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Memorias de Idhún IV HEREDEROS — capítulo 47
Hola a todos!!! Aquí os traigo otro capítulo más..quedan sólo tres!!!
Bueno, tenía pensado actualizarlo antes, pero no he tenido tiempo. Este es mi último verano antes de entrar a la universidad - sí, he pasado por un infierno más oscuro, doloroso y terrorífico que el mismísimo Mordor: Selectividad, pero he sobrevivido (aprovecho para desear suerte a todos esos valientes kamikazes que desean seguir esa estela) - y bueno, teniendo en cuenta que todos dicen que este será mi último verano libre, no he podido hacer otra cosa que disfrutarlo a tope. Así que aquí estoy, con unas pocas horas que tengo libre terminando el capítulo antes de que llegue mañana, cuando cogeré otro autobús para irme ocho días con mis amigos a Torrevieja. Vamos, que no paro, aunque intentaré hacer un sprint para terminarlo antes de empezar la uni.
Y muchísimas gracias por esos fieles lectores que, a pesar de todo, no han abandonado este fic y muchas gracias por los nuevos lectores que me han animado a seguir escribiendo. Va por vosotros!!!
XLVII - Solsticio El primer sol ya rozaba el horizonte. En menos de una hora sus hermanos le seguirían, y para ese entonces todo habría acabado.
No más muertes. No más sufrimientos. No más vidas malditas por crueles tiranos. Y, sin embargo, lamentó no poder evitar los llantos que aquella noche traería consigo.
Las lunas comenzaban a ascender, formando junto a los soles una extraña línea titubeante. Faltaba poco para que se alinearan en completa sincronía.
Amarró con fuerza el carcaj a su espalda. Volvió a inspeccionar la espada y las dagas.
No sabía qué le esperaba cuando llegara al destruido oráculo, y no entendía cómo su muerte podría acabar con el Séptimo, pero simplemente deseó con todas sus fuerzas poder comprenderlo antes de exalar su último aliento - desear, que no rezar. Ella ya no rezaba...los dioses no tendrían piedad con un ser con sangre de shek en sus entrañas.
Se abrochó el chaleco de cuero oscuro y se amarró su largo cabello en una coleta alta.
Inpiró el ácido azufre que invitaba a la muerte a recoger a su vieja amiga, y miró al cielo, expectante de que ocurriera un milagro que, como siempre, no apareció.
Suspiró cansada antes de descender por las rocas sobre las que se hallaba la cueva. Un pobre alojamiento para sus últimas horas de vida, y, sin embargo, sonrió con ironía. Había llegado a ese mundo sola, había vivido completamente sola, e iba a morir del mismo modo.
Justo en ese momento el interior del oráculo dejó entrever un brillo extremadamente fugaz. Alguien se había teletransportado, y no tuvo que utilizar sus habilidades de shek para saber quien era.
Era el Séptimo.
Y ella era la carnaza que los dioses habían utilizado para conseguirle.
Con paso decidido se aventuró entre la espesura del bosque, sintiendo la húmeda niebla acariciando su piel, el viento intentando alejarla, protegiéndola del cruel destino del que no podía escapar.
Sus ojos se volvieron fríos y letales. Los ojos de una serpiente. Dos finas dagas de hielo incrustradas en unos ojos cuyo blanco se tiñó del negro más oscuro, haciendo el iris azul mucho más letal, con una pupila que parecía una fina rendija por donde se asomaba su bestia mortífera.
Subió los escalones del oráculo, y abrió la enorme puerta de madera podrida y llena de musgo para adentrarse en una enorme sala circular rodeada de columnas en forma de espiral.
En un rincón estaba el cuerpo de aquel hombre que había servido de contenedor al Séptimo. El hedor de la muerte transpiraba su piel. Ya no residía en el mundo de los vivos.
-¿Sabes? Todo podría haber sido diferente- escuchó una voz tenebrosa a su izquierda. Se giró, y rodeado por una bruma azabache estaba el cuerpo de un hombre alto y atractivo, vestido completamente de negro. Con la piel pálida, los ojos de shek de un color plateado y un cabello tan oscuro como su alma que caía alrededor de su rostro.
Eva sonrió con ironía.
-Supongo que ahora vendrá la parte de la charla existencialista y después intentarás matarme, ¿verdad?
Él gruñó por lo bajo y se apresuró a ir al centro de la sala, permitiéndose el privilegio de darle la espalda. Parecía completamente despreocupado.
-Tú no entiendes nada...eres demasiado joven...vosotros nunca lo entendéis.
-Lo único que entiendo es que eres el responsable del mayor sufrimiento que ha experimentado este mundo, y que debes pagar por ello-le respondió Eva con voz serena, pero que dejaba entrever una amenaza rozando la superficie de su ser.
Se escuchó una risa retumbar en la habitación, y entonces la bruma rodeó las paredes, encendiendo las antorchas, iluminando el frío lugar.
Entonces Eva vio que, en el centro de la sala, el suelo que pisaba en aquel momento el Séptimo, estaba cubierto por un círculo que enlazaba un extraño símbolo. Unas ramas rodeaban los tres soles y las tres lunas, y en el centro, había una estrella con dos plumas custodiándola.
-¿Para qué pagar por mis pecados?-preguntó, volviéndose hacia ella y mirándola fijamente, con una sonrisa cruel en los labios-si otro paga por mis crímenes...¿o acaso no es lo que has hecho todos estos años? Tú, una criatura inocente, perseguida, amenazada y casi asesinada por los crímenes que tus ascendentes cometieron.
Eva apretó un puño con fuerza, controlando su furia.
-Este mundo que deseas salvar no parece muy justo...especialmente para ti.
-No puedo castigar a todos por los males de unos pocos-argumentó ella, y él blasfemó con ira.
-¡¿Pocos?!-gritó, enfrentándola-todos en este mundo te odian...y sólo el miedo impide a la mayoría atacarte. Nada más. No te confundas, querida. Nunca te aceptarán. Tu padre luchó por ellos y mira qué ha pasado.
-¿Qué importa ya? No pasaré de esta noche...ambos lo sabemos.
La mirada del Séptimo pareció suavizarse durante unos instantes, antes de agregar.
-No tiene por qué ser así. Tú podrías vivir, podrías ser feliz...tendrías todo aquello que desearas-sonrió él con falsa afabilidad, y Eva soltó una risa seca, llena de ira.
Le miró con los ojos húmedos por las lágrimas contenidas.
-Tú me has quitado lo único que he deseado en esta vida-le recordó, rememorando la muerte de Jason en sus brazos, y, aunque supo que debía contener sus ansias de sangre, no pudo evitar que su sangre hirviera de pura furia.
-Lo hice por ti, querida...
-¡Y una mierda!
-¡El amor destruye!-le gritó, acercándose a grandes pasos hacia ella hasta que la arrinconó contra una de las columnas, enervando de ira-¡el amor es el mayor de los males!¡la más cruel de las maldiciones!
-Tú ni si quiera sabes lo que es el amor-le escupió ella, y el Séptimo apretó con fuerza la mandíbula.
-Desearía no haberlo sabido nunca...-su voz titubeó por un instante, y sus ojos se llenaron de melancolía-tú eres igual a ella...
Cuando se separó de ella para volver al centro de la sala, volvió a darle la espalda.
-Siempre te ofrecí mi protección, y fuiste tú quien la rechazaste...si hubieras acudido a mí ningún daño te habría alcanzado...y ahora acabaré con todos ellos...con cada una de las almas que te han atormentado...
-¿Por qué?-preguntó Eva, sin comprender.
-En todos los cuentos de Idhún, yo soy la pesadilla...y sin embargo...-rió sin ganas, volteándose para mirarla a los ojos-...de mis hermanos sólo hablan cosas honorables...los creadores, los protectores...aquellos grandiosos dioses que destruyeron al mal...Dime una cosa, Eva, ¿crees que los sheks son el mal? Porque es eso lo que ellos defienden...aquellos a los que protegen...
-Los sheks no son malvados, sólo su líder lo es-le respondió, frunciendo el entrecejo-y ese eres tú.
-¿Te interesaría conocer la verdadera historia de los siete hermanos?
-No me importa, sea cual sea-le dijo ella, desenfundando su espada-te mataré de todas formas.
Él sonrió.
-Entonces, tomátelo como mi última voluntad.
-¿Por qué habría de cumplirla?
-Porque, al contario que yo-rió-tienes un corazón puro. Todos lo achacarían a que eres en parte unicornio...serían incapaces de comprender que un shek puede ser la más pura de las almas.
Eva no respondió, y eso pareció suficiente respuesta para el Séptimo.
Atácale. Escuchó que una voz etérea le susurraba en su mente. Derrama su sangre sobre el círculo.
Sin embargo, no le hizo caso. Iba a matarle, pero, una parte de ella, deseaba saber qué era el Séptimo antes de que ambos murieran.
-Fui el último de los hijos...el hijo no deseado de Um y Ema, el pensamiento y la ancción. El oscuro secreto del que se arrepentían. No me otorgaron sol ni luna alguna...-susurró-supongo que mejor que nadie conoces ese sentimiento de ausencia paterna...de saber que tu madre prefiere a tus otros hermanos antes que a ti.
Eva se estremeció por un instante, pero recobró la compostura a tiempo.
-A todos ellos les otorgaron regalos...algunos incluso crearon sus propias especies...Los unicornios...-suspiró-nunca había contemplado criaturas semejantes. Irial era hermosa...su cabello era blanco, sus ojos parecían perlas...y en esa época creí que su corazón también era hermoso.
Eva estaba atónita.
-¿La amabas?
El Séptimo se detuvo por un instante, pero después habló.
-Creí hacerlo...era un dios patético e iluso por aquel entonces...me humillé ante ella, le di todo cuanto tenía por simplemente pasear cerca de ella...pero ella me rechazó. Siempre prefirió a Aldor.
-El creador de los dragones.
Él asintió.
-Supongo que es natural que, odiándole, mis sheks odiaran también a los dragones. Era un regalo, un recuerdo.
Huí del templo. Me resguardé en cuerpos mortales, lejos de todo lo divino. Deseaba huir de todos aquellos recuerdos. A los dioses no se nos permite ni si quiera la tranquilidad de la muerte. Fue entonces cuando la conocí a ella.
-¿A quién?
El silencio inundó el oráculo durante unos breves segundos que parecían eternos. Eva estaba tan absorta escuchándole que había dejado caer la espalda hacia abajo, aunque aún su agarre era firme.
-Se llamaba Naira. Su larga melena castaña...y unos hermosos ojos azules...vivía en las montañas donde siempre hacía frío, donde todo era hielo. Pero era feliz...
Me ofreció cobijo y comida. Tenía poco, pero no pedía nada. Daba más de lo que pedía, y nunca se quejaba. Siempre sonreía. Era el alma más pura que jamás haya visto.
Clavó su mirada en ella antes de continuar.
-Tú te pareces a ella...-sonrió-eres su viva imagen...Yo la amé como nunca había amado a nadie...y ella me correspondía. Éramos felices...pero Irial me descubrió...no contenta con haberse burlado de mi amor por ella, cuando mi bella Naira quedó embarazada, la maldijo. Y con ello me maldijo a mí.
-¿Qué ocurrió?
-Dio a luz a una hermosa niña...cabello negro, los mismos ojos azules de su madre...la llamamos Eliah-desvió la mirada-la luna siguiente a su nacimiento...se transformó en una serpiente con alas.
Eva sintió deseos de vomitar, su cuerpo tembló involuntariamente.
-Nos maldijo para que el frío rodeara siempre a nuestros descendientes, a que fueran serpientes - los seres más odiados por los dioses - y nos pribó del calor que los pequeños brazos de nuestros infantes pudieran darnos. Naira estaba tan horrorizada y tan dolida que murió de la pena...
Y yo me quedé ahí, preparando mi venganza. Cuando tuve un ejército de sheks para enfrentarme a ellos, hacía tiempo que mi bella Eliah había muerto...no me importó nada, y perseguí a aquellas criaturas que ellos amaban...como ellos habían matado a la mía.
Utilizaron su recuerdo para encerrarme aquella vez. Ahí supe que el amor es una debilidad, que te destruye...
-El amor no fue lo que te destruyó, sino la venganza-le corrigió Eva, apretando la empuñadura con fuerza-y tu dolor no te redime de tus crímenes.
-No vas a morir, ni yo tampoco-rió él con voz sádica-dios...voy a hacerles sufrir a todos...e Irial...la mataré...
-Tú has dicho que no se puede matar a un dios...
-Se le puede matar cuando se le despoja de su inmortalidad-le dijo él, mirándola-y eso puedo hacerlo si derramo la sangre de tu madre.
Eva se tensó, lista para luchar.
-No la tocarás.
-¿Sabes por qué la necesito para hacerlo?-preguntó él-sólo se puede quitar la inmortalidad de un dios derramando sobre este símbolo la sangre de un heredero suyo.
Eva dio un respingo.
-Por eso me necesitan a mí...pero valdría cualquier shek.
Él negó con la cabeza.
-Sólo puede ser un descendiente directo...por eso es tu madre, y por eso eres tú...tú eres descendiente directo de mi preciosa hija Eliah. Y no vas a derramar tu sangre para matarme, querida. No lo permitiré.
Eva se enfureció aún más.
-Voy a matarte en cuanto esos puñeteros astros se alineen. No importa cuan grave haya sido tu dolor...yo he sentido el mío, y no por eso he condenado a un mundo entero a un calvario semejante al que has infringido tú.
-¿Aún no puedes ver que he ganado?-rió él, y luego la miró-todo sería más fácil si me ayudaras, Eva.
-Antes tendrías que pasar por encima de mi putrefacto cadáver.
El Séptimo la miró antes de hablar.
-Quizá necesites un regalo...
Él movió la mano, y entre la bruma apareció una figura conocida para Eva. Su cuerpo se tensó y las lágrimas contenidas cayeron por sus mejillas al observar el cuerpo traslúcido de Jason.
-Puedes tenerle a él, si es lo que deseas...
Eva le miró atentamente. Él sonreía. Parecía calmado. En paz. Y recordó cómo él le había prometido un mundo en el que pudieran estar juntos, en completa armonía, en paz. Y supo que tenía razón...simplemente que no sería el mundo de los vivos.
La joven sonrió al fantasma, que asintió a su vez.
Eva guardó la espada en su funda, y el Séptimo sonrió.
-Buena chica.
Pero antes de que pudiera reaccionar, Eva sacó el arco y una flecha y disparó. El Séptimo tuvo el tiempo suficiente como para que fallara, y la bruma golpeó la figura de Jason, haciendo desaparecer su imagen.
Observó con agrado la mueca de furia del dios.
-Como quieras, niña.
Derrama la sangre. Déjanos aparecer.
Eva miró el círculo, y después tuvo el tiempo justo de esconderse tras unos escombros ante la explosión de energía que asoló el lugar.
Ocho minutos...
Quedaban ocho minutos para la alineación. Ocho minutos para derramar la sangre del Séptimo. Y ocho minutos para morir...