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Memorias de Idhún IV HEREDEROS — capítulo 46
Bueno, sé que he tenido este fic completamente abandonado, y puesto que quedaba poco para acabarlo, he decidido retomarlo este verano cuando al fin tengo tiempo libre.
Sólo me queda pedir perdón por el increíble retraso y desearos que disfruteis lo poco que queda de esta historia.
A leer!!!
Aprovecho para decir que alguien me ha robado mi cuenta de hotmail, así que he añadido el nuevo en mi perfil, al final del todo. Si alguien me ha enviado esta última semana algún correo no lo he recibido.
XLVI - Desafío final
El dolor le consumía por dentro. Quemaba sus entrañas. Todo se sentía frío, y lo único que podía observar era aquel rostro que tanto amaba, con los ojos cerrados, su cuerpo inerte, entre sus brazos.
Lágrimas negras se deslizaban por sus mejillas, teñidas por aquellos orbes que se habían vuelto tan oscuros como piedras azabaches.
Apretó los puños con fuerza, sollozando. Su cuerpo entero convulsionaba en llanto. Ni si quiera era consciente de como todo a su alrededos se iba destruyendo. Las plantas morían, el cielo tronaba, los volcanes estaban desbocados, la tierra se agrietaba... un inmenso tornado de neblina oscura comenzó a envolverla sin que ella fuera consciente.
La voz telepática de su padre golpeaba sus muros, pero apenas era un eco lejano entre los escombros que ahora era su mente. Tan marchita como su corazón.
-Eva...-escuchó su voz, su tierna voz llamándola.
Abrió los ojos, y lloró con más fuerza al verle ante ella, aún cuando sostenía su cuerpo entre sus brazos. Apenas era un espejismo traslúcido, una mera sombra de aquel que amaba. Su mero fantasma. Un cuerpo de niebla azulada que dejaba pasar la luz a través de él.
-Eva, debes parar...
-Lo siento-sollozó ella-lo siento...esto es por mi culpa-su rostro empapado en lágrimas estaba contraído por el dolor.
-Nunca fue tu culpa-le dijo él con una voz armónica, lejana a la de cualquier ser vivo, y eso acabó por destruirla. Él sonrió-ojalá hubiéramos podido parar esto, pero fue más grande que nosotros...
-Jason...
-Quizá en otro momento podamos estar juntos-sonrió el espectro con tristeza-pero espero que ese momento tarde en llegar.
Eva lloró con más fuerza, incapaz de murmurar ninguna palabra. Quería decirle tantas cosas...pero se dio cuenta de que su tiempo juntos se había acabado.
-Te quiero...nunca lo olvides...-su voz se fue difuminando, y Eva levantó los ojos, implorantes, viendo como su imagen se distorsionaba.
-No...por favor...
-Adiós...
Y sin más, su imagen se fue, se evaporó, se esfumó. Ya no estaba allí, y Eva sintió como su corazón se hundía en la miseria.
Golpeó con sus puños la tierra a su paso hasta que los nudillos le sangraron, y le gritó al cielo cubierto de oscuros nubarrones. Lloró e imploró porque él regresara, aún cuando sabía que era imposible. Y se quedó allí, tirada en la tierra, sintiendo como el mundo era destruido, pero sin fuerzas para defenderlo.
Se quedó ahí, hasta que el cansancio y el dolor pudieron con ella, y se sumió en una completa y gélida oscuridad.
Abrió los ojos, sintiéndose agotada, y se encontró en una cama poco mullida, con un trapo húmedo en la frente y en una habitación en completa penumbra, cuya única luz era una débil vela sobre un viejo estante de madera.
Se sentó sobre la cama, y un segundo después sintió como el colchón se hundía a su lado. No tuvo que mirar para saber quien era. Ni si quiera levantó la mirada.
-Lo siento...-susurró su padre, apoyando una mano en su espalda, instándola a que le abrazara y rompiera a llorar.
Eva no se movió.
Kirtash lo entendió y se apartó, dejándola su propio espacio.
-Los demás están bien, sólo hay unos pocos heridos graves, pero estables-le dijo-la guerra ha empezado y esta noche a los más jóvenes se os llevará a Limbhad. Allí estaréis a salvo.
La chica simplemente asintió, y su padre se marchó, dejándola sola. Ella escuchó como al otro lado de la puerta su madre y su hermano le decían que querían entrar, pero él se lo impidió a ambos. Eva se lo agradeció. No quería estar con nadie.
Se dejó caer sobre el colchón de nuevo. Nunca debió tener la esperanza de superar la profecía. Era absurdo. Su destino había estado escrito desde que nació. Y ella nunca podría haberlo evitado. Había sido una completa estúpida al pensarlo.
Aquel día no comió, y tampoco habló con nadie. No fue hasta bien entrada la tarde cuando la puerta se abrió, aún en contra de sus deseos. No pudo evitar sorprenderse cuando vio la figura de Shizuko apoderarse de la habitación. Aún así, no se levantó.
La miró recostada sobre el colchón.
Ella le miró con lástima, y Eva apretó la mandíbula con fuerza para evitar mandarla a su casa.
-Lune...¿cómo te sientes?-preguntó, sin obtener respuesta. La shek suspiró tras unos segundos en silencio, y caminó hacia la cama, sentándose a los pies-sé como te sientes...y quiero que sepas que nunca deseé esto. Algunos sheks y yo estamos de tu parte. Debemos parar al Séptimo antes de que sea demasiado tarde.
Eva se levantó de golpe de la cama, tirando las mantas al suelo y caminó hacia el fregadero, tirándose un chorro de agua a la cara, empapándose y enjuagando las lágrimas que sonrojaban su rostro.
Después esperó a que ella continuara, pero Shizuko no se atrevió a hablar.
-Debo morir, ¿verdad?-habló por primera vez en el día.
Shizuko se quedó en silencio unos segundos, y después negó con la cabeza.
-Encontraremos otro modo.
-No lo hay.
-Pero podemos...
-¡NO!-gritó ella, apretando con fuerza el mueble de madera, astillándolo bajo sus dedos-basta...no quiero escuchar más falsas esperanzas cuando nunca las hubo.
-Jason nunca querría...
Un instante después Eva estaba a su lado, sujetando una daga afilada contra su yugular.
Sus ojos habían vuelto a ser negros como el carbón.
-No te atrevas a pronunciar su nombre-le amenazó con voz fría.
Shizuko la observó con aprehensión, pero asintió, y Eva se separó, cruzando la habitación y deteniéndose junto a la vela que iluminaba la pequeña sala.
-Sólo quería pedirte que no hicieras ninguna tontería-se despidió con esas palabras antes de cerrar la puerta tras ella, dejándola sola de nuevo.
Eva desvió su vista hacia una pequeña mesa donde descansaba su espada y el arco de Jason. Se le encogió el estómago sólo al verlo, pero supo lo que debía hacer.
Se desvistió con lentitud, y a pesar de que el agua estaba casi helada, disfrutó de un baño que necesitaba desde hacía tiempo. Hidrató su piel con esmero y enjabonó su cabello con delicadeza.
Se secó con una suave toalla de felpa, y peinó su pelo en una larga trenza que ya casi le llegaba a la cintura. Su flequillo había crecido tanto como su pelo, ya no era tal, sino que caía en unos mechones por su rostro, enmarcando su cara.
Se vistió completamente de negro. Unas mallas, una camisa, un chaleco de cuerpo, unas botas y unos protectores en los antebrazos.
Se ajustó su espada en la funda sobre su cadera, y se colocó el arco con el carcaj y las flechas, y se guardó una pequeña daga en su bota.
Escribió una breve nota de despedida y conjuró un sencillo hechizo de teletransportación para evitar ser vista.
No quería hablar con nadie - pues tenía miedo de que le hicieran cambiar de opinión - , no quería ver a nadie - pues tenía miedo de arrepentirse de su decisión - , y no quería más que vengar la muerte de Jason, de matar al Séptimo y de cumplir con la Profecía. Ya no deseaba ver el mundo y poder vivirlo, ¿para qué?. Si lo que más amaba era a él, y él ya no podría verlo...
Caminó con paso firme entre los árboles del bosque, intentando no mirar a toda aquella maleza muerta o al relieve destruido por su culpa.
Llegó casi al límite del bosque en pocos minutos, esforzándose en reconstruir la impenetrable muralla que protegía su mente, haciéndola más inexpugnable de lo que nunca fue.
Necesitaba estar completamente sola en todo aquello.
Ni si quiera se permitió en pensar en su familia, pues su recuerdo le haría dar media vuelta y correr a refugiarse en sus brazos como una niña pequeña.
Ella nunca fue una niña pequeña. No podía permitirse serlo ahora. Justo en ese momento. Por mucho que deseara rendirse a eso.
Se detuvo para observar como el sol se ponía a su derecha y le bastó dos segundos para orientarse.
Debía ir hacia el Norte. Al día siguiente sería el Solsticio y los tres soles y las tres lunas se alinearían, marcando el día en el que ella moriría y el Séptimo caería.
Y ella sabía donde sería...no entendía cómo ni porqué, pero sabía el lugar donde todo aquello ocurriría.
Cerró los ojos por un instante y dejó que su energía la envolviera. Un calambre le recorrió la espina dorsal y el quemazón fue inundando su cuerpo hasta que sintió que su sangre se helaba y todo en ella era frío. Parecía esculpido en hielo.
Cuando abrió los ojos, supo que eran afilados y de reptil, más azules aún incluso que en su forma humana. Y supo que estaba observando el paisaje desde el cuerpo de un hermoso shek de un color completamente blanco, con unas alas membranosas y escamosas y una estrella brillando en la frente del reptil.
Simplemente abrió las alas, y emprendió el vuelo hacia las ruinas del primer oráculo de Idhún.
Aterrizó cuando la luna ya estaba en lo alto, a pesar de que se negaba a aparecer, oculta siempre entre las nubes. Parecía que incluso ella estaba de luto.
Tomó su forma humana. Con la velocidad de la luz típica de su poder de unicornio, nadie podía igualarla en el cielo. Ni si quiera habían podido verla como shek, sobrevolando Idhún. Acariciando casi los astros que se imponían sobre la tierra casi destruida.
Contempló las ruinas en piedra gris que ahora era el viejo oráculo. Sólo unas paredes redondeadas seguían en pie, con una puerta maltrecha y un techo que en poco se vendría abajo.
Pero Eva no entró.
Se ocultó en una cueva cercana y se sentó junto a la pared de piedra, cruzando las piernas y cerrando los ojos, intentando descansar su cuerpo, pues su mente era un completo caos que no merecía sueño alguno.
No quiso pensar en nada ni en nadie, pero no pudo evitarlo. Les vio a todos. Recordó todo.
Echaría de menos a su hermano, a Nanim, a su madre, a Jack, y sobretodo a su padre. Sabía que su muerte mataría la parte de su corazón que ella atesoraba, pero no podía evitar aquello.
Y se dio cuenta de que, por muy egoísta que fuera, no quería evitarlo.
Ya no.
Y entonces entendió que había vidas que dependían de otro corazón ajeno para vivir. Y el suyo ya había muerto.
Sonrió con melancolía.
-Supongo que nos veremos pronto...-susurró a la nada, deseando que él pudiera oírla.
Y así pasó las últimas horas de su vida.
Comió algo, bebió agua de un río cercano y esperó, creciendo con los hermosos recuerdos que rescataba del subconsciente.
A veces pensaba si las personas de Idhún estarían buscándola, intentando salvarla. Pero segundos después se negaba a seguir pensando en eso, pues sabía que la respuesta a esa pregunta era, y siempre sería, negativa. No necesitaba maldecirse más a sí misma por eso.
Cuando se acercó la hora del atardecer, rió sin gracia. Pensando en la forma tan aburrida en que estaba pasando sus últimas horas.
-Erik tenía razón...soy muy sosa-sonrió, y después se levantó despacio, asomándose con sigilo a la entrada de la cueva, desde la que veía el oráculo a menos de medio kilómetro de distancia.
Alzó los ojos al cielo, viendo como las lunas se alzaban mientras los soles comenzaban a descender.
Se acercaba el momento.
-Adiós a todos-susurró ella en voz baja.
Así, sin más, salió de la cueva y comenzó a caminar. Rumbo a su propia muerte.