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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 8
**VIII.**Sorpresa número uno
—Entonces… ¿de verdad este es el grupo que lidiaba, anteriormente, con los Mortífagos y todo eso? —inquirí cuando salí de mi ensueño momentáneo. La situación me parecía fascinante.
—Sí —afirmó Arthur con una fugaz sonrisa—. Estamos consiguiendo gente nueva para que lo conforme, ahora que el Innombrable se ha alzado nuevamente, debemos estar atentos y preparados. Debemos fortalecer el grupo.
La sonrisa estuvo borrándose un poco de mi cara. Me gustaba la idea de aliarme con un grupo de lucha contra el mal y todo ello, evidentemente era lo mío. No me gustaba lo del Innombrable. Eso había arruinado la vida de mis padres y la de muchas familias.
—Entonces… ¿es verdad?
—¿Si es verdad que ha regresado? ¿Qué te hace pensar que no es así? —hizo una pausa — Jamás debes tomarte en serio lo que diga Fudge, Tonks —me advirtió el pelirrojo con seriedad —, menos en cosas tan importantes como éstas. Si de algo estoy seguro, es que esto va en serio.
—Bueno, sí tienes que fingir que te importan las cosas que habla Fusge—añadió Kinglsey —, y escuchar con atención porque puede que tenga un significado oculto lo que diga.
—Sí… tienes razón —dándome cuenta de cómo funcionaba la mente del estúpido Ministro de Magia. Parecía tener el cerebro en el culo. Porque, ¿no era bastante obvio que quería ocultar la verdad tras esa máscara de amenaza y exigencia? Sí, era obvio. Era un cobarde.
Por eso… era verdad: el Innombrable de verdad estaba vivo, y yo…
Yo estaba siendo incluida en el grupo para pelear. Una antorcha comenzaba a prenderse en mi interior, embargándome de emoción. Era una razón de vida, después de todo. Me sentí extraña, importante… especial.
—Mientras tanto, nos pondremos al día con la información que hemos tenido últimamente. Lo más importante nos lo contará Dumbledore, que nos avisará de su llegada para hacer la primera junta oficial.
Ocupamos las sillas de la mesa y nos acomodamos como pudimos entre los sillones, alrededor de la destartalada mesa de centro que contenía una pobre planta, apenas sobreviviendo, y que yo derribé y terminé, probablemente, por matar. Así que, los cinco primeros minutos de conversación, fueron mis disculpas a Molly.
—Ya, querida, déjalo, si ya estaba muy seca. Pensaba plantar otra, de todas maneras —me dijo a son de disculpa, lanzando un suspiro después, lo que no me sonó tan certero. Pude identificar esa arruga en la frente, la misma de mi madre que se formaba cuando yo le destruía algún preciado objeto.
Terminada mi sarta de disculpas, comenzó la reunión. Partimos con las presentaciones y luego con lo que hacíamos y podíamos aportar. Arthur, Kingsley y yo nos ofrecimos a ser espías del Ministerio. Era el trabajo perfecto para los tres. Casi sufrí un orgasmo —supongo, porque fue una sensación rara que me dio en el cuerpo — cuando dije la palabra "espía". Sonaba tan… tan atractivo. La situación no era para jactarse, pero era inevitable excitarse. Por fin iba a tener trabajos de verdad.
Las estrategias que discutimos eran solamente superficiales, dado que era Dumbledore quien tenía que darnos las instrucciones reales. También supe que, los que estaban allí presentes, no eran todos los integrantes del grupo. Había más, en esos momentos incapacitados de ayudar porque cumplían otras tareas. Algo que era cierto, lo dijera el director o no, era que teníamos que ir consiguiendo aliados secretamente. Ir buscando a la gente que estaba convencida de que algo turbio se estaba generando. Y, esa, era una de las partes más difíciles, y confirmamos la dificultad cuando compartí la conversación oída de Umbridge y Fudge.
—No es algo que suponga novedad —comentó Dedalus Diggle —, es obvio que harán lo que puedan para tener a todos de su parte, tenerlos en la mano.
Ansié con todas mis fuerzas que Dumbledore llegara esa misma noche, pero era imposible que sucediera. Según lo que dijo Molly, la cena de fin de curso era esa noche y era difícil que se presentara apenas los chicos regresaran a sus casas a la mañana siguiente.
—Todos tenemos que estar pendientes, primero, de recoger a nuestros niños. Si tan sólo Harry pudiera venir con nosotros…
—Tranquila, cielo, es por seguridad, ya te lo dijo Dumbledore.
—¿Por qué no puede venir? —inquirí con curiosidad.
—No lo sé, Dumbledore no me lo especificó. No obstante, si es lo mejor para él…
La palabra quedó en el aire. Cada vez que escuchaba el nombre de "Harry", el corazón me latía con fuerza. Tenía ganas de conocerlo, era el ícono que había marcado parte de mi infancia y adolescencia, después de todo. Me sentía un poco estúpida, dado que era sólo un niño. Pero la devoción era innata. No era la única, claro. Todos se deleitaban de oír "Harry Potter" como si fuera un sabor de helado.
—Porque, la clave de todo esto, creo, es proteger a Harry Potter y lo que se pueda del mundo mágico —repuso Emmeline Vance con su voz suave.
Yo quería ser, definitivamente, partícipe de todo ello. Sin embargo, aparte de que me importara Potter y mis padres —ése era el "resto del mundo mágico" para mí —, algo me decía que tenía que estar allí, como un hilo de gravedad que tiraba de mí hacia la situación, hacia esa gente que me rodeaba. Una brisa me susurraba que era la decisión correcta.
Claro que… claro que a Drómeda no le iba a gustar mucho la idea del riesgo. Pero ya estaba acostumbrada a que no le gustara nada que yo hiciera. Por eso no le diría nada todavía, no hasta oír al director.
La reunión en sí no duró demasiado, dado que no había mucho de qué hablar, pero fuimos invitados a cenar. No sé cómo cupimos en la pequeña cocina, y eso que algunos se retiraron. Kingsley, con sus hombros gigantescos, era el que más ocupaba espacio.
A las ocho, mi amigo y yo tomamos nuestros respectivos caminos. Tuve la suerte de llegar casi a la misma hora de siempre, así que recibí las típicas interrogaciones acerca del trabajo. No tuve que esforzarme en mentir un poco.
—Y, no, Fudge no dijo nada sobre lo de anoche. Parece que fue un malentendido.
—Ah… bien, cualquier cosa debes mantenerme informada. Hoy en El Profeta no se ha publicado nada, lo que me parece raro, siempre publican todo…
Si, madre… no van a tardar en publicar cosas. Sólo debes esperar.
Al día siguiente continué normalmente con mi trabajo. Tuve la suerte de no ser interrogada por nadie acerca de mi súbita desaparición de la tarde anterior. Tampoco sucedió nada al otro día, salvo que me aburriera tanto en las clases de mi capacitación con esos franceses apestosos y de acento pegajoso, al extremo de quedarme dormida y babeando sobre el regazo de mí brazo.
El pasar la mayor parte del día alerta a recibir algún mensaje de algún Weasley —Arthur o Percy — o de mi propio amigo, provocaba un excesivo gasto de energías. Incluso, dado un momento, pensé que todo había sido una falsa alarma y que no se haría nada.
Para descansar pude haberme tomado uno de mis días libres —tengo cinco al mes y, si no los tomo, los pierdo —, pero estaba cien por ciento segura que, dentro del Ministerio, iba a estar mejor informada que en cualquier otro lugar. En conclusión: estaba convirtiéndome en una trabajólica producto de la curiosidad. En cualquier momento iba a morir de insomnio por tanto café. Bueno, no tomaba café, pero me iba a morir de todos modos, ya fuese porque en una mañana me levantara, me mirara en el espejo y me asustara de mí misma, o porque iba a acumular tanto sueño que mi organismo iba a optar por dormir para siempre.
Fue entonces, al tercer día cumplido, en la mañana, cuando aún el cielo estaba oscuro y las estrellas recién se estaban borrando, que recibí noticia de otra reunión, en casa de los Weasley otra vez. Todavía no partía al Ministerio, así que fue muy simple engañarlos a ellos y a mis padres: un aviso de que me tomaría el día libre a ellos, y un aviso a mis padres de que no me tomaría el día libre.
Me puse ansiosa, y me di cuenta de que realmente lo estaba porque el rosado de mi pelo cegaba más que nunca. Lo supe, no sólo cuando casi me quedé sin vista al mirarme por última vez en el espejo antes de salir, sino que por la mirada que me dio la lechuza de mi padre, Momo, cuando le solicité que llevara la carta. La pobre casi se cae de la percha.
Lamentaba no tener que usar mi hermoso automóvil, pero la Madriguera quedaba muy lejos como para utilizarlo, así que la aparición fue la solución. A fin de cuentas, no era tan incómoda si no era conjunta.
Las mismas personas que habían estado antes se encontraban allí y, efectivamente, el único que se sumaba era el director de Hogwarts en persona, ataviado en una elegante túnica azul petróleo con trazos color plata en él.
Me dio nostalgia verlo: de los cuatro años que habían transcurrido desde que había salido del colegio, habían quedado marcados en la cara del hombre. Los surcos en el rostro, esa sonrisa vacilante y los movimientos lentos indicaban que estaba viejo, más que viejo, añejo. Me dio terror saludarlo estrechándole la mano, daba la impresión que podía deshacerse en hueso y polvo. O tal vez eso era por el peso de la túnica.
—Tanto tiempo, Nymphadora Tonks —saludó con amabilidad. Formuló una amable sonrisa y estiró su delgada mano derecha.
Estaba completamente equivocada respecto a él: el apretón de mano fue firme y cálido. No estaba frío como muerto o tiritando como un viejo decrépito.
—Espero que esté bien, profesor —contesté feliz. De verdad me dio alegría verlo, me provocó buenos recuerdos.
—Saludable, no me quejo. Pero podría estar mejor, ¿no crees?
—Sí, bueno, con el Ministerio echándosele encima, es difícil estar realmente bien.
—Ése es solo el extremo de la escoba, Tonks. Es apenas un pequeño problema —expresó con gravedad. Sus ojos cristalinos y simpáticos parecieron ensombrecerse —. Lo peor se presentará cuando la gente brinde a ciegas apoyo a Fudge. Pero no debemos perder las esperanzas —añadió al ver mi cara de horror —, queda mucho por hacer, así que tenemos que ponernos manos a la obra.
Dio un aplauso y todos nos ordenamos como en un ejército.
¡Crash!
—Ay, no… —miré un jarrón de greda que había estado encima del librero — Los siento, Molly. ¡Reparo!
Molly pareció no molestarse, apenas me hizo un gesto con la mano como para decirme que no me preocupara. Tenía los ojos llorosos. Más tarde supe que fue porque habían peleado con Percy la noche anterior. Habíamos perdido a uno. El muy idiota estaba del bando del Ministro. ¿No que era el más inteligente de la familia?
—Es mejor que nos sentemos —dijo Dumbledore —, hay que ponernos cómodos mientras aguardamos a que… —no terminó la palabra. Juré haber percibido su mirada sobre mí por unos segundos.
Me ubiqué en el sillón largo entre Sturgis Podmore y Hestia Jones, con las manos entre mis rodillas, la espalda derecha y tiesa como roca para no botar nada.
—Bien, hasta ahora somos diecisiete los que conformamos la Orden del Fénix —comenzó Albus con optimismo —, y apenas llevamos tres días desde lo que ocurrió —se volvió hacia los señores Weasley —. Tengo entendido que ustedes están intentando de contactar a Charlie.
—Sí, lo de los dragones le tiene muy atareado.
—¿Y sobre Percy?
—Bueno… digamos que tuvimos un problema con él, Dumbledore, así que… —Arthur se interrumpió. Alguien bajaba por la escalera.
—¿Qué…? ¡Vaya!
Lo reconocí como el menor de los varones Weasley. Bajaba tallándose los ojos. Seguro que el pobre se debió de haber despertado con las voces.
—Sube a tu cuarto, Ron —indicó Bill con una amable sonrisa.
—¿Por qué? —cuestionó con un tono que me recordó a mi cuando mi madre no quería contestarme las preguntas.
—¡Sube a tu cuarto, jovenci…! —comenzó Molly aproximándose a él para empujarlo.
Pero nuevamente se interrumpieron. Un perro brillante y enorme, que era un calco de un Grim, atravesó la pared. Era un patronus.
—Está listo —habló con una voz ronca, la cual yo no conocía, o creía no hacerlo.
¿Qué estaba listo? No me atreví a preguntar nada.
Una vez más la mirada de Dumbledore se dirigió rápidamente hacia mí.
—¡Perfecto! Justo a tiempo. Podrá volver a dormir en paz, señor Weasley —dijo a Ron, quien seguía parado al pie de la escalera con los ojos entrecerrados por el sueño y aguardando por respuesta.
—¿Por qué? —inquirió otra vez.
Ésta vez fue Arthur quien se acercó a él y le susurró unas palabras, mientras la mirada de Dumbledore se clavaba estáticamente en mí.
—Te pido, Tonks, que por favor no saques ningún tipo de conclusión apresurada respecto a todo, y sobre todo de las personas que veas de aquí en adelante. Y lo mismo para todos —agregó.
Me encogí de hombros, sin saber qué contestar. ¿Por qué tenía que sacar conclusiones apresuradas? Sabía que iba a recibir las explicaciones correspondientes ese mismo día.
—Ahora, salgamos —indicó.
Todos dejamos la torcida casa de los Weasley y nos amontonamos alrededor de Dumbledore, atentos a las instrucciones que pensaba dar.
Explicó que la Orden del Fénix ya tenía un cuartel general y que éste día nos dedicaríamos a la presentación global del problema y las presentaciones del resto del grupo. Dijo que el lugar no estaba listo, pero el espacio sería suficiente para mantener una conversación cómoda. Por último, nos reveló que el día anterior había puesto el encantamiento Fidelio a la casa, por lo tanto era él el guardián del secreto. Nos hizo rememorar la dirección (que me trajo algún recuerdo difuso) — Grimmauld Place, número doce — y nos indicó que desapareciéramos de grupos de tres en la plaza que estaba en frente y que abriéramos la puerta por nuestros propios medios, sin golpear.
Desaparecí junto con Kingsley y Emmeline Vance. La plaza en la que nos materializamos ya la había visto antes: quedaba cerca de King's Cross y me llevaba a la mente un lejano recuerdo de pequeña, muy lejano, por lo tanto no lo pude distinguir. Supe que, en algún momento de mi vida, había estado allí.
El lugar estaba destartalado, sucio, al igual que las casas silenciosas en esa mañana de verano. El sol ya alumbraba, pero el frescor se hacía presente todavía. Los que habían llegado antes que nosotros, ya no estaban en la calle.
Nos dirigimos a las casas de enfrente que parecían contener el número que buscábamos, y de pronto…
Entre los números once y trece —dos casas de fachada oscura y tenebrosa — apareció una tercera pared que se ensanchó apenas recordé la dirección.
La puerta estaba desgastada y el pomo, con forma de serpiente enroscada. Retrocedí un paso cuando la vi y volví a repasar con la vista el lugar. El barrio era horroroso, como si viviera sólo gente muerta o vieja allí.
Kingsley me miró y asintió. Se había dado cuenta que el dibujo de la serpiente no me había gustado nada, pero acepté entrar cuando el señor Weasley abrió la puerta. Subí los escalones e ingresé de las primeras.
Había una antorcha encendida en un vestíbulo lleno de cajas, polvo y telarañas. Una escalera adornaba el costado derecho, donde le acompañaban a lo largo del recorrido, cabezas reducidas de elfos domésticos. Me estremecí. Había cosas más asquerosas que cabezas reducidas peludas y arrugadas, pero no era agradable pensar en la decapitación. Lo peor, era que el lugar se me hacía familiar.
—Sí —susurró de pronto una voz. Creí que había sido alguien a mis espaldas, pero en realidad era de la persona que se encontraba a unos pasos delante de mí.
La puerta se cerró.
—Sí—reiteró con una amarga sonrisa —, eres bastante parecida a mi prima, como me dijo Kingsley. Pero también tienes el aire de Ted; todavía me acuerdo de él.
Fruncí el ceño. La persona pasaba fácilmente como mi madre de pelo negro y barba.
—Oh, Dios —susurré.
—No te alarmes. No soy asesino —añadió con despreocupación.
Sirius Black estaba delante de mí.
No supe si debía salir corriendo u orinarme allí mismo.