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Mi lado oscuro — capítulo 10
Capítulo 10: La marioneta de Voldemort
Por fin mi cuerpo se recuperó por completo, no volví a notar la oscuridad que envolvía mi corazón. Los días pasaban y Snape no daba señales de vida.
Mi madre parecía que ya no me tenía tan controlada, me dejaba muchas tardes tranquila en mi cuarto o podía salir a dar un pequeño paseo por el parque.
Esa noche, después de cenar, me fui a mi cuarto para leer algún libro tranquilamente cuando escuché en la ventana un ruido peculiar. Corrí a abrir la ventana y allí se encontraba una esplendorosa lechuza negra. La dejé pasar a mi cuarto y voló hasta la cama. No separó en ningún momento sus brillantes ojos negros de los míos. Parecía que razonaba como un humano. Alzó una de sus patitas donde llevaba un rollo de pergamino. Lo cogí y antes de comenzar a leerla la lechuza salió de la habitación agitando mi pelo con el viento generado por el batir de sus alas.
Olvidé inmediatamente a la lechuza y decidí leer la misiva. Allí, con letra cursiva, se encontraba la letra de Snape. Su mensaje era corto y conciso "A las 00:00 horas está preparada".
Por fin, por fin volvería a ver a Snape, podría preguntarle qué es lo que me había pasado, qué fue ese hechizo que Voldemort me lanzó y qué era lo que me pasaba cuando tomaba mi varita lista para lanzar un hechizo.
Miré hacia mi varita. Cuando caí mala toqué una vez mi varita para acercarme una toalla cuando me estaba bañando y mi mente se nubló, mi conciencia dejó de ser la mía propia: quería derribar cosas, estallar las paredes, mover el agua a mí antojo llenándolo todo. En esos momentos mi madre entró a traerme una toalla y tuve que soltar la varita. Quería matarla, quería ver su cuerpo tirado en el suelo, su cara inexpresiva, y ver el rostro de mi padre cuando viera la escena.
Ese día me sentí fatal y no volví a tocar la varita hasta que tuviera una explicación. Ahora podría conseguirla y si Snape no me la daba hablaría con el mismísimo Voldemort.
Las 22:00 horas acaban de ser dadas por el reloj de mi mesita de noche. Faltaban dos horas para que viniera Snape a por mí, así que decidí hacer un guión mental de lo que le diría para que contestara mis preguntas. Tenia que seducirlo de alguna forma.
Sabía que las Artes Oscuras podía ser su devoción por lo que podía empezar preguntándole acerca de algún hechizo y así ganarme su confianza. Aunque Snape se veía tan reservado que no poseía la suficiente confianza para que ese plan funcionara. Pero no me quedaba otra, a menos que lo sedujera de verdad y eso me resultaba repugnante.
Me senté en la cama a leer hasta la hora de su llegada pero más que leer solamente leía la misma línea una y otra sin encontrarle sentido. Tiré el libro a los pies de mi cama y me recosté pensando en nada.
Morfeo luchó a pulso conmigo y ganó.
—Siempre tienes que estar dormida. Arriba, venga… Qué estúpida…
Una voz lejana llegaba a mis oídos. Era un sonido ronco pero tan bajo que casi me costaba escucharlo. El aroma a césped recién cortado golpeó con fuerza mi olfato e hizo que mis ojos se abrieran de par en par. Allí se encontraba Snape, muy cerca de mí intentando levantarme.
Ésta vez no me asusté como la primera. Él se retiró raudo de mí y yo me levanté parsimoniosamente frotándome los ojos.
—Siempre estás dormida, así en la vida podrás hacer misiones para los mortífagos. Te descubrirían en menos de cinco segundos.
Snape se reía ante esa perspectiva. Aunque ahora parecía que me daban igual sus insultos y sus sarcasmos.
—Mejor ser un lirón que un murciélago. Son más adorables.
Mis palabras le golpearon como hierro candente en su alma. Me lanzó una mirada que electrocutaría a cualquiera.
Lo miré a los ojos e inmediatamente su rostro cambió de emoción. Había pasado de enfado a lástima en muy pocos segundos.
— ¿Porqué me miras así? — Pregunté mirándome el cuerpo. Tan espantosa no estaba.
—Vámonos—contestó sin más.
Tomó la escoba que había dejado en el suelo y se montó. Hizo hueco para que yo me montara detrás y alzamos el vuelo hacia la oscuridad de la noche.
Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad cuando llevábamos un rato volando para preguntarle sobre mis dudas.
—Snape, ¿qué fue ese hechizo de que me lanzó Voldemort?
Para mi sorpresa no me riñó por llamarlo por su apellido y contestó a mi pregunta sin rechistar, aunque sin esclarecer mi duda.
—No lo sé—susurró pensativo.
Pude ver como sus ojos se clavaban en la luna que teníamos frente a nosotros. Sus ojos denotaban angustia, creía que sería por no saber la respuesta a esa pregunta.
—Creí que eras la mano derecha de Voldemort…
—Yo no soy nada de nadie—me interrumpió esta vez gritándome. Ya lo había enfadado un poco—. Tampoco sé porque estos días has estado tan mala. No he encontrado nada en ningún libro y nuestro señor no ha querido comentarme nada.
Las palabras "nuestro señor" las recalcó bien para que tomara ejemplo de lo que debía decir en adelante. La desilusión se cernió sobre mi, si Snape no sabía nada yo sabría aún menos del tema. Me repugnaba el saber que había algo dentro de mí que podía controlarme, que podía dejarme en jaque cuando quisiera. Automáticamente mi mano se fuera directa a mi pecho en un puño y me apreté con fuerza, como si así pudiera deshacerme del entuerto de mi cuerpo.
—Quise matar a mi madre…
Lo dije sin pensar. Mis labios volvieron a moverse solos igual que muchas veces antes. Odiaba eso porque me traicionaban.
— ¿Cómo fue?
Para mi sorpresa Snape no se hacía el indiferente, quería saber qué me había pasado y algo cálido recorrió mi estómago. Se preocupaba por mí aún cuando fingiera que no.
Le conté todo lo que había pasado y entonces, fue cuando se percató de que antes de irnos había envuelto mi varita en una tela y la llevaba dentro de la túnica.
— ¿Te da miedo tu varita?—preguntó pareciendo irónico pero su cara no demostraba esa ironía.
—Creo que está empezando a darme miedo la magia. Puede ser muy poderosa pero creo que me está superando.
— A veces, es mejor que te supere y pase todo lo antes posible.
Sus palabras me desconcertaron. Por una parte me sentí reconfortada por el consuelo de que estaba dándome un consejo. Todo pasaría más rápido si me dejaba llevar. Pero por otra parte, me daba miedo que hiciera algo irracional que me acabara por marcar toda la vida. Aunque, pensándolo bien, ya estaba marcada de por vida.
Nos mantuvimos en silencio hasta llegar a la mansión. Snape me dirigió hacia un lugar nuevo del hogar de los Malfoy. Pasamos delante de un gran salón con una inmensa chimenea y una gigantesca lámpara de araña. Allí al lado el fuego se encontraban Lucius y Bellatrix. Pasamos de largo de la estancia pero pude oír unas palabras pronunciadas por Lucius.
—Una sangre sucia en mi casa. ¡Que asco!
Aquello fue directo a mi corazón. Me cabreé en segundo y volví sobre mis pasos para enfrentarme a él. Yo no era así, pero mi cuerpo me pedía venganza por esas palabras.
Una mano tomó mi brazo y me volvió.
—Contrólate. Ya tendrás tiempo de darle su merecido.
Snape había parado esa venganza de un plumazo y me obligó, aún agarrada, a seguir con la caminata.
Llegamos a un gran ventanal que daba a un patio interior de la mansión. Allí estaba Voldemort de pie contemplando las estrellas, pero no estaba solo, un centauro lo acompañaba y parecía que no por propia voluntad. Tenía atadas las manos y del suelo salían unas cuerdas que ataban su cuello.
—Has sido de gran utilidad, centauro. Creo que ya no puedes darme más información.
Y sin más, le lanzó un Avada Kedabra que hizo que el centauro se desplomara.
Mis ojos miraron hacia otro lado. La escena era horrible, no había piedad, pero mi corazón me decía que volviera a mirar.
—Puppet, mira aquí.
Esa voz susurrante impactó en mi cerebro e inmediatamente miré hacia el centauro.
—Rájalo, sácale las tripas.
Saqué mi varita del bolsillo, la desenvolví del pañuelo y al contacto de mi mano con su fría madera lanzó el primer hechizo. Diffindohabía rajado el estómago del centauro.
—Di… ffindo— susurré a trompicos y las tripas comenzaron a cortarse aquí y allá. Cortes irregulares que salpicaban todo de sangre y carne.
Voldemort sonreía, me sonreía a mí y eso hacía que me sintiera mejor. Cortaba y cortaba y cada vez con más energía hasta que acabé llena de sangre.
Snape contemplaba la escena con aspecto serio.
—Veo que está lista para volver a Hogwarts dentro de una semana. Dejémosla descansar. Obtendrás órdenes cuando estés dentro. Tienes que ser la mejor de la clase Puppet, tienes que convertirte en la mejor aurora que se conozca. Tienes que ser mi mejor mortífaga.
—Sí, mi Lord.
FIN DEL CAPÍTULO