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Historia 36622 — capítulo 8
Dolido, frustrado y decepcionado. Esas simples palabras podían describir por completo el estado de mi corazón en esos instantes.
Ayelén se había ido y sabía que sería para siempre. Habíamos pasado mucho tiempo juntos, compartiendo grandes y hermosos momentos que mi corazón, mi memoria y mi alma nunca más olvidarían… pero, ¿cómo explicarle eso a ella?
Sabía que jamás volvería conmigo, que jamás mi boca volvería a besar sus perfectos labios, que nunca más mis manos acariciarían las suyas o tocarían de nuevo su suave rostro.
Siempre creí que Ayelén era algo superficial y sin embargo, era tan dulce cuando se lo proponía. Ya no tenía más palabras, esa mujer me había robado el corazón y me lo había devuelto enteramente destruido.
Ahora, allí en ése hospital lleno de ruidos desconocidos para mí, seguía sentado en el mismo lugar sin saber hacia dónde ir o qué hacer.
Su adiós, su despedida… además de dejar un enorme bache dentro de mí, había dejado un abismo inmenso entre mi persona y el resto del infinito universo. Me había dejado solo, a la deriva en un mar lleno de horror.
Aún recordaba ése día tan hermoso en que la conocí. Estaba realmente muy bonita, memorizo cada detalle todos los días al despertar para no olvidarla nunca.
Recuerdo que me le acerqué en el banco de una plaza, ella estaba llorando. Cuando le pregunté por qué lo hacía, respondió mostrándome su blanco bastón.
Intenté explicarle que existían cosas mucho peores que quedarse ciego, pero ella no quería escucharme, negaba frenéticamente con su cabeza y las lágrimas que derramaban sus afligidos ojos parecían no alcanzar para cubrir todo ése sentimiento de tristeza que por dentro la agobiaba.
-Disculpe, señor, tiene que marcharse. Requerimos esta habitación-. Oí una dulce voz cerca de mí.
-Sí, lo lamento ¿Podría guiarme hasta la salida, por favor?
Supuse que aquella enfermera accedió cuando tomó mi brazo derecho y me hizo caminar y bajar escaleras entre millones de voces que hablaban sin rostro a mí alrededor.
Llegamos a la salida y podía sentir como mi cabeza daba vueltas sin cesar, aturdida por el exceso o tal vez la falta de información que mi cerebro recibía. Aún se me hacía muy raro no poder apreciar qué era lo que sucedía a mi alrededor, me hacía sentir perdido.
¿Cómo volvería a casa ahora?
Sentí cómo la mano de la enfermera se separaba de mi brazo, solté un "gracias" casi inaudible y la oí caminar sobre sus pasos entrando nuevamente al hospital y dejándome sólo en un mundo ahora desconocido.
Escuché sonar algo dentro del bolsillo izquierdo de mi pantalón y me percaté que mi celular aún seguía ahí. Lo tomé y se me hizo bastante difícil adivinar con qué tecla se atendía sin poder verla.
-¿Hola?- respondí con la inexistente esperanza de que la tierna voz de Ayelén contestara al otro lado de la línea.
-Damián, amigo, dime ¿cómo resultó la operación?- Era Esteban, uno de las pocas personas a las que Ayelén le había caído relativamente bien.
-Sí, la operación fue un éxito pero ella me dejó-. Lo solté como pude, aún no me entraba en la cabeza lo que había sucedido, no podía adaptarme a la idea de que ya no la encontraría la llegar a casa.
-¿Qué?- bramó Esteban con el mismo incrédulo tono de voz que el mío hacía unos momentos- ¿Dónde estás, Damián?- cuestionó pasado un pequeño instante.
-En el hospital, ¿recuerdas que te di la dirección por si querías acompañarme?
-Claro que sí, estoy saliendo para allá… tan sólo, quédate donde estás y no te muevas.
Colgué guardando el celular nuevamente y me quedé sin hacer nada. Oía y sentía a la gente golpeándome accidentalmente al pasar, oía todo, excepto su hermosa voz. Sentía todo, excepto sus suaves manos de muñeca. Olía cualquier cosa, a excepción del delicioso aroma que solía emanar la piel de Ayelén cuando se encontraba tan cerca de mí.
Cerré los ojos y volví a abrirlos, pero nada cambió ni a mi alrededor, ni dentro de mí.
Me quedé sin hacer nada, no tenía nada que requiriera mí tiempo ni mi atención ahora. Estaba pendiente a la llegada de Esteban, pero aún así no escuché su voz cerca de mí hasta pasados unos quince minutos.
-Lo siento, había mucho tránsito-. Tomó de mi brazo y me condujo en silencio hasta su auto donde, supuse, me ubicó en el asiento delantero.
Cuando él también hubo ingresado, nos pusimos en marcha a pesar de que yo no sabía hacia dónde íbamos y tampoco me importaba mucho.
-¿Estás bien?- preguntó después de indeterminados minutos que no quise contar.
-No-. Le respondí con total sinceridad. No acostumbraba a mentirle a la gente, mucho menos a mis amigos, por muy pocos que éstos fueran.
-¡Vamos, Damián, arriba ése ánimo! Sé que es difícil pero a todos nos han dejado, siempre pasa… es, lamentablemente, una parte inevitable de la vida.
-Esto es diferente. Esta vez no me importan "todos", esta vez me importa Ayelén.
-Mira, te propongo ponerte en la lista de espera del hospital. Tal vez en algunos meses, tengan donantes y puedas ver otra vez-. Hablaba con verdadero optimismo, como si de verdad creyera que todo lo que decía me hacía bien.
-Sí, me parece estupendo-. Le contesté con indiferencia, fingiendo una falsa felicidad ante esa idea que me parecía muy absurda: ¿de qué me serviría volver a ver si no podía verla a ella?
-¡Genial! Entonces ahora, iremos hasta tu casa, recogeremos tus cosas y te vendrás a vivir conmigo. Alejaré de ti todo rastro de la palabra Ayelén. Ya verás, te olvidarás de ella, Damián.
No le contesté: olvidarse de Ayelén era como querer atar una nube, como querer ver un eclipse sin quedarse completamente ciego ante la brillantez. Era imposible. Ella nunca se iría de mis pensamientos, tendría que obligar a mis recuerdos a pensar en otra cosa, tendría que someter a mi mente a las más odiosas torturas para olvidar a tan perfecta mujer.
-Llegamos, ¿necesitas que te ayude?- me preguntó la voz de Esteban.
-¿Eres idiota? Claro que necesito que me ayudes-. No quise decirlo así pero, realmente, ¿quién en su sano juicio le preguntaría eso a un reciente ciego? Esteban, a pesar de eso, no resopló ni soltó ningún indicio de estar enojado.
-Lo siento, ¿tu tienes las llaves?- se las entregué sacándolas del bolsillo derecho de mi pantalón. Oí el ruido de las mismas moverse, caminé unos pasos con su ayuda hasta que llegamos a la puerta. Escuché cómo Esteban la abría de par en par con un agradable sonido que parecía estar dándome la bienvenida de vuelta a casa.
Mi casa. La que antes podía llamar nuestra.
-Dime, se llevó todo, ¿verdad?- pregunté seguro de que la respuesta sería un "sí" completamente inamovible.
-Pues… no, ha dejado un par de sábanas sobre la cama y un velador. Aunque éste último está algo roto, yo diría que ya no sirve-. Escuché cómo sus pies se movían, cuando volvió a hablar, su voz sonó más lejana-. Y en el ropero solamente queda tu ropa, Damián. Y el baño está un poco revuelto a decir verdad-. Sus pasos volvían a acercarse y Esteban se aproximaba a mi lado-. Lo siento.
-Descuida, no tienes que sentirlo. Solamente, ayúdame a juntar mis cosas-. las ganas de salir de ése lugar me invadían por completo, saber que no volvería ni siquiera para saber cómo me encontraba, saber que ni siquiera había dejado un maldito teléfono para poder comunicarme con ella.
Se había llevado todo, mi corazón estaba incluido.
Habría ayudado a Esteban a recoger mis cosas, pero al no saber dónde se encontraban, se me hacía verdaderamente difícil. Así que ambos optamos que sería mejor si me quedase sentado en una silla.
Esa silla de madera en la ella había tomado mi mano y me había dicho que me amaba. Sí, lo recuerdo. Aún recuerdo su mano, su hermosa piel presionando la mía, transmitiéndome ése calor y ésa paz que sólo ella podía, puede y podrá ofrecerme.
Cuando Esteban dio por finalizada la tarea, me ayudó a levantarme y me condujo nuevamente hacia el auto. Manejó hasta su casa y allí no pude hacer más que llorar.