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Mi lado oscuro — capítulo 9
Capítulo 9: La semilla de la maldad
Uno siempre reflexiona la vida que deben de llevar los locos, los maniáticos, los que se pierden en su mundo de fantasía o destrucción. ¿Qué verán? ¿Qué pasará por sus pensamientos? Ahora, he podido comprobarlo en mis propias carnes. El que ahora era mi señor me había dado el ticket de entrada hacia la locura.
Snape me había llevado hacia Voldemort, hacia el entrenamiento que cambiaría toda mi vida. Mi cuerpo era de gelatina, sabía que Voldemort era el mago más poderoso en ese momento, y Dumbledore también, aunque él no estaba ahí para poder ayudarla o darle algunos consejos.
Ésta vez Voldemort estaba en pie, en medio de una gran sala en la que yo aún no había estado. La mansión Malfoy cada día me abría una puerta a un sitio diferente y terrorífico. La habitación estaba bañada aquí y allá de oro, muebles antiguos y envejecidos, y unas cortinas engalanadas con elegantes telarañas brillantes.
Entré con poca determinación, Snape me miró y me pareció que quería decirme algo, pero se fue frunciendo el ceño.
— Esto es todo un privilegio — comenzó a decir Voldemort—, espero que sepas valorar lo que vas a vivir ahora. Bellatrix te mataría si con ello pudiera entrenar conmigo.
Su tono de voz, serpenteante, susurrante, me engatusaban para que viera que de verdad era un privilegio estar allí, pero seguía sintiéndome insegura. Antes de que pudiera pensar más nada salí volando de la habitación y mi cuerpo impactó con la puerta cerrada.
— Primero, un mortífago no puede tener miedo ¡a nada!— gritó mientras me levantaba con esfuerzo y respiraba con dificultad. El golpe fue seco y duro, el entrenamiento había empezado con demasiada fuerza. Si la cosa seguía así me mataría.
Levántate y ven hacia mí quiero darte una clase que no olvidarás en tu vida.
Anduve titubeante hacia él frotándome la cabeza por el golpe que había recibido, pero inmediatamente volví a salir por los aires sin esperarlo y ésta vez caí de lado sobre una mesa de roble que se rompió en varios trozos del fuerte impacto. Quedé tirada de cualquier manera en el suelo con trocitos de astilla lavándose en mi costado derecho.
Segundo, un mortífago no puede mostrar su dolor. El dolor se lleva dentro, se palpa, se vive con él. El dolor va a ser tu compañero de fatigas y llegarás a querer más dolor, pero no el tuyo, sino el de los demás.
Esas palabras retumbaron en mi cabeza como si un altavoz gigante me las estuviera repitiendo. Unas pequeñas lágrimas cayeron de las comisuras de mis ojos. Los apreté con fuerza recordando el sueño en el que les hacía daño a mis padres. Sentí el sufrimiento en cada parte de ser, sentí el querer ser fuerte, el querer ser poderosa y destruir a todo aquél que hiciera daño a los demás, ya fuera mortífago o auror.
Me volví a levantar decidida y clavé mi miraba de rabia y sufrimiento en esa asquerosa serpiente. Algún día acabaría con él y con el sistema corrupto que me rodeaba y un día impondría yo mi propia disciplina. Caminé con a plomo mirando sólo y exclusivamente a la serpiente que se erguía contra mí.
— Luchemos— dije con fuerza.
Los dos tomamos posiciones: él con una pose relajada, como si aquello fuera un juego, yo, medio agachada con un brazo por encima de mi cabeza y el otro, con la varita en mano, apuntando a su pútrido corazón. Comenzamos a lanzarnos hechizos sin parar, a caminar de un lado a otro para esquivarlos, cada vez se volvía más agresivo y yo me defendía con fiereza. El ritmo frenético nos hizo que empezáramos a saltar de aquí a allá, casi parecía que bailábamos, un baile entre un gigante y una montaña. Yo no caería sin llevarme por delante al gigante.
El gigante arremetía con fuerza e intensidad y poco a poco lograba erosionarme. Aguanté in extremis, aunque mi cerebro había decidido abandonarme. Era guiada por la ira, la fuerza, el poder, la sinrazón…
Cuando caí en el suelo por undécima vez ya no volví a levantarme, Voldemort decidió que ya estaba preparada, por último me lanzó un hechizo que no conocía. Un haz de luz morado atravesó mi cuerpo y lo envolvió. Una risa malvada empezó a brotar de mis pulmones, estaba en el suelo, llena de sangre, sudor y lágrimas y aun así reía como una histérica. Sentía fluir el poder por mi sangre y me gustaba, me obnubilaba los sentidos. Sentí como una semilla se enterraba en mi corazón y se ramificaba lentamente cubriéndomelo de desesperanza.
No recordaba nada más hasta que al día siguiente, me desperté con una risa incrustada en la mente. La cabeza me daba vueltas y me entraron ganas de vomitar. Corrí hacia el baño apretándome la boca con la mano, nada más llegar comencé a expulsar todo el contenido de mi estómago. Mi madre apareció asustada en la puerta, su cara denotaba una profunda preocupación.
— ¿Qué tienes, Nymphadora?— casi gritó a mi oído mientras me agarraba fuertemente la cabeza para que no la hundiera dentro de wáter.
—No me llames Nymphadora— contesté entre arcadas débilmente mientras apoyaba la mejilla sudorosa en el suelo del baño.
Allí me quedé tirada durante unas horas con mi madre a mi lado susurrándome cosas sin sentido "te pondrás bien…", "vas a superarlo…", "…es culpa de ellos…", "…tengo que hacer algo."
Yo seguía pálida y un poco pegajosa por el sudor por lo que, cuando me sentí un poco mejor, le bisbiseé a mi madre que me ayudara a entrar en la bañera, quería sentirme limpia.
Me quedé cuasi dormida allí, rodeada de agua tibia y un olor a jazmín gracias a una poción revitalizadora que mi madre había echado en la bañera. Entre sueños pude oír ruidos de una puerta abrirse y cerrarse, conversaciones dispares, riñas entre dos personas y por último alguien zarandeándome suavemente para despertarme.
— Tonks, despierta hija mía, vamos a llevarte a dormir a tu cama.
Mi padre me estaba sacando de la bañera ya que mi madre no podía. Era estúpido porque los dos poseían magia para moverme pero ninguno razonaba para poder utilizarla. Sentí vergüenza porque mi padre me viera desnuda, pero mi cuerpo no era capaz de moverse. Me sentía débil, la sensación de fuerza y poder había desaparecido y mi corazón pedía más, quería más, ansiaba mucho más. Pero no lo conseguiría hasta que me recuperara.
Pasaron tres días, mi padre había pedido en San Mungo, el hospital mágico que enviara un sanador a mi casa ya que no mejoraba. El sanador no sabía que tenía, aunque ponía todo su empeño para que me encontrara mejor. Me negaba a comer, ya que cualquier cosa que rozaba mis labios era inmediatamente vomitada. El estómago lo tenía cerrado y la deshidratación comenzaba a hacer mella. El sanador decidió ponerme suero, esa agua que hidrata a los muggles y me recuperó un poco. Mi padre acosaba a mi madre diciéndole que los remedios muggles me estaban curando, aunque ella no quería darle la razón. Era una Black y aunque estuviera casada con mi padre, no le hacía gracia los no mágicos.
No entendía a mi cuerpo, me pedía comida o algo, pero el estómago la rechazaba. Al tiempo comprendí que no era comida lo que mi cuerpo necesitaba sino poder.
Pasó una semana cuando comencé a mejorar. El estómago admitía comida líquida y poco a poco me encontraba mejor. El día que pude levantarme de la cama, el sanador se fue. Mis padres estuvieron muy agradecidos y les dieron las gracias mil y una veces hasta que el hombre abandonó mi hogar.
Andromeda subió al cuarto en ese momento.
— Bien, quiero que vayas a un psicólogo— me dijo rotundamente y sin titubeos.
— ¿Qué?
— Tu padre me ha convencido, son esos muggles que tienen el don de meterse en tu mente, pero no como con la Legeremancia. Yo creo que son squibs, pero tu padre dice que no.
Noté un deseo de mentir en mi corazón, una maldad increíble me estaba invadiendo rápidamente.
— Mamá, no me hace falta, lo que me ha pasado no va a ocurrir nunca más. Mi amiga murió y se acabó. No puedo hacer nada más por ella.
Mi mente lloraba con las palabras que pronunciaban mis labios, pero ellos eran movidos por la semilla de mi corazón. Me sentí poseída, pero no podía apartar los ojos de mi madre. Pareció que ella me creyó ya que sus ojos denotaban dulzura y alivio y la semilla desapareció. El corazón volvía a ser cálido y la sensación de la mentira expiró en el momento que mi madre abandonó mi cuarto.
Hacía días que no veía a Snape y con lo que me estaba pasando deseaba verlo de una manera que nunca antes creí posible.
FIN DEL CAPITULO