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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 9
**IX.**Sorpresa número dos
Abrí la boca, estupefacta. No solamente "estupefacta", sino que eso y todos sus sinónimos —como anonadada, abrumada, atónita, y muchos más de los que no me acuerdo porque jamás me hicieron esa materia muggle llamada "Lenguaje" — era quedarse corto. Mi cara de perro castrado se merecía el premio mayor. No todos los días ves a un convicto que se supone que se ha escapado de Azkaban por una docena de muggles muertos y que, para peor, es primo de tu madre y se parece a tu madre. Era una imagen realmente aterradora, sumando la presencia desgreñada. Parecía recién salido de una lavadora de suciedad.
Miré de reojo a Kingsley y Arthur, quienes estaban amontonados a mi lado, observando atentamente mi reacción. Parecía ser la única ridícula a quien la habían pillado con la guardia baja. Estaban Emmeline y Hestia tras nosotros, pero no parecían tan atontadas como yo.
—Eh… —balbuceé sin saber qué hacer. Si nadie había salido corriendo ya, significaba que yo tenía que permanecer allí también, a menos que fuera una trampa y todos ellos quisieran aniquilarme, y no le veía una razón coherente a eso.
—No te culpo. Esperaba incluso una reacción peor. No porque yo jugara contigo cuando eras pequeña, en los tiempos que iba a visitar a mi prima, ibas a tener que correr abrazarme cuando me vieras.
Hubo silencio, y de esos incómodos en los que uno no puede ni liberar los gases.
—Eh… Estoy un poco confundida, pero nada grave —expresé con los dientes apretados —. Digo… Estás libre porque huíste. Me dices que no eres asesino, pero se supone que mataste gente…
Quise sentirme mareada para desmayarme y brindar más drama a la situación, pero mi cuerpo no respondía a nada.
—Es una larga historia y no tengo ganas de contarla otra vez… Últimamente he tenido que hacer muy bien mi papel de narrador. ¿Podrían explicarle ustedes? —Inquirió a Arthur y a Kingsley de una manera no muy entusiasta — Tengo que continuar con la tarea de dejar la cocina un poco más decente. Digo, dado que es lo único que puedo hacer —añadió con ironía señalándose —. Y, dado que he estado días limpiando, no voy a parar ahora…
—No hay problema. Ponemos al corriente a Tonks y luego vamos a ayudarte.
No sé qué tipo de ayuda de limpieza querían de mí, porque no era ninguna experta en ello y menos en esos instantes. Claro que, más tarde, me tranquilicé un poco.
—Bueno… ¿Qué se supone que me tienen que explicar? —inquirí con la voz desganada. No podía dejar de estar impresionada. De pronto todo lo que había sabido alguna vez, era una mentira, ¿no?
Me eché hacia atrás para apoyarme en la baranda de la escalera y… bueno, no faltaba: boté un paragüero con forma de pata de monstruo que estaba al lado.
El problema no fue el hecho de que lo derribé junto con el montón de paraguas, sino que el estrépito hizo que alguien se pusiera a chillar como un cerdo antes de ser sacrificado. Justo en ese momento, entraron los demás por la puerta de entrada, y los que ya habían llegado, se asomaron de una puerta de la cocina para presenciar el barullo.
Desconcertados, al principio, todos miramos hacia los lados, buscando la fuente de esos aullidos de banshee. Luego, comprendí que era una mujer diciendo todos los disparates habidos y por haber, retratada en un cuadro, decorado por sendas cortinas. Sus ojos, grandes y negros, refulgían de ira. Su boca roja se veía tan grande, que en cualquier momento se saldría del cuadro y nos tragaría a todos.
—¡Suciedad! ¡Inmundicia! ¡Traidores a la sangre pisando mí casa! ¡Todos ustedes, fuera de aquí! ¡Este lugar no les pertenece!
—¿Podría cerrar el hocico de una vez? —pregunté por encima de los gritos, sin saber qué hacer.
La mujer clavó sus ojos en mí. Pareció reconocerme, porque dijo.
—¡Tú! ¡Muchacha insolente! ¡Hija de un sangre sucia y de la traidora a la sangre de mi sobrina! ¡Vete de aquí, sucia, asquerosa bolsa de excremento!
Abrí la boca, ofendida. Me habían tratado de muchas formas, pero jamás me habían llamado "bolsa de excremento".
De súbito llegó Sirius otra vez y solicitó la ayuda de Kingsley para que le ayudara a cerrar las cortinas. Por fin reinó el silencio otra vez.
—Lo siento mucho —me disculpé algo avergonzada, recogiendo la pata de monstruo y colocándola en su lugar.
—No hay problema —contestó Sirius —. Tarde o temprano iba a pasar, y probablemente que suceda mil veces más de aquí en adelante. Pueden estar allí mientras —indicó una puerta que se veía desde la escalera, en el primer piso.
—Yo prepararé algo para que cenemos —ofreció Molly, gangosa y aún con los ojos llorosos. Parece que era como mi madre: hace cosas de casa les despejaba la mente.
Varios se fueron a la cocina a ayudar, pero yo, junto con mi amigo y el señor Weasley, nos instalamos en la sala de arriba que estaba bastante poco habitable. A mi madre le daría un ataque si la viera. Subí con parsimonia, cuidando de no pasar a llevar nada. Y, ya sentados en los polvorientos sillones, recibí la explicación.
Fue extraño oír la historia. De pronto me estaba encontrando con mi pasado de alguna manera. Y, sin dudar, estaba enfrentándome a un caso de injusticia tremendo, sin contar la traición que habían sufrido los Potter de parte de un amigo.
—Entonces, Potter no quedó huérfano por culpa de Sirius —concluí casi feliz —. Mi mamá se va a poner a saltar en una pata cuando lo sepa.
Kingsley y Arthur se miraron con lástima.
—¿Qué? —inquirí.
—Bueno… —vaciló mi amigo bañado en chocolate —. Es mejor que no digas nada. Es decir… No se lo digas a tu madre.
—¿Que no le diga que su primo es inocente? —inquirí desconcertada.
—En realidad, es mejor que no le comentes nada a tu madre.
—¿Por qué?
—Porque tu madre se va a oponer a que estés en la Orden del Fénix —contestó Kingsley con seriedad.
—¿Cómo sabes eso? —pregunté recelosa.
—Sirius nos lo dijo —replicó el señor Weasley.
—Es decir… no quieren que le diga a mi madre que Sirius es inocente, porque vadeducir que yo estoy metida en la Orden del Fenix… ¿y?
—Tu madre te va a obligar a salirte, Tonks —gruñó Kingsley como si estuviera tratando con una retrasada.
Lo señalé con un dedo amenazador.
—¿Disculpa? No me subestimes, negrito. Que mi madre intente obligarme.
—Vas a ser muy necesaria, Tonks —insistió mi amigo compungido.
Me sentí halagada.
—Pueden estarse tranquilos. No le diré nada a mi madre.
Es sólo una mentirita… Mentirita pequeña.
Finalmente, fuimos a la cocina a reunirnos con los demás (por un pelo no derribé la pata de monstruo otra vez) y, la verdad, es que me sentí feliz de estar allí. Pensaba decirle a mi madre —se me hacía difícil mantener secretos con ella, sobre todo cuando eran tan importantes o debían ser guardados por tanto tiempo —, pero, aunque ella no estuviera de acuerdo y me amenazara con tirar a la basura todas mis remeras de las Brujas de MacBeth, no iba a marcharme de allí. Yo, simplemente, me sentía hecha para el peligro, y ahora iba a ser mi oportunidad de enfrentarlo. Además, en reemplazo de no ver más a mi amiga Margaret, debía comenzar a distraerme con otras cosas.
—¿Quiere ayuda, señora Weasley? —ofrecí alegremente a la madre de los Weasley, quien preparaba una sopa con aroma exquisito.
—Claro, podrías ir colocando los cubiertos y vasos en la mesa mientras tanto. Mientras menos nos tardemos, antes comenzará la reunión.
Creo que Molly, al minuto después, lamentó de haberme dejado ayudarla. Casi le corté un dedo a Dedalus Diggle cuando solté un cuchillo en su lugar y, no sé cómo, se me enredó un tenedor en el pelo de Emmeline Vance. Por cierto, se me quebraron dos vasos. Y eso que, todo eso, lo había hecho con magia.
—No te preocupes, Dora —dijo Sirius con amabilidad —. Son sólo vasos de vidrio con el emblema de los Black incrustado. Nada de valor para mí.
Con tu vaso me compro una casa.
Tuve que desistir de entregar mi ayuda y me senté en la mesa al ladode Bill Weasley.
—¿Cómo está Charlie?—pregunté. En séptimo lo había conocido y, por mínimos segundos, habíamos tenido una extraña conexión. Nada de qué preocuparse.
—Trabajando con dragones, como siempre. Dudo que pueda presentarse durante esta semana, tiene mucho que…
—Buenas tardes —saludó una voz ronca interrumpiendo la explicación de Bill.
Todos nos giramos a la vez hacia la puerta de la cocina. Un hombre alto, delgado, con expresión demacrada, aunque joven y atractivo, entró con una amable sonrisa.
—Hola, Remus —saludaron varios. Algunos se pararon para estrechar su mano. Entre ellos, Dumbledore.
—Ella es una de las nuevas integrantes, Nymphadora Tonks —dijo el director señalándome con una arrugada mano. ¿Era necesario decir mi nombre? ¿Por qué la gente se empeña en ridiculizarme?
—Hola —dije con una sonrisa y me reincorporé para estrechar su mano. La silla se fue hacia atrás, pero Bill la logró atajar antes de que se diera contra el suelo.
—Remus Lupin —se presentó.
—Por favor, llámame Tonks —solicité con los dientes apretados.
—Huele exquisito, Molly. ¿Cenaremos antes de la reunión? —preguntó a Dumbledore, sentándose en el asiento libre que había frente mí.
—Sí. Falta gente, así que, mientras tanto, ganaremos tiempo.
Menos mal que íbamos a comer primero; las tripas comenzaban a rugir amenazadoramente en mi estómago. Claro que, después de comer, el cerebro se me embotaba un poco y me daba sueño, iba a tener que luchar con esa consecuencia.
De repente sentí los ojos de ese tal Lupin, en mí. Me giré hacia él, me miraba con expresión pensativa.
—¿Tengo algo en la cara? —pregunté, palpándome las mejillas.
—No, no —soltó una breve carcajada —, ¿por casualidad no fue contigo con la que choqué en San Mungo una vez? Fue hace varios meses atrás. Pero creo recordar que tenías el cabello rosado y no morado.
Pestañeé varias veces hasta que recordé. No fue muy bonito, claro. Margaret estaba en el hospital, por eso estaba allí esa vez.
—¡Tú eras el sujeto que se rió de mí cuando boté una silla! — contesté al final, sorprendida. No quise sonar acusadora.
—Lo siento, si te ofendió… —se colocó serio de súbito.
—Vaya, Remus, no pidas disculpas —contestó Sirius del otro lado de la mesa —. Mi prima desde pequeña que ha sido así —me guiñó un ojo —. Siempre recuerdo la vez en que botaste el jarrón preferido de mi madre… Fue cuando Drómeda te trajo, tenías meses, y mantenía la esperanza de que mi madre quisiera conocer a la nueva integrante de la familia —agregó con ironía —. Tal vez lo hubiese conseguido si tú no hubieses sacado tu malicioso dedo de la manta y hubieses empujado el jarrón.
Me largué a reír. Mi madre jamás me había contado eso. En conclusión: desde pequeña era todo un caso especial. Mejor dicho, desde enana había sido una idiota con mala suerte. ¿Acaso a mi madre le habían hecho una maldición cuando estaba embarazada de mí?Bueno, no me extrañaba para nada que hubiese sido mi querida tía Bellatrix que había hecho eso.
Por suerte dejamos de hablar de mí, porque Molly había comenzado a servir los platos, humeantes y deliciosos.
—¿Es verdad que eres Metamorfomaga? —inquirió Hestia Jones, quien estaba al lado de Lupin. Lo dijo con voz de tal curiosidad, que me sentí única en mi especie. Tenía que aprovechar de sacarme el maldito estigma "Tonks la destructora" o "Demonio de Tazmania" como me solían llamar mis abuelos paternos.
—Sí, mis padres creyeron al principio que le habían cambiado la hija en San Mungo. Sin querer había hecho crecer eh… —vacilé — otra cosa… entre mis piernas.
No pensé que tantos me estaban escuchando, así que di un respingo cuando oí risas a mí alrededor.
Comencé a sentirme parte de "algo", como de una tribu urbana.
—Es admirable, realmente me alegro que hayas decidido entrar al grupo —continuó Hestia —. Ahora es importante que gente con todas las habilidades se una a la Orden del Fénix.
Seguimos conversando del tema, hasta que Bill pidió que hiciera una demostración de mi don.
¡No recordaba haber sacado tantos aplausos desde mi graduación! Estaba emocionadísima. Demasiado feliz para que algo lograra arruinar ese sentimiento.
—¿Alguien quiere repetirse? —indagó Molly cuando acabamos de comer. Yo estuve a punto de levantar la mano, pero en el momento en que me percaté que nadie se había ofrecido, me quedé callada. No podía abusar, sino me quedaría dormida en medio de la reunión. Además sería vergonzoso ser la única cerda que quisiera comer otro plato.
Sin embargo, poco más tarde me di cuenta que, aunque comiera diez platos y estuviera muerta de cansancio y de sueño, no lograría dormir. Tal vez pasara la noche en vela.
—¿Dónde está el baño, Sirius?
—Al lado de la sala a la que subieron, a la izquierda, de pomo de plata, la de la derecha es un armario de limpieza.
Quería refrescarme —había bebido mucho zumo de calabaza también — y sacarme la cara de sopor. Subí sigilosamente y vi diez veces cada pomo de la puerta, antes de asegurarme cual era la correcta, no quería llenarme de arañas. Y entré. Sin embargo, supe que la suciedad entre un lugar y otro, no suponía demasiada diferencia.