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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 11

**XI.**Puntos de vista

Jamás he sido mucho de mirar mujeres, ni siquiera intentando verle algún sentido de amistad al sexo femenino. Sirius, mi amigo, siempre se había encargado de ello; desde luego que él era el don Juan. Era atractivo, pero más que eso, era su carácter el que conquistaba marejadas de mujeres.

Yo no tenía carácter, ni si quiera lo tuve cuando me escogieron prefecto. No me gustaba pelear, no me gustaba estar enojado. No me gustaba lo que Sirius habría podido describir como "emocionante". Tal vez me importaba mucho sentirme mal por pelear o por hacer algo indebido. Al menos, siempre había sucedido así cuando era joven e iba en Hogwarts: cada cosa mala que hacía, y que estaban contadas con los dedos, me provocaba un terrible arrepentimiento.

La mayoría de la gente me veía serio, triste. Claramente era por mi padecimiento; no era un caso insoslayable mi condición de hombre lobo. Pero a veces, de verdad tenía sentido del humor, aunque fueran mínimas las veces en que hacía reír a la gente, o ellos me hacían reír a mí. No me consideraba una mala persona, pero le faltaba sazón a mi personalidad.

Saber que iba a volver a la Orden del Fénix, me hizo sentir, de alguna manera, vivo, útil. De alguna forma, dejaría de ser "anormal". Mi vida valdría la pena, después de todo. Después de tantos años de haber sido un Don Nadie. Me habría gustado ser un amigo más dedicado, tal vez.

A pesar que estaba contento de volver a reunirme con mi amigo Sirius y muchos otros a los que había conocido antes, no pensé que fuera a reír con tanta prontitud.

Fue cuando la conocí a ella, esa noche en Grimmauld Place, a la hora de la cena. Dumbledore me la presentó como Nymphadora Tonks. Yo sé que había oído su nombre alguna vez, desde luego, era la prima en segundo grado de Sirius, pero eso había sido hace años y jamás la había conocido, o eso creí en el primer instante.

—Por favor, llámame Tonks —solicitó con algo de disgusto.

Era una joven de cabello morado brillante, natural. No parecía haber sido teñido. Se veía frágil físicamente, pero sus ojos oscuros representaban lo contrario. Era fuerte. Algo que se me daba bien, era analizar a las personas.

Me senté en la mesa, a esperar el plato de sopa.

Cuando puse atención a sus facciones, se me hizo conocida: la había visto alguna vez. ¿Dónde había sido? Antes de darme la mano, se le había ido la silla hacia atrás. Esa torpeza la había conocido yo antes…

Se giró hacia a mí, con recelo.

—¿Tengo algo en la cara? —preguntó inocentemente, palpándose las pálidas mejillas.

—No, no —solté una breve carcajada —, ¿por casualidad no fue contigo con la que choqué en San Mungo una vez? Fue hace varios meses atrás. Pero creo recordar que tenías el cabello rosado y no morado.

Claro, allí había sido, habíamos chocado de lleno. Luego la volví a ver derribando una silla.

Pestañeó varias veces hasta que sonrió.

—¡Tú eras el sujeto que se rió de mí cuando boté una silla! — contestó con sorpresa. Temí que estuviera fingiendo.

—Lo siento, si te ofendió… —me coloqué serio. No quería que pensara que la estaba insultando o algo por el estilo.

Fue un momento extraño, liviano. Una joven me había hecho reír. Tal vez fuera, de alguna manera absurdo mi pensamiento, pero para mí era importante. Reír, en mi caso, no era cualquier cosa.

Algo ocurrió en mí. No supe qué era, pero de vez en cuando le dirigía miradas fugaces, incontrolables. Automáticamente mis ojos viajaban hacia ella, observándola de soslayo por fracciones de segundo.

No me preocupé: hace tiempo que alguien no me llamaba la atención de esa manera. Me dio buena espina: al parecer la Orden del Fénix había ganado una aliada inteligente y alegre. Algo torpe tal vez, pero había que destacar la gran ventaja: era metamorfomaga. Por eso el cambio de color de pelo.

Me pregunté sin embargo, si sus facciones eran realmente de ella. Mi mente dictaba que era su rostro natural, se notaba demasiado sencilla con esa ropa remendada para querer ser bella. No era fea, por supuesto, pero cualquiera con un poder así habría sacado provecho de la situación, incluso, yo…

Me logré sorprender de mí mismo: más tarde, después de la cena, su expresión de tranquilidad y comodidad había desaparecido. Se notaba enfermiza y preocupada. Al parecer se había enfermado del estómago, por eso había pasado tanto tiempo en el baño.

No me atreví a preguntarle qué le ocurría, parecía ser incapaz de responder algo.

No le di más vueltas al asunto, me enfoqué en la reunión y luego me marché a mi casa —la vieja casa que me habían heredado mis padres—, pensando en que se aproximaba luna llena. Suerte que Dumbledore seguía enviándome poción, hecha por Snape. Me calmaba, me hacía indefenso, pero, aún así, colocaba todo tipo de protección a la casa para no cometer ningún acto que pudiera lamentar.

Lejos quedaban los tiempos en que estaba rodeado por tres amigos, que me acompañaban en esas noches eternas.

Rara vez recordaba los sueños, y si es que lo hacía, rememoraba los más extraños. Esa noche, no fue la excepción. Es decir, el sueño era extraño. A mitad de noche desperté de un sueño raro, en el que yo estaba cenando con una persona, en una mesa redonda, a la luz de una vela.

Quien me acompañaba en mi sueño, era Nymphadora Tonks. Luego me dormí, y no recordé que había soñado con ella, apenas el primer día de conocerla.

Nunca la he considerado como un insulto en mi vida, una mala jugada. De hecho, jamás la logré contemplar como algo que perteneció realmente a mí, a mi vida. El haber estado con ella alguna vez, significó haber permanecido en un limbo entre lo real y lo absurdo.

Lo único que para mí era real, era Lily Evans, quien siempre inundaba mis sueños y pesadillas, recordándome quién realmente era yo, qué estaba haciendo allí.

En cambio con ella, con Nymphadora Tonks, jamás había tenido un sueño, no uno al menos que yo recordara.

¿Había sido feliz con ella en algún momento? Sí, claro que sí, pero prefería imaginar, creer que sólo había significado algo mundano, sin demasiada importancia. Si no lo pensaba así, entonces, hacía daño.

Luego de que ella hubo terminado sus estudios, jamás supe de ella y no me empeñé en encontrármela. Yo le había herido y, sinceramente, lo que menos quería, era cavar aún más en el hoyo que me encontraba. No solamente por no querer que ella sufriera más mis malas jugadas, sino porque yo no quería querer tener que pagar más delitos. Ya tenía suficiente.

Dejarla en paz había sido lo mejor, tanto para ella como para mí.

Y así pasaron los años. Tenía demasiadas cosas en la cabeza con Potter y otras situaciones como para recordarla. Ni siquiera había leído su nombre en alguna parte: había sido demasiado torpe como para recibir algún premio. No había registro de ella en Hogwarts en premios o algo por el estilo. Nada indicaba que nos hubiésemos conocido.

Sin embargo, un día, la profesora McGonagall mencionó algo referente a ella. "¿Sabías que Nymphadora Tonks se ha graduado de Auror?" había inquirido a Pomona Sprout, quien pareció fascinada por ello. Desde luego, había sido su alumna.

No pensé por ello que me la fuera a encontrar. Pero las vueltas de la vida eran extrañas. Y volví a verla, aquél día, en la casa de ese perro pulgoso.

Yo acababa de entrar al vestíbulo de esa horrorosa casa cuando, de lo que parecía ser un baño, salió ella.

Por un segundo tardé en reconocerla: su cara la recordaba difusa. Luego, me di cuenta que era ella, exactamente igual, sólo que con el pelo cambiado. Sus ojos, nariz y boca eran tal como yo les había conocido alguna vez. Esa mirada profunda, inocente y pícara a la vez. Su boca pálida…

No pude analizar más, porque se había vuelto a esconder en el baño.

Tuve un efecto tardío: había quedado desconcertado y, luego, el pulso se me comenzó a acelerar. Era ella, Tonks, con muchacha diez o más años tanto más joven que yo. Con quien me había besado, a quien había deseado.

Me produjo desasosiego. No entendía por qué tenía que ponerme nervioso. Se suponía que ella había sido un mero trámite en mi vida…

Evidentemente, no había funcionado así. La recordaba, los momentos que habíamos pasado juntos eran vívidos recuerdos que cruzaban mi mente.

Pude recordar, incluso, el sabor y la textura de sus labios inmaduros. El roce de su piel…

No me dejé llevar. Iba allí a hablar de cosas más importantes. Potter era el motivo, lo que me llevaba, otra vez, a Lily. Siempre Lily.

Fue desagradable estar allí, esos personajes recordaban mi pasado con fuerza. No obstante, el ver a Tonks, me hacía aterrizar en otro lado, más liviano, menos incómodo.

Estaba nerviosa, no me miró, ni siquiera cuando hablé. Su piel estaba cetrina, y estaba seguro que era por mi culpa. No era que me preocupara…

Le hablé, decidí hacerlo. Quería ver si su voz revivía en mi mente como su propia imagen. Quería que no me viera como alguien débil, debía ser yo quien diera el primer paso. No sé por qué, quise demostrar que "no me importaba" el pasado.

—¿Qué tal, Nymphadora? —farfullé cuando todos se distrajeron — Veo que no has cambiado mucho. Tal como te recuerdo.

No me contestó. Apenas me miró como si yo fuera un bicho raro. ¿Acaso debía mirarme de otra manera?

Debía tener innumerables razones para hacerlo.

Eran casi las diez cuando me retiré del lugar y me puse a pensar. Quería lamentar el hecho de que tuviera que volver varias veces a la semana a dar informes, pero de pronto de cruzaba Tonks por mi mente y no me hacía sentir tan mal.

No debía pensar en ella, no tenía por qué. Intenté distraerme con un libro cuando ya estaba en mi casa, un libro cualquiera. Justo caí en la página de "cómo hacer un filtro amoroso sin efectos secundarios".

Me fuiacostar, a dormir. Me esperaba, sin duda, una semana agotadora. Debía volver con los Mortífagos y con el Señor de las Tinieblas; ese era mi trabajo. Mas no me preocupaba. Sencillamente no podía quitármela de la cabeza.

No pude dormir. Estuve toda la noche pensando en Nymphadora Tonks. En la chiquilla que, hace años atrás, había logrado captar parte de mi corazón. El problema estaba en que podría hacerlo de nuevo.

No recordaba haberme sentido tan acalorado.