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Enceguecer en la oscuridad — capítulo 2
Bien, no podía creerlo. Severus Snape, un hombre independiente y fuerte, ahora era ciego y débil. Además de que, muy pronto vería más.
Severus no podía desplazarse, así que Dumbledore la acompañó en su recorrido. Ella, necesitaba respuestas, pero él especificó, que muy pronto hablarían acerca del asunto. Por ahora, ella, necesitaba conocer los términos de las circunstancias.
Con un suspiro, Dumbledore la guió a una habitación pequeña. Las cortinas estaban abiertas y la señora Promfey, estaba frente a algo que ella, no podía vislumbrar. En cuanto Dumbledore, le avisó que habían llegado, la mujer comenzó a apartarse en silencio.
Hermione, corrió las cortinas con suavidad y se detuvo frente a la camilla. Había allí, un joven rubio. Mantenía los ojos cerrados y parecía enfadado. Muy pronto, había comenzado a gritar muy fuerte, cuando la enferma intentaba darle algo que quería tomar.
- ¿Qué le sucede a Draco?- preguntó la joven y Dumbledore sólo inspiró.
Draco, comenzó a abrir los ojos con parsimonia y Hermione lo contempló. ¿Por qué no había comenzado a llamarla sangre sucia?
Ambos permanecieron en silencio y Hermione, volvió a atar cabos sueltos. Movió sus manos, frente al muchacho, pero él no se percataba de algo en absoluto. Soltó un gemido y notó, que Draco Malfoy, también estaba ciego.
-
¡Está ciego!- gritó ella y eso atrajo la atención del muchacho.
-
¿¡Granger!? ¿Qué estás haciendo aquí?- le dijo, con su voz de siempre.
-
Yo.. Draco..
-
Ella vino a verte Draco- mencionó Dumbledore con pesar.
-
¿Para qué vino ella, a verme?
-
¿¡Estás ciego!?- preguntó ella con sorpresa y Draco ladeó la cabeza hacia donde estaba ella.
-
¡Por supuesto que estoy ciego! ¿Qué no me ve? ¡Maldición!
Dumbledore apartó a Hermione por unos segundos. Bien, ya había visto, que ambos estaban ciegos. Ahora, convenía hablar sobre el por qué. Hermione, estaba terriblemente asustada y llena de preguntas.
- Hermione...creo que debes saber..
Severus Snape, muchas veces había mentido y había, pasado sus palabras por debajo de la mesa. Era un excelente espía y nadie, podía negar que su trabajo era invaluable. Aún así, Severus, tenía muchas debilidades. Y una de ellas era, que no podía agredir a los estudiantes directamente. Tenía un compromiso con Dumbledore y a Voldemort, le exasperaban sus excusas y/o fallas. Juró, que no estaría para ver más de esas fallas y que Severus, no estaría para mirar como asesinaba a los estudiantes; si tanto le dolía. Su varita se alzaba con recelo, aunque Severus pidiera clemencia. Una luz enceguecedora había acabado con su visión, mientras escuchaba las risas al fondo. Sólo, mientras sus ojos se apagan lentamente, había visto una cosa. Unos cabellos rojizos como el fuego, que lo habían iluminado y apartado de ese lugar. Así, había regresado a Hogwarts. Luego de ello, no volvió a ver. Draco Malfoy por su parte, era parte del castigo de su padre. Débil, con inclinación por el cariño y la devoción febril a su madre. Él no servía para las misiones, era demasiado enclenque y el haber grabado en él, la marca, era un desperdicio de magia. Draco, siempre tuvo esa maldición. Siempre tuvo sobre él, la maldición del amor. La maldición de haber convivido con personas débiles. Eso, había acabado con su negro corazón. Era ahora, como todo lo demás. Inservible e inútil. Algo, que se guarda en un baúl y se olvida para siempre. La varita de Voldemort, fue menos condescendiente con él. Las cargas y los pesares de la familia, residieron en él y muy pronto perdía la poca luz. Lo último que vio él, fue el rostro de su madre. Lo último que quiso ver. Era el castigo, de los débiles y de los traidores.