Tituladas 17.2% · 34,339 de 199,415 descubiertas
Rescatado 94.7% · 90,801 de 95,911 páginas identificadas · 90,162/90,522 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Historia 3558 · de

Historia 3558 — capítulo 51

  1. La daga de hielo

Bajaba las escaleras de tres en tres. Sus piernas, al igual que su cabeza, estaban descontroladas, no podía evitar caerse contra las paredes mientras corría con el fin de llegar hasta el ángel de la muerte. Un sudor frío le empapaba la frente, mostrándole aún más pálido que de costumbre. El camino le parecía interminable y cuanto más corría, más largo e interminable se le hacía. Oyó voces que provenían de la sala común, al aparecer, había mucha gente. De entre los ruidos y voces pudo distinguir los llantos. Corrió aún más. Lo hacía por el mero hecho de volcar su atención en ello, de no pensar, de no sentir. Se estaba asfixiando para coger el aire que luego le iba a faltar. “¿Quiénes?”. Ni siquiera se trataba de uno solo. Había dos botellas, una en cada mano, dos luces a punto de apagarse. “Dos. Dos. ¿Dos?. ¿DOS?”. No, no era viable, simplemente era imposible. “Emy y Sirius ¡no!”.

Seamus vio bajar a Harry con el rostro descompuesto, era comprensible. Le llamó mientras le enseñaba el periódico. Estaba junto a Dean, Lavander y Parvati, ambas chicas llorando y asustadas. Harry miró el panorama. No lo entendía. Ahora no tenía tiempo para noticias sin importancia, problemas escolares o peor, adolescentes. Sin embargo, la expresión de sus cuatro compañeros, más los de todos los que estaban en la sala, le daba a entender que el motivo que les tenía sobrecogidos. Vio a Seamus acercarse con el periódico a la vez que oyó a Ron bajar por las escaleras llamándole. El diario estaba extendido y observaba desde lejos su portada. La distancia se acortaba y las palabras se le revelaban. “54 MUERTOS EN UN ATENTADO” “El Caldero Chorreante aniquilado por Mortífagos”. La fotografía que acompañaba la noticia era desoladora. El edificio donde se “escondía” el local estaba destrozado, hasta el punto de ser un montón de escombros frente a un esqueleto de hormigón. Se mostraba su interior como el que ve un cuerpo devorado por una jauría de fieras. Abrió la boca pero no dijo nada. Cogió el periódico para comprobar que era una realidad y no una pesadilla. Entonces escuchó la voz chillona de Parvati, más aguda y estridente de lo común, como si fuese un violín rechinando, lloroso y a punto de romperse.

  • Angelina Johnson estaba allí con su familia – Hipó sorbiendo sus flemas – Y Katie Bell con sus padres. Todos han caído. ¡Oh, Señor, han muerto!

  • ¿Cómo... cómo es posible? – Balbuceó Harry

  • Ha sido una trampa – Explicó Dean – Les hicieron creer que eran de una facción de seguridad del Ministerio, que estaban en una lista negra y que iban a ser atacados en sus casas de forma inminente. Les citaron allí para ubicarlos en donde los mortífagos no pudieran encontrarlos. Todo mentira. Catorce familias, Harry, más los que estaban en El Caldero Chorreante

  • Han publicado la lista de las víctimas – Intervino Lavander entre sollozos – Por eso sabemos de Angelina y de Katie

  • No... no puede ser – Harry se negaba lo ocurrido, pasaba la mano por la lista mientras miraba los nombres. Allí había más personas que él conocía: Madam Malkin, Florean Fortescue, Doris Crockford... Si a esa lista de nombres le hubiesen añadido sus respectivas caras, Harry estaría seguro de conocer a más de veinte personas. Miró a Ron, que permanecía callado detrás de él – No... no puedo quedarme

  • ¿Adónde vas?

  • No lo sé – De pronto Harry se sintió divido. Quería correr tras el ángel de la muerte pero también llegar cuanto antes a la lechucería y enviar una carta a los gemelos y otra a Alicia Spinnet, pidiéndoles por favor que se pusieran a salvo, ya que estaba convencido de que ellos sí estaban en una lista negra. Voldemort quería acabar con sus conocidos, con sus compañeros, con sus amigos tal como había acabado con su familia

Harry salió corriendo con el periódico aún en la mano y Ron fue tras él. Intentaba que parase pero no parecía estar dispuesto. Se marchaba del castillo. Justo cuando Ron iba traspasar la puerta, Dumbledore salió a su encuentro y le frenó.

  • Déjale ir – Dijo con autoridad

  • ¡Pero está mal! Tengo que estar con él – Se quejó Ron

  • Lo sé – Sonrió el director – Estate tranquilo, esta vez me ocupo yo

Y sin más palabras, Dumbledore salió a los terrenos en la fría y lluviosa mañana de sábado, dejando a Ron perplejo y sin nada que decir. Decidió volver a la sala común para poder enterarse mejor de lo ocurrido. En uno de los corredores vio aparecer a la pandilla al completo de Dan Gutt y antes de decir algo, de un aula salió Draco Malfoy, sin percatarse de su presencia. Observó como le cambiaba la cara, un rostro de absoluta satisfacción y perversidad se acompañó de un comentario desafortunado: “Quizás los próximos seáis los Jordan. A tu hermano se le acabará la voz de locutor de pacotilla que tiene”. El pobre chico, el hermano menor de Lee, se quedó aterrorizado pero a Malfoy no le dio tiempo a pronunciar más palabras dañinas. Ron Weasley le había cogido por detrás y lanzado de nuevo al aula vacía. Se cerró la puerta y ninguno de los alumnos de primero de Gryffindor lo impidió o avisó a algún profesor. Se limitaron a vigilar que nadie entrara allí y que no se oyese nada sospechoso.

Se adentró en el bosque prohibido sin atender a más razones que su intuición. Elegía los caminos como si fuese un cazador capaz de distinguir a la perfección el olor de su presa. Sabía su recorrido y se dejó llevar por él. Le daría caza, le veía cara a cara. No iba a tener miedo. No le podían quitar a Emy ni a Sirius, ambos eran inexpugnables, la magia les protegía, no era posible que fuesen ellos. Si el Destino, si la Magia le quitaba de nuevo a alguno de sus tutores, se adentraría en un camino sin retorno. Lo había visto en los ojos de Merlín e incluso en sus propios ojos, en su interior, en más de una ocasión. Estaría perdido, ensombrecido, y a pesar de que le quedaban por quienes luchar, no sabía si ellos serían capaces de recuperarle de la negrura de la venganza. “Maldita sea ¡NO SON ELLOS!”. Harry se movía lo más aprisa que podía con aquella torpeza impuesta por los nervios. Ni se le ocurrió mirar hacia tras para ver si le seguían, si fuese así, Ron no hubiese dejado de hablar para quejarse por el camino tomado. Su mirada buscaba señales en los árboles, pisadas sobre la hojarasca pero no le hacía falta, era el hedor a muerte lo que le guiaba. Aún así se fijaba en cada paso, hasta que de pronto paró en seco.

  • ¡No! – Dijo en voz alta

Escuchaba una voz lejana que le chivaba dos nombres ¡DOS!. Nombres que estaban juntos, ocultos, silenciados, enterrados pero en absoluto muertos. Calló de rodillas, bajó la mirada y todo cambió al subirla. Ya no se hallaba en el sendero del bosque prohibido sino sobre el camino de tierra rojiza del Jardín de los Guardianes. La fuente frente a él le dejaba aún más inmóvil. En ella, dos botellas flotaban con dos luces que apenas dejaban su brillo en las aguas. Sentado sobre la piedra, el ángel de la muerte. Harry sintió de nuevo la daga de hielo clavarse en el alma. El aire era impracticable. No pudo mantener la mirada y la fijó en el empapado periódico que estaba atrapado en su mano y tirado en el suelo. Se quedó paralizado por el pánico. Supo que él se había ido en cuanto dejó de temblar y el calor se apoderó de su cuerpo. Miró hacia arriba y allí sólo quedaban las botellas.

  • Por favor – Suplicó al aire con la voz quebrada – Que no sean ellas

Con más miedo del que creía haber sentido jamás, se acercó a la fuente, se sentó en el lugar opuesto al que había estado el ángel de la muerte, acercó los brazos y atrapó las botellas. Se acordó de las hadas y su brillo, de su equivocación en el sueño, lo que allí dentro quedaba eran apenas dos alientos. Decidió, sin pensar, que abriría las dos botellas, sacaría los dos papeles enroscados y los leería a la vez. En cuanto destapó ambos corchos, los alientos luminosos se perdieron en el aire, dejando un olor conocido por Harry, el olor a Dementores. Le temblaba todo el cuerpo, le castañeaban los dientes, la visión nublada y un miedo que se incrementaba a tal grado, que no creía que fuese posible. Se sintió tremendamente solo. De nuevo necio e impotente. Posó los papeles y les desenroscó a la vez con ambas manos. Sus ojos se cerraron y dejaron escapar dos lágrimas, una por cada nombre. Gritó fuerte, tan fuerte como pudo. Se llevó las manos a la cabeza y las apretó contra ella. Exprimía su pensamiento mientras de nuevo, como lo hizo entonces, el monstruo de la conciencia salía a dar su diabólico paseo.

  • ¿Así es como queréis jugar conmigo? ¿Hasta qué niveles de bajeza deseáis que me hunda? ¿Cómo, si es posible, podré superar estas pruebas? ¿Es que no podéis darme una tregua? He de sentirme ruin, canalla hasta la saciedad, ahogar mi alma hasta que no sienta nada bueno y sólo me quede el sabor de mi propio desprecio ¿Pero en qué clase de persona me estáis convirtiendo?

  • Harry – Dumbledore llegó hasta el jardín, encontrándose a su pupilo sumergido en la desesperación, el miedo y la destrucción

  • ¡Profesor! – Harry le miró vencido – No sé si puedo más

Se acercó con paso firme hasta él, le atrajo entre sus finos y fibrosos brazos, y le reconfortó cual abuelo. Sentado junto a Harry pudo leer lo que ponía en los dos papeles. Con letras grandes y claras en uno rezaba VERNON y en otro DUDLEY.

  • Ni siquiera he pensado en ellos. Llevo años sin hacerlo. Me siento asquerosamente aliviado de que sean mi tío y mi primo ¿Pero qué clase de engendro soy? Primero Petunia, luego las víctimas de La Madriguera y ahora Vernon y Dudley. ¿No basta con sentir la culpa por mis padres, por Cedric, por Percy, por Oliver, por Angelina y Katie... y por tantos otros? – Harry lloraba devastado en brazos del anciano

  • Shhh – Dumbledore agarró a Harry por los hombros con severidad – No hables así, no te lo permito. Escúchame bien. Eres la esperanza hecha persona. Yo confío en ti, Harry. Todos lo hacemos. ¿Lo recuerdas? “Cuenta conmigo”. No olvides nunca aquel momento, porque fue sublime, porque levantaste de la mesa a todas las casas, Harry, a todas las casas. Nuestra fe está puesta en ti y lo sé, es duro, pesa mucho y no te hace la vida más fácil sino todo lo contrario. ¿Acaso crees que esa gente está equivocada? ¿Qué yo lo estoy?

  • Sí, sinceramente lo creo

  • Pues no lo hagas. Es hora de que confíes en ti. No quiero recordarte esto pero me obligas a hacerlo. Incluso Tom te ha dado ese reconocimiento. Ha llegado el día en que debes otorgarte el mérito y asumas por completo tu papel

  • ¿Mérito? ¿Cuál? – Se burló Harry - ¿El de que mis conocidos, amigos y familia mueran por el simple hecho de conocerme, por mi culpa?

  • No es tu culpa, Harry, es culpa de Tom. Todos llegamos a un punto en el cual tenemos que parar, mirar al pasado, al presente y construir con ello un futuro. Con ello aprendes a ser selectivo. A aceptar tus éxitos como también tus fracasos. En eso consiste el equilibrio – Dumbledore zarandeó cariñosamente al muchacho – Es hora de que lo hagas tú

  • Lo he intentado en distintas ocasiones pero no da resultado – Dijo Harry apesadumbrado y escapando de Dumbledore para ponerse en pie frente a él – Lo que pasa ante mis ojos es sólo la punta del iceberg. No tengo a mi disposición ni el pasado ni el presente, y sé que sin ellos no puedo forjar un futuro. Solo soy un incauto, engañado miles de veces y vencido. Cada error que cometo lo pago con vidas. Lo que acaba de pasar es fiel reflejo de lo que digo. Cuando lo vi la primera vez, pensé que sería un hada... Soñé con ello y lo conté tarde, podría haberlo evitado. Recuerdo la cara de Emy, se me quedó grabada para los restos. La recuerdo tras las vallas viendo sacar los cuerpos de los tres en Prive Drive. Se dio cuenta de que prefería ser ella quien dejase esta vida antes que sufrir de nuevo la pérdida de un ser amado. Y ahora puedo decir que lo entiendo mejor que nunca. Que me llamen egoísta, me da igual. Me gustaría saber qué decía ella en aquella ocasión, yo no lo entendía... no sé qué era, quizás sirviese como alivio

  • No eran palabras de alivio – Le interrumpió Dumbledore – Sólo quiso saber cómo ocurrió. Hay formas de entrar en los demás sin dañar a la persona. Emy puede hacerlo, seguramente tú puedas con entrenamiento. Debes seguir con ellos, esto sólo es revés, otra prueba

  • ¿Y cuántas más habrá? ¿Para qué más entrenamientos?

  • Ya lo sabes – Contestó el anciano mirándole fijamente a los ojos – Llevas tiempo oyéndolo

  • ¡Hum! ¿Para cambiar ese destino marcado que tengo? – Harry secó su cara con los puños cerrados. Su carácter leonino estaba aflorando. El miedo daba paso a la rabia - ¿Y cómo se hace eso? ¿Se lo puedo preguntar a mi padre? ¿Quizás le pregunte a Sunny? ¡Oh, Emy! ¡Ah, no! Se me olvidaba. Ella no me dirá nada. ¿Sabe? Sunny me dijo una vez que las mujeres de mi vida podían decírmelo pero no creía que lo fuesen a hacer, porque yo no lo iba a entender. Quizás sea cierto, quizás soy demasiado necio. Emy calla, Ginny también, lo he sentido muchas veces, y Hermione, me ha dicho en tantas ocasiones qué debía hacer y al final he optado por mi propia opción, basada en mi maldita curiosidad e intuición, que dudo mucho en que vuelva a decirme nada. Todas callan ¿Cree en serio que confían en mí?

  • Tu maldita curiosidad e intuición le arrebató a Voldemort la piedra filosofal, salvó a Ginny de una muerte segura y del resurgir de un Tom en plenas facultades. Sirius está vivo gracias a tu curiosidad e intuición...

  • Pero Cedric está muerto y muchos otros y los que aún caerán – Exclamó Harry gritando para luego susurrar apenas - ¿En serio podré cambiar mi destino? ¿Y entonces por qué no lo he hecho ya?

  • Lo estás haciendo, Harry

  • ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo es que siempre sabe tantas cosas?

  • Ser un viejo ayuda

  • Yo no llegaré, a mí me están matando lentamente

  • Me niego a creerte. Has demostrado siempre fuerza, valentía y arrojo. No puedes creer lo que estás diciendo – Dumbledore hablaba de forma severa, casi con indignación – Ahora estás nublado, una espesa niebla ciega tu interior pero sabes muchas cosas, cosas que nadie te ha dicho. Recuerda tu actitud cuando Emy se fue, cuando llegó Merlín. Entendiste que la vida no se paraba por no estar ella. Me enorgullecí de ti al saber que dejabas a un lado la venganza, por ser inútil, que simplemente aceptabas el destino sin esperar nada más que un reencuentro. Eso era suficiente. Te empeñaste en no perdonarla hasta que ella misma no te pidiese perdón. ¿Y ahora lo echas por tierra?

  • No quisiera pero estoy agotado, me siento vencido, un estúpido cuerpo movido por una mano que juega conmigo, como un peón sacrificable

  • ¿Eso crees que eres? ¿Sacrificable?

  • ¿Y por qué no? Todos los somos. En este tablero me toca enfrentarme contra un enemigo despiadado, que me espera con algo peor que la muerte. Me he preguntado muchas veces qué puede ser peor que la muerte – Paró un momento y luego escupió lo que sentía - ¡Esto lo es!

  • ¿Quién te ha dicho eso? – Albus Dumbledore levantó las cejas ante la sorpresa que suponían las palabras de Harry

  • Hace mucho tiempo que lo oí, en los pensamientos de Cho. Ron también lo escuchó en la mente de Wilcox

  • No haber vivido, eso es peor que la muerte, Harry – Dumbledore se sentó en los cómodos bancos de madera que rodeaban la fuente. Allí se había hablado de cosas importantes y allí debía tratarse todos los temas que fuesen necesarios para ayudar a Harry – Por eso pusimos a Ginny a Hermione a salvo. Si Tom encuentra la lámpara, el libro o algún elemento que le dé un poder aún más absoluto del que ya tiene, el elegido, o sea tú, será aniquilado desde la raíz. Haría lo imposible para que no nacieras

Harry escuchó las palabras del anciano y se quedó mudo. En el tormento actual, dentro de aquella niebla, como Dumbledore decía, en la que estaba envuelto durante toda la semana, la idea de no haber sufrido nunca no era desdeñada. Llevaba tanto dolor a cuestas. Desde hacía tantos años. Desde el día en que sus padres murieron. Prácticamente toda su vida. Pero entonces sus labios sintieron un escalofrío y se dio cuenta que nunca hubiese sentido los labios de Ginny sobre los suyos, o se hubiese reído, como en tantas ocasiones, con Ron y Hermione. No sabría qué es el amor, ni la amistad incondicional. Nunca habría escuchado la voz de su madre, ni la de su padre, no les habría conocido ni sentido orgulloso de ellos. Nunca habría aprendido a volar, a sentir el sabor de la victoria atrapando una pelota alada, ni la mágica sensación al tocar por primera vez su varita. Ignoraría la bondad que reside en las excelentes personas, como los Weasley; o la maestría, saber estar y benevolencia de quien tenía delante y quería ayudarlo, Albus Dumbledore. No habría conocido la familia que Emy y Sirius le habían proporcionado con tanto esfuerzo, amor y dedicación. Nunca habría sentido satisfacción de sí mismo a través de los ojos de Sirius, ni llenaría su alma con cada abrazo y caricia de Emy. No les tendría a su lado, ni en lo bueno y ni en lo malo.

  • Las mujeres de tu vida no te han dicho todo lo que debieran, es cierto. Aunque yo no las culpo. Todas ellas te aman. Los hombres de tu vida también lo hacemos pero es hora de que afrontemos el reto y confiemos plenamente en que puedes llegar a la aceptación. Tú quieres saber pero eso es sólo el primer paso. Es un proceso mucho más complejo que el mero hecho de desearlo. Encontrar los medios para llegar hasta la verdad y, por supuesto, asimilarla. Pero ahí no acaba, se debe comprender y por último, y sobre todo lo más importante, se debe aceptarla – Dumbledore miraba al muchacho que tenía enfrente, poco quedaba del niño asustado y extremadamente delgado y débil que llegó años atrás. Quizás su alma estaba más hundida según sus sentimientos, aunque él sabía que sólo estaba más curtida y que cada vez, con cada golpe, Harry era más fuerte, sobre todo, por ser más consciente – Ahora sólo tengo una pregunta: ¿Deseas acercarte a la verdad para que te ayude a cambiar tu destino?

  • ¿Convertirme en asesino? ¿Sobrevivir a Voldemort? – Harry se sentó en el banco – Sus actos me dan suficientes motivos para acercarme hasta el mismísimo infierno si hiciese falta. Pero para guiar mis actos... me faltan motivos. Necesito llenar los huecos de esta historia. Ni siquiera sé el porqué pero lo necesito. Sí, quiero acercarme a la verdad

  • Así será

La mañana murió sobre sus cabezas sin que ellos prestaran atención. La nubes se fueron disipando a medida que pasaba el tiempo, testigo de una conversación que llegaba en el momento oportuno, justo antes de una caída fatal, como un rescate y de la mano de quien Harry consideraba un sabio. El pasado, presente y futuro iban a tener padrinos para él. Dumbledore le prometió no dejarle solo, él sería uno de ellos; el otro, con capacidad para pasearle por el recuerdo, llegaría más tarde: Gryffindor; y quien le encaminaría hacia el futuro sería quien comenzó a hacerlo, Merlín. ¿Así que esos eran los hombres de su vida que le acercarían al porqué? Según Dumbledore, no, sólo le ampliarían con acontecimientos, leyendas, profecías o pesquisas ese vacío que él decía tener. Las palabras calaban apaciguando temores e inseguridades. La dulzura y rotundidad del anciano dejaba a Harry como una fiera apaciguada por la música al final de una tarde calurosa de verano. Cuando el director de la escuela se levantó del banco, ya le había dicho a Harry por dónde empezar e incluso cómo hacerlo sin moverse de donde estaba.

  • Es mejor que lo leas aquí, solo, lejos de la pesadumbre que reinará hoy en el castillo – Dumbledore vio a Harry acariciar el lomo del libro para descubrir el título de éste “Químeras mudas del Mundo Antiguo” – Recuerda que son historias sueltas, algunas recopiladas de propias voces, otras pasaron a las siguientes generaciones pero también las hay bien documentadas, sea a través de profecías, de visionarios, de locos, o, incluso, del Destino

  • ¿Cuál creer y cuál no?

  • ¡Y qué importa! Todas ellas te enseñarán algo de la vida, Harry. – Dumbledore le sonrió mirándole por encima de sus gafas de media luna – Léelo y recuerda que luego debes asimilar, comprender y aceptar. No hay otro camino para el entendimiento. Mañana hablamos

Nada más abrir el libro lo sintió... y les vio. Magos y brujas de diversas edades e incluso de tiempos distintos y diversas lenguas, como miles de fotos en una película trepidante, de gente que le susurraba por un segundo. Y le llegaron aromas de otras tierras, perfumes nunca olidos, sonidos jamás escuchados por él hasta que llegó justo al último retrato. Sus manos apretaron con fuerza el libro, formando un todo y se trasladó por un momento ante un jurado compuesto de siluetas, sombras en penumbra, formas desconocidas e incógnitas. “Sigue tu camino”. Harry lo supo. Por primera vez se topó con el Destino y sintió un frío conocido, la daga de hielo clavada en el alma.

Ya no pudo parar. La lectura le llevó lejos del Jardín de los Guardianes, de Hogwarts, de todo su mundo conocido. Entró dentro de las historias que allí se narraban. Tembló antes los miedos, las injusticias, las soledades, los destierros, las enfermedades... las muertes. Se recuperó con las pasiones, las dichas, las bendiciones, las bondades, los reencuentros y las vidas. Amó y odió con ellos, con los protagonistas de aquellas fantasías secretas que sólo se mostraban ante él, su elegido. Agradeció en silencio la confianza depositada y juró llevarles a todos ellos en el recuerdo.

El día se fue con la última página y el libro desapareció de las manos de su lector. Harry no se preguntó adónde fue, no importaba. Lo sentido y leído se le quedaría en la memoria y en el corazón. Ahora quedaban los pasos que Dumbledore le había aconsejado para caminar por el entendimiento. Se levantó despacio y avanzó hacia la fuente. No tenía miedo pero su cuerpo le pesaba en exceso. Se sentó en la piedra y palpó las runas con las yemas de los dedos. Merlín había permanecido allí encerrado durante siglos y a pesar de ello, le había visto volver a aquel lugar sin la menor importancia, sin dolor o resentimiento. ¿Qué clase de persona había que ser para perdonar así?. Para él, Sirius era un magnifico hombre, su orgullo como tutor, como el padre que apenas conoció y sin embargo, no podría reprocharle un cambio de conducta absoluto si estuviese cerca de Azkaban, con o sin Dementores. ¿Cómo se llegaba hasta Merlín?.

Pensó en Sunny y en su marido, pensó en su abuela Margaret y en su hermano Tom, separó a éste de Voldemort cuanto pudo. Pensó en sus vidas separadas y unidas. Pensó en la historia de aquella familia. De todas la preguntas sólo quedó una importante y sabía a quién debía hacérsela, a Sunny. “¿Ha influido tu abandono en mi Destino?”. Harry esperaba que al pronunciarla ella supiese ver que no era un reproche, sino la necesidad de entender a aquel Tom, el huérfano, el criado lejos del amor, el que había acumulado semejante odio hacia su familia. Fuese cual fuese la respuesta, Harry intentaría no juzgarla, sólo aceptarla.

Pero aquel libro había abierto muchas puertas hacia su hueco por llenar. Demasiadas para abarcarlas por completo. Debía diseccionar, atacarlas de una en una, organizar las respuestas que hallase para saber si llegaba a zanjar puntos o le llevaban a nuevas cuestiones. Y cuando intentaba clasificar en carpetas su mente, sintió un repentino frío subiéndole por la columna. El agua reflejaba un bruma sin forma tras su silueta. Se giró con rapidez y recibió la visita con júbilo. Llegaba antes de lo imaginado.

  • Todos caemos, Harry, lo importante es levantarse ¿Lo has hecho ya?

  • Sí

  • ¿Las heridas te impiden seguir tu camino?

  • No

  • ¿Estás seguro de querer dar este paseo?

  • Sí

  • Hoy no iremos lejos, sólo un adelanto. Podré a prueba tu voluntad. Comprende que es necesario. Es diferente creer estar dispuesto... que estarlo realmente

  • Entiendo

  • Ahora es el momento. Justo en este instante. Vámonos

Sintió que el alma se le dividía del cuerpo, que éste quedaba sentado junto al pedernal, inerte, muy quieto, rígido como las piedras talladas, como otra muesca dibujada en el monumento. Pero su alma se expandía en el aire y volaba con el viento, tras una bruma que estaba dispuesta a llevarle lejos, lejos del dolor de aquel día, de todos sus lamentos, de las muertes, del maldito sufrimiento, de la culpa y de sus tormentos. Leer aquellas vidas le habían dado aliento. Pasaría la prueba porque su voluntad se estaba convirtiendo en puro hierro, en un armadura preparada para recibir disparos de fuego. Y fuego es lo que sintió al verla a ella junto al acantilado.

Gryffindor estaba detrás de él, con sus manos apretándole los hombros. Le susurró que lo que estaba viendo no era el pasado, que en ese mismo instante estaba ocurriendo. El viento silbaba y enmudecía a Harry. ¿Aquella era la prueba?. Sentía que llevaba un vida entera queriendo volver a verla y se descubrió a sí mismo cerrando los ojos de su alma volátil por un segundo. Las olas rompían con fuerza sobre las rocas unos metros debajo de su Gin y la tormenta le empapaba sin pedirles perdón a ambos. Notaba su dolor, reflejo de su rostro, saboreando sus labios empapados de lluvia, salitre y llanto; cerrando los ojos, dejándose llevar por el beso del mar, el beso que él moría por darle, por envolverla con sus brazos, por protegerla del mundo con su amor. Ella lloraba. Harry no podía, su alma viajaba sin lágrimas. Sintió como a Ginny se le rompían las fuerzas, porque se sentía insegura y abandonada. Harry quiso gritar, decirle que estaba allí, invisible tras ella pero que estaba. Mudo se quedó ante el deseo inocente de ella, que sólo quería un momento en sus brazos, unas pocas palabras, un nuevo bocado que le alentara para aguantar lo que hiciese falta. No pedía una cita en el bosque, ni una noche de amor, sólo un instante con él, sólo... Y el gritó de Harry se ahogó en un agudo silbido acompañado de una fuerte ráfaga de viento y mar, que hicieron a Ginny tambalearse hasta casi perder el control y caer al vacío.

Y entonces la oyó: “Si me tiro y pienso en él... quizás me ocurra a mí lo mismo. Yo les vi en la boda. Él estuvo en la premonición. Estamos enganchados. Lo sé. Llevo puesto el colgante. Puedo hacerlo. No hay tanta altura. ¡Madre mía!. ¿Cómo pudo Harry tirarse desde aquí?. ¡Hay que estar loco!. Venga Ginny, tú puedes. Impúlsate y salta. Estarás con él. Harry te recibirá. No... no... puedo... no puedo...”. El espíritu de Harry dejó de expandirse para contraerse de repente. Veía como caminaba hacia atrás, alejándose del acantilado.

  • Es mejor que no salte – Dijo Gryffindor al oído del muchacho, aún con sus manos incorpóreas atrapando los hombros inexistente de Harry

Escuchó la voz de Ginny, con forzada voluntad decir: “Inténtalo”. La vio frenar cuando ya podía coger carrerilla y saltar. “Inténtalo”. Comenzó a correr con torpeza. Harry elevó las manos y, sin saber porqué, incitó a la lluvia que les azotara a ambos, como agujas que se le clavaran para advertirla. Le mandó al viento detenerla, a la tierra atraparla y al fuego interior de Ginny quedarse en ascuas. Ella se detuvo a dos pasos del acantilado, calló de rodillas y rompió a llorar con mayor fuerza. ¡Cómo le hubiese gustado a él consolarla! Que no se sintiese muda, indefensa y temblorosa, con su alma retorciéndose, impotente ante la invasión de su propia cobardía. Decirle que sí era capaz de ganar a sus miedos. Decirle que los cuatro le derrotarían. Harry sólo hizo una cosa, pidió ayuda y le fue concedida. Merlín llegó en silencio y se llevó a Ginny con la mayor de las ternuras.

Desaparecieron en una niebla que escondía la casa. Harry quiso correr tras ellos pero no hizo ni un solo movimiento. Agachó la cabeza y esperó. Gryffindor fue quien le arrastró hasta el borde del acantilado. Harry aspiró el aroma floral de su chica, llevaba tanto tiempo sin hacerlo. Era una mezcla de esencias que combinaban en armonía, al calor de un corazón puro, abrigados por el fuego renovador de su persona e intensificados por las lágrimas y el infinito mar. Todo ello conformaba en Harry otro aliento más. Verla en aquel estado, con el dolor que eso le acarreaba, le traía una nueva fuerza, regenerada e imparable. Sí, ambos habían caído. Sí. Pero ambos se habían levantado. Harry lo supo, quizás por las palabras que ella pronunció, o por las que calló. Vio la muerte de Oliver Wood porque ella estaba teniendo una premonición. La fuente no había querido ser cruel, su poder de visión no quiso dañarle, precisamente le llevó a estar con ella y que sintiese que él también estaba allí. La semana tan horrible que había tenido, ella la había compartido. La necesidad de juntarse era mutua porque ambos sabían que estando el uno con el otro, su mundo era infinitamente mejor. No debía apartar de ese pensamiento y los pasos que fuese a dar en un futuro próximo, debían de centrarse en volver a estar unidos. No sólo los dos, sino los cuatro. Todos bajo la estrella, todos junto a Emy. Aquel era el orden natural de sus vidas y había que luchar por él. Aceptar que no siempre podrían estar juntos pero que juntos era como mejor iban a estar. Lo entendía ¡por fin lo entendía! En eso consistía cambiar su destino, en que nada ni nadie pudiese separarles.

  • Bien, Harry, hasta aquí hemos llegado – Gryffindor le habló al final de sus pensamientos

  • ¿He superado tu prueba?

  • ¡Hum! – Sonrió el Fundador – No sólo me has demostrado tu voluntad, sino que has creído en tu poder. Recuerda siempre que eres la Unión de las Cuatro Sangres, que, por tanto, tu personalidad se tornará distinta hasta completarte. Sé que decirte esto puede que te confunda aún más pero no importa el porqué eres tú el elegido, sino que simplemente lo eres. Espero que lo que te enseñe vaya llenando los huecos de tu historia, porque al fin y al cabo, son parte de tu pasado y mereces saber de dónde proviene tu presente para encaminar tu futuro. No soy el primero en decírtelo. Tú lo sabes y es por eso que estás aquí. Aún así no olvides que no importa, porque lo que realmente interesa es el hoy y el mañana, no los errores ni aciertos que deben descansar en el ayer

  • Lo entiendo – Harry miró hacia abajo. La altura ya no le pareció vertiginosa. Les gustaba la sensación que acompañaba al salto. Miró la bruma que era el Fundador y dijo con total robustez – Estoy dispuesto

El frío le caló el alma desnuda mientras llegaba a la luz que le transportaría y al cruzar por ella, sintió de nuevo la daga de hielo clavarse en el alma.