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Historia 3558 — capítulo 45

  1. Marido y mujer

Después de la primera impresión, Emy se quedó mirando a Remus, quizás como esperando que le dijese: “¡Qué no, qué es broma!”. No ocurrió. Le había salvado. Ella le había salvado. Una nueva oportunidad para alejarse de allí, de todo esto tanto como pudiese. Pero no. Mark había asesinado a Viktor. Pobre muchacho, si apenas tenía veinte años. ¿Por qué a él?. ¡Sirius!. Estaba herido, debía de ir con él. Oyó como Remus la llamaba pero ya era demasiado tarde, ella había desaparecido confundiéndose con el aire.

Se sorprendió al encontrarse en el vestíbulo del Hospital San Mungo, pensaba que Sirius estaría en el Ministerio. Notó miradas clavadas en ella, seguramente igual de sorprendidos, no se podía aparecer así como así dentro del hospital. Oyó como una mujer la anunciaba y se extrañó. “Es La Unión”. Esas tres palabras iban más deprisa por el aire que ella por el vestíbulo. Cuando llegó al mostrador, las personas que estaban delante, le hicieron pasillo para dejarla pasar hasta la recepcionista. Una bruja de mediana edad balbuceó algo que Emy no llegó a comprender pero no hizo falta ni que abriera la boca, porque lo repitió de nuevo indicándole que su esposo estaba en la sala de curas con armas blancas, que estaba situada al fondo del pasillo del primer piso. Musitó un "gracias" y se dio la vuelta. Lo vio en sus caras, magos y brujas le miraban como si ella fuese un tornado en medio de una sala. No le gustó. Por un instante, su lado más sarcástico estuvo apunto de gritar: ¡Buh!, y dejarles a todos con una artería obstruida pero sopesó que no era el mejor momento. Intentó no sentirse un mono de feria y se dirigió a buscar a su marido.

En la sala de curas encontró a una enfermera, que le estaba diciendo a otra, que acababa de atender, nada más y nada menos, a Sirius Black. Cuando se dio la vuelta para ver quién era la bruja que pregunta por un paciente, la anonadada enfermera se tambaleó.

  • ¡Usted es La Unión! – Dijo con voz gritona y señalándola con el dedo

  • Mi nombre es Emily y busco a “mi marido”, Sirius Black – Contestó bajando el dedo con delicadeza y ya comenzado a cansarse de tanta patochada – Su compañera de recepción me dijo que podría encontrarle aquí

  • Hace diez minutos que ha abandonado la sala de curas pero está ahora mismo en la sala contigua a esta, porque...

Emy se marchó sin querer saber más, no le gustaba la forma en que la miraba, ni como la otra enfermera se había quedado con la boca abierta. ¡Malditos cotillas!. Desde que vio su boda publicada en una revista del corazón, no había querido seguir indagando en lo que se dijese de ella o de Sirius pero estaba claro que aún estaban en auge, por desgracia. Cuando iba a abrir la puerta, salió un medimago.

  • Perdone ¿ha atendido usted a Sirius Black?

  • Sí

  • Soy su esposa, me gustaría saber cómo está

  • Muy bien, señora, su marido tiene una capacidad asombrosa de recuperación

  • ¡Ah! Genial – Dijo Emy más tranquila. La verdad es que se había olvidado del don que le había otorgado. Claro que entonces, pensó, ¿por qué le habían dañado?. Se lo preguntaría luego, ahora sólo quería verlo - ¿Está dentro?

  • Sí, señora, pase – El hombre abrió la puerta de par en par y Emy desde fuera vio a su marido sentado en una silla delante de una mesa

  • Gracias – Exclamó. Fue directa hacia él. No miró en otra dirección que no fuese esa, sólo vio su expresión de sorpresa y de dicha, como si no se viesen desde hacía años – Cariño ¿cómo estás? ¿te encuentras bien? ¿te duele algo?

  • No, no te preocupes, estoy bien – Sirius se levantó con decisión, quería impedir algo que no pudo y que le puso colorado como un tomate. Emy le pasó ambas manos por los cabellos y le dio un beso desesperado. Ni siquiera en aquella situación era capaz de negarse. Sintió como su esposa se frenaba al oír los primeros fogonazos y murmullos. Se separaron despacio y vio en ella su típica expresión de incertidumbre – Emy, aquí hay unos señores de la prensa que han venido a informase sobre los últimos acontecimientos

  • ¿Qué?

Se giró lentamente y, para su propio horror, se encontró como doscientas cabezas que les miraban como depredadores hambrientos ante sus presas. Quiso salir corriendo, agarrando a Sirius del brazo, pero su marido debió notarlo, la dio la mano y la guió para que se sentara a su lado en la mesa. ¿Qué estaba haciendo?. ¿Por qué se dejaba someter a esta situación?. Las preguntas no tenían un tono cordial en la cabeza de Emy y a Sirius tampoco se lo parecieron cuando la oyó en la suya. Con calma le explicó que Arthur le había pedido que atendiera a los medios, porque él no daba abasto y tenía que ocuparse de los aurores. Según Sirius, era el primer Ministro que se ocupa más por ser funcional, que representativo. Emy rebajó un poco su incomodidad y asumió que si su amigo se lo pedía, pues era su deber cumplirlo. Eso sí, de preguntas gilipollas no quería oír hablar. Se maldijo de sólo pensarlo, pues la primera fue directa a ser clasificada con la reina de las preguntas más inconvenientes.

  • ¿Es cierto que están esperando un hijo para principios de año? – Preguntó una bruja con mayor voz irritante que la enfermera – Y si es así ¿Heredará sus poderes?

  • ¿Cómo dice? – Exclamó Emy, no es señal de que le repitiesen la pregunta, sino como para que notase que no le agradaba, en absoluto, esa clase de preguntas

  • Que si es cierto...

  • Comprendo que tener a La Unión aquí es interesante para ustedes – Intervino Sirius antes de que su mujer convirtiera a la pobre periodista en polvo de bruja, últimamente su carácter era demasiado variable para andar jugando con ella - Entiendan que esta rueda de prensa solamente es para responder a los detalles del ataque producido esta tarde, no responderemos, ninguno de los dos, nada que sea personal. Lo sentimos, no queremos ser descorteses

  • “Yo sí. De ganas la metía la vuela pluma por el...”

  • “¡Emy!”

Dos preguntas más y estaban fuera. Llegaron a la zona de las chimeneas casi corriendo, se notaba que Emy quería salir de allí zumbando. Caminaba tan deprisa y con la cabeza agachada, para impedir fijarse en cómo le miraban, que Sirius tuvo que corregirle el rumbo en un par de ocasiones. Cuando llegaron al despacho del director, quien estaba acompañado por gran parte del profesorado, Sirius explicó en alto, para que todos le oyeran, que estaba perfectamente. Emy soltó, nada más llegar, una especie de gruñido infantil, que terminó con una patada en el suelo. Remus se acercó a ella por detrás y le susurró con una clara voz sarcástica:

  • No me dejaste acabar

  • Ummm – Dijo como única respuesta acompañada de una mueca burlesca

Emy deseaba terminar aquel horrible fin de semana de una maldita vez. Mientras oía a Sirius contarles a todos el atentado y lo ocurrido con Mark Wilcox, su mente volvía al castillo y más exactamente a un muchacho de diecisiete años, que a esas horas ya estaría dormido, y que, por su bien, esperaba que no estuviese soñando. Cuando ya pudieron irse a su apartamento, abrazados por los desiertos pasillos y lamentando la muerte del pobre joven profesor de vuelo, Emy se dio cuenta de un repentino cansancio y abatimiento.

  • No puedo más, hoy ya no, sólo quiero dormirme en tus brazos – Dijo con voz melosa

  • La verdad es que a mí tampoco me apetece analizar ahora nada de lo sucedido pero en cambio suena bien eso de tenerte para mí, acurrucada en mi pecho

  • No sabes cuánto te quiero

  • Eso es lo que tú te crees – Sirius sonrió y besó dulcemente en la frente a Emy. Sintió que a pesar de que el mundo de su alrededor quería desmoronarse, él se mantendría erguido y feliz por el mero hecho de estar con su esposa. Se le llenaba la boca sólo de pensarlo... “su esposa”.

A la mañana siguiente y después de haberla llamado unas quince veces para que se levantara, Sirius consiguió desayunar en paz con Emy, antes de bajar para las clases. No había parado en toda la noche, vueltas y vueltas sin cesar, murmuraba en sueños e incluso la había visto llorar. Estaba preocupado, esos sueños eran frecuentes y no entendía cómo es que no cesaban. Ahora ella debería sentirse, al menos, algo más tranquila, claro que no anoche pero sí las otras noches. Estaba con Harry y con él, sabía que las chicas estaban mejor protegidas que allí, que las cuidaban bien, así que no entendía qué era lo que tanto la perturbaba. Quizás es que él no quería ver más allá del presente y ella no podía evitar soñar con un futuro, en el que la vida de Harry no estaba asegurada.

  • Creo que me duelen más las piernas por las patadas que me has dado anoche, que por el ataque – Bromeó Sirius mientras le preparaba el café a Emy y ésta hacía las tostadas

  • Son por las que me corté de darte antes de acostarme - Siguió ella la guasa

  • ¿Y por qué me merezco yo semejante trato?

  • Por el susto que me has dado – Ahora Emy hablaba en serio

  • Si me fuese a pasar algo, seguro que lo hubieses presentido – Dijo Sirius como si tal cosa, prestando atención al chorro de café en la taza y no a la expresión que su mujer había puesto, la cual estaba un tanto lívida – No te vas a creer lo que te voy a contar pero te juro que lo he escuchado. Cuando estaba caído y medio inconsciente, después de la explosión por las dos maldiciones, escuché a Ginny decirme que cogiera a Viktor y me marchara de allí

  • ¿A Ginny?

  • Sí, era ella sin duda

  • Bien, eso significa que va tomando cargo de su misión. En verdad es el segundo paso que ha dado, el primero ha sido acercar a Hermione y a Ron en su distancia – Explicó Emy mientras extendía la mantequilla sobre la tostada - ¿Con fresa o con melocotón?

  • ¿Qué?

  • Que si quieres fresa...

  • No, no, lo anterior – Sirius cogió el tarro de la mermelada y se lo pasó – Así que estás al corriente de que hay comunicación entre ellos y te quedas tan pancha, mientras que a Harry le has metido una bulla que aún debe estar sorbiéndose los mocos

  • De ese tema prefiero no hablar – Cortó Emy – De lo que sí quiero hablar es del motivo por el cual te dañaron

  • No sé si Wilcox era así de poderoso antes, o ha adquirido nuevos poderes, pero te aseguro que ese hombre es duro de batir. Odio admitirlo pero es mejor que yo, tiene destreza, rapidez, fuerza, convicción y motivos. En eso creo que le supero – Sirius se quedó con la mirada perdida y en ella se veía un claro deseo de darle todos los puñetazos que aún no había podido, no se había olvidado que él fue participe de su peor etapa junto a Emy

  • Eso no es cierto del todo, sólo en un punto y es al que yo me refería, convicción – Sentados uno al lado del otro, a golpe de mordisco cada cual con su tostada, el tono de la conversación que llevaban, le parecía a Emy que poco más se tratara de elegir el color de muebles para el próximo dormitorio – Tú tienes un don que prácticamente nadie tiene en la comunidad mágica, querido, y no le asumes, lo cual no entiendo

  • ¿De qué hablas?

  • De tu inmunidad

  • Tú ya estás aquí, la inmunidad sólo era para proteger a Harry

  • Lo dices como si el don fuese un contrato y te hubieses leído la letra pequeña

  • ¿Me estás diciendo que aún tengo ese poder?

  • Sí, yo no te lo he quitado, Merlín creo que tampoco y Ginny no creo que se le haya ocurrido – Dijo Emy con total serenidad frente a la flagrante emoción de su marido - ¿Has notado que alguien te pudiese absorber algún poder?

  • Me dejas pasmado – Dijo Sirius boquiabierto – Primero... ¡soy inmune! y segundo... ¿se puede absorber poderes como quien absorbe una cerveza?

  • Hay muchas maneras de aumentar el poder de un mago, de menguarlo, de hacerlo desaparecer pero de absorberlo como tú dices, que yo sepa, sólo Merlín y Ginny. A la pelirroja se lo pasé por completo, ella es más pura que yo. Para mí era demasiada la tentación. No se debe utilizar, en absoluto es ético. En verdad es como ser un dementor, absorber el alma de un mago

  • Entiendo – Sirius soltó un bufido simpático - ¿Así qué soy inmune?

  • Te quería pedir una cosa, bueno dos

  • Por supuesto, lo que quieras, claramente estoy en deuda contigo – Dijo riéndose

  • Quiero ir contigo a todas las misiones a partir de ahora

  • ¿QUÉ? ¡NO!

  • Has dicho que lo que yo quisiera

  • Emy, es peligroso

  • Lo sé

  • ¿No dices que soy inmune? No me pasará nada, potenciaré este don, te lo prometo

  • Yo no quiero ir para defenderte, yo quiero ir para estar contigo

Su voz había sonado como la pequeña Emy de tres años que vio Sirius por primera vez, esa que le besó, ese beso que les ató para siempre. Marido y mujer se quedaron enganchados en una mirada continua. Él pensado qué había hecho para merecer tal ángel. Ella deseando, más que nunca, caminar por la vida siempre a su lado.

  • Hablaré con Dumbledore, por mí encantado

Y tampoco estaban en el desayuno. Harry ya se estaba cansando de esas ausencias. Quería verla a ella y a él. Quería al menos mirar a sus tíos y ver que nada se había perdido. Sabía que eso no era cierto. Él le había perdido el respeto a Emy y no se lo perdonaría nunca. El revuelo por la mañana ya no era por parte de los profesores, ahora era cosa de los alumnos, que especulaban con el motivo por el cual los profesores se habían puesto tan intranquilos. Aquella mañana todos habían acudido a desayunar más o menos a la vez, temprano, quizás con la esperanza de una explicación por parte del director. No estaban equivocados. Se levantó con tristeza y pidió atención a sus estudiantes.

  • Tengo una muy mala noticia que darles y prefiero hacerlo yo antes de que se enteren por parte de los periódicos – El silencio era abrasador. Un aire de solemnidad y desolación arremetió en la estancia – El profesor de vuelo, Viktor Krum, fue asesinado ayer tarde a manos de los secuaces de Voldemort

Un sonido de ahogo y sorpresa por la demoledora noticia, salió de la boca de todos menos de unos cuantos. Sólo uno sonrió. Harry vio con total desagrado la muestra de alegría en el rostro de Malfoy. Deseó levantarse y liarse a hostias con él allí mismo.

  • A media mañana daremos duelo a nuestro compañero con dos minutos de silencio, ya se lo indicaran - Siguió hablando Dumbledore – Las clases de vuelo se seguirán supliendo por el resto del profesorado. Ahora ruego que sigáis con vuestras cosas, no dejemos que las maldades de un vil asesino minen nuestros ánimos. Brindamos un mejor respeto a Viktor si le deseamos, de buen corazón, que tenga un agradable viaje hacia la luz del bienestar

Sin más, se sentó en su sillón y continuó con el desayuno mientras hablaba con la profesora McGonagall, que aquella mañana no tenía buena cara. De nuevo los murmullos llenaron el salón, eran menos efusivos, mucho más apagados. Se oía el llanto de algunos, el pesar de otros. Recordaban lo bueno profesor, arbitro y jugador de quidditch que había sido. Recordaban su carácter un tanto tosco que contrastaba con una gran timidez. Harry miró a Ron, se le veía muy afectado.

  • Ron ¿pasa algo?

  • Yo... yo... a veces se me ocurren cosas brutales... pero nunca quise...

  • Lo sé, Ron, es que nuestro monstruo interior en ocasiones habla más alto que nosotros. No te preocupes, son paranoias que tenemos todos

  • Sí, claro...

Cinco minutos después entraba una bandada de lechuzas en el Gran Comedor y repartía los paquetes y correspondencia entre la que se hallaba el objeto más deseado esa mañana, el periódico El Profeta. Harry lo desenvolvió con ansia. En primera plana estaba la foto de Viktor de cuando había participado en el Torneo de los Tres Magos. El titular era claro. Asesinado. Más detalles en páginas interiores. Cuando llegó a ellas y vio a Sirius y a Emy, se le encogieron las tripas. ¿Era posible que su tío estuviese herido y aún no se lo hubiese dicho nadie?. Miró a la mesa de profesores y encontró los cristalinos ojos del director tras sus gafas de media luna. “No pasa nada, él está bien”. La voz del director se materializó en su mente, escuchándola tan profundamente como si se lo hubiese dicho al oído y con una perfecta vocalización. Harry asintió con la cabeza. Pero Harry no había leído toda la noticia, lo que Ron sí estaba haciendo, y cuando llegó hasta el nombre del asesino, casi se atraganta con el sorbo del zumo.

  • Harry ¡Ha sido Wilcox!

  • ¿Qué? – Miró a donde le señalaba su amigo y lo leyó - ¿Se cargó a los mortífagos, a los aurores y a Viktor? ¡Joder!

  • Y creo que se hubiese cargado a Sirius con gran agrado, recuerda el odio que se tienen

  • Tengo que hablar con mi padrino – Sentenció Harry

  • Vamos

Nada más salir se toparon con él en la puerta. Le machacaron a preguntas que él silenció con una sonrisa y con calma. Se lo contaría en otra ocasión, sólo quedaban cinco minutos para el comienzo de su clase y tenía prisa. Le vieron entrar en el comedor, bajo el continuo murmullo del resto de los alumnos y decirle algo al director. Asintiendo éste, salieron por la puerta de atrás. No les quedó otra que arrastrarse hacia las mazmorras para aguantar la clase de pociones con Snape, que resultó ser la clase más tranquila que habían tenido con él durante todos aquellos años. Incluso a Snape le había dolido la pérdida de su joven compañero.

Ni un momento había tenido para hablar con Sirius, al parecer tenía mucho trabajo y se ausentaba con frecuencia, siempre acompañado por Emy si no tenía clase. El lunes no tuvieron entrenamiento con ninguno de sus tutores debido al entierro, así que aprovecharon para practicar quidditch, tenían partido el sábado. Debido a la insistencia de Harry para que alguien le contase lo ocurrido, fue llamado al despacho del director para que hablaran durante la hora de Defensa que tenía el martes por la tarde. Harry se presentó allí puntualmente, llamó a la puerta y la voz amable del anciano le hizo pasar.

  • Buenas tardes, Harry

  • Buenas tardes, profesor

  • Siéntate – Albus le miraba con su actitud protectora de siempre – Charlie y Remus me han dicho que has querido hablar con Sirius y con Emy estos días y que no has podido. He imaginado que querías saber de primera mano lo ocurrido. ¿Me equivoco?

  • No

  • Ellos ahora están muy ocupados y las clases no son un buen momento para tratar de estos asuntos tan delicados – Dumbledore se recostó en su butacón – Si tú quieres puedo contártelo yo

  • Me parece bien

El director puso al corriente a Harry, sin que este notase una gran diferencia con lo que había leído en el periódico. No obstante sabía que el director no le ocultaba nada importante y menos cuando habló sobre Mark Wilcox y lo engañado que le había tenido en un principio. El director confesó que su mayor defecto, virtud en ocasiones, era creer siempre en la gente, no desconfiar de ella. Estaba claro que en los últimos tiempos le habían apaleado en ese aspecto. Ante las palabras del anciano Harry sonrió.

  • Me ha chivado Sirius que tú y Emy estáis un tanto disgustados

  • Es imposible que estas cosas se mantengan en secreto, en este colegio se sabe todo, lo bueno y lo malo

  • Eso me temo, Harry – Ahora sonreía Dumbledore – Debes entender todos los aspectos en los que estás metido por tu situación. Sé que no es fácil, es una gran responsabilidad la que cargáis Los Guardianes y a pesar de que odiéis oír esto, sois muy jóvenes para ella

  • Ya

  • También me han dicho que estáis teniendo unos entrenamientos excelentes y que no es nada fácil mantenerse a vuestro nivel. Remus está convencido que ya le superáis y que se juegan el tipo cada vez que tienen duelos con vosotros

  • No creo que llegue a tanto – Respondió el muchacho con humildad

  • Yo siempre me fío de mi profesorado y más del sentido común de Remus, algunas veces un tanto distorsionado pero siempre efectivo

  • Hacemos lo que podemos

  • Créeme, hacéis mucho más que eso – Confirmó Dumbledore con seriedad

  • Me faltan datos, hay ciertas cosas que se escapan a mi razonamiento y que no me vale suponer, porque podría llevarme por caminos muy equívocos – Dijo de pronto Harry sin saber muy bien por qué se lo contaba a director, por qué había dejado salir a sus pensamientos

  • Sólo tienes que decírmelo y quizás yo pueda ayudarte, o tenga lo que necesitas

  • Bueno... yo...

  • Será entre tú y yo – Explicó el director

  • Estoy buscando datos sobre el destino

  • ¡Vaya! Veo que no te andas por las ramas, has ido a dar con el hilo de la cuestión

  • Eso creo. Después de todos estos años, por fin puedo sentir que es ahí donde voy a hallar respuesta a algunas de las preguntas – Confesó Harry – Sin embargo, no encuentro material en la biblioteca del colegio ni en... bueno no encuentro libros que me ayuden y le aseguro que ya he mirado unos cuantos

  • Déjame que piense... Quizás... sí, quizás sea ese viejo libro de leyendas, la mayoría de ellas confirmadas, lo que estés buscando – Dumbledore se levantó y se dirigió a las grandes estanterías que colmaban el despacho – Dippet, amigo, ¿recuerdas dónde estaba ese libro sobre leyendas del mundo antiguo?

Un anciano dentro de un cuadro dejó de cuchichear con la mujer que estaba a su izquierda y prestó su atención al actual director. Después de rascarse la barba durante un momento y bajarse las gafas hasta hacer equilibrio con la punta de la nariz, contestó:

  • Creo que debe estar en la Sección de Mundo Antiguo, como es lógico, en la tercera estantería por la derecha, encima de Batallas sin final

  • ¡Oh! sí, claro, esta memoria... – El anciano fue para allá y se subió en una escalera de madera para alcanzar la sección – Gracias, colega, aquí está y perdona por cortar vuestra conversación

  • En absoluto, para eso estamos – Y siguió hablando con la bruja de la izquierda

  • Toma, Harry, no sé cómo se me ha olvidado donde estaba, hace poco le presté un libro a tu tía de esta sección, aunque no creo que esté bien puesto en ella pero eso es otro tema

  • ¿Hace cuánto? – Preguntó Harry con curiosidad

  • Como un mes. ¿Por qué?

  • Me da la sensación de que le tengo yo ahora. ¿Es La piedra de fuego caída del cielo?

  • ¡Ese mismo! Una historia digna de conocerse. La tienen descatalogada por no haberse cerciorado nunca... si ellos supiesen. Ya se sabe que los científicos y los historiadores todo lo tienen que comprobar. No me extraña que te lo haya dado Emy para que lo leas, tiene sentido si estás investigando el destino

  • Ella no sabe lo que yo estoy investigando... Me lo dio por que... Al parecer cometí un grave error

  • Tampoco habrá sido para tanto – Dijo con benevolencia el anciano

  • ¿Por qué me da la sensación de que sabe de qué va todo esto?

  • Quizás porque lo sé – Dumbledore sonrió – Si Emy y yo pecamos de algo, es de querer protegerte siempre, Harry. Cometemos errores por ello, pero no dudes que también hemos tenido nuestros aciertos

  • A veces me puede el temperamento, no soy capaz de cerrar mi bocaza y termino diciendo cosas que no siento – Se estaba desahogando con la persona que menos podía pensar que lo haría, aunque el director siempre había estado ahí para él y se lo agradecía

  • Nos pasa a todos, no creas que es problema de la juventud. Somos humanos y erramos, eso nos hace madurar, aunque uno no parece terminar nunca de crecer... Te lo digo yo, que llevo años a las espaldas, jejeje

  • Jejeje

  • Espero haberte servido de ayuda y recuerda que puedes consultarme aquello que no entiendas

  • ¿Usted se lo ha leído?

  • Sí y es muy interesante, tanto el uno como el otro pero prefiero no decirte nada hasta que tú lo hagas. ¡Eso sí! que no los vea nadie, aunque ambos tienen un curioso sistema de prohibición, se lo muestran selectivamente a quien ellos estiman oportuno

  • Pues espero ser uno de ellos

  • Yo también lo espero – Dumbledore le sonrío – Ve a clase, ya me contarás

  • Vale - Harry se puso de pie y se fue hacia la puerta – Gracias por todo

  • No hay de qué – Dumbledore también se pudo en pie – Debes comprender que ella se siente rabiosa e impotente por no estar en tu puesto, no lo olvides

  • No lo haré

Caminaba por el corredor que más le gustaba de todo el castillo, el que llevaba al aula de Estudios no mágicos. Aún no se había terminado la primera clase de la tarde y los pasillos estaban desiertos. Se respiraba el calor del otoño, del final de la tarde, en el que el sol se posaba bajo y se colaba por las vidrieras de los ventanales, haciendo, en el suelo de piedra, grandes lenguas de fuego, como si la roca estuviese incandescente. Aquel color anaranjado era tan bello como el pensamiento que le acompañaba. Ginny. Era normal, ella era su refugio, en el que deseaba estar, en el que anhelaba descansar. Siempre Ginny. Iba mirando tan fijamente al suelo, que no se dio cuenta de doblar la esquina y chocar con alguien. Cuando levantó la cabeza y estaba apunto de pedir perdón, le vio. Su asquerosa cabellera platino se bañaba por el mismo sol que le recordaba a ella. Clavó sus verdes ojos en los fríos e impersonales de Malfoy y deseó borrarle la cara de felicidad que llevaba a guantazos.