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Historia 3558 — capítulo 49

  1. Niebla

Ginny se encogió en la butaca, tapándose con la manta hasta mitad de la cara mientras que sus ojos canela se mantenían fijos en la fogata. Su cuerpo quería calentarse pero el desasosiego le enfriaba el alma. No pasarían más de dos minutos cuando sintió que no estaba sola en el salón. Miró hacia atrás y vio a Sunny flotando de pie y observándola.

  • ¿Consideras que yo también apago silbidos?

  • Piensa lo que quieras – Respondió cortante a la anciana

  • Lo que se me antoja pensar es que ambas sois un par de crías consentidas y egoístas que no hacen más que lamentarse por las esquinas

  • Es curioso, porque a mí se me antoja que eres una vieja resentida, que tiene demasiados errores que pagar y nos utiliza a nosotras para hacerlo

  • Por lo visto, la lengua ya se te ha calentado – Ironizó Sunny sonriendo

  • Será mejor que me suba a dormir – Dijo Ginny como única respuesta al saberse descarada y no gustarle

  • Me temo que no – Se cerraron las puertas del salón con un solo movimiento sordo – Ahora que has dejado salir una personalidad menos rosada, vamos a ver cuán provechosa puede llegar a ser

  • ¿Ya no te basta con dejarnos incomunicadas? ¿También quieres encerrarnos en la sala? – Ginny intentó abrir las puertas pero le fue imposible. La varita en su cuarto y el ánimo vencido no le daban muchas fuerzas para escapar del enfrentamiento – Está bien... ¿Qué quieres?

  • Haces demasiadas preguntas para ser tú quien debe dar respuestas – Sunny se puso frente a ella, junto a la puerta, a sabiendas que eso la alejaría de allí y la devolvería a la butaca junto al fuego. Y así fue.

  • ¿Qué quieres? – Volvió a preguntar Ginny ajena mientras buscada refugio en el fuego

  • Dime a qué se debe este cambio de actitud tan brutal. No hace mucho eras tú quien animaba a Hermione, haciéndola entender el porqué de su estancia aquí – Sunny se sentó en la butaca frente a la muchacha. En su expresión austera se reflejaba el dorado brillo que emanaba la chimenea – Me das que pensar. ¿No se te habrá olvidado lo que te hizo aceptar esta situación sin apenas rechistar?

  • No, no se me ha olvidado pero dudo mucho que pueda cambiarlo siendo tu prisionera – Ginny se cubrió la cara con las manos, ahogando la congoja que le producía el recuerdo de su premonición – Nada de lo que hacemos aquí tiene sentido si no puedo hablar con Harry, si no puedo decirle lo que he averiguado. Nos convertimos en mucho más que amigos... que novios. Nos convertimos en compañeros. ¡EN UN EQUIPO!. Tú estás rompiendo esa unión, estás quebrando la estrella. Has separado a cinco personas que formaban un cometido... Siento como se apaga la luz de nuestra magia... y me duele. Tú no lo entiendes y no haces lo más mínimo por entenderlo

  • Supongo que es mejor echarme a mí la culpa de tu cobardía – Escupió como veneno mortal la anciana fantasma. Su efecto fue inmediato. Ginny se levantó de un salto, poniéndose rígida y apretando sus puños

  • ¿Entonces para qué me necesitas? – Gritó la joven – Si tan cobarde me crees, déjame marchar

  • Al contrario que a ti, a mí no se me ha olvidado el porqué te traje aquí. Fue por lo mismo que tú viniste, aunque me aventuro a que con distinta visión. Yo vi vuestra muerte, la tuya y la de Hermione. Sabiendo que eso destruiría la estrella de la que hablas y a mi bisnieto, sabiendo que se corría el riesgo de que él cometiese un gravísimo error, os traje aquí y asumí que debía ser participante activa de los últimos días de esta era

  • ¡Fue por eso!

  • Y si crees, jovencita, que estoy dispuesta a ver como se comenten errores que pueden echar por tierra mis planes, siento decirte que soy capaz de dejarte encerrada en este salón los días que hagan falta – Sunny se encaró a ella. Sabía que su presencia tan cercana helaba a Ginny como a cualquier otra persona – Eres cobarde porque piensas que tu fuerza está en los demás. Eres cobarde porque no sabes asumir tus propios sentimientos ante esta situación. Para ti es mucho más fácil volcarte en la gente a la que quieres y dejarte para la última, sin tiempo para afrontar tus propios miedos. No sabes encajarte como individuo y eso te hace irónicamente inútil. No podrás salvarle la vida. Ni siquiera es la misión que te han dado. El altruismo empieza por uno mismo y eso hace de ti una farsante

  • ¡Cállate! – Ginny se tapó los oídos mientras respiraba con fuerza - ¡Cállate!

  • La pobre y dulce, Ginny – Gimió Sunny con sarcasmo – Ella es el amor, ha heredado la lámpara y el libro y tiene miedo a utilizarlas porque son demasiado para ella, PORQUE ESO LA DEJA SOLA ¡SIN EQUIPO!. Aprende a formar tu propio equipo sino te ahoga la cobardía antes. Harry no necesita una ayuda como la tuya...

  • ¡CÁLLATE! – Ginny se alejó hacia atrás hasta chocar contra la ventana

  • Dime, dulce Ginny – Siguió Sunny con un tono insoportable de burla – Si viste morir a Harry en una premonición y no se lo dijiste, si aceptaste alejarte de él y venir aquí con la falsa convicción de que eso te haría mejor y así salvarle, ¿no sería que en realidad te alejaste de lo que te podría hacer daño?. ¿No es más lógico pensar que te estás escondiendo tú y no que yo te tengo prisionera?

  • ¡AAAAHHHH! – Gritó Ginny

  • Contéstate sinceramente, ¿tú le mereces?. Y de paso, ¿mereces ser guardiana de Hufflepuff? – Sunny sonrió con triunfo. Sabía lo que iba a venir luego y que sus palabras desatarían por fin lo que tanto tiempo llevaba esperando – A mí me parece que... ¡NO!

La cara de Ginny estaba desencajada de rabia, sus pecas ausentes por apoderarse de ella un calor desconocido. El pelo le bailaba como si el viento la estuviese azotando y en sus manos se acumulaba una energía que no podía controlar. Un coraje que en menos de un segundo se convirtió en fuego. Extendió sus brazos y la palma de sus manos en dirección a Sunny. El ataque era claro y sin embargo, la anciana no se movió. En un último instante giró su cintura y dos bolas de fuego explotaron en las puertas del salón volatilizándolas. Ginny se asustó. Los ojos se le salían de las órbitas. Su estómago se arrugó y sintió náuseas. Se inclinó hacia delante y vomitó. Estaba tan caliente que creyó que se quemaba su garganta. Sunny simplemente la miró con mayor desprecio.

  • ¿Ves? Eres pura cobardía

Al principio dio dos pasos tambaleantes. Tenía la visión nublada por las lágrimas. Pero eran las palabras de Sunny las que le quemaban de una manera inimaginable. Agarrándose el vientre aceleró sus pasos, salió del salón y allí lo vio. La lámpara brillaba y tintineaba, dándole la bienvenida, ofreciéndose dócilmente para su uso y disfrute. Ginny sólo pensó que ella era su dueña para bien o para mal y que debería obedecerla. Ginny anhelaba acurrucarse en el pecho de Harry, protegida por sus brazos. Si allí debía de sentirse miserable y cobarde, pues que así fuese. Se situó debajo y mentalmente le ordenó su destino. Justo en el momento en que iba a ser arrastrada por su magia, Ginny sintió el peso de la responsabilidad y desistió de su idea. Sin embargo, ya no estaba allí.

Sunny salió al vestíbulo. Su tarea ya la había cumplido. Encontró a un viejo Merlín sentado en las escaleras y sin saber porqué quiso justificarse.

  • He sido dura pero era necesario

  • No es de humana lo que has hecho – Contestó tajante Merlín

  • Pues es una suerte, porque hace tiempo que dejé de serlo


La niebla lo cubría todo. No supo en dónde estaba y el miedo con el que había viajado se iba acrecentando a pasos agigantados. Casi de forma desesperada, hizo aspavientos con las manos, como si pudiese con ello quitarse aquella asfixiante neblina de delante. Le calaba hasta los huesos, su olor rancio le mareaba y notaba su peso en cada palmo de su ser. Pisaba cantos de piedra abruptos, oscuros como sombras y punzantes. Caminaba desconcertada hacia su izquierda mirando el afilado suelo cuando llegó hasta lo que parecía una orilla petrificada, de aguas negras y espesas, que no se atrevió a tocar. Aquel sitio se estaba descubriendo como una pesadilla. Recordó sus últimas lecciones con Merlín y aún sabiendo que no llevaba varita, se concentró en transformase para confundirse con el entorno y para silenciar sus pasos.

Cambió el rumbo, dándole la espalda a lo que quisiera que fuese esa masa de agua, un lago, el mar, un río o un simple pozo. No se veía más allá de un paso delante de ella y tenía que ir con prudencia esquivando lo que parecían cristales oscuros y afilados como cuchillas, mientras controlaba no chocarse con nada y no encontrarse a nadie. A medida que iba andando, una suma tristeza iba apoderándose de ella, a tal punto que se sorprendió a sí misma al notar sus frías lágrimas por las mejillas. Cuando sus ojos ya se estaban acostumbrando a la extraña visión en blanco de todo su alrededor, fueron sus oídos los que la pusieron en alerta. O se estaba volviendo loca o la niebla emitía lamentos continuos, distintos susurros de sollozos por los cuatro sentidos, como torbellinos sin viento que viajaban al antojo de una víctima a la que atrapar. Aceleró el paso, si tenía que llegar al algún sitio, lo mejor era hacerlo cuanto antes pero a medida que lo hacía, un quejido se oía más que los demás. Se detuvo muy cerca de él y esperó. Tenía que calmarse y analizar la situación.

Ginny intentó silenciar el exterior para hacer caso sólo a su interior. ¿Dónde estaba?. La lámpara podía haberla enviado a cualquier lugar en el último momento. Lo peor era que podía haberla enviado a cualquier época en el último momento. Ni espacio, ni tiempo. Eso sí era estar perdida. Y entonces lo oyó. Tan claro como si la niebla se hubiese despejado en un instante y tan esperanzador como si hubiese sido el sol quien le calentase.

  • Por favor, Lily, dame fuerzas para vengarte

La voz de Emy llegó hasta sus oídos de forma nítida e inconfundible. A pesar de los quejidos, podía notar que no estaba llorando sino pidiendo valor. Ginny sonrió al comprenderlo todo en un instante. Su mente había hilado con tal facilidad que le dejó asombrada de sí misma. ¡Estaba en Azkaban!. ¡Y justo cuando Emy quiso matar a Sirius!. Lo entendía. Lo entendía. A pesar de creerse en una pesadilla, por fin comprendía qué hacía allí. ¡Era su misión!.

Anduvo rápido y con tino hacia la voz, que en murmullos repetía incesante: “dame fuerzas, dame fuerzas”. Y por fin la vio. Vestida entera de negro, con unas botas gruesas que la llegaban hasta la mitad de las piernas. Mucho más consumida y delgada, con un gorro de lana que la cubría el pelo y con la cara manchada de betún. Agarraba con la mano izquierda una cuerda que se perdía en la niebla, hacia donde Ginny suponía que debía estar el agua, y con su mano derecha se llevaba una y otra vez un cigarro a la boca. Sentada contra el muro y con las rodillas dobladas hacia el pecho, se balanceaba incesante y nerviosa, como una demente. A Ginny le hubiese gustado pensar que fuese una medida contra el frío pero sabía que Emy estaba al borde de la locura.

Su propio miedo se desvaneció. Ya no se sintió cobarde, ni perdida, ni inútil. La ternura lo ocupó todo. Estaba allí para protegerla a ella y para protegerle a él. A su olfato llegó el dulce aroma de las flores bañada por el mar, el mismo perfume que se respiraba junto a Anjana, junto a Helga Hufflepuff. Y su mente voló años atrás para sentirse de nuevo nerviosa y emocionada al oír su nombramiento como Guardiana y su misión:

“Hufflepuff es tu destino, tu corazón es puro oro y en él la justicia, la lealtad y la perseverancia residen, todo tu esfuerzo depositas para el duro trabajo, eso te hace merecedora de ser el “Guardián de Hufflepuff. Sigue perseverando, tu amor podrá abrir fronteras, guiarás a La Unión de Las Cuatro Sangres para encontrar su corazón perdido y poder así cumplir con tu misión, mantener la estrella unida por amor.”

Ginny se arrodilló despacio ante Emy, muy próxima a ella, sonriendo y llorando por aquel momento, por entenderlo todo al fin, incluso el duro comportamiento de Sunny durante los últimos días. Y lo aceptó. Como quien acepta su lugar en el mundo. Con su suave voz, algo temblorosa por la emoción pero firme por el entendimiento, pronunció las misma palabras que antaño dijo:

  • Así lo haré

Emy se asustó y expulsó el humo del tabaco tosiendo atragantada. Esa grisácea neblina la dibujó un rostro cercano frente a ella y pensó que Lily estaba allí. La alegría y el pavor que le causó tal impresión se notaron al instante, y como una niña pequeña y perdida en medio de la nada, extendió los brazos y le acarició la cara.

  • ¿Me darás fuerzas? ¿Así lo harás? – Emy estaba aún más destrozada - ¿Eres tú, hermana? Pareces tan joven...

  • Te ayudaré a entrar – Contestó Ginny sin darle a conocer la realidad

  • ¿Entonces debo hacerlo? ¿Debo matarlo?

  • No seré yo quien te aliente a ello – Ginny se levantó, se acercó a la pared, posó sus manos en las frías y oscuras piedras y, entre murmullos, pronunció el hechizo. En silencio se abrió un hueco, como si de una puerta de bisagras bien engrasadas se tratara, dejando ver una estancia gris ennegrecida, que emitía un olor pestilente y fermentado de penuria y de muerte – Adelante

Emy entró despacio, temblando de los pies a la cabeza. Nada más pasar el umbral de la piedra, sacó de su bota un enorme cuchillo, lo desenfundó y miró el reluciente metal dispuesto a cubrirse de sangre para dejar de brillar. Ginny pasó tras ella contemplado la escena que le helaba el alma. El dolor que se respiraba emanaba de la boca de Emy, tan seca y temblorosa, como jamás la había visto. Su cara descompuesta por el horror de su intención era tajante y sus ojos, inquietos y brillantes, no paraban de moverse en busca del culpable. No fue fácil encontrarle. Ginny, al igual que Emy, examinaba la celda para encontrar a Sirius y hasta que un bulto, en una esquina, se movió no pudieron ambas diferenciarlo de una piedra más del muro.

Tirado en el suelo, encogido hasta lo inverosímil, tiznado de porquería y rodeado de despojos, se hallaba un saco de huesos al que las carnes querían abandonar y al que un día habían llamado Sirius Black. Ginny no pudo evitar estremecerse mientras su boca contenía un grito de horror. Emy, simplemente, cayó de rodillas con todo su peso. Arrastrándose lentamente y respirando entrecortado se acercó, guardando una distancia, la justa para resistir estar cerca de él.

  • No voy a llorarte... No dejaré que el espanto que siento al verte se convierta en lástima. Quiero alegrarme de que estés así... ¡Te lo mereces!... Les has matado... Me los has quitado... Y te odio... ¿Me oyes?... Yo te odio con todas mis fuerzas – Emy cayó al suelo, encogida al igual que Sirius, mirando los ojos cerrados de él y agarrando con violencia el puñal, que extendió hasta situarle frente a la garganta - Ahora soy yo quien viene a... Si mueres, morirá lo que siento... ¿Es que no lo entiendes?... Si tú mueres, yo podré vivir... Vivir en paz... Vivir sin el asco de amarte... Vivir sin soñarte... Sin esta duda que me corroe... Sin excusarte ni mentirme... Aunque tenga que vivir muerta por no poder dejar de... ¿Por qué tengo que amarte, Sirius?... ¿No he sufrido ya bastante?... ¿No he sido castigada con la peor de las penitencias?... Me lo has quitado todo... Todo menos el sufrimiento de un sentimiento infinito que no puedo aceptar... ¿Por qué?... ¿Por qué no puedo hacerlo?... Te odio... Me odio... No puedo... No puedo... ¡Oh, Lily!... He vuelto a fallar

  • Ven – Ginny sintió como los dementores se acercaban a la celda. El aire se convertía en hielo y de nuevo asomaban los miedos con su mera proximidad. Rodeó con sus brazos a Emy, que temblaba de los pies a la cabeza y la ayudó a ponerse de nuevo en pie – Es hora de irnos

Ambas salieron por el hueco lo más aprisa que pudieron. Ginny dejó recostada sobre el muro exterior a una Emy quebrada y sin voluntad propia. Con un nuevo encantamiento y en silencio, se cerró el espacio por el que habían entrado, sin dejar huella alguna de que una vez estuvo abierto. Se sentó junto a ella y esperó a que le hablara. El suceso era para dejar destrozado a cualquiera. De Emy no cayó ni una sola lágrima pero se podía ver que algo se había roto en su interior, algo que ella no sabía que sanaría años más tarde. Por un momento, Ginny quiso decírselo, contarle que Sirius estaba injustamente encarcelado, que jamás les traicionó y que el martirio que él estaba pasando se le había impuesto por la impotencia de no haber podido salvar a sus mejores amigos, a la familia que él escogió. Pero no lo hizo. Eligió callar y así fue hasta que Emy volvió a hablar.

  • ¿Sigues ahí? – Preguntó medio ausente

  • Sí

  • Tenías que darme fuerzas – Reprochó Emy

  • Y lo he hecho – Contestó Ginny con dulzura – Las fuerzas que necesitabas eran para aceptar tu amor, no para matarle

  • Ambos seguiremos cumpliendo condena. Ese es al menos mi consuelo – Dijo Emy con frialdad. Sintió una caricia en el hombro y le pareció recobrar energía. Encendió un cigarro con calma, le dio unas caladas profundas y volvió a dirigir el humo hacia su invisible compañera para poder, al menos, intuirla. Al tener una nueva imagen de ella, supo que no se trataba de Lily – Ahora será mejor que piense cómo salir de aquí. ¿Puedes ayudarme... seas quien seas?

  • Encantada

Y en ese preciso instante, Ginny oyó el tintineo de la lámpara y supo lo que debía hacer. Agarró el brazo de Emy y se dejó guiar por la magia. No sabía dónde iban a aparecer, ni si aparecería junto a ella. No estaba segura de cómo controlar aquel torbellino de espacio y de tiempo. Pero deseó con todas sus fuerzas que aún no le arrancaran la presencia de Emy, que la dejaran estar un rato más con ella. Se marcharon de aquel lugar sin escuchar una débil voz encarcelada de hombre, que preguntaba una y otra vez:

  • Emy ¿Eres tú?

Merlín seguía esperando en las escaleras. No quería que a la vuelta Ginny se encontrara con una casa en silencio y sin respuestas. La noche avanzaba sin preocupaciones, eran otros quienes las tenían. No hacía más que pensar que se sentía viejo y cansado para enseñar la dureza de la vida, para instruir a la inocencia en que son duras las consecuencias de los actos. Por mucho que él había predicado durante todos sus años de madurez, aún cometía errores y tropezaba con las mismas piedras. No, definitivamente no se sentía sabio ni orgulloso, sólo protector y viejo, muy viejo.

La lámpara comenzó a iluminarse y cantar, con su suave rumor de lágrimas cristalinas, al mismo ritmo paciente de la esencia de las hadas que poseía. Se irguió para parecer seguro y estar preparado al consuelo que la joven necesitaría. Pero no fue Ginny quien emergió de la luz. Una gran sonrisa le nació del rostro ante la sorpresa que le traía la noche. Más aún al comprobar la vestimenta que llevaba, pues parecía que en vez de salir de la lámpara hubiese bajado de las habitaciones. También le recibió con una sonrisa y una posición graciosa, porque nada más verle, levantó una ceja y puso los brazos en jarras, ladeando coqueta el cuerpo. Entre su postura y el camisón, con su bata a juego, llenos de dibujos de vacas divertidas haciendo de todo menos pastar en la hierba, Merlín no pudo evitar soltar una carcajada.

  • Has tenido que venir hasta aquí para hacerme reír

  • Bueno, yo no niego mi condición eventual de payasa. Espero que tú no niegues la tuya de sabandija – Dijo Emy entre risas

  • ¡Nunca! – Exclamó Merlín levantándose y yendo hacia ella – Absorber tu energía fue de las cosas más estimulantes que he hecho en mi vida

  • ¡Oh, viejo canalla! Ya tenía ganas de encontrarme contigo

  • Deja que te abrace por fin, princesa

Y tal como si un abuelo abrazara a su nieta, Merlín rodeó a Emy durante un buen rato, dejándose llevar más que por su perfume, por su esencia. Aún entre sus brazos oyó lo que sabía que diría más temprano que tarde.

  • Dime que mis chicas están bien y que no me preocupe

  • No te preocupes – Respondió el anciano separándose de ella

  • ¡Así que no están bien! – Emy lo captó a la primera – Era mucho pedir. ¿Dónde está mi abuela?

  • En su cuarto

  • Bien, así tú y yo hablaremos un rato – Emy se giró hacia el salón y vio el destrozo en las puertas - ¿Y esto?

  • Ginny

Merlín no se había preocupado de “reparar” la entrada del salón. Con un simple movimiento volvieron a ser las mismas de siempre y con otro movimiento la invitó a entrar para estar más cómodos y calientes frente a un buen fuego. No hizo falta que Emy preguntara qué había pasado, Merlín se lo contó en pocas palabras, haciéndola entender cómo estaba la situación entre las chicas y Sunny, y como él se encontraba, por desgracia, en medio del conflicto.

  • Mi abuela no es precisamente sutil pero no pensé que estuviera tan crispada para que las cosas salgan como ella quiere

  • Se acaba el tiempo, Emy, no hace falta que te lo recuerde

  • No te creas – Contestó ella mirando al fuego un tanto ausente – Mi sentido del futuro está un tanto perdido últimamente

  • Te fallarán otras cosas hasta que nazca – Respondió el anciano

  • ¡Vaya! No se puede guardar un secreto en esta casa

  • Jejeje – Rió Merlín – A algunos sí, a otros ya no

  • Aún no se lo he dicho a nadie, creo que ni siquiera a mí misma

  • Date tiempo

  • Sí, no me lo puedo impedir, no me nace hacer lo contrario – Emy sonrió con sinceridad. Le gustaba hablar de su embarazo con él – Es sólo que no me parece justo para Sirius. Él es quien lo debería saber primero... y luego a Harry pero aún no puedo decirlo... y no sé muy bien por qué

  • Quizás sea porque te protegería en exceso, porque su alegría taparía tu preocupación por Harry y los chicos, porque decirlo en voz alta puede llegar hasta Tom

  • No digas eso ni en bromas... Si me quitan esto... si me quitan algo más... creo que ya me volvería loca por completo – Emy suspiró con energía, no se dio cuenta que abrazaba su barriga con cariño - Supongo que tienes razón, necesito un tiempo para hacerme a la idea y para ser fuerte... más fuerte

  • Claro que sí. Él lo sabrá y será el hombre más feliz sobre la faz de la tierra, no creo que le importe que hayas tardado más o menos en contárselo

  • ¡Qué las viejas Hilanderas te oigan!

  • A esas sí que es mejor ni nombrarlas

  • Tienes razón, mejor ni nombrarlas – Emy se levantó con euforia del sillón y se fue hacia la ventana. A pesar de la noche, contemplaba su acantilado - ¿Así que estás esperando a Ginny? Pues yo he venido a hacer lo mismo, con lo que te relevo del cargo

  • Me parece perfecto. Ginny se llevará toda una alegría cuando te vea, hace tiempo que no lo hace

  • No tanto, no tanto – Contestó con ironía Emy

  • De todas formas, es mejor que subas a hablar con tu abuela ahora y luego ya te dejo la vigilancia

  • Compensaré a Hermione por no despertarla pero es que hablar con Ginny... hoy... era fundamental para mí

  • Ella lo entenderá y si no debe saberlo, no diremos nada

  • Gracias – Emy fue a darle un beso en la frente a Merlín – Por todo, por cuidarles en mi ausencia, por la comprensión, por tu paciencia y tu implicación. Hay motivos de sobra para que hayas pasado a la historia como una divinidad. Mi agradecimiento es que lo hayas hecho por ser una excelente persona

  • Creo que nunca he recibido un elogio tan bello

  • Seguro que sí – Se abrazaron de nuevo un momento – Nos vemos luego

Abrió despacio la puerta que tanto temía aún. Entrar en aquel cuarto le ponía los pelos de punta, a pesar del tiempo y de la superación. Seguramente no lo reconocería nunca frente a Sirius o Harry pero eso no evitaba que sucediese así. La abuela estaba mirando por la ventana, tan transparente e impertérrita como siempre. No le dio tiempo a decir nada. Ella ya sabía que estaba allí.

  • Has tardado en subir. No pensé que prefirieras hablar con ese fósil antes que conmigo

  • Por lo que veo, lleváis bien la convivencia – Ironizó Emy

  • Todo lo que se puede esperar de un soberbio como él

  • ¡Mira quién fue a hablarr!

  • ¿Vienes a insultarme? – Sunny se dio la vuelta y la encaró

  • No me permitan los Vientos semejante desaire – Contestó cerrando la puerta

  • La maternidad no te quita el sarcasmo, por lo que veo

  • Sí, gracias por preguntar, estoy muy bien – Siguió Emy con su juego – Ya me he acostumbrado a mis propios vómitos y a la idea atroz de que pueda perder a mi hijo. ¿Y tú? ¿Todo bien?

  • ¡Emy! No me gusta ese tono y lo sabes, no me parece sano

  • Hablando de lo que nos parece sano – Emy aprovechó a encauzar la conversación – Curiosamente a mí no me parece, en absoluto, sana la forma en que tienes tú de que se den ciertos pasos

  • Lo malo es que no se den – Cortó tajante Sunny

  • Mira abuela, con todo mi respeto por la labor que estáis haciendo con las chicas. Ginny no ha de convertirse primero en fuego destructor. Ese no es el camino. Primero debe asumir su transformación como la llama de curación. Ella tiene el poder de dar vida muy por encima del de destruirla, sino no sería una Guardiana

  • Se acaba el tiempo y no va a poder ser ni lo uno ni lo otro

  • Eso es lo que tú crees

  • Eso es lo que he visto – Sunny dejó a Emy pálida - ¿Ahora ya no te parece tan mala mi idea?

  • Quizás ahí esté siempre nuestro error, dar por certero lo vemos en las premoniciones – Emy hablaba con un tono apenado y pensativo – Nos asustamos antes de que ocurran los acontecimientos y si bien es porque la vida nos ha enseñado que terminan ocurriendo... No es tiempo para perder la esperanza

  • ¿Crees que con esperanza mantendrás el equilibrio? – Sunny se acercó a ella con aptitud de reproche - ¿Fue esperanza lo que salió de tus manos cuando destruiste esta casa? ¿La tendrás cuando Harry se enfrente a su destino?

  • No me hables así – Por primera vez Emy le dio una orden directa a su abuela – No te acepto este tono, ni ningún reproche. Tú serás mi abuela pero ahora mismo La Unión te va a dar una orden y es la siguiente: No quiero que trates mal a ninguna de mis Guardianas para forzarlas a que se transformen en su medio. Ginny se convertirá en fuego cuando tenga que hacerlo y Hermione en viento cuando tenga que hacerlo. Ni tú, ni siquiera yo, podemos obligarlas a ser quienes no estén preparadas para ser. ¿Entendido?

  • Si mis métodos no son del agrado de La Unión, ya puede llevarse a sus Guardianas esta misma noche – La ira de Sunny no se disimulaba

  • Mis Guardianas se quedarán aquí por orden mía. Las adiestrarás tanto tú como Merlín y te ocuparás de que su estancia sea lo más placentera posible. Si lo has hecho hasta ahora, no ha sido por ellas ¡tan bien lo sabes tú como yo!. Que no hayamos podido cambiar nuestro destino, no significa que ellos no puedan. Más te vale que abandones esta aptitud de resentida y culpable por mucho que se esté acercando la fecha, porque lo cierto es que no ayuda nada a que yo y mis Guardianes podamos mantener el equilibrio en el mundo mágico

  • Jamás pensé que me hablarías así, jamás – El asombro de la anciana fantasma era palpable

  • Y yo jamás pensé que tendría que hacerlo – Sentenció Emy – Aceptaré tus disculpas cuando recapacites sobre esta conversación y por mi parte no habrá rencor alguno. Buenas noches

Bajó con paso firme por las escaleras. La había puesto de muy mal carácter. Merlín la vio justo antes de salir por la puerta, se fue asintiendo con la cabeza, ya sabía que la conversación no tendría buen talante. Entre ambos un tintineo de cristales y la aparición de una luz cada vez más intensa. A Emy se le alegró el corazón de inmediato. No la recibiría con el ceño fruncido, sino con una gran sonrisa. Acababa de llegar la benjamina y el ángel que le dio esperanza y le salvó el alma. Llevaba años para darle las gracias por recuperar su corazón. Años preguntándose qué hubiese pasado si ella no hubiese aparecido. Supo que fue Ginny en cuanto la vio en la enfermería, en cuanto Harry se la presentó y ella le habló, diciéndole lo mismo, lo último que la oyó decir: “Encantada”. Y por fin había llegado el día en que sintió que ella la salvaba de sí misma y de matar al amor de su vida. Que menos que ir para dar las gracias.