← Reina Hermione · de
Reina Hermione — capítulo 4
Lady Hermione sostenía el herido cuerpo de su plebeyo, mientras su mano, manchada de sangre, trataba de restañar la herida. Las sirvientas de la corte real, entraron a toda prisa y le ayudaron a tenderlo sobre la cama.
-
Descuide...Mi lady...
-
¡Rápido! ¡Hagan algo!- chilló ella- ¡Cúrenlo pronto!- dijo, pero las sirvientas la sacaban de la habitación e inmediatamente, lavaban y secaban su mano. De todas formas, su vestido, ya estaba manchado con su sangre.
-
¡Reina Hermione, quédese quieta! ¡Tanto caminar, le hará mal!- dijo el monje Lupin III, cuando Hermione, daba vueltas y vueltas en el pasillo.
-
No me calmaré hasta saber que...- dijo y observó a su médico de cabecera, que se secaba las manos de la sangre de Draco, el plebeyo- ¿¡Cómo está él, doctor!? ¿¡Cómo!?
-
Está mejor, debe descansar. La herida estaba por infectarse, pero la hemos cosido a tiempo. Gracias al cielo, sus damiselas tenían agujas y carretes de coser- le dijo- nunca había implementado la práctica de coser, pero creo que eso le ayudará.
Hermione se abrió paso entre sus damiselas y se adentró en la habitación, con paso trémulo. Aquel plebeyo, le había salvado la vida. Sonrió y se sentó en su cama. Nadie, había ocupado la cama real, pero él lo merecía. Él, merecía descansar de aquel triste suceso.
-
Lady Hermione...- susurró, mirándola- My Lady... ¿Se encuentra bien?
-
Estoy perfecta. Necesitas descansar.
-
No...Debo proteger a my lady de los peligros. Protegerla del conde...
-
El conde no va a regresar jamás a mis aposentos. El conde tiene prohibida la entrada en el castillo real. Dictaré la orden en cualquier momento.
-
My Lady...
-
Descansa. Estaré bien sin ti por un tiempo. Damiselas, cumplan todo lo que él desee. ¡Ahora, vamos!- dijo apremiándolas. Las damiselas asintieron y lo rodearon, para brindarle atenciones. Al salir, El monje Lupin III, observaba eso con incredulidad.
-
Su majestad, no está permitido que un plebeyo, duerma en los aposentos reales.
-
Está herido y además, él salvó mi vida. Quién sabe, lo que el conde Snape hubiese hecho, si él no hubiese entrado.
Conde Snape, estaba sentado en una taberna. Bebía apresuradamente, mientras recordaba lo que había sucedido con la reina. Tenía que entender, que los dos estaban hechos el uno para el otro y que ambos, no podrían vivir separados. Pero claro, el plebeyo inútil, estaba de por medio. Esa vez solo lo había herido, pero muy pronto lo mataría. Bueno, debía pasar algunos años en el virreinato de américa latina, pero podría maquinar planes, mientras estaba allí. Y además, reunir un poco de dinero extra. Eso, siempre venía bien, cuando eras un militar de tan alto rango. Además, habían ciertas esclavas, con las que podría pasar el tiempo. Una de ellas le gustaba, se llamaba Bellatrix Lestrange la dueña de la misma. Tanto la dueña, como la esclava, estaban bastante bien. Se divertiría un poco.