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Historia 3558 — capítulo 46

  1. El latido de un corazón
  • Hijo de puta – Gritó Harry yéndose a por él

Su intención era buena, sabía que debía ignorarle si no quería que su carácter, por el odio que sentía hacia él y por lo que Malfoy representaba (la alegría de las victorias de los mortífagos), saliese a relucir en un intento de asesinato. Había pasado de largo, sólo clavándole la mirada para que supiese que no le tenía miedo y que él sí debería tenérselo a él. Pero Malfoy cometió la estupidez de hablar y de decir lo que no debía:

  • Lástima que no mandásemos también al “agradable viaje hacia la luz del bienestar” al profesor de Runas

Harry se había girado sobre sí mismo en un rápido movimiento y lo había tirado al suelo, en donde hubiese deseado que se quemase vivo contra la roca. La rabia, la absoluta rabia que sentía hacia él, se transformó de nuevo en una batida de puñetazos.

  • ¡ERES TÚ QUIEN DEBERÍA ESTAR MUERTO! ¡MUERTO! ¡HIJO DE PUTA! ¡CABRÓN!

  • ¿QUÉ PASA AQUÍ?

Emy paró los golpes de Harry de sopetón, dejándole con el puño en alto, dispuesto a lanzar al menos el último puñetazo. Los ojos de Harry habían oscurecido, sus facciones eran ahora mucho más afiladas, las gafas estaban mal puestas por el ímpetu de su cuerpo y respiraba con agitación e irregularidad. Ella se veía aún más alta desde el suelo, más imponente, su postura era la misma que la última vez que había hablado con ella.

  • Supongo que no irá a castigarme a mí ¿O se va a dar de nuevo una actitud paternalista por ser quien es? – Dijo Draco con su voz silbante y cínica

  • ¡Cállese, Malfoy! – Ordenó Emy - ¡Potter, a clase ya! Se le descontarán 30 puntos a su casa por esto y tendrá un castigo que le imponga el profesor Snape

  • ¿Qué? – Gritó Harry – No tienes ni idea de lo que este cabrón me...

  • ¡A clase ya! – Bramó Emy

Como un tornado se forma en el cielo y desciende hasta la tierra, creando un tumulto de destrozos, en el interior de Harry se creó una tormenta que fue tomando fuerza y bravura hasta estallar en su puño. Con una increíble potencia, el brazo de Harry descendió con tal rapidez y vigor, que Malfoy creyó por un instante que le partiría la cabeza en dos. Pero no hizo diana en él, esta vez fue la roca del suelo quien sintió la furia de Harry, destrozándose los nudillos contra ella. La cólera del muchacho al oír su apellido en boca de su tía, como si lo pronunciase con desprecio, con indiferencia o incluso con ofensa, había desatado un sentimiento de abandono, un dolor que quería mitigar con un dolor real, más fuerte si cabía. Se levantó sin ni siquiera mirarse la mano ensangrentada. Dejó a Draco en el suelo con los ojos cerrados y temblando del susto. Pasó al lado de Emy, mirándose ambos con dureza, y se marchó al aula, que no estaba a más de veinte pasos de allí. Se metió dentro pero le pudieron las ganas de oír lo que su tía tenía que decirle a Malfoy. Se pegó a la pared y se acercó al borde del umbral cuanto pudo para que no le viesen. Asomó un poco la cabeza y les vio.

  • ¡Levántate! – Ordenó Emy

  • Al menos ha visto que he sido víctima de esta agresión, Potter siempre se libra de sus infracciones – Dijo Draco poniéndose en pie y sacudiendo su túnica

  • ¡Mal nacido! – Exclamó Emy, cogiéndolo de la pechera con increíble fuerza para una mujer de su complexión, frente a un muchacho alto y no precisamente delgado – Escúchame bien. Estás acabando con la poca paciencia que me queda. No te acerques a nadie de los míos con tus ofensas, tus cinismos y tus señuelos, porque no respondo, ¿me oyes?. ¿ME OYES?

  • Sí, sí – Musitó Malfoy

  • No creo que hayas olvidado la cara que ya te mostré, mi lado oscuro. No te conviene volver a verlo, asqueroso aprendiz de mortífago, porque será lo último que veas. Ya he matado a sangre fría antes, ya no existe escrúpulo alguno en mí, tengo poder de sobra para que parezca un accidente. Así que no juegues con mi paciencia, mequetrefe, porque este es el último aviso. Y ahora QUÍTATE de mi presencia

Se marchó corriendo cuanto puedo. Emy volvió a clase. El sonido de sus tacones acompasaba el latido inquietante del corazón de Harry. “Matado a sangre fría” se repitió asustado el muchacho al ver entrar a Emy por la puerta. Quería decirle algo, quizás quejarse, quizás gritarla... quizás pedirle perdón. Se sentía confuso y nervioso. La veía bajar por los escalones hasta su mesa, con su andar seguro y firme. No le miraba, como si él no estuviese allí. Se sentó y comenzó a escribir algo en un pergamino. Harry se acercó despacio.

  • Emy, yo...

  • No es un buen momento – Le cortó - Siéntate y espera que comience la clase

  • Pero yo quería discul...

  • He dicho que no es un buen momento y que te sientes ¿no sabes acatar un simple orden? – Dijo la profesora con acritud

  • Sí

Harry se sentó en el pupitre más alejado, en donde apenas le viese, ni él pudiese verla a ella, y esperó que llegaran el resto de sus compañeros. Ron tuvo que tomar los apuntes por él mientras le lanzaba miradas de incomprensión y de ánimo.

Llegó Halloween sin que entre ellos se hubiese hablado nada. Sirius sí que había estado con Harry a solas. Le intentaba animar, diciéndole que a ella no le duraban los enfados mucho y que se la veía mal, disgustada. Por las noches tenía de nuevo convulsiones por las pesadillas y por las mañanas se levantaba con el estómago fatal, vomitando cada dos por tres. Según ella le había explicado, era producto de que su interior estaba descontrolado y esa era su forma de sacarlo al exterior. Los nervios y disgustos siempre le atacaban al estómago. Aún así, a Sirius le parecía demasiado y le había pedido que fuese a ver a Poppy pero ella se había negado en rotundo. Ya la convencería le dijo Sirius a Harry. También le contó el ataque y que había oído a Ginny, claro que eso no se lo debía contar a nadie. De lo que no le habló fue de la conversación, con respecto de la pelirroja, con Emy. Como noticia final le dijo que su tía le acompañaría a partir de ahora en las misiones, ella se lo había pedido y no había podido negarse. A Harry le preció extraño pero no dijo nada.

Los entrenamientos de Emy, sólo durante esa semana, les iba a suplir Arabella. Harry sabía que era porque estaba a la que saltaba y no quería poner peor las cosas. Eso no le hacía precisamente sentirse mejor. En cierta forma agradecía no tener más encontronazos con Emy, pero es que deseaba estar bien con ella. No tener el cariño de ninguna de las tres mujeres de su vida, le estaba dejando por los suelos. Pensaba en los consejos que le daría Hermione y en la calma que le haría sentir Ginny con sus palabras de apoyo. Añoraba un buen abrazo de Emy, o una caricia en el pelo, revolviéndoselo como siempre. Maldecía su suerte interiormente unas cien veces al día y todo eso con su habitual ocupación al máximo: clase, deberes, entrenamientos de unos, de otros, el quidditch. La enfermera le había curado la mano en menos de media hora y eso para ella ya era un laborioso trabajo. “¡Muchacho inconsciente!”. Le había llamado, haciéndole esa frase más daño que todas las curas.

Acababa rendido cada noche, tirado en la cama, sin gana alguna de investigar los libros, de ver qué podía sacar en claro de ellos. Ni siquiera le apetecía ir a la cena de Halloween. En el Gran Comedor, todos lamentaban que el concierto que darían esa noche los alumnos de los talleres de música, quedara aplazado para otro momento, por respeto al profesor Krum. Y eso que Dumbledore no se había negado a celebrarlo pero para McGonagall y el resto de los jefes de las casas, no debía festejarse. Aquello suponía que Emy se libraba de cantar y como les decía Seamus, mientras comía todo tipo de dulces, “era una auténtica lástima”.

Seamus estaba en el taller de instrumentos musicales, era batería, hacía mucho tiempo que lo practicaba y según él y según lo que había dicho su tutora, era bueno. A Harry le repateaba en su interior aquella conversación, no quería oír hablar de ello y de ganas se hubiese ido en aquel instante pero Ron le miraba suplicante y al final se quedó. Él no estaba en los talleres, no avanzaba con el órgano y no tenía esa distensión los sábados por la mañana. Sabía a que a Ron también le jorobaba, ahora le había dado por aprender guitarra como Charlie, quien por cierto estaba en los talleres con Emy y tocaba en ese “grupo” improvisado que tenían. Seamus les chivó que habían cogido a dos gemelas de cuarto de Hufflepuff, que estaban cañón y que lo hacían bastante bien. Y así transcurrió la cena, oyendo a Seamus hablar del repertorio, de las composiciones de Emy, de las adaptaciones de canciones super chulas y marchosas, de las coreografías, de lo buen guitarra y cantante que también era el profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas y de lo bien que se llevaban todos. Para colmo, el bajo era el que le gustaba a Parvati y esta no hacía más que preguntar por todo.

  • “Vomitivo” - Sentenció Harry mentalmente a Ron

  • “Dan ganas de coserle la boca y que se calle ya de una maldita vez” – Respondió el pelirrojo – “Claro que quizás hable nuestra envidia”

  • “No estoy para muestras de madurez, Ron, se me sale el azúcar por las orejas”

  • “Je, je, je, ya no somos los glotones de antes”

  • “Dirás que no lo soy yo, porque lo que es tú...”

  • “No te creas, me pesa ya el estómago, no debí comerme los últimos cinco trozos de tarta de melaza”

  • “Si mañana perdemos, será culpa tuya, te pesará el barrigón”

  • “No digas eso ni en broma, que McGonagall me corta la alimentación de cuajo si se entera”

  • “¿Qué pasará hoy? Siempre pasa algo la noche de Halloween” – Cambió de tema Harry mientras seguía con pose de escuchar a Seamus, a la vez que conversaba con Ron mentalmente

  • “Por un año que no pase nada...”

  • “Eso espero, ya no podría aguantar una más sin volverme loco”

  • “¿No lo estás?” – Sonrió Ron

  • “Pues no estoy muy seguro” – Sonrió Harry

En la mesa de profesores, Hagrid estaba pasmado de la capacidad de Emy por devorar dulces mientras que Sirius le explicaba que no solía comerlos, que quizás era una licencia por ser esa la noche más propicia. Él la miraba con una mueca de asombro y de risa, no le importaba, le gustaba más verla así, que apenas comiese por tener el estómago revuelto. Remus y él comenzaron a meterse con Emy y Bella por parecer dos niñas con exceso de azúcar. Decían tal barbaridad de tonterías, que parecían ser ellos los afectados pero surtió efecto. Emy comenzó a reírse y terminó a carcajadas aquella noche. Después de una semana sin ver la sonrisa de su ángel, Sirius respiró tranquilo.

La mañana siguiente no tuvo tan buen despertar. Emy se pasó vomitando más de cuarenta minutos. Tirada en el frío suelo, con la mano de Sirius en su frente, iba de espasmo en espasmo, asustando a su marido hasta que por fin se pasó el mal trago. No faltaba ni un cuarto de hora para comenzar el partido que se jugaba esa mañana, Gryffindor contra Hufflepuff, y Sirius insistía en ir con ella a la enfermería. Emy se negó, podía ir perfectamente ella sola mientras él iba al partido, no quería que Harry viese que no estaban, ninguno de los dos, en el primer partido de la temporada para ellos. Juró y perjuró a su marido que iría a que Poppy le diese algo para sentar el estómago y así Sirius se quedó convencido y pudo bajar para acudir al partido.

Después de una buena ducha, Emy se vistió con la ropa más cómoda que encontró a mano y se fue a la enfermería. Tenía una extraña sensación a medida que se acercaba. Iba negando con la cabeza por su absurdo comportamiento, ella también tenía derecho a ponerse mala, aunque si había alguien, no se quedaría. Quizás pensó su esperanza en vez de ella, que ojalá hubiese, al menos, diez chavales con indigestión de dulces pero cuando llegó, la enfermería estaba desierta.

  • ¿Poppy? ¿Estás aquí? – Llamó Emy en voz alta

  • Sí, estoy en mi despacho ¿Emy? – Dijo una voz lejana

  • La misma – Emy se acercó hasta el despacho y entró dentro. Era, sin duda, uno de los lugares más raros del castillo. Había todo tipo de frascos en las estanterías, libros grandes y de aspecto impoluto, hasta una cama que no sabía si servía de dormitorio para ella o era para algún enfermo. Emy sonrió a su amiga y se sentó en la silla destinada a visitas, enfrente de la mesa en la que Poppy trabajaba escribiendo en un pergamino. Con algo de esperanza pregunto: - ¿Te pillo en mal momento?

  • En absoluto, para ti estoy siempre. ¿Sucede algo? – Dijo con amabilidad

  • Pues... la verdad es que sí... Últimamente no me encuentro muy bien

  • ¿Cuáles son los síntomas?

  • Pues estoy cansada muy a menudo, duermo mucho, mi humor varía con facilidad, las comidas me sientan mal y me dan arranques de comer cosas que antes no me hacían mucha gracia. Eso es lo bueno, lo malo es que también me da por vomitar y hay ciertos olores que me dan nauseas. Lo cierto que es que debí de mantener las revisiones después de estar hospitalizada, me refiero a cuando volví, y quizás tenga algún virus en el estómago que me esté debilitando

  • ¡Vaya! – Exclamó Pomfrey – Ven, recuéstate aquí y déjame los brazos libres para unas pruebas. ¿No tendrás miedo a las agujas?

  • Pues no

  • Es que hay algunos en este colegio, que tendrán mucho poder pero que es ver una jeringuilla dirigirse a ellos y se comportan peor que los niños

  • Jejeje... Yo no tengo problemas

  • Perfecto – Dijo jovial la enfermera mientras buscaba entre las estanterías los utensilios que iba a utilizar – Te voy a hacer una revisión completa, así sabremos cuál es el problema en concreto. ¿Desde cuándo te pasa esto?

  • Pues ahora que lo pienso... más o menos desde que comenzaron las clases

  • ¿Y no has venido hasta ahora? ¡Emy! – Escandalizada frunció el ceño en señal de regañina – Lo tuyo no serán las agujas pero eres igual de niña por dejarlo tanto que ellos

  • Sí, lo sé, no me eches la bronca

  • Vale, vale – Cedió la enfermera – Ahora relájate, quédate tumbada y déjame averiguar qué es lo que te tiene con tan mal cuerpo

Con los brazos extendidos y desnudos, Emy fue comprobando como un peine de muchas y afiladas púas, era clavado con poca presión cada vez que la Señora Pomfrey pasaba una poción con una brocha por la parte inferior de sus brazos. Con cada operación repetía la jugada, para luego limpiarla con un líquido azul, que olía a fregasuelos y le dejaba un tanto mareada. Después de probar al menos con diez pociones diferentes, el brazo se puso de un color rosa intenso. Poppy sonrió.

  • Estás acostumbra a convencer a la gente ¿verdad?

  • Si me empeño, lo consigo, sí, ¿por qué? – Preguntó extrañada Emy

  • Porque, sin querer, casi me convences de que tenías una infección estomacal y nada más lejos de la realidad. – Dijo Poppy con alegría - Claro que es cierto que el problema estomacal existe pero no provocado por un virus. Es un motivo mucho mejor que todo eso, querida

  • La verdad es que no encuentro un motivo bueno que justifique que me sientan tan débil

  • Pues lo hay – Sentenció la enfermera

  • Tú dirás – Exclamó Emy, totalmente perdida y extrañada

  • Estás embarazada

  • ¿Qué? – Se le helaron las venas de sólo oírlo

  • Estás embarazada

  • Como broma es de muy pésimo gusto – Dijo con mal talante

  • ¿Por qué iba a gastar yo una broma así? Parece mentira que no me conozcas – Se ofendió Poppy - ¿Es que no te alegras?

  • ¡¡¡¿Alegarme?!!! ¡¡¡¿Alegarme?!!! – Susurró horrorizada - ¡NOOOO! Esto no es posible, simplemente no es posible. ¿Cómo ha sucedido?

  • ¿Me lo preguntas a mí? ¡Es evidente! – Exclamó la enfermera

  • No me refiero a eso, es que... no... no... yo no...

  • Vamos a ver – Ya dijo mosqueada la Señora Pomfrey - ¿Mantienes una relación sexual con tu marido? Porque si no es así, debes comunicármelo, quizás alguien te hay echado una maldición y esto sea un espejismo medio real pero sin criatura

  • ¡Claro que mantengo una relación con mi marido! Es que yo no tenía previsto que esto pasara – Emy calló un instante - ¿Puedes comprobar si es una maldición?

  • Por supuesto, sólo tenemos que oír el latido del feto. ¿No has notado las faltas?. ¿Desde cuándo no tienes la menstruación?

  • Desde mediados de agosto – Contestó haciendo memoria

  • Eso es mucho

  • Es que siempre he sido irregular, por eso no estaba preocupada

  • Déjame que coja la trompetilla acústica mágica y te digo

Durante los pocos minutos que la señora Pomfrey se levantó de la silla y buscó en las estanterías, Emy empezó a sentirse tremendamente mareada. Unos sudores fríos comenzaron a invadirle el cuerpo y era incapaz de frenar el temblor de sus manos. No. Simplemente no. Aquello era la gota que colmaba el vaso. No. No. No. Un miedo atroz fue naciendo en ella, cubriendo cada átomo de su cuerpo. No. No. No. No era el momento. Por Los Vientos, por La Madre Tierra, por El Cielo, que no fuese cierto. No. No. No. Ahora no, ahora que llegaba la última noche... no.

  • Intenta relajarte, no entiendo por qué estás tan nerviosa – Poppy puso un cuerno de bronce, con incrustaciones antiguas, a la altura de su útero y ambas permanecieron calladas – No tengo duda alguna, Emy, estás embarazada, se le oye perfectamente. Compruébalo tú

Mediante un alargador, Emy escuchó un suave y acompasado sonido del latido de un corazón que no era el suyo. Los ojos se le llenaron de lágrimas, la piel se erizó, balbuceaba presa del terror y se aferraba a la mano de la enfermera con fuerza.

  • Querida ¿qué te pasa? ¿por qué estás así? – Poppy le acariciaba el pelo después de quitarle la trompetilla y posarla en la mesa – Cuéntamelo, te sentirás mejor

  • Nunca pensé que yo... ni siquiera sé si estoy preparada... No te das cuenta Poppy... En medio de una guerra... Siendo yo una codiciada presa... No es sensato, esto no está bien

  • ¡Oh! entiendo – A Poppy se le caían las lagrimas al oírla y sentir su llanto y desesperación – Quizás no es la mejor época pero siempre es una bendición, al menos así lo creo yo

  • ¿Y ahora qué hago? – Emy rompió a llorar desesperada, abrazada a Poppy quien entendía su sufrimiento. Estuvo un buen rato así, con ideas yéndose y viniendo, con temblores, con suspiro de desasosiego – No debe saberlo nadie

  • Cariño, es un embarazo, tarde o temprano se descubrirá. Estoy segura que Sirius le protegerá con su vida, te cuidará a ti y al bebé, como lo hacéis ambos con Harry, que estará encantado de tener un hermano o hermana

  • No lo entiendes – Reafirmó Emy al darse cuenta de un detalle, si Sirius sabía que estaba embarazada, no la dejaría ni asomase a las ventanas - ¡NADIE DEBE SABERLO! De hecho...

  • Ni se te ocurra, Señora Black. Alguien tendrá que hacerte revisiones regulares a ti y al feto, así que de borrarme la memoria, ni hablar

  • Quizás no deba hacerlo, tienes razón – Dijo más sosegada Emy - Pero sí que silenciaré tú boca en este asunto... por sí acaso

De las manos de Emy salió una luz alargada que se introdujo por la boca de Poppy. Puso cara de extrañada. No pasó nada, ni tenía ningún sabor raro o se sentía distinta. Emy la miraba con cara de disculpa. Se volvía a poner bien la blusa y la chaqueta de lana que había llevado. Se sentó en la cama y cogió con sus manos las manos de la enfermera.

  • Confío en tu profesionalidad y en ti pero esto me supera a mí misma. No se lo podrás decir a nadie y no podrás hablar de ello con nadie, ni siquiera estando yo delante. Sólo cuando te libere de esta cuerda podrás hablar y no te aseguró que vaya a ser pronto

  • Vale, o sea, que sólo podremos hablarlo entre tú y yo y a solas

  • Correcto, incluso detecta intrusos, nos vendrá bien

  • De momento me parece bien, debes ir asimilándolo pero creo que deberías decírselo a Sirius- Insistió Poppy

  • No, aún no – Sentenció Emy – Ahora dime cómo puedo combatir los síntomas para que no sea tan plausible que me pasa algo

  • Pues empieza por hacer las paces con Harry, porque los nervios, en tú estado, son demoledores. Por eso te has puesto peor esta semana

  • Vale, ¿y qué más?, no quiero que me vean tomando pastillas y me pregunten

  • Pues entonces tendré que recetarte cigarros de vitaminas – Dictaminó la enfermera

  • ¿Cigarros de vitaminas? ¡Esto es el colmo! Se supone que una embarazada no puede fumar

  • Estarás hablando de la porquería que fuman los muggles, porque las brujas con problemas hormonales o embarazadas fuman si lo desean. Además, se supone que tú no estás embarazada. ¿Acaso te desagrada fumar?

  • En absoluto... ¡Con lo que me costó dejarlo! – Dijo Emy viendo la ironía del asunto

  • ¿Algún sabor en especial?

  • Pues a tabaco rubio a ser posible

  • ¡Pero si eso sabe fatal! ¿No quieres fresa o pistacho?

  • ¡No! Por una vez que es sano, quiero cigarros de vitaminas con sabor a tabaco rubio – Emy suspiró con más tranquilidad y sumisión – Al menos me relajaré, un buen cigarro siempre era un placer

  • Esta bien, déjame que te lo prepare, en cinco minutos lo tienes

  • ¿Cuántos cigarros al día? – Preguntó Emy la dosis y volviendo a asombrarse de lo realmente irónico que era el asunto

  • ¿Cuánto piensas fumar?

  • Una cajetilla para cada dos o tres días

  • ¡Qué barbaridad! – Exclamó Poppy – Tendrá que ser una cada dos días. Cinco cigarros por la mañana, cinco por la tarde. De momento te doy una, para el lunes ya te lo tendré preparado para todo un mes

  • ¿Esto te lo pago?

  • Querida, va a los presupuestos de sanidad del colegio... ¡Una cosa!

  • Dime

  • ¿Podría estar cuando se lo digas a Albus? – Preguntó Poppy con voz traviesa – Aún recuerdo cuando se lo dijo tu hermana y su reacción fue soberbia, se pone contentísimo con los bebés

  • Claro, favor por favor – Aquella petición había arrancado una sonrisa a Emy, aunque al referirse a su hermana era más bien de melancolía


Habían ganado. A Dan Gutt le estaban manteando mientras que Alyson se escabullía por la sala común para no correr la misma suerte. Lo cazadores habían ganado el partido y Harry por primera vez no había sido capaz de ganarle al otro buscador. La perfecta actuación de Ron en el partido le valió un merecidísimo halago de la profesora McGonagall y esto le hizo ponerse más contento que unas pascuas. Harry, en cambio, no se quedó a celebrar nada. En cuanto pudo, se zafó de la gente y se subió a su habitación. Se metió dentro de su cama, cerrando los doseles y sacó los dos libros que tenía para leer y la nota de Ginny.

“Si me dieran a elegir, nos veríamos esta noche en el frondoso bosque en que me soñaste cuando me marché. Pasearíamos cogidos de la mano por el sendero de entre los árboles, caminando hacia el rumor del agua. Nadaríamos juntos en la gran poza del riachuelo, sintiendo en nuestra piel desnuda, el refrescante agua. Si me dieran a elegir, permanecería contigo a cada instante, día y noche, aún a riesgo de resultarte molesta. Si me dieran a elegir, jamás me separaría de ti.”

Se secó las lágrimas y guardó de nuevo la carta dentro de la novela. Si le dieran a elegir a él... jamás se separaría de ella. Había pensado en ir al apartamento después del partido pero Sirius le dijo que Emy estaba en la enfermería porque le había sentado mal la cena. Le quemaban las disculpas retrasadas que llevaba dentro. Le quemaba el mal rollo entre ellos. Le quemaba no verla y que le sonriese. Le quemaba no sentir su cariño de siempre. Cogió el libro y miró las solapas, ninguna letra había en ellas. Pasó la mano, al igual que hizo su tía cuando se le dio y aparecieron despacio, dorando la tapa con las letras de filigrana sumamente cuidada. Lo abrió con cuidado y lo observó. No le gustaba nada que estuviese vacío, que las letras se ocultaran. Demasiados recuerdos. Volvió a pasar la mano y apareció el texto pero a medida que lo iba leyendo, se iba ocultando de nuevo. ¿Qué había allí que tanto secreto guardaba?. Se sumergió en la historia nada más empezar. Era adictiva, triste pero apasionante. Y así se pasó las horas leyendo hasta llegar al final.

  • Eso quiere decir que... ¡Por todas las corrientes marinas! – Exclamó Harry

Lo guardó todo de nuevo y cerró mágicamente el baúl. Debía hablar con su tía, por fin entendía lo que le había querido decir. ¡Qué inconsciente era!. Cuando bajó a la sala, aún estaba festejando a lo grande la victoria. Al parecer con Ron de buen humor y Dan Gutt de idéntica forma, se tenía la juerga asegurada para todos. Estaba terminando una carrera de sacos en la que el ganador imponía el siguiente juego. Que Seamus ganara y quisiera jugar a “pasa la manzana sin las manos”, era de esperar. Harry soltó una carcajada por el camino hacia la puerta, el pobre Neville tenía la cabeza enterrada en el pecho de Parvati mientras ella le estaba dando collejas por aprovechado.

Corrió por los pasillos imaginando a Neville saliendo de esa. Llegó hasta el cuadro de Los Fundadores y se les quedó mirando sin dar contraseña alguna. Poner caras a las aventuras que acababa de leer, era una oportunidad que se daba pocas veces. Miró a Helga y se pasmó de lo parecida que eran Emy y su madre a ella. Incluso Sunny podía ser la versión de anciana de cualquiera de las tres. A su abuela Margaret apenas la recordaba de alguna foto. Y poniendo aún más atención, se podría decir que Ginny era... casi idéntica, con distinta complexión, más delgada, más delicada, pero la mirada... sí, la mirada era casi idéntica. Todo encajaba, lo había tenido allí todo el tiempo, ese era el camino. Se pensó si volver y leer el otro libro antes de hablar con ella pero ya no aguantaba más, quería verla y disculparse de todo corazón.

No estaba en el apartamento. Sirius y Remus hablaban sobre el Ministerio mientras que Arabella leía un nuevo libro de pociones, según ella muy interesante e innovador. Le dijeron que Emy ya se encontraba mejor y que se había ido a dar un paseo para despejarse, o eso es lo que Winky les había dicho, porque llevaban todo el día sin verla. No tenía paciencia para esperarla, así que se lanzó de nuevo por los pasillos en su búsqueda. De repente, paró, tuvo una especie de iluminación y supo donde encontrarla exactamente, estaba en la roca más alta junto al lago, justamente desde donde habían saltado su padre, Sirius, Remus y ella. Corrió veloz hasta allí. Era una suerte el entrenamiento de la mañana, porque llegó con resuello suficiente. Estaba sentada, recostada hacia atrás con los ojos cerrados, con rastros de lágrimas sobre sus mejillas y, lo más extraño, fumándose un cigarro.