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Diario de un vampiro — capítulo 17

Virginal

Día 17: Virginal

Es muy extraño, cuando realizas algo con mucho fervor. Tú, eres mi pasión para sobrevivir. Tú, eres la pasión impresa en mi corazón, aquella sangre dulce que refrezca mi latir y transmite mis pensamientos y mis emociones. Gracias a esa pasión, existo, sobrevivo y miro. Deseo transmitirte esa pasión que siento. Ese corazón que late y siente. Ese amor. Ese reflejo del espejo, donde ambos somos uno. Nuestras sangres son una sola. La tuya es roja, es fresca y cálida. La mía, es negra y fría. Está seca. Pero tú, te encargarás de purificarme.

Jadeaba, se movía de un lado al otro. Sudaba frío y trataba de mantenerse cuerdo. Dumbledore le observaba con preocupación. Sólo habían dos palabras en sus labios. Hermione Granger. Hermione iba y venía de un lado al otro, con mucha preocupación. No podía soportar, mantenerse en ascuas. Su profesor de pociones afirmaba que la amaba. Su profesor de pociones, moría lentamente. ¿Qué debía hacer? - ¡Granger!- era McGonagall. Estaba alarmada y la buscaba con desespero. Con un suspiro, se detuvo frente a ella y se lo indicó. La necesitaban en la enfermería, sin saber el motivo. Ella se introdujo en aquella ala, sin mediar palabras con nadie. La habían dejado sola en la oscuridad y ella sólo tenía ojos para mirar hacia el hombre que, estaba en aquella camilla. Sudaba y sus manos estaban aferradas a la camilla. No dejaba de gemir de dolor. - Granger...- suspiraba, con dolor- me muero... - Escúcheme...- su voz sonaba como una dulce caricia en sus oídos. Abrió sus ojos y enfocó su vista en aquella jovencita. Trataba de sonreír, pero estaba tan llena de miedo- ¿Me desea? Aquel vampiro no hablaba más, ya no sentía. Hermione se aproximó a él y tomó una de sus manos, obligándole a mirarla. No podía ver ya, estaba tan exhausto, tan débil y sin sentido alguno. - ¿¡Me desea!?- exclamó con fuerza. Los ojos de aquel ser del inframundo, la miraron con mucha sosegación. - Más que eso... te amo- confesó aquel hombre, entre débiles voces. Moría, lentamente. - ¿Por qué me ama? ¡Si nunca...! - El corazón escoge su lugar. La sangre, escogió tu cuerpo- dijo- Pero yo sólo soy un vampiro. Y ahora, el profesor que tanto odias y temes. - Yo no le odio- dijo y los rojizos ojos de aquel moribundo alado, la miraron con un brillo curioso- Pero yo no... No quisiera verlo morir. la ropa de aquella jovencita, caía lentamente. Manos masculinas, sostuvieron aquel frágil cuerpo y lo observaron. Hermione alzaba su cabeza y cerraba sus ojos, cuando aquellas manos jugaban con su anatomía al descubierto. Aquel hombre, deseaba. Sin embargo, no quería herirla. No quería obligarla a sufrir su condena. - No podría...- sus manos se detuvieron, regresaron hasta su dueño. - ¿Me desea, no es cierto? - No quiero jugar contigo- dijo y su saco, cubría su desnudo cuerpo- He de morir, sin haber probado tu dulce sangre. No la he de robar, por que ella se secará y será nada más que arena en mi palma. - ¿Y si me sacrifico? - ¿Me amas? - Tienes una eternidad, para descubrirlo- le confesó ella, mirándole con fijeza. Aquel hombre abrazaba a ese níveo y virginal cuerpo, que estaba sobre el suyo. Sus manos la sostenían, la acariciaban con mucha delicadeza. Su cabeza y sus rebeldes cabellos, estaban apoyados en su pecho. Sus cuerpos, eran uno solo. Sus suaves gemidos, el rastro de su sangre al poseerla. Todo eso, perdía sentido. La belleza ya no tenía forma, era solo la simpleza. Los aromas y matices, los sentimientos y los ruegos de deseo. El suplicio de aquel vampiro, se terminaba lentamente. Se aferraba al cuerpo de aquella, que le había hecho vivir de nuevo. Aunque teóricamente, estaba muerto en vida. No la soltaría. Mientras descansaba, Hermione sintió sobre su cuello, un peso curioso. Alzó la cabeza y notó que aquel hombre alado, ataba algo en él. Era una cruz de oro, filosa. - Protección, de mí mismo- declaró con una sonrisa suave. Ella no dijo nada. El estupor se iba, siendo reemplazado por el sueño eterno. Aquel de soñar y no querer despertar jamás.