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Historia 38852 — capítulo 7
Me había convertido en una pesadilla para Bella, eso era justo, al menos así me olvidaría más rápido. Bella sabía erradicar de su mente todo aquello que le causaba dolor. Y sí los gritos y el llanto no me bastaron para saber que el daño causado era irreparable, los pensamientos de Charlie hacia mi, fueron más que suficientes.
Corrí hasta mi casa, intentando alejarme, no me importaba en absoluto la posibilidad de que los tres perruchos vigilaran el territorio. El grito de horror de Bella aun resonaba en mis oídos.
Me sentía estúpido, había esperado muchas veces que eso sucediera, rogaba cada noche cuando la veía dormir, que al final fuera ella la que saliera de mi vida dándose cuenta de lo monstruoso que era el hecho de que existiera.
El recuerdo me golpeó con fuerza, como si pudiera vivirlo de nuevo, ella en mi casa… yo contando nuestra historia.
—Sigo a la espera de que pase. —había dicho yo.
— ¿A que pase el qué? —pregunto ella tranquila.
—Sé que en algún momento, habrá algo que te diga o que te haga ver que va a ser demasiado. Y entonces te alejarás de mí entre alaridos. No voy a detenerte. Quiero que suceda, porque quiero que estés a salvo. Y aun así, quiero estar a tu lado. Ambos deseos son imposibles de conciliar...
—No voy a irme a ningún lado —me prometió.
—Ya lo veremos.
Y luego en mi habitación…
—Aún sigues esperando que salga huyendo, gritando espantada, ¿verdad? —su voz sonaba realmente en mis oídos, y su imagen en mi pupila era como tenerla frente a mi nuevamente. —Lamento estropearte la ilusión, pero no inspiras tanto miedo, de veras. De hecho, no me asustas nada en absoluto.
Supongo que ahora no pensaría más de ese modo de mí. Ahora realmente me odiaría. Y eso era bueno para ella. Terrible para mi, pero perfecto para que ella siguiera viviendo.
Subí a mi auto intentando dejar de pensar, puse música tan alto que los vidrios comenzaron a vibrar peligrosamente. Era el mismo tema que sonaba en mi habitación cuando Bella me visito en mi hogar. Saque el CD de un tirón, y puse otro, Debussy… tampoco era una gran idea. Otro, hablaba de una mujer de ojos color chocolate… que demonios pasaba con la música. Al final desistí, eso no me ayudaría, todos y cada uno de los temas que podía hacer sonar me recordaban algo de Bella, como si los necesitara.
Arranque el auto, preparado para concentrarme en cada uno de los movimientos que se precisaban para manejar, en cada cambio, en cada milímetro más de presión en el acelerador, en el embrague, en cada pequeño y diminuto detalle de lo que significaba manejar. Sabía exactamente a donde quería ir: al mismísimo centro ardiente de la tierra… pero me dirigía a Filadelfia.
Yo no necesitaba parar en todo el viaje, pero mi auto sí, y a la velocidad en la que me movía, el doble de lo permitido, tendría que hacerlo varias veces.
En ese momento me di cuenta de que no traía ni identificación, ni dinero, ni tarjeta. No sería la primera vez que robara algo, pero la idea me desagradaba tanto como llevarla acabo.
Abrí el cenicero del auto, donde solía guardar unos cientos de dólares, suficiente para el combustible, y algún alojamiento barato, aunque no estaba pensando parar en ningún lado en particular, solo esperaría en Filadelfia a que mi familia llegara, y luego… no estaba seguro que existiera un luego. Pero en lugar del dinero, había una nota con la prolija letra de Alice.
Mira el asiento trasero.
Me di vuelta, sin dejar de manejar, y tome con mi mano derecha el gran bolso de viaje negro que había en el suelo, lo deje en el asiento del copiloto sobre los CDs descartados.
Abrí el primer bolsillo, y encontré otra nota, la desplegué.
Necesitaras esto. Solo hay diez mudas de ropa, así que espero que nos encontremos antes de que debas repetir alguna.
—Dios nos libre de usar dos veces la misma ropa, Alice —dije en voz alta. La nota continuaba.
También hay dinero.
Abrí el cierre principal y sobre la ropa había suficientes fajos de billetes de cien dólares, como para que un policía creyera que acababa de robar un banco.
Tus identificaciones están en el otro bolsillo.
Y… Edward, no lo hagas, nosotros te esperamos.
Alice.
En el otro bolsillo encontré cuatro sobres, y en cada uno había una identificación, un par de tarjetas y un pasaporte. Cada juego tenía uno de los cuatro nombres que solía usar. Edward Cullen, era el que normalmente usaba, Carlisle había tomado mi apellido real para nombrar a toda la familia, pero de vez en cuando lo cambiábamos, para evitar que nos siguieran… o simplemente por aburrimiento. Rosalie cambiaba también su nombre en estas ocasiones. Éramos conocidos como los Jones, los Carter o los Manson, también mi apellido materno.
— ¡Gracias, Alice! —dije mientras ponía en mi bolsillos las identificaciones pertenecientes a Edward Carter.
Aun no sabía a que se refería con el "No lo hagas" ¿Qué decisión estaba frente a mi? Lo sabría sin duda cuando llegara el momento y suponía que tomaría en cuenta el consejo de Alice, y no lo haría, fuera lo que fuera. Puse la nota sobre el tablero del auto.
Conduje a gran velocidad durante lo que quedaba de la madrugada, y toda la mañana, ya entrados en el mediodía me vi obligado a dejarla interestatal y entrar en uno de los pueblecitos, para cargar combustible.
Tuve que reducir la velocidad para no llamar la atención, aunque, claro, mi auto llamaba la atención en pueblos donde el auto más nuevo solía tener al menos diez años. La gasolinera estaba en el centro de la ciudad, así que atravesé varias calles casi desiertas. Abrí la ventanilla para corroborar que iba por el camino correcto.
El aire me trajo el aroma de algo que siempre evitamos, cerré apresuradamente la ventanilla, y mire hacia atrás, pero ya no había forma de retroceder. Deje de respirar, y apague el motor. Me quede quiero esperando que el cortejo fúnebre abandonara la calle con el ataúd y su muerto.
A falta del sentido del gusto, nuestro olfato es mil veces mejor que el de cualquier predador que haya sobre la tierra, es parte de nuestro don de caza. Podemos identificar miles de olores y degustarlos por separados, recordándolos a la perfección.
Podemos identificar a una persona por su aroma, y diferenciar el aroma de las personas en sus distintas etapas de vida.
Los bebés tienen olor a caramelo con vainilla, un olor dulce y deseable. Los más perversos de nosotros lo llaman el néctar divino y los prefieren a cualquier otra sangre.
El olor de los niños es una mezcla de la esencia y tierra mojada. El insuperable aroma de los jóvenes y adultos, tan apetecible como un enorme vaso de agua fresca en el más caluroso de los desiertos. Luego el olor de los ancianos, no es apetecible ni deseable, uno puede darse cuenta que tan cerca de la muerte están por su olor.
Y el asqueroso olor a muerto, a putrefacción, el peor de todos, el que nos causa asco y repulsión, lo más cercano a causas que puede darnos.
Lo que más nos cuesta cuando somos neófitos es controlar el asco que nos dan los cadáveres, humanos o animales… un gran impulso de correr y alejarnos lo más posible.
Esa es la razón por la cual nos mantenemos en reglas generales, lejos de los cementerios, y lo que me hace admirar más y más a Carlisle que esta rodeado de la muerte en el trabajo que eligió como medio de redención.
Me concentre en los pensamientos de los deudos, seguía en mi intento de no pensar en Bella, porque estando tan cerca aun, debía evitar la tentación de dar media vuelta y regresar a su lado.
Aparentemente el difunto era una persona muy querida y respetada, una buena persona, no note ningún pensamiento despectivo, al contrarío todos estaban sinceramente tristes por la perdida.
Los pensamientos de la viuda me llegaron claramente, los lloraba.
Mi amado George, caminaba con una flor medio marchita y de riguroso negro, que haré sin ti. Su vista se desvió hacia mi. Me vi através de sus ojos y note dos cosas.
Lo primero, fue que mis brazos, que yo creía sobre el volante, estaban fuertemente aferrados a mi pecho, como si intentara mantenerme junto, y lo segundo fue el sufrimiento reflejado en mi rostro.
Pobre chico, pensó la viuda, se dio la vuelta y toco el hombro de uno de los jóvenes. A George le hubiera molestado retrasar al dueño de un coche tan bonito.
—Dave —dijo, su voz era áspera, producto sin dudas, de las lagrimas derramadas —dile al chico del auto plateado, que lo sentimos, y que podrá pasar el cortejo, no nos ofenderemos.
—Esta bien, tía.
El muchacho se apresuró a mi, respiré intentando no olfatear. Dave golpeo suavemente mi ventanilla con los nidillos. Yo baje la ventanilla.
—Lindo auto.
—Gracias —le conteste intentando gastar la menos cantidad posible de aire, apenas lo estaba viendo, mi vista seguia clavada en la viuda y su tristeza.
—A mi tío George le hubiera gustado este auto —comentó, yo no le respondí, no estaba acostumbrado a velorios y no estaba seguro de que era propio decir ante ese comentario. —Mi tía Sarah quiere que disculpes esto… no esperábamos que todo el pueblo estuviera aquí.
—Tu tío era muy querido.
—Sí —noté la duda en sus palabras, porque yo había hecho una afirmación, no una pregunta —Si lo necesitabas siempre estaba. —Carraspeo intentando ocultar que su voz se le quebró —bueno, mi tía dice que puedes pasar el cortejo sin problemas, que no lo tomaremos como una falta de respeto.
Asentí con la cabeza.
—Dale mi pésame a tu tía, y gracias.
El muchacho se apresuro y le susurró a su tía que yo era extraño y que le daba mi pésame. Yo cerré la ventanilla. Mis brazos volvieron a mi pecho intentando controlar el avance del frío y del vacío… y el dolor aunque contra eso no tenía remedio.
El ataúd salió de la iglesia, los cuatro hombres que lo llevaban estaban sinceramente apenados, el único pensamiento que no era de pena, procedía del sacerdote.
Malditos zapatos, me sacaran ampolla. Tanta gente, no podré sacármelos hasta entrada la noche…
Vi el féretro y una antigua duda resurgió en mí. Con Carlisle habíamos estudiado cada una de las viejas leyendas que trataran sobre nosotros, en busca del principio, algo que no habíamos encontrado, pero nos conformábamos con descubrir la verdad detrás de distintas leyendas.
Demonios que tomaban la forma de mujeres hermosas y tenían sexo con sus victimas, antes de destrozarlas, Tanya y sus hermanas podían dar testimonio de la veracidad de esto.
Seres diabólicos que entraban en las casas para robar bebés, que luego aparecían muertos en las puertas de las casas. Un vampiro francés con el que Carlisle se había cruzado hacia siglos, era el responsable de esas historias.
Y luego las historias de los cementerios, y de vampiros durmiendo en ataúdes. Ninguno de los vampiros con los que nos habíamos cruzado, incluso los más salvajes se someterían a eso. Y la eterna pregunta del por qué de esa leyenda en particular.
¿Qué habría llevado a los humanos a suponer que dormíamos en ataúdes? El hecho que fuéramos de los muertos que aun caminábamos sobre la tierra, nos daba una teoría, una pobre teoría. Nuestro corazón no latía y por ende lo normal era que estuviéramos en un ataúd. Pero no me convencía en absoluto esa explicación.
Conociendo nuestra naturaleza asesina, tendía a pensar que mi caso con Bella era único, pero ¿por qué debía serlo? ¿Acaso no existía la posibilidad, por remota que fuera, que alguien más haya pasado por lo mismo? Sabía que era por demás improbable, pero no imposible.
¿Qué podía haber pasado? Tal vez la había matado, como era inevitable, amándola y todo. O tal vez tuvo el valor, la fuerza y el amor para abandonarla, para alejarse… y ¿cual sería su destino? Quizás deseo desaparecer por completo… enterrarse, dejar que todo pasará, dejar de ser conciente al menos de lo que sucedía a su alrededor… solo salir cuando fuera necesario, si la debilidad y la repulsión no eran más grandes que la sed… ¿Sería posible?
El cortejo se movía. Arranque mi auto, y lo seguí muy lentamente por algunas calles. La idea se formaba lentamente en mi mente, y cobraba sentido ¿Qué mejor forma de desaparecer que bajo tierra, como debía de haber ocurrido allá en 1918? ¿qué mejor forma de cumplir mi promesa de desaparecer había?
Mire el tablero del auto, quería saber cuanto combustible tenía, y que tan lejos podría abandonar el auto.
Y… Edward, no lo hagas, nosotros te esperamos.
Allí estaba la nota de Alice, y aquí mi decisión, y la debía rechazar.
Suspire tomando el papel, lo doble a la mitad. Escrito detrás había una dirección de Filadelfia.
—Esta bien, Alice —dije, y me separé del cortejo fúnebre, volviendo a mi ruta inicial —veamos que me tienes preparado.
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Cosas varias a hacer notar... el capitulo es corto, lo sé, pero hay un motivo, que si no lo cortaba aquí, iba a quedar excesivamente largo, y con un especie de corte raro a la mitad. Lo que me doy cuenta que cada vez escribo menos... pase de capitulos de 12 paginas a capitulos de 4... en fin.
En segundo lugar... cuando emprendi esto no pense que era tan dificil escribir con un solo personaje, y agregarle una depresión... así que mi Edward tal vez se relacione un poco más de lo normal con mortales e inmortales... no por gusto, pero no le termina quedando otra, y esta tabien es mi excusa para no actualizar taaaaaan seguido. Igual no teman, tengo el principio de los proximos cuatro capitulos, conversaciones para al menos dos capitulos más. y me dedique a escribir sobre los tres ultimos capitulos del libro... con lo cual el final esta. Sí, soy un desastre escribiendo, no sigo ningun orden, y muchas veces las ideas me asaltan y despues veo donde las pongo.
Sé que tal vez no sea entretenido el capitulo, pero era neceario para lo que viene.
A las presiosas niñas que me dejan siempre RR... se los agradezco de corazon... y espero las opiniones....
Saribel.