Tu nombre es Hermione — capítulo 28
Severus fue tras ella, como Draco supuso. Lo mejor era eso. ir tras ella y convencerla de que todo estaba bien. Aunque fuera una tarea imposible. Sonrió suavemente, ante su expresión. Antes sus palabras.
- No soy un asesino, tienes que creerme.
- Dijiste que todos los que tenían esa marca, eran un peligro. Que podían acabar con nuestra paz, nuestra felicidad. ¡Eres uno de ellos!
- No es lo que crees, Albus Dumbledore ya sabe que yo...
- ¿Cómo pueden permitirte, estar aquí? Eso le hizo sentir, que no tenía mucha oportunidad de hacerle cambiar de parecer. Suspiró en silencio y la contempló con mucho cuidado. Un paso en falso y podía terminar en la ruptura de lo que tanto había defendido. Hermione tiritaba, lo miraba con mucha impaciencia. Con mucha rabia. Tenía que explicarse de buena forma. Y tenía que empezar por el principio.
- Harry Potter. Lo odias. Por eso te hiciste mortífago y de pronto, solo te cambiaste de bando. No te entiendo. ¿Cómo amabas a su madre y luego, te cambiaste de bando así?
- Estaba cegado por la rabia y simplemente lo hice. Me prometieron que encontraría una mujer mejor. Una que me aceptara. Me quisiera.
- ¡Pero eso! ¡La amabas y la llamaste! ¿Quién diría que no, cuando pregunte si me llamarás sangre sucia?
- No sería capaz... no...
- ¿¡Ah sí!?
- Porque te amo... Guardó silencio y se sorprendió ante su declaración. Se quedó helada, frente al profesor de pociones. La miraba intensamente, mientras ella trataba de escuchar eso en su cabeza. Alzó la mirada y el profesor, seguía mirándola con mucha curiosidad. Como si un solo suspiro suyo, fuese a terminar con todo lo que había construido.
- ¿Me amas?
- Sí. Te amo. Se quedó sorprendida ante sus palabras y simplemente parpadeó un par de veces. Se había inclinado hasta estar a un palmo de ella y la miró abnegado. Suspiró en silencio y bajo su mirada, simplemente se echó a llorar.
- No puedo creer, Severus. En silencio, Severus simplemente se levantó del suelo y alzó la mirada. En el piso superior, estaba Albus Dumbledore. Le creería a él.
- Puedes preguntárselo al director. Pero ante todas las cosas, te amo Hermione. Echó a andar en dirección opuesta. Hermione lo miró en silencio, mientras Severus solo se iba y desaparecía en la oscuridad. Se quedó en silencio y sorprendida. Sin duda alguna, conocía muy poco de aquel hombre.
- ¡Severus, espera! ¿Qué ocurría entonces?
- ¡Severus, yo....! Snape se detuvo. Hermione corría y se sostenía el pecho, intentando respirar. Sabía que eso le hacía daño, así que no se movió de su lugar. La observó, mientras ella se detenía a un lado y con un suspiro suave, simplemente se echó a llorar una vez más.
- Te amo, Severus.
- ¿Qué te hizo cambiar de parecer?
- Cuando estuvimos con mis padres. Siempre me apoyaste. Siempre me protegiste. ¿Tan fácil?
- ¿Así de fácil, Hermione?
- Tengo miedo. ¿Cómo podría saber? Draco me dijo que... que ya lo sabía, pero que no podía decir nada...
- Escucha... no puedo mentirte. No otra vez. No volvería a mentirle, a la persona que amo. Antes de contestar, miró su rostro pálido. Tantas emociones por un día, seguramente hacían mella en ella. Caminó hasta su despacho y abrió la puerta, con mucha calma. Ella fue la primera en entrar. Se sentó en la cama, mientras él hacía lo mismo y se recostaba paulatinamente. Ella, acarició la marca sobre su brazo... con mucha curiosidad. Con un suspiro, miró la extraña calavera y recordó todos los relatos que le habían contado en historia de la magia.
- ¿No has matado a nadie?
- No. Estoy casi siempre aquí. Propiamente, no. Por dar información... se siente deprimente. Asqueroso. Pero, lo hago por el bien de la escuela. Por el bien del director. Se cobijó en un rincón de la cama, pero Severus no tardó en abrazarla. Tan fuerte como pudo. Tenía razón en una cosa. Era lo que más amaba y no podía mentirle. Por eso se lo había dicho.
- Severus. ¿Me amas?
- Sí, te amo... Hermione, te amo. Sonrió suavemente, se había dado la vuelta y lo miraba con mucha curiosidad. Buscaba algo en sus ojos que él no comprendía.
- Sí, te creo. Siempre que me miras, te brillan los ojos. Creerás que soy tonta, pero tras ese negro... yo veo tantas cosas.
- Pues tras esos ojos caramelo, yo también veo muchas cosas. Cerró los ojos con mucho cuidado. No quería dormirse y notar que ella ya no estaba allí. Suspiró y se aferró a su cuerpo. Ella hizo lo mismo.