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Historia 36622 — capítulo 9
-Damián, no puedes seguir así, amigo-. La voz de Esteban solía sacarme de mis pensamientos de vez en cuando-. Llevas una semana entera, encerrado en esta maldita habitación.
¿Una semana? ¿En serio había transcurrido tanto tiempo?
-Lo siento, con Ayelén solía ser mucho más fácil contar las horas-. Solté un pensamiento que tendría que haberse quedado dentro de mí y sin embargo salió a través de mi boca en forma de sonido hasta llegar a los oídos de Esteban, quien resopló cansado de repetirme siempre lo mismo.
-Deja de pensar en esa chica, ¿no te das cuenta que vas a morirte de pena de seguir así?
Sí, iba a morirme de pena. Era la mejor manera de morir para mí.
-Amigo, ¿me harías un favor?
-Claro, el que sea.
-Escribe algo por mí. Es necesario que ella lo sepa, aunque sea a través de una hoja de papel.
-¿Qué quieres que escriba?
Le dicté lo que hubiese querido decirle apenas terminó la operación. Unas pocas palabras resumieron todo ese sentimiento que dentro de mí, se debatía por liberarse de sus cadenas. No fueron muchas letras, pero bastaban para hacerle saber a Ayelén todo eso que debía saber y nunca quiso escuchar.
-Bien, ahora regreso, voy a entregárselo-. Me dijo cuando acabó de escribir.
-No, no lo hagas hoy. Tampoco mañana. Yo te diré cuándo.
-De acuerdo. Voy a salir, ¿quieres venir?
-No, me quedaré aquí.
Las cosas no cambiaron para nada. Pasaron tres espantosos y largos años. Esteban no se cansaba de pasar delante de mí con la felicidad entre las manos, tal vez lo hacía involuntariamente. Todos los días millones de voces femeninas invadían mi mente y todas las noches, esas mismas voces, me impedían conciliar el sueño.
Esteban se divertía. De eso no había ninguna duda.
Esteban quería invitarme a participar de ésa jocosa diversión. De eso tampoco me cabía duda alguna.
Pero, a veces las paredes que construimos alrededor nuestro para prohibirle la entrada a la tristeza, también impiden que la felicidad nos sorprenda. Intenté millones de veces derribar ése muro invisible que estaba a mi alrededor, pero jamás lo conseguí. Se había aferrado a mí demasiado fuerte, ya no podía dejar de encerrarme sobre mí mismo. Perdía de a poco cualquier contacto con el resto del enorme y distante mundo.
Fue un catorce de Abril, uno de los días más importantes y a la vez trágicos de mi miserable y absurda vida.
Esteban, como era usual, se había ido y yo, como de costumbre, había rechazado su ofrecimiento de acompañarlo.
Me movía en un silencio abrumador a través de la vacía casa. Ya conocía por completo cada rincón y espacio por muy escondido u oculto que éste estuviera. Y también sabía muy bien a dónde me dirigía en esos precisos instantes.
La cocina quedaba solamente a unos cortos pasos de la habitación principal, es decir, el cuarto de Esteban.
Cuando llegué, tanteé la mesada en busca de lo que necesitaba dejando mi bastón recostado sobre la pared a un lado.
Allí estaba, el contacto con el frío y duro metal hizo que mi piel se estremeciera y mi mano descendiera hasta el mango de madera del afilado cuchillo. Lo tomé con mi mano derecha con toda la firmeza con la que fui capaz.
Lo aproximé hasta mi muñeca izquierda y de nuevo un extraño estremecimiento me recorrió por completo. Presioné sobre mi piel, preparado para sentir el fuerte dolor que, estaba seguro, se avecinaba inevitablemente.
No había manera de seguir soportando el dolor que me causaba el hecho de no poder volver a ver ni escuchar a Ayelén. Antes de hacer lo que haría, le dejé a Esteban una pequeña nota, que escribí como pude, pidiéndole que entregase a Ayelén mi pequeña carta en cuanto viese mi cuerpo inconsciente.
No sucedió como esperaba que sucediera. No hubo ni cielo, ni infierno tal y como describían los libros y las películas. Pasó todo muy rápidamente, tanto que no tuve tiempo de sentir dolor alguno.
Mis inservibles ojos se cegaron ante la fuerte brillantez de una luz plateada. Los abrí de par en par y me vi.
Mi cuerpo estaba tirado en el oscuro piso de la cocina, rodeado de mi propia sangre que se desparramaba sobre mi anatomía con la rapidez del viento.
Mi muñeca izquierda lucía un severo corte, uno muy profundo que no tenía posibilidades de sanar. Miré mis propios ojos y los vi blancos, en mi cara se reflejaba un sentimiento de angustia y dolor y en mi mano derecha, el cuchillo se había caído cuando perdí la fuerza para mantenerme en pie.
Fue uno de los sentimientos más extraños que mi cuerpo percibió. Me veía a mi mismo completamente muerto, mi cuerpo sin vida parecía sumido en un profundo sueño. Quería despertarme pero el daño ya estaba causado.
Pero, si había muerto ¿cómo es que seguía allí?
Me quedé muchas horas junto a mí, mirándome, admirando cada uno de los rasgos que hacía tanto tiempo no veía.
De pronto oí el ruido de la puerta de entrada al abrirse. Entraron por ella Esteban y una acompañante pelirroja riendo a carcajadas.
-Estoy contigo en cinco minutos, Sara. Voy por algo de tomar.
-Mi nombre es Wendy.
-Sí, como digas, linda.
Esteban ingresó en la cocina con una sonrisa de oreja a oreja mientras movía sus manos al son de una melodía que daba lugar dentro de su cabeza.
No supe describir qué fue lo primero que en su rostro se presentó. Pero antes de que pudiera hacer o decir algo, Esteban sollozaba incontrolablemente sobre mi cuerpo inerte.
Intenté calmarlo, avisarle de mi presencia en ése mismo lugar. Pero mis manos parecían desvanecerse al contacto con su piel. Me sentía completamente impotente, sin poder hacer nada para consolarlo. Quería gritarle que se quedara tranquilo.
Por suerte, su acompañante entró en la cocina con mi nota entre sus manos.
-Explícame quién es Ayelén, Esteban-. Decía contrariada sin prestarle la más mínima atención a mi cuerpo sin vida en la cocina.
Al no escuchar contestación por parte de mi amigo, la muchacha levantó la vista y soltó un gritó aterrador dejando que mi pequeña nota cayera al piso y se manchara de sangre.
-¿Qué es lo que pasó?- bramó aún tapándose la boca con las manos para evitar gritar nuevamente.
-¿¡No te das cuenta, idiota!? ¡Está muerto! ¡Se mató!- decía entre lágrimas.
Jamás en toda mi vida había oído a Esteban dirigirse de esa manera a una mujer. De verdad estaba enojado. Pero, ¿con quién?
La mujer pelirroja ahora también lloraba, no por mi muerte sino por la respuesta de Esteban.
-¡Pues yo me largo y no vuelvas a buscarme!- Espetó desesperada.
Él ni siquiera oyó sus palabras, siguió derramando lágrimas amargas por más de dos horas consecutivas.
Mientras yo intentaba en vano suplicarle que llevase la mi pequeña carta con la verdad impresa en finas letras hasta las suaves manos de Ayelén.