Diario de un vampiro — capítulo 16
Clóset
*Día 16: Clóset Esta noche, me he propuesto salir y tratar de no pensar tanto. Siento mi cuerpo pesado y pronto, inexistente. ¿Estaré próximo a mi desintegración? Yo no lo sé, no puedo sentir, desde que no he bebido ni una sola gota de sangre. No puedo perderte, mis instintos daño no van a hacerte. Tus labios dulces como la miel, tu cuerpo tan penetrante como la luz. Dentro del clóset estamos él y yo, pero no te preocupes, sólo salgo yo.*Hermione estaba sentada en su puesto, con la cabeza mirando hacia el techo. Se sentía extraña, cómo si todo lo vivido con el profesor, le afectara de alguna forma. Hipnotizada, recordando tantas cosas a la vez.
-
Una misión, ¿Una misión?- preguntaba Snape a Dumbledore.
-
Sí, una misión. El golpe contra Voldemort, ellos ya saben lo que tienen que hacer. Supongo, que tu también.
-
Siempre lo he sabido, si es que a eso te refieres.
-
Por supuesto...-Dumbledore le miraba- ¿estás bien? Luces pálido y débil.
Se recostaba de una columna, la abrazaba con su cuerpo. Estaba exhausto sí, moribundo tal vez, pero había otra cosa en mente y estaba allí, esperándole. Bueno, no le esperaba, pero estaba allí. Eso era lo que mantenía sediento. Lo que le mantenía dentro del clóset.
Hermione descendió su cabeza y el profesor entraba en el aula. Ella ladeó la cabeza y le miró con atención. El diario, el personaje. ¿Sería posible? Bueno lo descubriría pronto. Si no habían más páginas escritas, podría ser de él. O no, quizás estaba especulando mucho.
Severus permaneció en su asiento, estaba muy cansado. Los alumnos realizaban su trabajo, pero Hermione no dejaba de volverse para mirarlo. Era una sensación extraña. Algo que quería brincar y romperse, salir del clóset.
Caminó hacia él y se dispuso a entregarle su muestra de poción. Justo ante de llegar su pie se enredaba y la muestra se rompía en su mano. Pedazos de vidrio, sangre. Sus ojos brillaban, ella lo sabía. Se apresuró a esconder su mano, pero el olor era insoportable.
Salió del aula, y ella deseaba ir tras él. Ron le sostuvo la mano y se la miró. Todos esos pedazos de vidrio en su mano, esa sangre.
-
¿A dónde piensas que vas?
-
Déjame, necesito ir a la enfermería...- le dijo ella con un suspiro. Caminó en silencio hacia la salida y en el suelo, estaba su profesor de pociones, en una esquina.- ¿Profesor?
-
No me tortures...- le dijo, no entendía a qué se refería. Le miró con nerviosismo- por favor, no me tortures ya más...
-
¿Qué quiere decirme?
-
Tu sangre, yo no puedo...- Hermione sonreía, sosteniendo su rostro. Aquella sangre, aquellos vidrios que herían- beberla...
Hacía presión con sus dedos, para que saliera más de su palma. La colocaba frente a su rostro, le hacía mirarla.
- Puede...- le dijo, con una sonrisa, los pedazos de vidrio cayéndose al suelo.
Lamía su mano con desespero. Era incómodo, extraño, aberrante, pero no podía detenerse ahora que lo sabía. El profesor cerraba sus ojos, no se atrevía a alzar la cabeza y saberse enamorado.
-
¿Mejor?
-
Es sólo un poco, no creo que me alcance para...- dijo, pero había algo tentador en sus labios, en sus manos. Se detuvo- Granger, aléjese de mi, se lo pido.
-
¿De qué habla?- suspiró ella mirándole a los ojos. Ojos oscuros, penetrantes y tan débiles justo ahora.
-
Por favor, aléjese...- lágrimas de dolor, desesperación en proceso. Un débil abrazo, ella le brindaba. Una sonrisa suave y un perdón.
Con su rostro entre sus cabellos, con su cabeza sobre su hombro, con su vida jugándosela allí por ella, cerró los ojos y descansó su alma.
Ladeó la cabeza, cuando sintió la débil respiración de su profesor, encima de su cuerpo. Se apegó a él y un sentido de confianza, de valentía, emergió de su cuerpo. Ya, estar abrazada no significaba preocupación. Las sábanas se movían suavemente, las manos del profesor también. Con un suspiro, ella sólo sentía y miraba como él palpaba las formas que sus brazos sostenían con delicadeza.
- Granger, la...- dijo, con la respiración entrecortada- la deseo tanto... Hermione se petrificó. Bien, ahora podía entender muchas cosas. Los dibujos, aquellas caricias y ruegos desesperados. Besos alrededor de su piel, en sus labios. Entendía todo eso.
- ¿Me..me desea?- preguntó ella con nerviosismo. Se dio la vuelta y corroboró que su profesor de pociones, era un semi- vampiro, en ese instante. Intentaba dominar sus instintos.
- La deseo y no podría...- dijo, pero seguía sin respirar lo suficiente- quiero tenerla... Granger, quiero tenerla. Hermione le miró, mientras Severus cerraba los ojos y trataba de reunir fuerzas para mantenerse cuerdo. Abrió los ojos una vez más, para mirar a su diosa de cabellos castaños, allí, acostada entre sus brazos.
- Granger... la amo- dijo, antes de no ser más que cuerpo y voz. Estaba tan exhausto- No quiero vivir si...
- ¡Usted no actúa así!- dijo ella, alarmada- ¡Usted me odia! ¡Nos odia a todos!
- Yo no podría odiarte... Odiarte sería odiarme a mí mismo- dijo en un suspiro. Alzó su cabeza lentamente y despegó sus labios, con la misma parsimonia. Sus colmillos, relucían a la luz de la luna. Sus ojos se cerraban suavemente y uno de sus dedos, descendía por su propio cuerpo. Hermione se preguntó, qué estaba haciendo. Al levantar la vista hacia su dedo, lo supo. Había rastros de sangre en la cama. Rastros de su mano herida en ella.
- Profesor...¿usted me...?- dijo, pero su mano ya no estaba con ella, estaba con su profesor.
- No puedo... Fue un beso desesperado, una caricia violenta. Sus labios por toda su anatomía descubierta. Aquel débil uniforme, no le detendría de sentirla, de probar su cuerpo. Hermione sollozaba de desesperación.
- ¡Déjeme!- dijo, con violencia. Arqueó su espalda cuando aquellos labios, rozaron uno de sus pezones con ligereza- ¡Déjeme!- dijo y se había levantado con violencia. Había abofeteado a su profesor y le había roto una mejilla. Severus sólo permaneció sentado, acariciándose la mejilla herida. Miró su propia sangre. Ahora, estaba en manos de su estudiante. Se levantó con paso decidido y miró por la ventana. Estaba invadido por el odio y se transformaría muy pronto. Con una sonrisa suave, sus colmillos emergían con prisa. La rabia de haber cometido el error, el rechazo... Caminó detrás de ella con un paso rápido y militar, detrás de ella iba la estela de su miedo. Lo podía oler a kilómetros. Su sangre helada, llena de miedos que no podía detener. La alcanzó al poco tiempo, su miedo aumentaba. Le miró, nerviosa. Apegada a la pared de un pasillo. La mordería, estimaba ella. Con un rápido movimiento, intentó tomar una armadura para defenderse. Su profesor de pociones estaba perturbado. La observaba con fijación.
- ¡Por favor, no me muerda!- le rogó y él, continuó mirándola- ¡No me muerda, se lo pido! Severus la miraba, pero por alguna razón en particular, no se movía. Estaba pasmado, no podía hacer algo que dañara a cualquier ser humano. Incluyéndola. Se sostuvo la cabeza y negó con rápidez. Ella aprovechó la confusión para comenzar a correr. Pero no siguió más adelante.
- ¡Granger!- él gritó y ella, se dio la vuelta para mirarle con sorpresa. Su cuerpo caía lentamente al suelo. Severus Snape, se moría gradualmente. No tenía sangre que beber y se moría.
- Profesor Snape- dijo, inclinándose hacia él con rápidez- ¡Profesor Snape! Necesitaba ayudarlo, pero no quería que la mordiera tampoco. ¿Qué podía hacer? Con un suspiro, ella pensó en Dumbledore. ¡Él tenía que ayudarle! Conjuró un patronus, ni supo en qué pensaba, pero lo hizo. Tenía que hacérselo llegar. Aquel mensaje. Muy pronto, Dumbledore aparecía en aquel pasillo. Severus perdía vida, lentamente. Su piel se escamaba mientras moría.
- Hermione, regresa a tu sala común.
- Pero.. ¡señor!
- Regresa a tu sala común.
- Sí señor.