan hoy
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Si esos ineptos se piensan que íbamos a desistir en nuestra idea, están muy equivocados. Ya estoy harto de esta inactividad. Quiero a todos los nuevos reclutas listos para atacar
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¿Cuáles son sus órdenes, mi Señor?
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Matadle, a él y a todos los que le respalden – Voldemort le miró y Lucius sintió el fuego en su sien – No quiero fallos, te lo advierto
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Por supuesto, mi Señor
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Parte ya
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Con su permiso – Lucius Malfoy salió sin darle la espalda y con la cabeza aún inclinada. Antes de salir le dedicó una clara mirada de amenaza a su esposa, la cual no cambió su trasfondo, absoluta repulsa
La sala se quedó en silencio por un momento. Voldemort observaba a Narcisa Malfoy con intereses, analizando punto por punto su figura y su interior.
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Es hora del té y no veo ninguno a mi alcance
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Aún son las 4:30 de la tarde... Mi Señor – No había duda alguna de su insolencia y desgana
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Para mí es la hora del té
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Como usted diga... Mi Señor – Narcisa Malfoy levantó la mano con calma y se dispuso a llamar al servicio
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No creo que las bestias inmundas que tienes por sirvientes, hagan el té que quiero esta tarde, Narcisa – En su tono se adivinaba cierta diversión – Quiero un té de unas manos tan finas como las tuyas, estoy seguro que no te importará servir a tu Señor
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Ya ha tomado el té de mis sirvientes y no ha puesto pega... Mi Señor
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Te estoy ordenando que me prepares y sirvas el puto té, Narcisa, no agotes mi paciencia – Una sonrisa de auténtica malicia asomó por la boca viperina de Voldemort - ¿Acaso temes que dejen de respetarte tus monstruos?
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En absoluto... Mi Señor – Narcisa se levantó como un viento frío pero frenado, hizo una mueca de fingida obediencia y se fue retirando, eso sí, de espaldas
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Quizás creas que tus aires de prepotencia son justificados. Quizás lo sean con otros pero no te equivoques, no lo son conmigo. Tengo entendido que no pudiste conseguir el amor de tu querido primo Sirius Black – El efecto de las envenenadas palabras hizo mella en su oyente – Te rechazó quizás por ser demasiado “idealista”. Lo hubieses arreglado enseñándole el coño, creo a que mi sobrina le funcionó. ¿Te han dicho que están felizmente casados? ¡Francamente vomitivo! Claro que ahora que lo pienso, debes de haberlo visto en las revistas de cotilleo. Seguro que aún te pica pensando en él...
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No admito ese lenguaje en mi presencia... – No se dio cuenta de lo que había dicho hasta que lo había dicho. No se dio cuenta que se había vuelto y le había mirado con profundo asco. Su expresión cambió de golpe a temor – Perdóneme, mi Señor
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Jejeje – Gozó Voldemort habiendo conseguido su distracción del día – A mi querida Narcisa no le gusta el lenguaje soez. He de admitir que a mí tampoco, no muestra la clase que a uno le sobra. Ha sido por pura diversión, claro que... Sirius Black es otro tema. Quizás él sea el motivo por el que miras con tanto desprecio a tu propio marido, o quizás sea porque él siempre huele a otra. Sus incontables intenciones con el sexo femenino siempre encuentran un buen final. Lo cual no se pude decir del idiota de tu hijo, no consiguió meter la estocada en su presa, ni siquiera a la fuerza. ¿Tu pequeño Draco nació a la fuerza?
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Señor, no... – Apenas podía decir nada coherente. Ese hombre o lo que fuese él, se debía de haber colado en su pasado con total impunidad. ¿Cómo sabía todo aquello?. ¿Quién se lo había dicho?. ¿Quién le desveló su mayor secreto? Sirius...
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Mi té, querida, no tengo intención de escuchar ninguna sandez por tu parte. No me gustan los resentidos, sólo son escoria, así que les utilizo para servirme el té
Con paso tembloroso fue saliendo del salón hacia las cocinas. Humillada, ultrajada y hundida, preparó ella misma el té más asqueroso que pudo, mientas maldecía una y otra vez, en su interior, no haberse alejado de todo aquello en su momento. Ahora era demasiado tarde. Pensó en su hijo y le dio asco. ¿Cómo pudo intentar violar a esa chica?. Le parecía tan ordinario y vulgar. Ella no le había educado para un comportamiento chabacano. Pudiese ser que no le mostrara el cariño necesario, tampoco Draco había dado muestras de reclamarlo. No obstante, ella le inculcó un respeto a sus iguales, mostrarse educado, cortés e incluso encantador para cuando quisiera obtener algo de alguien de su misma casta. Había sido su padre quien le mostró semejantes bajezas, convirtiéndole en igual de repugnante que él. Entre ambos habían logrado que ella anulará cualquier lazo que no fuese un mero escaparate. Hacía mucho tiempo que no se sentía esposa de nadie, más exactamente desde su regreso de luna de miel. Poco le duró. Años y años habían pasado desde que dejara de imaginar cómo habría sido la vida al lado de Sirius. Cuando fue madre, puso sus esperanzas en su pequeña criatura. Al ser chico, le pudo más la imagen paterna. En cuanto lo asumió, deshizo cualquier conato de cariño, encasillándose sólo en el papel de madre autoritaria y exigente, que a su vez, envía caprichos a su hijo para callar las posibles habladurías.
Ahora, Narcisa Malfoy, servía con sus propias manos té al Lord de las Tinieblas, al Señor Tenebroso, al Innombrable, y lo hacía sin que le temblara el pulso. Poco le duraba el miedo y demasiado la insolencia por verse tan rebajada. Semejantes valentías le costaron caras. Pagó la imprudencia con un precio alto, muy alto. No había terminado de escupir el té, cuando su Señor le mostró las normas de la obediencia.
Por fin volvía. El proceso contra él se había alargado por la importancia del caso y por que las pruebas no eran definitorias. Si Albus Dumbledore y Arthur Weasley no le hubiesen apoyado hasta el final, ni se quería imaginar lo que hubiese sido de él. Por mera protección le habían pedido quedarse más tiempo encerrado, hasta que no se supiese su traslado. Los medios de comunicación habían hecho mella en su caso, desde despiadado asesino mortífago del Ministro, a víctima a la que se le había acarreado el muerto. Ahora volvía a ser libre, otra cosa muy distinta era saber si recuperaría su puesto como profesor de vuelo en la escuela. De ese asunto el director no había querido tratar. Bien sabía que su acusación la llevaría a rastras cada día, que se encontraría con gente desconfiada, sobre todo en aquellos tiempos de incertidumbre, en que nadie se fiaba de nadie. Aún así caminaba sonriente hacia el traslador que le tenían preparado y que le llevaría directo a Hogsmeade. A izquierda y derecha llevaba a dos aurores bien adiestrados, de los de la antigua escuela, que eran de total confianza para Arthur Weasley. Iban hablando del buen tiempo que reinaba sobre Londres en aquella tardía tarde de domingo. En tan sólo dos manzanas que habían recorrido no encontraron a nadie, se respiraba calma.
Quizás por eso el ruido seco que oyeron les hizo ponerse alerta y esconderse detrás de unos contenedores de basura cercanos. Nueve hombres cubiertos con capas negras y máscaras blancas salieron de la nada, muy cercanos a ellos. A ninguno de los dos aurores les dio tiempo para avisar del ataque, porque nueve rayos fueron directos hacia ellos. Los grandes bidones salieron espitados, aplastándoles contra el muro trasero. Uno de los aurores salió a gatas hasta poder ponerse de pie y comenzar una lucha encarnizada. Los nueve enemigos se dispersaron en tres grupos de tres, cubriendo la izquierda, la derecha y el centro. Viktor Krum agarró fuerte su varita y salió de detrás del contenedor. Luchaba con maestría y soltura, al igual que sus acompañantes, y estaba convencido de que podría vencerlos si no fuese porque tenía que batirse contra tres a la vez. Acabar con uno no era fácil, pues los otros no esperaba a que éste cayese, todos atacaban sin descanso. Vio dos cuerpos en el suelo y tuvo miedo de que fuesen los aurores pero no, se trataban de mortífagos, al parecer ambos habían servido de escudo a los aurores para parar una maldición asesina. Los asesinos aprendieron bien la lección y a partir de ahí todo fueron torturas, desvanecimientos, petrificaciones y desarmes. Las maldiciones volaban sobre las cabezas o pasaban rozando los oídos, las explosiones les alcanzaba dejándoles cascotes incrustados en el cuerpo. Allí nadie más parecía darse por vencido, hasta que uno de los aurores cayó al suelo petrificado y uno de los mortífagos remató la victoria matándole sin ningún tipo de piedad. El aullido de su compañero se oyó por doquier. En él llevaba el dolor por la perdida de un amigo y la esperanza de que alguien viniese a ayudarles. Y así fue.
Un hombre de aspecto elegante, con traje entallado de color oscuro, que acentuaba su altura, empaque y daba aún mayor importancia a sus anchas espaldas, caminó con premura hasta ellos. A medida que se acercaba la silueta, pasó a descubrir a un varón de líneas atractivas, aunque un tanto irreal, como si la estatua de David se vistiese para la ocasión y acudiese en su ayuda. Aún así no se le veía el rostro, el sol tardío se metía ya por aquella calle y no dejaba ver las caras que estaban a su contra. Sacó la varita de un bolsillo interior y de un solo hechizo derrumbó a un mortífago dejándole muerto en el suelo. Estaba claro que aquel hombre no se andaba con chiquitas. Se redistribuyeron conforme a la nueva situación y siguieron luchando. ¿Quién era quién les ayudaba? Utilizaba las mismas tácticas de ataque y defensa pero su poder era mucho mayor, ganando en cada maldición a su oponente. Diez minutos después ya se había librado de los dos mortífagos, a uno le había degollado evocando una daga plateada muy afiliada con su varita, que al cumplir su misión, se había evaporado, y al otro le acertó con un hechizo asfixiante que le dejó secó en el suelo con un ligero tono morado en su rostro. Sopesó a quien ayudar y eligió al auror que parecía estar exhausto. Viktor no pudo estar atento a lo que pasaba con su guardián pero cuando quiso darse cuenta yacía en el suelo con los otros dos mortífagos. Sólo quedaban dos enemigos y ahora podría batirse en duelo con uno de ellos. A la par acabaron con ellos, Viktor dejando inconsciente al suyo y el desconocido, no mostrando piedad alguna, matando al otro. Con algo de dificultad quiso acercarse a él para darle las gracias pero antes de que esto pudiese pasar, el hombre fue directo al hombre que quedaba vivo pero en el suelo, con toda la intención de matarle. Eso definitivamente frenó al joven.
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¡Viktor, Viktor! – La voz de Sirius Black irrumpió en el lugar - ¿Estás bien?
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¿Sirius?
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¡Joder! No he llegado a tiempo. Se suponía que no debías salir hasta que yo no llegara
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No lo sabía
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Al menos habéis quedado dos
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Han muerto los dos, él ha venido a ayudarnos pero aún no sé quién es – Explicó Viktor – Gracias por venir a socorrerme
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No es exactamente a eso a lo que he venido – Pronunció el hombre que estaba de espaldas a Sirius y muy próximo a Viktor - ¿Ya no conoces a los antiguos compañeros?
Aquella voz había helado a ambos pero sobre todo a Sirius. No podía creerlo. Quien les había ayudado a matar a los mortífagos era, ni más ni menos, Mark Wilcox. Se dio la vuelta con rapidez, en su mano aún seguía la varita que había asesinado y que estaba dispuesta a cometer más muertes, una de ellas muy deseada. Se miraron a los ojos con idéntico odio y se acercaron para comenzar una lucha implacable, que sólo acabaría con la muerte de uno de ellos. Viktor no pudo evitar sentir pánico. Debía encontrar el traslador, sólo estaba a unos pasos, debía acercarlo allí y sacar a Sirius de aquel suicidio. Era otro nivel de duelo que él jamás había presenciado. El odio atinaba en cada misiva y ambos habían sido dañados, aún así ninguno se replegaba sino todo lo contrario. En la cara de Wilcox se podía ver una cortada que le dejaba el rostro ensangrentado y el brazo de Sirius tenía un aspecto horroroso, con una daga clavada en él, atravesándole por completo.
Viktor llegó dando patadas a un viejo neumático. Lo acercaría tanto como pudiese para atacar a Wilcox, coger a Sirius y alargar su mano para que les llevase directos a Hogsmeade. Ese era su plan y así lo cumplió. Estaba agotado, le dolían barbaridad de partes del cuerpo, sangraba por muchas de ellas y el polvo se juntaba en la herida para engrandecer el problema. No le importaba, le curarían. De repente, Sirius se paró y corrió hacia él esquivando los ataques de Wilcox. En su cara veía pánico y venía negando y gritando. Tardó unas décimas de segundo en entenderlas las palabras, lo justo para tirarse al suelo. A escasos centímetros sobre él, un rayo verde salió disparado para encontrarse con la trayectoria de otro rayo, lanzado para alcanzar a Sirius, creando una explosión que les barrió a los todos a más de diez metros de donde se hallaban.
Dentro de la confusión que sentía en su cabeza por el golpe recibido, Sirius escuchó algo que le dejó impresionado. Una voz dulce le anunciaba el peligro, le decía que se fuese de allí con Viktor de inmediato. A pesar de que lo más probable fuese que estaba alucinando, podría jurar que aquella voz era de Ginny Weasley. Lo que vino después le dejó paralizado. De la nube de polvo que se había generado, aparecía Mark Wilcox, con una sonrisa de victoria, empuñando firmemente su varita y moviendo sus labios para anunciarle su muerte. Todo pasó en un instante. El cuerpo de Viktor se abalanzó sobre él recibiendo la maldición asesina. Sirius lo abrazó y desapareció con él entre el polvo y la sangre escuchando un grito de furia que le acompañó hasta que apareció junto a la puerta del hospital.
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¡¡¡Wilcox!!! – Gritó un recién llegado Lucius Malfoy
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¿Vienes a recoger mi basura? – Sonrió con despreció y sin más desapareció
Maldijo en alto, de nuevo se había esfumado. Miró en todas direcciones y comprobó que las noticias no eran nada buenas. Sí, dos aurores muertos. Sí, vio el impacto en Krum pero nueve bajas menguaban la victoria, por no hablar de que no eran ellos los que la habían logrado, por la insinuación de Wilcox y por el estado de los cadáveres, los había matado él. Esto no le iba a gustar nada a su Señor, absolutamente nada. Respiró profundamente y desapareció del lugar justo cuando llegaban miembros del Ministerio.
Entró en su casa con el convencimiento de que iba a pagar la inutilidad de otros. Estaba nervioso, sentía que algo no iba bien. Olía a dolor, a quemazón y en cuanto se presentó en salón supo porqué. En la misma posición en que había dejado a Lord Voldemort, es en la que estaba horas más tarde. Sentado en la presidencia de la mesa, lugar que antaño fue el suyo, estaba su Señor esperando noticias. En su cara se dibujaba una mueca de calma, como el que ha jugado con algo hasta hartarse. Vio el juguete con horror. Su esposa estaba tirada en el suelo en una posición antinatural. Su vestido ajado dejaba sus pechos al aire y en ellos se veían claros moretones y cortadas. Nada quedaba del elegante peinado y su rostro, antes terso y limpio, presentaba claros signos de maltrato. Aún respiraba. Lucius se quedó quieto mirándola sin entender cómo había llegado a ocurrir aquello. ¿Qué era lo que había hecho para recibir tal castigo?. Se aproximó a ella pero no llegó, la voz cruda de Voldemort le paró los pies.
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Estoy esperando mis noticias y detesto esperar
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Lo siento, mi Señor – Inclinó la cabeza hacia él – La misión se ha llevado acabo, Krum y los dos aurores que le acompañaban están muertos
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Ummm – Voldemort le taladró con la mirada y supo que escondía algo más - ¿Y qué más me tienes que decir, Lucius?
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Al parecer fue Wilcox quien mató a todos, Señor, incluso a nuestros nueve hombres
Se levantó tan rápido, que la silla cayó de espaldas armando un gran estruendo. Un grito perforó cada sentido de cada habitante de la casa. Narcisa gimió. Con un solo movimiento por parte de Voldemort, el tapiz más cercano comenzó a arder, las copas que estaban en la mesa explotaron, incluso las de las vitrinas y los cristales de los ventanales salieron despedidos en miles de pedazos hacia todas partes. Todo bajo aquel gemido iracundo de rabia e impotencia. Fue directo a Lucius, le cogió de la pechera y lo elevó con una fuerza asombrosa.
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¿HASTA CUÁNDO? – Voldemort le lanzó al aire, cayendo el mortífago con todo su peso contra el suelo – Panda de ineptos, escoria, memos sin cerebro ¡De eso estoy rodeado! ¡YO! ¡TENDRÉ QUE SER YO QUIEN HAGA EL TRABAJO!
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Lo siento, mi Señor, lo siento
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¿Qué clase de recompensa piensas obtener por no cometer más que errores? – Voldemort le pateó en el suelo, hundiéndole las costillas hacia dentro - No juegues con mi poca paciencia, Lucius, porque todo lo que tienes se te puede arrebatar
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Sí, mi Señor
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¡FUERA, FUERA DE MI VISTA!
Lucius se levantó con algo de dificultad pero con premura. Fue hacia su mujer y la ayudó a levantarse. Narcisa sintió el cuerpo de su marido después de años sin tocarse. Como pudo, intentó que se mantuviese en pie y que caminase, no podía cargar con ella. Sus ojos se cruzaron y, para asombro de ella, vio algo que le hizo sonreírle. Lucius Malfoy tenía miedo de su estado, tenía indignación de aquel maltrato, tenía preocupación por su salud, su marido tenía amor en los ojos, amor hacia ella.
- Ya estoy rodeado de bastantes inútiles como para tener a una más. Wilcox ha vuelto a escapar y yo cumplo mis amenazas – Voldemort alzó la varita – Avada Kedavra
El impacto congeló la sonrisa de Narcisa Malfoy, dejándola sin vida. Lucius ahogó un grito. Estaba muerta. Bajo los aullidos de Voldemort se alejó, esta vez con ella en brazos, sin parar de observar la sonrisa de paz que se le había quedado. Le veía tan hermosa como en el primer momento en que posó sus ojos en ella. Quiso pensar que llevaba una diosa griega a las puertas del monte Olimpo, en donde sería recibida con todos los honores de su clase. Subió las escaleras con dificultad, entró en su cuarto, en el que no estaba desde hacía años, y la tendió en su cama. Haciendo caso omiso a su propio dolor corporal, la preparó para que todos la viesen tan hermosa como él, dejándola con la imagen que se tenía de ella, cambiada sólo por un matiz, una auténtica sonrisa. En una de las mesillas estaba la foto de Draco de unos cuatro años, mientras que en la otra había un retrato de dos jóvenes riéndose. Apenas se reconoció en ella. La ocultó a su vista y lloró, lloró sin pudor, lloró sin esperanza. Ya era demasiado tarde para mirar atrás y ver en dónde se equivocaron. Sintió la culpa y se prometió a sí mismo no volver a fallar. Antes la muerte.
Llamaron a la puerta de su despacho. No le dio tiempo a contestar. Remus entró directo con cara de preocupación y tristeza. La encontró sumida en quehaceres para no pensar más en la discusión que había tenido con Harry. Casi no hizo falta que abriese la boca. Lo sabía, sólo con verle lo sabía. Sirius. Remus le puso al corriente tranquilizándola, diciéndole que él mismo había avisado y que solo tenía el brazo y el orgullo algo dañados. Sin embargo no cesó ahí. Krum había muerto. Sintió arrugarse el alma. Un nudo cerró su garganta y las lágrimas afloraron sin consentimiento. Fue cuando su amigo le comunicó el nombre de su asesino, cuando a Emy se le abrieron los ojos como platos y ahogó un grito de terror. Mark Wilcox había regresado.