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Historia 40899 — capítulo 7
Draco permanecía en uno de los vagones del Expreso Hogwarts en compañía de Zagini, Crabbe, Goyle y Pansy. Todos charlaban alegremente comentando lo estupendas que habían sido las vacaciones navideñas, Draco se limitaba a observar por la ventana el hermoso paisaje verde… sus navidades no habían sido como había esperado.
De pronto, una figura pasó por el pasillo del vagón, la puerta abierta permitió a Draco reconocerla: Hermione. A pesar de que únicamente la hubiera visto escasos segundos y que ella ni siquiera se hubiera fijado en él, pudo ver en su rostro la angustia, la tristeza y cierta añoranza. Sin pensarlo dos veces, Draco se incorporó como pudo.
-
¿A dónde vas? - inquirió Pansy.
-
Al baño.
-
¿Quieres que te ayudemos? - preguntó con cuidado Goyle.
-
No, puedo solo.
Draco sonrió mientras salía del compartimento con lentitud. Sus amigos atribuían sus heridas a una caída o a una pelea con otro mago de su edad, de igual forma, aquello era mejor que el hecho de que supieran la verdad. Era mejor para todos que no supieran que Draco había sorprendido a su padre dándole una paliza a su madre y que cuando había tratado intervenir, había recibido gran parte de la paliza que le correspondía a Narcissa.
Caminó entre los compartimentos observando en el interior de cada uno, esperando encontrar a Hermione. No podía negar que aquel mes la había extrañado más de lo que hubiera llegado a imaginar, más de lo permitido. La encontró mirando por la ventana en un compartimento vacío, su expresión solitaria y angustiada enfureció a Draco, ¿cómo podía permitir alguien que ella sufriera de aquel modo?
Cerró la puerta con cuidado tras de sí.
- ¡Colloportus! - conjuró impidiendo que alguien pudiera abrirla.
El hechizo sorprendió a Hermione, que se volvió para ver de quién se trataba. Al comprobar que era Draco, se enjugó con extremada rapidez las lágrimas que caían de sus ojos.
-
¿Por qué lloras? - inquirió con frialdad el muchacho.
-
¿A ti qué te importa?
-
Si tú supieras… - murmuró para sí.
-
¿Qué?
-
Nada.
Hermione suspiró, no quería reconocer ante Draco que lloraba por él. Había sido ciertamente penoso darse cuenta aquel mes de que, después de lo mal que él se había portado, ella le seguía queriendo igual, echaba de menos la forma en la que la acariciaba y la besaba, con una ternura infinita.
Draco olvidó por un momento sus heridas y se sentó con demasiada rapidez, tanta que no pudo evitar emitir un alarido de dolor.
-
¿Qué te ha pasado? - preguntó Hermione con preocupación acercándose a él.
-
¿Qué más te da?
Haciendo caso omiso a aquel comentario, ella se acercó a Draco y apartó con precisión y rapidez la túnica del muchacho. Sus heridas sorprendieron a Hermione, que se tapó la boca con las manos, Draco le pegó un manotazo en la mano.
¿Quién te ha dicho que tienes derecho a ver lo que yo no quiero enseñarte? - masculló él, enfadado por el atrevimiento de Hermione.
-
¡Tienes que ir a donde la señora Promfrey!
-
No quiero que nadie lo vea.
-
Entonces deja que yo te cure - suplicó ella.
Draco vaciló.
-
¿De verdad lo harías?
-
No soy la señora Promfrey, pero podría calmar el dolor - aseguró Hermione.
El muchacho asintió y se quitó la túnica con cuidado y casi con vergüenza, dejando a la vista de la Gryffindor su pecho descubierto.
Hermione tragó saliva, Draco tenía un cuerpo de infarto, unos pliegues en el abdomen que quitaban el aliento. Su cuerpo era mucho más perfecto del que ella se hubiera imaginado.
- Allá voy - declaró.
Con deliberada suavidad, Hermione fue colocando un algodón con medicinas en todas aquellas magulladuras que tenía el cuerpo de Draco, desde el abdomen hasta la parte trasera de la espalda. Le costaba creer la hermosura de aquella imagen a pesar de todas las heridas y moratones que tenía… sintió rabia de pensar que alguien pudiera herirlo de aquella manera.
-
¿Quién te ha hecho esto? - inquirió ella mordiéndose el labio inferior.
-
Me caí - mintió.
-
No seas ridíc… tu padre, ¿no es así? - adivinó.
Él no contestó, no obstante su silencio fue la afirmación que Hermione necesitaba para conocer la verdad.
-
Lo siento… no debería involucrarme en cosas que no son de mi incumbencia - se disculpó avergonzada.
-
No importa - aseguró, agradecido de la preocupación de la muchacha.
Draco permanecía petrificado ante el cuidado y la suavidad con la que Hermione recorría su cuerpo. A penas sentía el roce del algodón en sus heridas, todo fluía lentamente, con extremada suavidad y cuidado. Cuando Hermione se acercó más a él para limpiar una de las heridas del hombro del muchacho, sus miradas se encontraron. El fuego y el hielo volvieron a colisionar, distrayéndolos de cualquier otro suceso.
Hermione perdió el control de la intensidad con la que manejaba el algodón y Draco jadeó cuando lo apretó más contra la herida.
-
Lo siento, perdona - se apresuró a disculparse Hermione, volviendo de golpe a la realidad.
-
Ah… - se quejó él - no… no pasa nada.
Un timbre sonó en el compartimento, anunciando que en cinco minutos llegarían a Hogwarts, ambos se sobresaltaron. Hermione ayudó a Draco a colocarse la túnica por encima y a levantarse. Él permaneció frente a la puerta un largo rato mientras Hermione lo observaba por detrás, ambos querían decirse tantas cosas que no sabían por dónde empezar.
Draco sacudió la cabeza.
- ¡Alohomora! - dijo al fin, provocando que la puerta se abriera.
El Slytherin abandonó el compartimento sin mirar atrás, temeroso de que si volvía a encontrarse con aquella intensa mirada, no saldría de allí jamás.
Hermione bajó del Expreso Hogwarts con ademán cansado, el descubrir a Ron y Harry esperándola fue motivo suficiente para sonreír. Ambos se lanzaron a los brazos de la muchacha con alegría, felices de encontrarse al fin los tres. Draco observó aquellos abrazos con náuseas, tan furioso como en la despedida de los tres Gryffindor, tan deseoso de golpearlos por tocar a Hermione como si hubieran matado a un ser querido.
No obstante, Draco pronto se enteraría de que no tenía que esperar mucho para pelear con Harry sin que lo expulsaran… el torneo de quidditch estaba a punto de comenzar.
Tal y como Draco había sabido al poco de abandonar la estación de Hogwarts, el torneo de quidditch comenzaría de un momento a otro. De hecho, aquel preciso día se enfrentaban los dos equipos rivales, Slytherin y Gryffindor, los dos eternos enemigos, Draco Malfoy y Harry Potter.
Hermione estaba especialmente nerviosa, sospechaba que Draco no había acudido a la enfermería como ella misma le había aconsejado, a pesar de que su herida mejorara con el tiempo, no estaba lo suficientemente sana como para jugar un partido de quidditch. Sin embargo, Draco se mostraba tranquilo y ansioso, deseaba con todas sus fuerzas que el partido comenzara y poder derrotar a Potter. Una voz interior apostaba que si ganaba aquel partido, también ganaría a Hermione, con lo cual, el asunto se tornaba más que personal.
Faltaban dos escasos minutos para que comenzara el partido, Draco estaba atándose con lentitud la bota que le quedaba. Había esperado a que todos sus compañeros se marcharan para que no pudieran ver las heridas que presentaba en el cuerpo, temeroso de que no lo dejaran jugar. De pronto, Hermione entró en la tienda con rapidez y sigilo, asegurándose de que nadie más la había visto.
Draco la miró con sorpresa.
- ¿Qué haces aq…?
Antes de que pudiera terminar, Hermione se había abalanzado con suavidad hacia él, abrazándolo con delicadeza y cuidado para no herirle.
-
No lo hagas - suplicó ella -. No juegues. Estás herido.
-
Tengo una cuenta pendiente con tu amigo.
-
Olvida tu enemistad con Harry…
-
Esto va más allá de la enemistad que tengo con Potter - aseguró Draco con lentitud, acariciando dulcemente los mechones de pelo de Hermione.
-
¡Preocúpate por tu salud! - imploró ella una vez más - ¡Si haces algún movimiento brusco la herida empeorará!
-
No hay nada que me preocupe ya - declaró Draco caminando con lentitud hacia la salida.
-
¡Hazlo por mí! - exclamó Hermione a la desesperada.
Draco sonrió.
- Precisamente es por ti por quien lo hago - dijo antes de desaparecer de la vista de Hermione.
La muchacha corrió hacia las gradas en cuanto oyó la voz de la profesora Hooch anunciar el partido, el sonido de su silbato la sobresaltó y corrió con mayor velocidad, sino podía persuadir a Draco para que no jugara, al menos quería asegurarse de que estaba a salvo.
-
Hola - saludó Luna tranquilamente con su gorro de león cuando Hermione se sentó junto a ella -. Es un partido importante - comentó como si nada.
-
Ni que lo digas - coincidió ella.
Draco volaba en su escoba con los pensamientos en el abrazo que le había dado Hermione hacía unos minutos, hasta ahora no se había dado cuenta de la realidad que llevaban sus palabras: aquel partido era una forma de luchar por ella, si derrotaba a Potter, Hermione sería suya… suya para siempre. Aquel pensamiento lo reconfortó y le ofreció la oportunidad de concentrarse más en la visualización de la snitch dorada.
Al cabo de un par de minutos, cuando Slytherin llevaba marcados tres tantos frente a los dos de Gryffindor, Harry voló a su lado tan deprisa que lo tambaleó. Draco no tardó en seguirle. Pronto alcanzó a ver el por qué de la prisa de su rival: la snitch volaba a unos cuantos metros por delante de ellos, moviéndose con una velocidad que daba vértigo.
-
No vas a hacerte con ella - aseguró Draco colocándose a la par de Potter, sin saber si se refería a la dorada bola o a Hermione -. No esta vez.
-
Eso es lo que tú te crees - espetó Harry.
Ambos volaron a la par durante varios minutos, golpeándose sin querer debido a la velocidad, hiriendo el ya lastimado costado de Draco.
-
¡Es mía! - gruñó tratando de coger mayor velocidad.
-
¡Que te lo has creído!
Aquel comentario enfureció a Draco mucho más de lo que hubiera imaginado, en un intento por desahogar toda su ira, empujó a Harry hacia un lado, lastimándose más el costado.
Hermione ahogó un grito.
- Esto se pone interesante, ¿verdad? - comentó Luna con inocencia.
Harry volvió al lado de Malfoy con toda la rapidez que pudo y lo golpeó utilizando el impulso de toda su velocidad, provocando que Draco gritara de dolor y se soltara de la escoba, precipitándose al vacío.
Todos los observadores se levantaron, algunos gritaron de asombro, otros se cubrían la boca con las manos. Hermione, horrorizada, susurró:
- ¡Levitacorpus!
Tan pronto como lo hizo, Draco quedó suspendido en el aire, agarrado únicamente por los tobillos, lo cual le sorprendió. Poco a poco fue descendiendo boca abajo, acercándose cada vez más al suelo, cuando pudo apoyar las manos en el suelo Hermione respiró aliviada.
- ¡Liberacorpus!
Draco colocó los pies en el suelo con un pequeño salto, hiriéndose el ya herido cuerpo. Antes de que pudiera pensar, los profesores se habían abalanzado sobre él.
-
¿Estás bien, Malfoy? - inquiría Snape con preocupación, examinándole.
-
¡Ah! - gritó de dolor cuando el profesor tocó una de sus magulladuras.
-
¡Llevadlo a la enfermería! - exigió Dumbledore -. ¡El partido se ha suspendido!
Muchos de los alumnos habían bajado al campo y se encontraban rodeando a Draco, entre aquellos rostros el muchacho pudo distinguir a sus amigos junto a Pansy, que lo sujetaba de la mano.
- Vas a ponerte bien - le aseguró plantándole un beso en los labios.
Más allá, Draco alcanzó a ver a Hermione, que lo miraba con alivio y desesperación al mismo tiempo mientras Harry la abrazaba. Draco trató de incorporarse movido por la furia, para golpear a Potter, pero su dolor le impidió realizar ningún movimiento.
- Estése quieto, Malfoy - ordenó la señora Promfrey.
La noche cayó en Hogwarts con una creciente luna en lo alto del cielo, los hechos transcurridos en el partido eran comentados por todos los alumnos de las distintas casas del colegio.
Cuando todos se hubieron acostado, Hermione salió a hurtadillas de la sala común e irrumpió en la enfermería. Las camas estaban vacías, sin excepción. De pronto, recordó cómo la señora Promfrey mantenía a ciertos alumnos en salas exclusivas e individuales, tuvo la certeza de que Draco se encontraría en una de ellas.
Abrió la puerta de la estancia casi con cuidado, temerosa de encontrar a Pansy en el interior, pero, para su alivio, Draco se encontraba solo, tumbado en la cama con aire cansado y dolorido. Hermione echó el cerrojo tras de sí.
- Fuiste tú, ¿verdad? - preguntó Draco.
Ella frunció el entrecejo, sentándose en el regazo de la cama.
-
¿De qué hablas?
-
Tú me has salvado, has impedido que caiga desde más de cuarenta metros sobre el suelo. Lo has hecho, ¿verdad?
-
Podría haber sido cualquiera - apuntó Hermione.
-
Sólo tú hubieras usado "Levitacorpus" y me hubieras dejado haciendo el pino en medio del campo - matizó él.
Ella bajó la cabeza en respuesta.
- ¿Por qué lo has hecho? Si me hubieras dejado caer tus problemas habrían terminado… ya no tendrías razones para sufrir.
Hermione sollozó, ¿acaso estaba insinuando Draco que lo dejara morir?
-
No digas eso - suplicó.
-
Pero es verdad - insistió él -. Me he portado fatal contigo, te he insultado, humillado, golpeado… y aun así me salvas. Quiero saber por qué.
La Gryffindor suspiró e hizo acopio de todas sus fuerzas para contestar:
- Lo he hecho porque te quiero. Porque no soportaría verte morir…
Aquello fue todo lo que Hermione pudo decir antes de que Draco la acercara a él y se fusionaran en el más magnífico y apasionado de los besos que habían compartido hasta el momento. Él alzó las sábanas incitando a Hermione a tumbarse sobre él, ésta vaciló por un momento pero no tardó en dejarse llevar y acceder. El suave contacto de sus cuerpos los lleno de la más absoluta felicidad, Draco la miró con un interrogante en los ojos y ella asintió, extasiada de aquel exquisito contacto. El Slytherin comenzó a desabotonar con lentitud la camisa de la muchacha, a Hermione le sorprendió la gran habilidad que tenía para ello. El recuerdo de las veces que debía de haber hecho con Pansy lo que ahora estaba haciendo con ella la llenó de dudas… no obstante, el rostro y la mirada sincera del muchacho fueron suficientes para que Hermione se abandonara en sus brazos.
Con la misma lentitud, Draco continuó desnudándola, procurando que todo continuara de forma lenta y tierna. A penas sentía el dolor en su cuerpo, aquel momento era tan dulce y delicado que los lentos roces de sus cuerpos no era motivo de dolor. Era consciente de que en el momento que se moviera con más fuerza y ansiedad las heridas le pasarían factura, pero no necesitó hacerlo. No quería que aquella vez fuera como las relaciones sexuales con Pansy, quería sentir verdaderamente a Hermione, cuidar de ella, quería hacerle el amor.
Antes de que ninguno de los dos se diera cuenta, ya permanecían completamente desnudos, no obstante, a pesar de la intensa excitación de ambos, las caricias y los besos ocupaban los segundos. De pronto, Draco la separó con dulzura de él, mirándola directamente a los ojos, Hermione tragó saliva, repentinamente nerviosa, sabía la teoría de lo que se avecinaba, pero la práctica…
Comenzó a hiperventilar.
- No voy a hacerte daño - aseguró Draco sujetando tiernamente su rostros a escasos centímetros del suyo -. Sería lo último que haría.
Hermione asintió, aunque los nervios no hicieron ademán de desaparecer. Draco sonrió con inocencia y la volvió a acercar a él, la besó de la forma más cariñosa y emotiva que pudo, provocando que el cuerpo de la muchacha comenzara a relajarse. Cuando supo que había llegado el momento, Draco la sujetó de las caderas y la colocó sobre él para penetrarla, el contacto de su erección con Hermione le produjo una pequeña descarga de placer.
Ella estaba fuera de sí, su cuerpo era una fusión de nervios, dolor y tensión, Draco lo supo. Supo que le estaba doliendo, entonces sujetó con una mano la cintura de la chica y con otra su cuello.
- Mírame - exigió Draco acercándola -. No pienses en nada más, déjate llevar.
Tan pronto como el muchacho pronunció esas palabras el cuerpo de Hermione se relajó totalmente y Draco pudo penetrarla de la forma más apasionada y delicada en la que jamás lo había hecho.
- Soy tuya - susurró de pronto Hermione, clavando sus marrones ojos en los grises del chico.
Draco sonrió.
- Eres mía - murmuró antes de besarla con detenimiento.
A pesar de que sus avances y retrocesos fueran más bien lentos, ambos jadeaban como si acabaran de correr cuarenta kilómetros. Pequeños gemidos salían de la boca de ambos, sorprendiéndolos. A Hermione por la inevitable vergüenza que sentía de que aquellos ronroneos prohibidos salieran de su interior y a Draco porque jamás había sentido la necesidad de dejar escapar gemidos de sus labios, no obstante, aquella vez era diferente, aquella vez no sólo estaba teniendo sexo, estaba haciendo el amor.
Cuando el punto más álgido de la excitación comenzó a cernerse sobre ellos, los sonidos se intensificaron, pasando a convertirse en gritos de placer desesperados. Los movimientos continuaban siendo pausados, pero el éxtasis estaba a punto de abalanzarse sobre ellos.
"Te quiero" pensó Draco con suficiente fuerza como para que Hermione lo hubiera oído, no obstante, continuaba siendo un simple pensamiento. Un pensamiento que lo sorprendió enormemente, pero que no negó en ningún momento.
El bello y desnudo cuerpo de Hermione yacía al lado del Draco, su respiración acompasada y el sonido monótono de los latidos de su corazón lo mantenían distraído mientras ella dormía. Había quebrantado la primera norma de su conducta: no permitir a la chica en cuestión dormir a su lado cuando hubieran tenido sexo. Pero aquello no había sido sexo, se dijo, aquello era mucho más complejo.
Lo que había sentido Draco con Hermione sobre él, dominándolo de alguna forma, no tenía nombre. Era la primera vez que había permitido que una chica se colocara sobre él, por lo general, le gustaba tener el control de la situación. Sin embargo, dada su salud actual y que no se trataba de una chica cualquiera sino de Hermione… no le importaba lo más mínimo. De hecho, le había gustado.
Comenzó a buscar nombre a aquel sentimiento mientras acariciaba los castaños mechones de pelo de Hermione, de pronto, adjudicó una identidad a aquella sensación sin nombre: amor.