← Historia 3558 · de
Historia 3558 — capítulo 50
- Tormentas
Perdió el equilibrio y cayó torpemente hacia el suelo con todo el peso de su cuerpo. No se levantó. Estaba temblando. Horrorizado, asqueado y harto de Voldemort, Harry sufrió el dolor de la impotencia y la rabia. Apretaba los puños con fuerza, haciéndose daño en las manos, cortando la sangre para que no llegara hasta los dedos, los mismos que utilizaría si le dieran la oportunidad de cerrarlos contra el cuello de su asesino. Le estaban matando con cada crimen. Sus músculos tensados se convulsionaban mientras pateaba el suelo y gritaba. Aún así, en su cabeza seguía oyendo el silencio y luego aquel silbido, el último que ese pobre hombre daba. Se le clavaban las maldiciones en su ser y hasta le cortó la respiración la evocación del rayo asesino. ¿Quién era aquel que cayó ante Voldemort? No importaba, pues era otra vida rota a manos de quien debía pagar por cada uno de sus crímenes. “¿Cuándo?” se preguntó Harry entre la desesperación y la impaciencia, “¿Cuándo te haré pagar?”. Una nueva familia rota en un invierno que amenaza con no tener fin. Una esperanza de vida sesgada con palabras que deberían estar absolutamente prohibidas. Y él, de nuevo, un inútil espectador capado, carente y callado de remedios. Una nueva cuestión asomó a su mente: “¿Podré acabar con él?”.
Se contrajo hasta encogerse con las piernas en el pecho y los brazos sujetándolas, la cabeza baja y mudo ya de gritos. Le llegó una ola de insignificancia, de pequeñez incrustada, de necedad. Se sintió tullido e incapaz. Se rompió en mil pedazos, molesto ante el calor primaveral del suelo, ante el intenso aroma de las flores, rabioso ante la eternidad de un jardín opuesto a sus sentimientos. Se supo solo, abatido y desolado, sin fuerzas para levantarse, sin poder dar un nuevo paso. Quiso mojarse en una lluvia de dagas, que aplacasen su dolor interno por uno físico, uno que pudiese soportar, del que supiese defenderse.
La primera gota le cayó en la frente, justo en la cicatriz que llevaba como estigma, en el rayo de su tormenta. Luego se le empaparon los ojos, sin saber si eran de lágrimas. Al tiempo la ropa se le fue mojando, ciñéndose al cuerpo, helándole las carnes. Pero las flores aún expulsaron más su aroma, trayéndole a la mente a la única persona que él quería ver. Ginny.
Cuando Ron llegó al Jardín de los Guardianes, a poco tiempo del alba, y le vio tendido en el suelo, se asustó. Nunca había visto a su amigo en aquel estado. Se había despertado de golpe con el sentimiento de que algo no iba bien, de que Harry le necesitaba. No estaba en su cama y salió en su busca. Poco le importó el temporal nocturno que no cesaba o los vigilantes que no le detuvieron en su fin. Sabía que debía encontrarlo. Bajó a los terrenos del castillo sin pista de dónde hallarle. Se puso de rodillas y pegó las manos y la frente en la hierba, creyendo que la tierra le ayudaría. Al minuto intuyó que hacer. Llegó hasta él rápido y silencioso, sin mediar palabra. Le recogió del suelo y cargó con Harry sin impedimento, asombrándose de su propia fuerza. La lluvia le había calado hasta los huesos, era persistente y punzante como una tortura. Se lo llevó sin preguntas. Cuidaría de él sin preguntas. Callaría hasta que Harry volviese a hablar.
Faltaba una hora que para que el castillo se llenara con los bostezos matutinos de cientos de chicos. Ron había llegado cargado con Harry y se había encontrado a Emy esperándolos. Tía y sobrino se encerraron tras los doseles de la cama y nadie de fuera supo que ocurría dentro. Sin embargo, no albergaba misterio alguno. Emy veló por el sueño de su niño mientras le acariciaba el pelo y le susurraba rumores que sólo podía entender el viento. Harry dormía y Ron esperaba, ambos en silencio.
Los compañeros de habitación se despertaron pronto para un domingo. Todos con un hambre voraz, haciéndoles marchar muy temprano al Gran Comedor. Emy salió de su escondite y se sentó en el borde de la cama de Ron. Sonrió al muchacho pero éste no devolvió gesto alguno.
-
Ron, cariño, no debes preocuparte más de lo necesario – La suave voz de Emy le llegaba como medicina – Él está cansado. Exhausto de horrores, de pérdidas, de injusticias. Tarde o temprano tenía que pasar. Cuando se despierte te va a necesitar, tanto o más como tú a él. Lo bueno es que os tenéis el uno al otro, así que esto también pasará
-
Vale
-
¿No quieres saber lo que ha ocurrido?
-
Iba a esperar a que él me lo contara – Contestó Ron con voz aséptica
-
Harry se ha enfrentado con uno de sus poderes, la visión. De forma voluntaria ha querido mirar pero esperaba hallar algo totalmente opuesto. Ha sido testigo de un asesinato, a manos de Voldemort, sin poder hacer absolutamente nada. Si despierta y se siente impotente, recuérdale las muchas vidas que ya habéis salvado. Tenéis que mirar la luz que os rodea, no las sombras – Emy se acercó con cariño a Ron, le estrechó entre los brazos y le dio un beso en la mejilla – Queda camino por andar y quedan metas por cumplir. Tú sabes bien qué es lo que te mueve a seguir, recuérdaselo a él
-
Lo haré
Harry despertó a la hora de comer y Ron seguía a su lado. No había cesado de llover. Le habló de lo que había visto y de cómo se había sentido. Ron lo entendió. Dejó que Harry le contase la conversación con Emy, su particular búsqueda del Destino, la necesidad de comprender a dónde le llevaban sus pasos y cómo investigando en el pasado, iba recopilando piezas del jeroglífico que debía descifrar. Harry hablaba y hablaba sin cesar, como las gotas que nacían del mismo cielo de donde cayó la piedra de fuego, narrándole la historia en frases cortas, pasando de un tema a otro, a veces sin sentido, sólo por la mera necesidad de expresarse, de sacar sus percepciones a fuera para desahogo de su alma. Ron escuchaba, a veces aportando ideas o posibilidades por muy descabelladas que fueran. Ambos se sintieron mejor después de comer las delicias que Emy les había mandado a través de Dobby, dándoles energía para seguir hablando de todo lo que les apretaba el ánimo. Emy tenía razón, Ron lo sabía y se lo dijo a Harry, al menos se tenían el uno al otro y una meta a alcanzar. Por la noche llegaron el resto de los compañeros de cuarto, con la mala noticia que aportaba El Profeta, un nuevo asesinato la noche anterior, el de Oliver Wood. Los cinco chicos lamentaron profundamente la pérdida. Habían conocido a la víctima, sobre todo Harry, que se veía de nuevo sumido en la impotencia y la rabia, mudo ante el recuerdo del último silbido del que había sido su compañero y amigo.
-
Lo que no entiendo es por qué fueron a por él – Dijo con tono irritado Seamus – ¡Es que les da igual todo!. Se ponen en un punto y esperan a que llegue alguien que sacie su sed de mal. ¿Es así?. Wood era sólo un jugador de quidditch, no alguien del Ministerio, ni de ningún organismo que pueda suponerles una amenaza. Además creo que era de linaje. No sé. No lo entiendo
-
¡Y qué importa su sangre! Eso era una mera excusa con que la empezaron – Prosiguió Neville – No tienen más baremo que el de matar indiscriminadamente
-
¿Cuántos serán? ¿Poseerá el-que-no-debe-ser-nombrado un gran ejercito? – Se cuestionó Dean en voz alta
-
Una vez pregunté a mi abuela cuántos magos había en el país pero no supo contestarme con una cifra exacta – Contestó Neville – Aunque ella dice que en Europa están concentrados la mayoría de los que hay en el mundo
-
¡Podrían ser cientos de miles de magos y brujas al servicio del Tenebroso! ¡Por las barbas de Merlín! – Seamus se levantó de golpe. En su cara se veía el pánico que eso significaría pero de repente emitió un sonoro bostezo que dejó a los demás un tanto confusos
-
Para mí sólo hay dieciséis – Intervino Ron – Al igual que nosotros. Lo importante es que vayan cayendo sus piezas, mientras que las nuestras, se mantengan
-
Tengo mucho sueño – Anunció Dean con una nueva respiración profunda – Me voy a la cama
-
¿Pero qué...? – A Harry no le dio tiempo a decir más, Neville había apoyado su cabeza en la columna y tal cual estaba, se había quedado dormido – Ron, ayúdame a llevarle a su cama
Era algo visto y no visto. Estaban manteniendo una conversación interesante, en la que los cinco se veían volcados, cuando tres de ellos habían claudicado como si hubiesen lanzado un gas somnífero en el cuarto. Harry y Ron se miraban sin comprender hasta que la puerta del cuarto se abrió y apareció Emy con una bandeja con la cena y la mejor de sus sonrisas.
-
¿Lo has hecho tú? – Preguntó el pelirrojo
-
Culpable
-
¡Vaya!
-
Gracias – Dijo Emy ante el halago interpretado según ella – Pensé que tendríais hambre. ¿Los ánimos están mejor?
-
Sí... pero... sí – Harry no sabía muy bien qué decir. Ron le había servido para descargar pero una nueva sensación se asomaba a su interior, un movimiento peligroso que involucraba más preguntas y todas las respuestas que aún no había hallado
-
Mejor – Emy posó la bandeja en el aire y apareció una mesa lo suficientemente grande para que cenaran holgadamente los dos muchachos – He querido compensaros y os he preparado una rica tortilla de...
-
¡Eh! ¿Has cocinado tú? ¿Es mi tortilla favorita? – Interrumpió Ron con entusiasmo
-
Así es
-
¡Oh! – Ron se frotó las manos y se abalanzó directo a comerse todo lo que le entrara en su estómago sin fin
-
Será mejor que me parta un trozo... que defenderé con mi vida – Dijo Harry con sarcasmo
-
Jejeje, sí será lo mejor – Aseguró Emy – Ron, come despacio, te aprovechará mejor
-
Humm, pozupuezto, humm
Entre exclamaciones de satisfacción de Ron y comentarios calmados de Harry, Emy se iba cuestionando la dureza de ambos. Desde que estaba con ellos, las pruebas habían sido cada vez más demoledoras. Sin embargo, allí seguían, levantándose de cada caída, una y otra vez, como el bambú azotado por los vientos, que le hacen doblegarse pero manteniendo las raíces bien firmes para seguir agarrado a la tierra, para mantenerse en pie. Así eran ellos, La Estrella en general, ella incluida y los que les amaban, quizás por la simple razón que era así como los tiempos mandaban ser: duros, flexibles, dispuestos a volver a alzarse, capaces de luchar por un sitio digno en el mundo; no sólo para ellos, sino para sus semejantes.
-
Me han pedido que te cite en el despacho del director esta misma noche – Emy recogía en la bandeja los platos, sin resto de comida alguna, para dejarla preparada - ¿Has conseguido que ese viejo esté picado? No sabía yo que fuese tan competitivo
-
¿Sí? Jejeje – Ron estaba disfrutando de su triunfo – Algún día reconocerán mi maestría
-
No te quepa duda – Sentenció Emy – Claro que aunque no lo diga, Dumbledore ya te lo reconoce
-
He estado pensando una jugada que le va a dejar la barba tiesa
-
¡Ron! – Emy evitó reírse sin mucho éxito
-
¿Te quedas con Harry?
-
Puedo quedarme solo, Ron – Contestó el aludido
-
Pero a mí me apetece quedarme... si no molesto – Intervino Emy
-
Entonces me marcho ya. Esta noche promete – Ron volvía a frotarse las manos, esta vez con un gesto de triunfo en su rostro
Los ronquidos de Neville rompieron la melodiosa cadencia de las gotas contra el cristal, que empezaba a prolongarse en demasía. Tía y sobrino se miraron y se rieron. Eran tan fuertes que no parecían propios de la tímida voz del muchacho. Harry se acomodó en su cama y Emy se sentó frente a él, con las piernas en cruz. Con un simple gesto por parte de ella, las cortinas se cerraron para dejarles aislados del resto del mundo. Esperaría a que Harry comenzase a hablar, le dejaría llevar la conversación por donde quisiera. Se le veía un tanto hermético, no había sido capaz de averiguar qué pasaba por su mente, aunque se lo imaginaba. Sólo había que darle tiempo para encontrar las palabras. A pesar de las disculpas que se habían profesado el uno al otro, notaba que no eran los de siempre, y por lo que podía intuir, Harry no se sentía del todo cómodo con aquella situación. Pensó que era normal, se habían dicho cosas muy duras, que pesaban en la conciencia de ambos. Si ella quería que respetase la intimidad y el secreto que guardaba, tendría que aceptar que Harry sólo le hablase de lo que él quisiera, sin que ella le forzase a más. Tenían sus secretos y debían respetarlos.
-
¡Qué tontería! – Exclamó de repente Harry – Ya aclaramos ayer... Me refiero a que no...
-
¡Por supuesto, por supuesto!
-
No quiero que pienses que estoy incómodo
-
¡No lo estás! – Corroboró Emy en vez de preguntar
-
¡NO! – Harry atajó ese tema de inmediato, más por él que por ella. Y es que le quedaba en el tintero un tema vital. Ginny y el sueño – Sólo es que aún no hemos hablado de lo que viste cuando te metiste en...
-
¡Ah, claro! – Emy se puso un tanto nerviosa, se colocó mejor en la cama, balanceándose sin motivo de un lado a otro y sin saber por dónde empezar – Entiendo que hubieseis llegado a ese punto, aunque fue una sorpresa para mí. Para nada lo juzgo o me opongo. Si se te exige ciertas responsabilidades, se ha de aceptar que llegues antes a ese cierto punto de la madurez. Aunque yo no me imaginaba... incluso pensé que tú me pedirías consejo
-
No fue planeado... ni siquiera sabía que estuviésemos en... “ese punto”... sólo... surgió – Harry hizo una pausa que no interrumpió Emy – Lo cierto es que no sé si Ginny es consciente. Quizás sólo fue un simple sueño para ella. No hemos podido hablar
-
Qué complicado es ¿verdad? – Dijo Emy con dulzura – Normalmente vives el momento de después con una charla íntima sobre las sensaciones, sobre los miedos o las expectativas. A vosotros ni siquiera se os ha dado esa oportunidad. Pero no dudes que ella es consciente, Harry, porque no fue un simple sueño. Creaste un mundo astral para vuestro encuentro y te llevaste a la Ginny que podías a él. Seguro que ella está igual que tú, deseando verte o hablarte, decirte lo importante que fue para ella y más después de que Ron y Hermione sí hayan podido entablar un modo de comunicación en el cual desfogar sus sentimientos
-
La hecho mucho en falta... y ayer... yo pensaba... y me encontré con otro asesinato
-
Lo siento mucho, cariño, de verdad que lo siento – Emy hubiese querido borrarle todos los momentos dolorosos pero por desgracia se aprende a ser mar fuerte con ellos – Espero que no renuncies por ello a los poderes que están por aflorar. Es difícil dominarlos cuando llegan pero es vital para ti que lo hagas y que entiendas el porqué
-
Lo que pasó anoche me ha acercado a la impotencia que tú sientes – Dijo Harry con total sentimiento – Entiendo mucho mejor tus sentimientos hacia Voldemort, tus acciones tienen que contenerse por no poder ser tú quien... quien acabe con él
-
¿Qué no daría porque tampoco fueses tú? – Emy bajó la cabeza y fijó sus ojos en su vientre – Espero que de verdad entiendas mi mutismo, incluso a sabiendas que está costando vidas, pero yo no puedo acercarte a tu punto de partida, sólo tú puedes
-
Lo sé y lo entiendo – Intervino Harry – Aún queda entrenamiento, lo único que espero es que te ocupes tú de él
-
Sí, lo haré – Confirmó Emy – Ya te avisé que llegaríamos a un punto en el que el asedio sería continuado. Entramos en la recta final. Esto no está siendo en absoluto fácil para ninguno de nosotros pero hemos de ser fuertes y aguantar. A todos nos toca asimilar ciertas ideas que se nos escapan al entendimiento, sean por las causas que sean
-
¿Le han atacado por mi culpa, verdad? – Preguntó Harry con miedo en la voz. Sabiendo que la respuesta era positiva ante el silencio de Emy, bajó la cabeza y escondió la cara entre las manos – Todos los que he conocido, con los que he entablado una relación están en peligro, todos
-
No sé qué decir
-
No importa, no hace falta. Tarde o temprano he de asumir lo que advirtió involuntariamente Colagusano, él no dejará que yo cumpla los dieciocho años, me minará hasta que nos encontremos para matarnos
-
“Un nuevo año comienza, uno en el que ni el castillo, ni sus habitantes serán los mismos” ¿Lo recuerdas? Te lo advertí nada más llegar – Emy se acercó a él y le atrajo hacia ella en un abrazo, para acariciarle el cabello como siempre
-
No hay día en que no me lo repita. Ya no seremos los mismos. Ninguno. – Harry cerró los ojos y se dejó querer
-
Lo que importa es la esencia, mi vida. Podemos cambiar, adaptarnos a las circunstancias, a los horrores o a las victorias que nos rodeen, mientras sepamos mantener limpia nuestra naturaleza, quedarán motivos, ganas por las que seguir luchando
-
Hablas igual que hablaba Merlín
-
Sigues insistiendo en referirte a él en forma pasada y sigo sin entenderlo – Exclamó Emy con asombro - He de admitir que hasta yo creí, en un momento determinado y por un breve espacio de tiempo, que le habíamos perdido pero está claro que no es así. Ese viejo sigue dando caña por algún lado, y te diría que está más cerca de un acantilado que de un bosque
-
¿Lo dices en serio?
-
¡Cómo te voy a mentir!
-
Pero si le vi caer
-
No suele ser torpe pero todos tropezamos en alguna ocasión – Emy sonrió por la ironía – Lo que tú viste fue su partida, no su muerte y menos a manos de Voldemort
-
¿Entonces está allí?
-
¡Ajá! Nos hemos dividido la tarea. Lo ideal es que hubiese un intercambio pero tal como hemos hecho las cosas, no será posible. Así tendríais los cuatro un entrenamiento mucho más completo. Por muy grande que sea nuestra magia, él es bueno es ciertas materias en las que yo me quedo más corta y viceversa – Emy soltó una risa dejando a Harry un tanto perplejo - ¿Quieres creer que le echo de menos?
-
¿Qué? ¿Cómo es posible? Pero si él te apartó de nosotros
-
Ese viejo y yo hemos compartido la casa de la esencia de mi magia y de su magia. Yo para él fui su Awen, como él lo fue para mí. Aprendí mucho de Merlín. Se preocupó de vosotros en mi ausencia y de hablar conmigo en sus meditaciones, teniendo que ir muy lejos y poniendo todo su esfuerzo en ello, sólo para que yo me sintiese conectada a este mundo
-
¿Awen? Yo he leído sobre ello
-
Es un término de celta antiguo que se utiliza para denominar la esencia pura, como un recipiente renovador. También es el nombre que se le daba a Helga en las profecías en los tiempos de antaño, cuando anunciaban su llegada como presagio de una era de luz y prosperidad para el mundo mágico... y así fue
-
Me ha dado mucho que pensar ese libro
-
Medita sobre él y no te fijes sólo en los personajes principales, sino en uno secundario que está en la sombra y que nunca se marcha. Tu nuevo poder te ayudará a comprender mejor a éste “ente” en particular. Sé que las visiones ahora te han de parecer lo peor del mundo pero hazme caso y continua con ellas
-
¿Cómo supiste que yo era un visionario? – Preguntó Harry descansando aún en el pecho de su tía
-
Bueno, soy la Primera Unión, he de suponer que vas a adquirir los mismos poderes que yo. La visión y la premonición han sido los dones más fuertes en mi vida, incluso antes de ser nombrada por Los Fundadores – Explicó Emy – Ha habido muchas ocasiones en que, más que intuición, has desarrollado una clara visión de lo que ocurría soterradamente ante ti. Una de esas ocasiones fue en mi visita a Voldemort. Sabías que iba a ir a verle y que iba a estar a la mañana siguiente. Incluso no te quedaste ahí. Tu predisposición se unió a tu magia para que vinieras conmigo, pasearas por Hangleton, escuchases mis pensamientos, vieses mis actos y sintieses mi fuerza. Te dije que investigaría sobre ello
-
La abuela Sunny tuvo que sufrir mucho para abandonarles... me gustaría saber qué pasó
-
Ella es quien debe contarlo. Quizás tengas suerte y seas el afortunado que lo oiga de su boca. Lo que yo sé es por otros cauces y muy poco por la abuela
-
¿Crees que si se hubiese quedado con Tom no nos estaríamos enfrentando a Voldemort?
-
Eso sólo lo sabe ella, cariño, yo sé que lo sabe – Contestó con firmeza Emy
-
¿Me has visto en el futuro? – Preguntó de pronto Harry dejando a Emy helada – Le dijiste a Voldemort que yo sería el mejor mago de la época moderna, que haría cosas tan grandes que superaría con creces el hecho de destruirle a él. Le dijiste que soy como tú, magia pura. ¿Me has visto o sólo ha sido intimidación, o tu propio deseo al decirlo?
-
¡Harry! – Le estrechó aún más fuerte entre sus brazos y le besó repetidamente en la frente – Lo cierto es que fue una oración, por si acaso algo tan grande como el maldito Destino me escuchaba y se apiadaba de mis súplicas. Por si centraba su visión para ver el monstruo al que nos estamos enfrentando y cumplía así mi plegaria
-
Le dijiste que has vuelto para que yo me haga realidad... y no sé en qué realidad me estoy convirtiendo. Anoche me sentía el más inútil, necio e impotente de los humanos – Harry se dejó llevar por el sentimiento, con Emy era incapaz de no entregarse ante las dudas, ante las miserias, ante su verdad, la que sentía en aquel momento – Sigo queriendo ser un chico normal, sin presiones, ni expectativas. No reniego de mi responsabilidad pero sí de su fama y por tanto de la prisión que me genera. No ir del héroe del día, al patán de por la noche. No quiero lo uno ni lo otro, quiero el maldito equilibrio entre ambos
-
Una vez más me toca decir que eso lo decidirá el Destino, tanto el que tienes marcado como el que consigas labrarte
-
Sí que me gustaría verme cuando haya pasado todo esto. Saber qué debo hacer, encontrarlo en alguna visión o premonición y poder así tener aunque sólo sea un as en mi manga – Harry se puso enfrente de Emy, escapando de su abrazo maternal – Si a mí me hubiesen dado la lámpara y el libro, ya lo sabría... y quizás ese sería el error pero habría viajado al futuro, o volvería al pasado y le diría a mi padre: “Escóndete en casa de la abuela. Vete lejos de él... quédate conmigo y con mamá”
-
¡Harry!
-
Saltaría de la piedra más alta, ningún acantilado sería lo suficientemente atemorizante como para que yo me amedrentase. Saltaría una y mil veces para encontrar... la paz – Harry la miró fijamente y lo supo - ¿Fue así como tú has averiguado todas las cosas que callas, verdad? Saltando desde el acantilado, saltando al lago
-
No, Harry, el lago no enseña ningún pasado, sólo me da la sensación de libertad que a veces necesito
-
Entonces desde el acantilado, por él sabes muchas cosas, las has visto y has reflexionado sobre ellas. Los libros, las leyendas, todo eso lo has relacionado con tus viajes ¿me equivoco?
-
No, no lo haces
-
¿Valió la pena?
-
Esa es la pregunta más cruel de mi vida – A Emy se le caían las lágrimas – Y ni siquiera puedo contestarla aún
Cuando Harry se levantó a la mañana siguiente, tuvo que tirar de la cama a Ron porque llegaban tarde a la primera hora de clase. Nadie les había despertado. Corrieron por el castillo como lo hicieron antaño, cuando estaban perdidos entre las aulas, corredores, pasillos y escaleras de la escuela. El castigo por su tardanza fue la pérdida de puntos y un trabajo extra, a parte de no ver una pieza de alimento hasta la hora de la comida. Ron casi desvariaba por el hambre y se abalanzó ante la ternera, mientras que Harry apenas probó bocado. Hablaron con Dan Gutt, al muchacho no se le había pasado que no habían aparecido en todo el domingo. Ron se rió de lo lindo con las nuevas ocurrencias del joven, al aparecer tenía la habilidad de encontrar originales formas de humillar a Malfoy y eso siempre ponía a Ron de buen humor.
Harry estuvo poco hablador en todo el día. Las ideas iban y venían, al igual que las sensaciones. Seguía empapado por dentro, gris y triste, como el cielo que no descansaba en su lamento. Al día siguiente volvería al Jardín de Los Guardianes para los ejercicios matutinos y se enfrentaría a la fuente. ¿Miraría de nuevo?. Sacudió la cabeza y decidió pensar en ello cuando llegara ese momento, no antes. El día que tenían ya resultaba agotador para su falta de energía. No habían hecho ninguna tarea en todo el fin de semana, así que ocuparon todos los momentos libres en los estudios. Cuando llegó la hora de marchar a los entrenamientos, quiso hacerlo concentrado, alejando su sentimiento de insignificancia lo más posible de él, porque no se podía dar el lujo de alimentar semejante sensación.
A pesar de que a Emy le costó volver a ocuparse de todos los entrenamientos de Harry y Ron, lo hizo. Tenía el beneplácito de los implicados, pues Remus y Arabella ya se veían sobrepasados por ambos y Sirius aseguraba no aguantar mucho más. Dumbledore siempre había creído que era lo mejor, que era ella quien debía de instruirles en las artes más avanzadas de la magia, así que la noticia le supuso una satisfacción. Emy les tumbó al “segundo soplido” y a pesar de que le costó ponerse de nuevo dura con ellos, al tercer duelo les estaba ya dando instrucciones muy exactas de los errores que no podían cometer de nuevo. Mandó cerrar la mente de nuevo y les advirtió de que sólo les dejaría esa semana distendida, la siguiente empezaría lo duro. Harry y Ron se miraron un segundo antes de levantarse del suelo. No sabían que hubiese habido distensión en el entrenamiento.
Harry se pasó la noche despertándose de una pesadilla que quería acampar en su mente. Tenía órdenes exactas que esta vez iba a cumplir al dedillo. Mente cerrada. Lo poco que había dejado que pasara se situaba frente a la fuente del Jardín de Los Guardianes. Con cada espantada del sueño se creaba en él una imagen más certera, hasta que la última vez que despertó, ya para levantarse, juraría haber visto a un hombre vestido con una larga capa gris ceniza, con la capucha tapándole la cara y un cordón negro alrededor de la cintura. Se negó ante esa posibilidad y lo dejó pasar.
No estuvo de mejor humor el martes, ni el miércoles, ni mucho menos el jueves. Se notaba cansado y abatido. Cada dos por tres echaba mano del colgante en forma de estrella, como si con ello pudiese tener entre los brazos a Ginny. La tristeza se agudizaba a pesar de su esfuerzo por apartarla, incluso llegó a pensar que era culpa de esa inagotable lluvia que no cesaba. Día y noche se abstraía por minutos y luego empezaba de nuevo su trabajo para dejar la mente en blanco. Las pesadillas se habían vuelto recurrentes, apenas descansaba y por más que intentaba alejarse de las sombras de la melancolía y la desesperanza, volvían una y otra vez los malos pensamientos. Llevaba tiempo ya separado de Ginny y su añoranza por ella crecía sin parar. Cuando pensaba que ya no podía echarla más en falta, un nuevo recuerdo asomaba a su memoria y le estrujaba más fuerte su corazón, hasta crear un terrible dolor físico en su pecho. Era un pozo sin fin del cual no se creía capaz de salir.
-
“Si pudiese hablar con ella. De verdad que lo necesito”
-
“A mí no tienes que convencerme” – Dijo Ron, siguiendo la conversación mental – “Yo soy otro desde que pude hacerlo. Quizás podamos ahora recurrir a mi idea del mensaje en la botella”
-
“¡No!” – Exclamó bruscamente Harry – “Podría asustarla. Pensaría que es el ángel de la muerte y que le lleva un nombre de su familia. No, nunca debimos contemplar esa idea”
-
“Es cierto, ni siquiera lo había pensado”
-
“Volveré a mirar en la fuente” – Susurró Harry con temor – “Es, posiblemente, mi única salida. Me concentraré en ella, apretaré el medallón contra mi pecho. Puede funcionar. Ella y yo tenemos una conexión muy especial. Ginny es fuerte, sabrá entender mi mensaje, sabrá qué tiene que hacer para ponerse en contacto conmigo. Quizás ella también necesite mirar en una fuente”
-
“Es posible, tiene sentido” – Le animó Ron – “Mañana ya es sábado, sacaremos tiempo, te acompañaré por si acaso, no quiero dejarte solo ante una nueva visión”
-
Gracias, Ron
-
Para eso estamos, Harry
-
¡Silencio, por favor! – Pidió la profesora McManaman – Sé que es la última media hora de la semana pero no podemos estar así todo el curso. La clase se acaba a las siete, no antes. Además, la historia de Merlín siempre cae en los exámenes finales. Atiendan como es debido
En los entrenamientos de esa tarde, Emy les dejó volver a relajarse en cuanto a cerrar la mente por las noches, siempre y cuando no sintiesen una amenaza. Evidentemente, esa advertencia iba por Harry. Emy prefirió que durmiese y dejase de llevar esas horribles ojeras que anunciaban una salud defectuosa, así que le dio una de esas botellas tan efectivas que se colocaban en la mesilla de noche y te hacían descansar del tirón hasta la mañana siguiente, lo cual su sobrino agradeció. Tanto Sirius como ella se marchaban el sábado a una misión. Les dejó instrucciones exactas de lo que no se debía hacer (escaparse del castillo, incursiones a sitios prohibidos, montar fiestas alcohólicas en el cuarto de los chicos o torturar a Malfoy hasta la extenuación, siendo esto último lo más difícil de acatar) y les tranquilizó sobre dónde andarían, asegurándoles que no era peligrosa pero sí importante.
La poción envolvente de sueño afectó a la habitación al completo. El sábado se levantaron cerca de las doce, cada uno como nuevo. Desde la cama y mientras se vestía, Harry oía los comentarios que Ron le hacía a Neville sobre su vello facial, asegurándole que ya le quedaba muy poco para poder llevar una perilla bien formada. Harry no podía evitar sonreír cuando oía a su mejor amigo hablar de esas cosas, con su actitud de querer ser mayor y por ello, y según él, más interesante. Mientras se ataba los cordones, imaginó a Ron con la edad de Bill, le vio más atractivo, con esa perilla pelirroja que insistía en llevar pero con la mirada dura y triste. Harry se asustó. Terminó de ataviarse y esperó a su amigo sentado en el rellano de la ventana.
La mañana se había levantado con un cielo que se cerraba a cualquier atisbo de color azul, manteniendo un basto, frío y deprimente gris que se colaba en cada rincón, en cada persona. La lluvia caía incesante sin otorgar descanso alguno. Eran como cuchillas de agua que caían con rabia e incluso parecía que con dolor. Los gotones estallaban en los ventanales, en las mojadas briznas de hierba verde de los terrenos, atizaba contra los árboles, aporreaba los tejados del castillo y daba la sensación de querer colarse en el Gran Comedor. Hacía ya casi siete días que así él lo había querido. Se preguntó si era culpable del mal tiempo reinante en Hogwarts. A Harry le gustaba su tormenta por ser fiel reflejo de su sentir. Miraba a través de su ventana para ver cómo el diluvio moría en el lago, convirtiendo la normalmente superficie lisa, en una pradera cristalina llena de pulgas transparentes y saltarinas. Oír como llovía le estaba dando una paz que le sorprendía. Como si nada fuese a pasar luego, nadie le esperase o no hubiese a quien esperar. Quizás también fuese él una simple gota de agua, destinada a estrellarse contra el suelo, aunque deseaba caer en el lago. Si al menos pudiera cambiar su dirección unos pasos y terminar cayendo sobre el lago. ¡Humm!. Iba a ser cierto, en su familia estaban empeñados en cambiar su destino.
Estaba centrado, mirando fijamente al lago, cuando algo, o mejor dicho alguien, le distrajo de su embeleso. Harry no se lo podía creer, limpió el cristal insistentemente hasta que terminó por abrirlo para cerciorarse. Por los solitarios terrenos del castillo, una figura paseaba sin prisa ni temor al temporal. Asomado a la ventana veía pasmado de quien se trataba, vaciando de golpe sus divagaciones por una realidad tan alarmante como descabellada. La túnica larga de color gris, totalmente encapuchado y un cordón negro alrededor de la cintura. Harry podía verle llevar una botella con una tenue pero brillante luz en cada mano. El ángel de la muerte. Apenas tomó conciencia de quien se trataba, cuando éste se detuvo, se giró y levantó la cabeza en dirección al ventanal. Harry sabía que le estaba mirando a él, porque un puñal de hielo se le clavó en el alma.