← Cuando las cenizas vuelan · de
Cuando las cenizas vuelan — capítulo 10
**X.**Tercera sorpresa, la peor
Casi me dio un ataque cuando entré, por poco se me suelta la vejiga. No porque el baño, precisamente, estuviera sucio, asqueroso y lleno de telarañas y lo que parecían mocos pegados en todos lados. Sino que, fue porque había alguien más allí.
Por un segundo pensé, cuando prendí la luz de la vela, que estaba mirándome a un espejo y que algo extraño había sucedido con mi metamorfosis. Luego, pensé que el espejo tenía alguna trampa para sustos. Al tercer segundo, me percaté que mi imagen estaba mucho más abajo, y que no podía ser yo la que se reflejaba allí. Al cuarto segundo me di cuenta que a mi derecha ya había un espejo, así que era absurdo que hubieran dos. Y, por fin, al quinto segundo, supe que estaba mirando a, nada más ni nada menos, que a un elfo doméstico. Un verdadero adefesio peludo y con colgajos de piel por todos lados.
Me miraba con los ojos inyectados en sangre, agarrando con fuerza la manta sucia que tenía atada en la cintura a modo de taparrabos. Estaba al lado del retrete.
—Y la hija de la traidora a la sangre me mira con expresión de excremento de doxy… Un completo descaro, pretende usar el baño.
Segunda vez que me llamaban "excremento" en una hora. ¿No era injusto acaso?
—Eeeh… —balbuceé con voz temblorosa — ¿Quién eres tú?
—Pregunta a Kreacher su nombre, como si fuera alguien de confianza. Oh, ¿qué dirá mi ama cuando sepa que su hijo ha irrumpido en la casa con un montón de magos de mala estirpe?
—Oye, Kreacher —gruñí con dientes apretados, ignorando la tonelada de insultos que ya me había lanzado —, ¿puedes salir? Necesito orinar. No creo que quieras presenciar cómo te cae pipí sobre tu cabezota.
—La traidora a la sangre pide que me retire, y Kreacher no quiere, no quiere retirarse del baño de su ama, no quiere…
Suspiré. Temí que si lo intentaba sacar por la fuerza, podría hasta morderme con su mandíbula desdentada, y no me atraía quedar con las manos llenas de baba de elfo. Y, la verdad, me daba pena separarlo de los adorados restos de excremento de su ama, que probablemente estuvieran guardados en el retrete. Así que decidí ir en búsqueda de Sirius. Era el dueño de la casa y de esa criatura, después de todo.
Salí del baño.
A los pocos segundos después, decidí no haberlo hecho nunca. Debí haberme quedado ahí por siempre, hasta envejecer, inundada en mis propios deshechos, con el pellejo desparramado como el elfo.
Luego de lo de Kreacher, pensé que mi percepción me estaba jugando otra mala pasada otra vez. Había un hombre ataviado con túnica negra abajo, en el vestíbulo. No fue eso, solamente, lo que me llamó atención, digo, su cara me resultó familiar. O sea… extremadamente familiar.
Cuando comprendí a quien tenía delante de mis ojos—el individuo parecía tener la misma cara de desconcierto y asombro que yo —, solté un grito ahogado, pegué media vuelta, subí la mitad de la escalera que había bajado, y me volví a encerrar en el baño, con mis glándulas sudoríparas activadas a toda su potencia, y con la sensación de que me iba a dar un infarto.
Tranquila, respira, sólo fue un fantasma, fruto de tu imaginación. Culpa de Kreacher, maldito elfo doméstico…
El elfo me miró con la misma expresión y se puso a murmurar otra vez.
—La mestiza vuelve y mira a Kreacher… Kreacher piensa que está loca, que tiene un problema mental… ¿Qué dirá la ama cuando sepa que una muchacha como esta ha invadido su baño para soltar sus necesidades sobre mi cabeza…?
No me importó que el elfo continuara hablando de mí. Me dio un ataque de pánico y no quise salir.
¡Severus Snape estaba en la Orden del Fénix! ¿Por qué nadie lo había mencionado? ¿Es que nadie se apiadaba de mí? ¡Oh, necesitaba tanto a Margaret!
Snape, mi ex profesor de Pociones y mi ex… ¿qué? ¿Qué demonios estaba ocurriendo? ¿Él ahí? Las palabras "romance" y "Mortífago" estaban haciendo eco en mi cabeza en esos momentos.
El corazón se me iba a salir del pecho en cualquier momento, arrasando con todos mis órganos y vísceras. Tal vez debí haber pedido un arma muggle a mi padre para navidad. Así habría podido terminar con mi vida más fácilmente. Dudaba de que resultara auto-lanzarme un Avada Kedavra a mí misma. Y, en esos instantes, dudaba que mis poderes mágicos fueran fructuosos.
—Esto no puede estar pasándome a mí —farfullé sin aliento, sintiéndome desfallecer.
De pronto la puerta sonó a mi espalda.
—¿Tonks? ¿Estás bien?
Era la voz de Molly. Me hizo reaccionar.
—Sí —mentí con la voz temblorosa—. Ya voy.
Miré a la criatura que estaba en frente de mí. No se iba a mover de allí, y me di cuenta que ya no quería decirle a Sirius que sacara al elfo para sentarme en el sucio retrete. Era vergonzoso, más con ese sujeto allí. Vergonzoso era porque no podía sacar a una criatura más pequeña que yo.
Parecía que me iba a tener que aguantar hasta el final de la reunión.
—Por favor, vejiga —rogué, tiritando —, no estalles ahora… Tenemos que sobrevivir esto juntas.
Me arreglé el cabello y salí digna del baño, en dirección a la cocina, oyendo los latidos de mi corazón diez veces aumentados en mis oídos. Mi mente funcionaba a toda velocidad, recreando escenas del pasado, muchas de ellas, desagradables.
Evité a toda costa mirar hacia donde mis ojos querían dirigirse y caminé lentamente hacia mi silla. Fueron tan delicados mis movimientos, que no moví ni una mosca.
De reojo vi que Severus Snape estaba en el otro extremo de la mesa, cerca del director. Era el único que me había puesto atención al entrar.
No podía creerlo. No podía creer que estaba allí. Después de tantos años, tanto tiempo. Creí que lo había desenterrado de mi cabeza. Bien, sabía que no había sido completamente de ese modo, pero pensé que jamás tendría la mala suerte de encontrármelo. Me parecía, de algún modo, imposible.
¿Estaba segura que esa era la realidady no un sueño?
Parecía que estaba verde. Lupin me estaba mirando como si planeara pasarme una bolsa para vomitar. Traté de cambiar la expresión, pero lo único que logré fue subir un poco más las cejas, lo que me dio un aspecto de joven asustada… a punto de orinarse.
—Creo que tendremos que comenzar sin Mundungus —dijo Dumbledore con molestia —. Así que…
Justo en ese instante, la puerta de la cocina se abrió y entró quien parecía ser Mundungus Fletcher. Ni siquiera su magistral entrada me distrajo. Apenas atiné a pensar que mi madre lo odiaría si lo conociera. Se sentó a mi lado y olía a demonios. Pero tampoco el hedor me atontó. Lo único que quería era desmayarme y no saber nada más del mundo.
Sentí los ojos de Snape clavados en mi cabeza. No iba a mirar.
Novoyamirar. No voy a mirarte, maldito idiota, vuelve tu narizota a otro lado. Vete a tu rincón.
—Espero una labor más preocupada de tu parte, Mundungus —dijo Dumbledore mirándole sobre sus anteojos de medialuna, ya tranquilo. ¿Por qué no podía calmarme yo como él?
No era la única que estaba inquieta. Vi que Sirius dedicaba miradas de odio hacia cierto lugar constantemente y ése ridículo le respondía sin temor, lo mismo que a Lupin. Mas eso no me ayudó a sentirme comprendida, a menos que Sirius y Snape hubiesen mantenido un romance, lo que me parecía absurdo. Me imaginaba, de todos modos el por qué del odio. ¡Pero no era lo mismo!
Viejito, tendrás que enseñarme tu secreto de autocontrol…
—Bien. La mayoría está aquí con una información a medias —todos clavamos nuestra atención en el director. Tuve que hacer un esfuerzo monumental para mantener mis ojos en sus gafas. No debía desviarme hacia la derecha de ellos. —. Voldemort ha regresado —soltó sin anestesia previa. Varios se movieron incómodos de sus asientos, incluso yo. No estaba acostumbrada a oír ese nombre muy a menudo, además que me recordaba a momentos malos de la historia familiar —. Harry Potter fue quien lo vio. La copa que debían coger al final del camino era un traslador y les llevó a él y a Cedric, el otro participante de Hogwarts, al cementerio de los padres de Voldemort. Hizo un ritual para volver a su antiguo cuerpo… así que vuelve a ser un mago que puede mantenerse en los dos pies y sostiene varita.
"El tiempo apremia —continuó con gravedad —. Sin embargo, antes de hacer el trabajo, debo dejar en claro algo antes: todos debemos en confiar en todos.
Sirius hizo un ruidito que indicaba desacuerdo. Dumbledore lo ignoró.
—Severus Snape es espía doble —continuó. Algo en mí se removió enviándome una imagen de una Marca Tenebrosa en un antebrazo —, y será quien nos informe de lo que esté ocurriendocon Voldemort y los demás Mortífagos.
Todos se volvieron hacia el profesor de Pociones, menos yo, que continué mirando las gafas del director. Estaba a punto de comerme las uñas.
El hombre comenzó a hablar.
—El Señor de las Tinieblas piensa que…
Sí, le puse atención, pero estaba más preocupada de oír el tono con el que hablaba, que en la información que estaba dando. Sabía que yo, N. Tonks, estaba allí por una razón importante —no me imaginaba, sin embargo, cuánta incidencia iba a tener la Orden en mi vida aún —; sabía que no iba a perder el tiempo, que no iba sólo a arrasar con las cosas de mi entorno y hacer reír un poco a la gente con mis estupideces. Simplemente, no lo pude evitar. Logré captar lo global del tema: el Innombrable quería buscar un arma —no explicó qué tipo de "arma" —, para destruir a Harry Potter. Habló algo más que no recuerdo (tal vez de los demás Mortífagos), ¡simplemente no podía dejar de pensar en su voz! Me estaba matando de la angustia. Era desagradable.
Dumbledore, diez minutos más tardes de la perorata de Snape, continuó el tema delegando tareas.
Al adefesio de mi lado, Mundungus Fletcher, le ordenó que vigilara a Harry y que avisara a una tal Arabella Figg, que también estaría encargada de eso.
¿Vigilar a Harry? ¿Qué demonios? ¿Es que acaso ya no se puede tener vida privada?
El muchacho me dio pena. Estaba consciente de que aún no comprendía la complejidad del asunto —apenas era la primera reunión —, pero… ¿ser vigilado? ¿Cómo me sentiría si mi madre estuviera como lapa a mi espalda?
Snape debía seguir en sus labores normales, Kingsley se encargaría de despistar el rastro de Sirius, al que seguían buscando, y a la vez debía encargarse, junto con todos los trabajadores del ministerio, y conmigo, de captar más seguidores. Lupin debería inmiscuirse en los de su especie —parecía haber sido la única que no comprendió el chiste — para averiguar planes y convencerles también de cambiar de bando. Mientras tanto, yo tendría que seguir con mi trabajo hasta nuevo aviso, y si tenía tiempo, debía ayudar con la limpieza y habilitación del lugar, junto con todos los demás que no harían nada, como la Señora Weasley y sus hijos. Y, lo más importante de todo, era vigilar el arma, que estaba en el Departamento de Misterios. Un tal Sturgis Podmore, quien no estaba allí, había sido designado para ese trabajo en específico.
Limpiar no era mi fuerte, pero con la práctica podría mejorar. De todas maneras, prefería mil veces eso a haber tenido que hacer algún mandado junto a Snape.
No, no, aún no podía creer que ese zoquete estuviera allí. Tenía que ser mi imaginación. Lamentablemente, el hecho de estar a punto de orinarme, dictaba todo lo contrario, o sea, que era la cruda realidad.
Quise marcharme luego, desaparecer de allí, sin embargo el director me llamó a mí y a varios más después de que había finalizado la reunión.
Snape estaba ahí, por supuesto.
Sí, Snape seguía allí, y mi mente no podía dejar de gritarme que yo había tenido un romance con él. Mi corazón, otra vez, estaba tomando un ritmo desbocado.
—¿Qué tal, Nymphadora? —farfulló en un momento en que todos se distrajeron. ¿Me hablaba a mí? Bueno, claro que sí, nadie más tenía ese ridículo nombre en ese lugar — Veo que no has cambiado mucho. Tal como te recuerdo.
Lo único que atiné a hacer fue mirarlo con incredulidad y desconfianza. No pude contestar nada. Me habían comido la lengua los guarenes.
El primo de mi madre, Lupin, el idiota que estaba al lado del director, los Weasley, Kingsley y yo nos reubicamos en la mesa para oír con atención lo que nos tenían que decir.
Entre el director y el otro explicaron un asunto (el que no habían querido decirlo ante todo los miembros de la Orden) que trataba de una Profecía que incluía al Innombrable y al mismo Harry Potter. El Innombrable trataría de llegar hasta la Profecía. El problema no era la Profecía, según el anciano, sino que la extraña conexión que tenía el muchacho con el otro vejete, la cual podía manifestarse pronto de manera más intensa.
Creo que entendí, en total, la mitad de lo que explicó. Lo que sí comprendí bien, era que teníamos que ser cautelosos en el Ministerio, cuidar con quien tranzábamos y, por supuesto, estar dispuestos a cualquier tipo de trabajo que se nos designara.
Snape se fue primero que Dumbledore, apenas despidiéndose con la cabeza. No me miró al pasar, lo que me hizo sentir… ¿mal?
Dumbledore se fue al rato y marcó el final de mi estadía allí también.
—Eeh… me tengo que ir también —farfullé poniéndome de pie con mis extremidades inferiores tensas. Mis intestinos comenzaban a retorcerse en mi interior. Necesitaba mi baño con urgencias.
—Adiós, Tonks —se despidió Sirius —, saludos a mi prima —agregó con ironía.
—Por cierto, un elfo doméstico estaba en tu baño.
—¿Qué? ¿Kreacher? ¡Ahí estaba metido el muy desgraciado…! —y partió a buscarlo.
Con un gesto de la mano me despedí de los demás y salí a todo patín de allí, viendo de reojo como Sirius sacaba a rastras a la criatura.
La desaparición era rápida, sobre todo en lugares cercanos. Pero creo que con mi sistema excretor funcionando a mil, tardé la mitad. Aparecí frente a la ventana de mi cuarto, entré, salté hasta el baño, cerré la puerta, abrí la tapa del retrete y…
Fui libre.