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Mi lado oscuro — capítulo 11

Snape parecía tranquilo, su rostro era inexpresivo como siempre pero algo en mi interior me decía que no era así. Él estaba intentando ocultar algo y la verdad no me extrañaba porque lo que había pasado en la mansión Malfoy era asombroso. Voldemort había conseguido manejarme como una marioneta, con sólo unas palabras mi cuerpo había reaccionado solo, mi razonamiento se había esfumado y nada más quería destruir, machacar, hacer sufrir y ver sangre, mucha sangre. Desde esa noche comprendí porqué el Señor Oscuro me había apodado Puppet, yo ahora era su marioneta, algo que iba a manejar a su gusto y antojo y no podría impedirlo por mucho que quisiera. Tampoco era tan tonta, llevaba ya seis años en Hogwarts y podía sacar mis propias conclusiones: aquel hechizo que me lanzó la última vez, que recorrió mi cuerpo como si de electricidad se tratara, era como una semilla controladora, estaría latente cuando no la utilizara, como algo inactivo, pero cuando las palabras de "mi señor" llegaran a mis oídos o el momento de poder hacer el mal estuvieran delante de mis ojos, se activaría sin ningún remedio y la magia inundaría todo mi ser.

Snape estaba equivocado, los sucesos no pasaban tan deprisa y ya comenzaba a controlar esa magia por lo que era capaz de ver y sentir lo que hacía. Sabía que había rajado el cuerpo inerte de aquél centauro, toda mi ropa estaba salpicada de sangre animal, pero lo grandioso de todo es que me daba exactamente igual. Había ocurrido sin que pudiera hacer nada y me estaba resignando. Mi cuerpo me decía que lo dejara, que me dejara llevar por los instintos y por la magia que me imbuía y comencé a pensar que sería lo mejor.

— Oye Snape, creo que ya sé que fue ese hechizo que nuestro señor me lanzó la última vez.

El pelinegro volvía a mirar fijamente hacia el horizonte mientras volábamos por la noche cerrada. Íbamos de vuelta a mi casa ya que el Señor Oscuro había comprobado lo que quería, que su hechizo había hecho efecto. El semblante de la exserpiente era serio. Tampoco me replicó por llamarlo otra vez por su apellido sin el "profesor" delante.

— ¿Y qué crees que es? — preguntó con mucha parsimonia declarando indiferencia.

— Me va a controlar, cambió mi apariencia y ahora está cambiando mi ser para manejarme a su antojo. Voy a ser un juguete en sus manos.

Snape permaneció callado un tiempo para luego decirme algo que yo no había notado antes.

— Todos somos juguetes en sus manos.

Me resultaba raro que me dijera este tipo de cosas, se estaba abriendo y no creo que lo hubiera hecho con alguien antes.

— Pero ustedes tenéis posibilidades se escapar, vuestra varita no os controla, yo no puedo tocarla sin que me vuelva una despiadada sin corazón.

— Te voy a dejar una cosa bien clara, Tonks, aquí nadie puede escapar, esto es lo que hemos decidido y vamos a tener que aguantarlo toda la vida.

Levanté mi rostro apenado y pude ver cómo me observaba por el rabillo del ojo, él también se sentía un juguete. Ese pensamiento me reconfortó un poco, ahora no me sentía tan sola, comprendía que Snape se encontraba en la misma situación que yo.

— Esta semana voy a entrenarte por las tardes, vas a ir al parque que está junto a tu casa —me di cuenta que eludió las palabras "donde murió tu amiga" y me hizo sentir un poco mejor—, desde allí nos apareceremos en mi casa y te enseñaré como controlar esa magia, no vas a poder ir a Hogwarts matando gente cada vez que toques tu varita. Esa es la última voluntad, de momento, del Señor Tenebroso.

Asentí con la cabeza sin saber si él me estaba mirando. Mi meta aún estaba muy lejos pero estaba dispuesta a vengar a mi amiga de cualquier manera, de cualquier forma. Tendría que controlar esa magia, tendría que ser la mejor de Hogwarts, la mejor mortífaga para aprender todo lo que pudiera de Voldemort y por último terminar con el sistema corrupto que envolvía a los magos.

Llegamos a mi casa sobre las tres de la madrugada y Snape me dijo que a las cinco de la tarde me esperaría en el parque. Me explicó dónde lo encontraría y que no me retrasara sino el castigo que me pondría sería monumental. Volví a asentir pero antes de que se fuera con ese semblante serio que lo caracterizaba le regalé un pequeño "gracias" que ni siquiera sé si lo oyó, ya que no me respondió ni me preguntó por qué, ni siquiera me miró, solo se montó en su escoba y se fue.

Yo quería que supiera que me estaba ayudando mucho, que aunque no lo creyera algunas de sus palabras me reconfortaban y hacia que me volviera más fuerte poco a poco. En este trance de mi vida necesitaría mucho apoyo y comenzaba a pensar que él sería el único que me lo daría.

Me desvestí y guardé cuidadosamente esa ropa manchada de sangre para que mi madre no fuera capaz de encontrarla. Me acosté e intenté de dormirme pero lo que había hecho en ese día me carcomia por dentro, no de una manera fuerte, pero como si un alfiler se taladrara poco a poco en mi corazón y fuera produciéndome agujeritos por los que más tardes los gusanos de la desgracia saldrían a devorar mi corazón.

Mi madre me despertó como todos los días y me preguntó si había dormido bien. Contesté secamente, la verdad es que no tenía muchas ganas de hablar con ella. Me estaba percatando que a la vez que me acercaba a Snape me alejaba lentamente de mi madre y eso me frustraba. Ella siempre había sido mi pilar de apoyo pero ahora no podía ayudarme ni quería que me ayudara en nada, ella no debía saber nada de mi otra vida. Me miró de soslayo mientras se dedicaba a hacer el desayuno.

— Vamos a ir a comprar los materiales de tu último curso, así que desayuna y vístete. Iremos nosotras dos solas, tu padre tiene cosas que hacer hoy, por lo menos arreglar un poco el jardín que lo tiene muy descuidado.

— Sí.

Desayuné en silencio mientras dejaba que mi madre soltara su perorata mañanera. Veía que quería entablar conversación conmigo, sacarme las palabras con tenazas pero mis respuestas eran monosílabos "sí", "no", "vale", y veía como la sacaba de quicio. Cuando terminé me fui a vestir y cuando estuve lista mi madre y yo nos aparecimos en El caldero chorreante para entrar al callejón Diagon.

Estuvimos toda la mañana de compras, aun no comprendía porqué mi madre había hecho tanto hincapié en acompañarme. La verdad, fue bastante doloroso ir allí, muchos compañeros de clases y de otras casas, cuando me divisaban por el callejón, corrían hacia mí para darme un abrazo, para darme ánimos y consolarme. Todos ellos sabían lo que quería a mi amiga y lo que ella significaba para mí. La pena y la rabia inundaron mi ser en esos momentos, sólo por esas muestras de afecto sentía que le debía mucho a ella, que tenía que vengar esa muerte injusta. La ira me abordaba más aun cuando me decían "tranquila, ya verás cómo arrestan a ese mortífago", "se pudrirá entre rejas", "el Ministerio es fuerte, lo encontrarán"… pero ninguno de ellos sabía que no era un mortífago quien la asesinó, sino uno de ellos, uno de ese adorado Ministerio de Magia. No habría perdón para nadie. Me imaginaba la cara que pondrían todos ellos cuando Voldemort me diera poder y derrotara al auror traidor. La gloria vendría a mí, la venganza sería dulce aunque tuviera que esperar mucho tiempo para ello.

Llegamos a casa bastante tarde por lo que le expliqué a mi madre que quería salir a dar una vuelta para despejarme, ya me quedaba poco tiempo de libertad. Esas palabras y una bonita sonrisa engalanando mi cara pareció convencerla, pero nada más salir por la puerta la sonrisa desapareció.Me estaba volviendo bastante seca y no sabía si era por ese maldito hechizo.

Sin darme cuenta había llegado al parque dónde había quedado con Snape. Al ver el lugar de los hechos se me partió el alma y una furia irracional me invadió, comenzó a expandirse desde el corazón pero no le dio tiempo llegar al cerebro ya que sentí una mano tomar mi muñeca. Todo desapareció enseguida al contacto de esa mano gélida, la reconocía y sabía que era de él. Al girar no pude creerme que fuera realmente Snape, venía engalanado en un traje negro precioso, parecía totalmente un muggle. Antes de que pudiera decir nada me lanzó una mirada advirtiéndome que no dijera absolutamente nada de su vestimenta. Me callé la boca y lo seguí hasta unos setos altos desde dónde nos desapareceríamos. Aunque mi boca estuviera cerrada mi mente iba a una velocidad increíble: ese no era Snape, era una persona totalmente diferente, se veía de verdad que era joven y que el traje tenía que ser hecho a medida ya que le quedaba como un guante. Parecía un importante ejecutivo de una gran empresa, sino fuera claro por ese pelo grasiento que cubría su cara.Lo imaginé con el pelo engominado hacia atrás y comencé a ver a otro Snape diferente.

Un gruñido de su boca hizo que todo desapareciera, ese hombre no podría ser agradable en la vida y por mucho que *la mona se vista de seda, mona se queda **.

Me tendió su mano y nos aparecimos en una calle desierta. Comenzó a andar rápido como si aquel barrio no le gustara ni un pelo. Sin mediar palabra pasamos por una calle muy larga en la que a ambos lados se entendía una hilera de casa totalmente iguales y sombrías. Algunos niños corrían de aquí para allá persiguiendo un balón hecho con papel de periódicos. Pude ver como aquél sitio era bastante desolador, nada que ver donde yo vivía. No entendía como un mago como Snape podía vivir en un sitio tan deprimente. Paró en seco delante de una puerta que era exactamente igual que las demás por la diferencia de que era otro número diferente, abrió la puerta y entré detrás de él.

Ni en mis más oscuros sueños habría imaginado una casa así: era lúgubre con una ventanitas pequeñitas que no dejaba entrar mucha luz del sol; las paredes estaban repletas de estanterías llenas de libros; un sofá y un sillón raído bordeaban una mesita de café desgastada en el centro del salón. Algo de lo que me percaté enseguida es que no había ninguna foto, ni tanto muggle como mágica por lo que pensé que no querría recordar el pasado.

Con un movimiento de su varita la vestimenta de Snape cambió a la habitual túnica negra que siempre llevaba. Yo estaba allí de pie, en el umbral de la puerta del salón, no me atrevía a poner mis manos en nada por si rompía algo o cortaba la armonía que tenía la exserpierte en su casa.

— Bien, empecemos, saca tu varita.

— No creo que sea buena idea si adoras tu casa —contesté mirando hacia los libros. Se veía que tenía mucho aprecio por ellos.

Bufó mientras dirigía su mirada hacia las estanterías, volvió a mover la varita y una especie de burbuja envolvió los objetos de la sala.

— Ahora, saca tu varita — contestó secamente e impaciente por empezar.

Metí la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta y toqué la madera fría, se me cerró el estómago al solo contacto con ella. Mi cara tuvo que descomponerse porque Snape me abrió la chaqueta con ímpetu tomó mi varita y la puso en mi mano. No puedo describir que es lo que pasó, porque enseguida se me nubló la vista y solo pude vislumbras haces de luces rebotar por las paredes.

Cuando desperté me encontraba echada en el sofá raído, mi varita reposaba encima de la mesita de café y Snape se encontraba en el sillón, copa de vino en mano, mirándome bastante enfadado.

— ¿Crees que una semana es suficiente para esto? — preguntó ofuscado como sabiendo que la respuesta era que no.— Si te desmayas cada dos por tres no podrás volver a Hogwarts y los castigos del Señor Tenebroso no son como los que yo te impongo en el colegio.

Me incorporé sentándome en el sofá, cohibida por mi poca fuerza ante la magia. Observé que había té en la mesa y una platito con pastitas, no sabía muy bien si podía tomar alguna o no, aunque el estómago se me retorcía como un nudo de barco, Snape me vio y me señaló, con bastante indiferencia, que cogiera lo que quisiera. Enseguida me puse a comer todas las pastitas que pude, el hambre que tenía era una cosa poco normal. Una vez que estuve satisfecha me puse en pie.

— Muy bien, sigamos, tengo que conseguirlo y entrar en Hogwarts de nuevo.

FIN DEL CAPÍTULO