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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 12
**XII.**Pelea
—¿Dora?
Oí que mi madre golpeaba la puerta de mi habitación, desconcentrándome de mi trabajo.
—¡Mamá! ¡Estoy liberando un enorme dragón al retrete, si no te importa!
—¿Llegaste recién?
—¡Mamáaa! —le espeté exasperada.
Por fin me dejó en mis tribulaciones. Ese era un momento sagrado, y no solamente por el hecho natural de ser sagrado, sino también porque la situación que me había causado ese terremoto en mis intestinos, era importante.
No, tal vez "importante" no fuera la palabra correcta. Era TRASCENDALMENTE malo. Eso, y todos sus sinónimos, y los antónimos de los antónimos de los sinónimos.
—¿Estuvo allí? No puedo creerlo. No me importa, se supone que no debería importarme, no debí haberme puesto nerviosa por ese idiota estúpido —pensé retorciéndome las manos —. Maldito peligrasiento y narigón idiota… Ex Mortífago encubierto…
Bufé con fuerza, intentando expulsar ese pensamiento.
Luego de acabar y lavar mis manos, salí a mi pieza, y comencé a pasearme por ella con las manos en la espalda, cada dos pasos dándome la vuelta. No tenía más espacio para caminar.
—¿Debería inquietarme? No. Si no me inquietara, estaría tranquila, no estaría paseándome como un mono con comezón en el trasero. No debería estar así. Pero lo hago. —Farfullé para mí misma, pasándome una mano por el cabello.
De pronto di con mi reflejo en el espejo: mi pelo se había vuelto rosa chicle, y no a propósito. ¿Acaso él tenía influencia en eso? Se suponía que yo tenía manejo de mi habilidad; ningún agente externo debía afectarme. Eso fue un golpe muy duro.
Me tiré a la cama y comencé a decirle disparates a mi cojín, boca abajo, baboseándolo tanto abrir la boca. Al ritmo de las palabras, golpeé el colchón. Parecía una loca de pabellón de psiquiatría cuando les iban a hacer electroshock. Al menos, mi abuela paterna, me dijo que así se comportaban los locos hace años, cuando a ella la habían encerrado (un mero error, más loca que yo no estaba).
—¿Dora?
No había escuchado la puerta abrirse. Me giré y vi a mi madre mirándome con ojos grandes desde el umbral. Tenía el trapo de cocina en una mano y la varita en otra.
—¿Qué estás haciendo? ¿Tuviste un mal día?
Me enderecé con rapidez y me pasé una mano por los ojos para sacarme las mechas de pelo que les tapaban.
—No, claro que no, sólo estoy muy feliz —dije con una sonrisa de oreja a oreja.
Mi madre se puso las manos en la boca, soltando el trapo y la varita, dando un pequeño grito de felicidad.
—¡Te ascendieron! —dijo luego, haciendo un movimiento estúpido sacudiendo las manos.
Ojalá, mamá.
—Eh… —la miré con una mueca — No mamá. El muchacho que me gusta hoy me habló —confesé… lo que era, obviamente, una mentira.
Drómeda me miró aturdida, sacudió la cabeza y, luego de soltar un "ah", recogió sus cosas y se fue.
—Bien, Tonks —me felicité, rodando los ojos.
Primero que todo, si no deseaba decepcionar a mi madre, tendría que dejar de hacer esas idioteces como gritarle a una almohada y patalear como una chiquilla de tres años.
Segundo, ¿por qué tenía que preocuparme? ¡Era sólo Severus Snape! Nada más que eso…
Nada más que eso.
Pasé una de las peores noches de mi vida. Toda la noche me revolví entre las sábanas, tratando de convencerme que no debía afectarme. Pero, mientras más lo pensaba, más sacaba a la luz nuevos recuerdos. ¡No podía no pensar! Porque, si pensaba en no pensar, estaba pensando de todas maneras. Y, si pensaba en no pensar en lo que no deseaba pensar, seguía pensando, de alguna u otra manera, en eso. En conclusión, era inevitable.
Rememoré la parte en que yo posaba mi mano sobre la suya por primera vez cuando, bobamente, le pedí que me llamara "Tonks" y no "Nymphadora". Deseé hacerlo otra vez.
No, no, eso estaba mal.
—Margaret… te necesito tanto… ¿Qué me dirías si estuvieras aquí?
"Olvídate de él, Tonks. Ya sufriste una vez, y la historia va a volver a repetirse".
—Pareciera que sigues conmigo… Maldita seas, San Marge, dame consejos más útiles para la próxima vez.
Me puse la almohada en la cabeza y traté de ahogarme. No quería suicidarme, pero sí perder la consciencia para dormirme. Antes de conseguirlo, por supuesto, me desesperé y no lo logré. Así que hice aparecer un vaso de leche, con el que traté de engañar a mi organismo, haciendo como que me emborrachaba.
No recuerdo en qué momento de la noche me dormí, pero logré hacerlo, pensando que amanecería con ojeras aterradoras. Por suerte, ocurrió todo lo contrario.
Desperté acelerada y con la cama temblando. Creí que el piso se movía, pero tardé en darme cuenta que era mi propio corazón el que latía con fuerza en mi pecho, dándome la sensación de temblor. Jamás me había sucedido. Me asusté y me levanté con brusquedad, lo que me hizo peor.
Aguardé a que me doliera el pecho o algo parecido, para saber si estaba sufriendo un infarto, pero descubrí que había despertado así, porque la última imagen del sueño que había tenido, había sido una imagen de mí besándome con Snape.
Me levanté enojada y me metí al baño para ducharme. Tiré la cortina tan fuerte, que la saqué del fierro, cosa que no me importó. Para algo tenía la varita. La ira, claro, no me ayudó demasiado.
Tras acabar, engullí el desayuno y partí al trabajo vía desaparición, sintiéndome no capaz de manejar siquiera.
—Hola, Tonks —me saludó una voz indeseable cuando llegué a la calle principal para la aparición de los funcionarios del Ministerio.
Eric Munch era una maldita garrapata convertida en mago.
Me giré hacia él y lo apunté con un dedo.
— Mira, Eric, estoy apurada y muy, muy molesta. Si no quieres que te haga una potentísima maldición, de verdad, no-te-me-acerques. Adiós.
Me observó desconcertado. No le hice caso, me volteé, y me habría encantado convertirme en caballo en ese momento para darle una patada en la cara.
— Mi mal humor no me puede ganar. No…
Entré al Atrio con paso rápido y choqué de lleno con alguien.
— ¡Hey! Ten cui... ¡Kingsley! No te reconocí.
—Me crucé a propósito. No me viste, ibas murmurando cosas. ¿Te sucede algo? —me echó una mirada escrutadora.
—No, no… nada —no tenía sentido explicarle—, ¿hoy habrá reunión?
—No lo creo. Además, tenemos que intentar no levantar sospechas. De todas maneras, debemos aprovechar el tiempo en, ya sabes… convencer a la gente. Si puedes, con los de tu departamento… —bajó la voz, poniéndola más ronca, cuando pasó el Auror Dawlish —. En fin, nos vemos. Debo hacer algo antes.
Me dio una palmada en el hombro y tomó otro rumbo.
Me fui en el ascensor con Dawlish.
—¿Cómo lo llevas? —me preguntó mientras la máquina traqueteaba.
—Eh… bien —contesté, algo incómoda.
—Qué bueno.
"Cara de Culo de León" estaba esperando al medio del pasillo. Estaba rodeado por otros de mis compañeros. Por lo visto, hoy había que salir a terreno.
—Ah, Tonks, contigo completamos el primer grupo —me dijo haciéndome una seña. — Vas con Marwick y Daniels —me señaló a Roger "Cara de Cerdo" y Marie la "Flaca" —. Un grupo de jóvenes revolucionarios han puesto una serie de ratas explosivas al sur de Devon, en Plymouth. La gente ha tenido que retirarse del lugar y no pueden acercarse porque temen a que estallen —se giró hacia el otro grupo —. Y ustedes…
Sacar las ratas explosivas fue de lo peor. Tuvimos que matar a cada una, antes de extraer lo que tenían en el estómago —el "explosivo" —y esa fue la peor parte.
—¿No creen que esto debería estar haciéndolo el Departamento de Regulación de Criaturas? —cuestionó Daniels mientras hacía volar las ratas muertas hasta la gruesa bolsa de basura que estaba al otro extremo de la habitación en la que nos encontrábamos. Eran diez casas infestadas con explosivos desconocidos, y llevábamos apenas tres. Había de cinco a ocho ratas en cada casa. Era asqueroso.
—Bueno…—titubeé —Es obvio, ¿no? —Me miraron con extrañeza — Quiero decir que… —dejé la palabra en el aire. No quería meter las patas —. ¿Qué piensan ustedes del asunto de Dumbledore y Harry Potter?
—Pienso que Dumbledore es un loco —sinceró Roger Marwick, encogiéndose de hombros.
—Yo creo que, Potter, es un niño mimado que quiere alcanzar algo más de atención, porque no le sobra la mucha que ya tiene —agregó la Flaca con pesadumbre.
—¿Crees que un niño que no tiene padres puede ser mimado? —inquirí con los dientes apretados. Evidentemente, no podría hacer mi sugerencia de "únanse a la Orden".
—Con toda la gente admiradora que tiene, por supuesto que sí.
No dije nada más. No iba a convencer a mis compañeros de trabajo, así que no diría nada acerca del Ministerio. Porque, era obvio que deseaban que los Aurors se mantuvieran ocupados con cosas banales. No les convenía que estuvieran a cargo de operaciones especiales. No querían levantar sospechas de nada.
El problema fue que, esa mañana, El Profeta hizo sospechar a mi madre. Apostaba que fue a una de las pocas personas que causó el movimiento clave de las neuronas para conectar ideas.
Y se desató el caos en mi casa.
—¿Cómo te fue, Dora? —me preguntó con frialdad cuando llegué a la casa.
Fui educada y aparecí en el jardín, para entrar por la puerta y no por la ventana de mi cuarto. Estaba tan cansada, que deseaba que mi madre me atendiera de lo mejor, venerando mis buenos modales, y me premiara con una rica cena.
Drómeda estaba poniendo la mesa. En el baño se oía la ducha; mi papá se estaba bañando.
Noté ese detalle en su voz y se me erizaron los pelos de la nuca.
—Bien, horrible día, pero promete un pequeño aumento de sueldo a final de mes —contesté alegremente.
—Mm… Nymphadora —signo de alarma — ¿me puedes explicar de qué trata esto?
Tomó el periódico que estaba encima de la mesa y me lo entregó. Miré la portada. Los Chudley Cannons estaban formados, saludando a la cámara.
—Eh… bueno —comencé a leer —. Dice que los Chudley Cannons celebran su tercer año que llevan primeros en la liga…
—Página cincuenta y tres, querida —me dijo antes de retirarse a la cocina, blandiendo la varita de un lado a otro.
Arqueé las cejas, preguntándome qué demonios le sucedía a la señora esa. Bufé mientras apuntaba el periódico con la varita para encontrar la página más rápido.
La hoja tenía varias columnas, y a simple vista nada me interesó, hasta que vi una diminuta fotografía de Dumbledore, mirando a la cámara con seriedad y luego volteando, y una de Harry Potter huyendo de la fotografía. Me incliné para leer. El título rezaba "La confabulación Dumbledore - Potter". Los ojos se me salieron cuando leí eso.
Esto no puede ser bueno, pensé. Y leí el artículo, que básicamente trataba un Harry enloquecido y un Dumbledore codicioso maniático.
"Fuentes han dicho que, desde que Potter entró a Hogwarts, no ha hecho más que alardear de su fama, además de presentar serios problemas, como desmayos en clases, conversaciones consigo mismo y un cierto grado de paranoia y esquizofrenia. ¿No son esas buenas razones para no creerle al muchacho?" "Se comenta que todo es un plan manejado por Dumbledore para sembrar terror y poder tomarse el poder del Ministerio de Magia…"
Mi madre llegó de pronto, asustándome con un brusco "¿Leíste?"
—Sí…
—¿Y bien? ¿Qué es lo que ocurre? ¿O me dirás que no es nada? Digo, tú debes saberlo, trabajas en el Ministerio y eres Auror. No eres cualquier cosa —luego, insistió con los labios apretados —. Trabajas en el Ministerio.
—Sé que trabajo en el Ministerio, mamá, no soy una idiota… O sea, sí lo soy, pero no como para no darme cuenta dónde pongo los pies cada maña…
—¡Nymphadora! ¡Contéstame! —estalló cerrando los ojos y crispando las manos como si estuviera deseando ahorcarme.
Esa fue una actitud muy Black. Y me dio un poco de miedo. Bueno, ¿quién no le tendría miedo a mi madre en esa parada?
—¡Está bien! —respondí, rendida. La verdad estaba por llegar a mis labios —. El otro día, cuando me enviaron la carta del Ministerio, fue para que me reuniera con todo el personal, porque el ridículo de Fudge iba a dar un ridículo discurso acerca de… de esto mismo —indiqué el periódico. Mi madre abrió los ojos como platos.
—¿Es verdad, entonces?
—¡No, no! Resulta que todo es mentira —dije emocionada —, eh… —vacilé y no pude seguir.
—¿Qué?
—No sé si deba…
—¿El Innombrable ha vuelto? —preguntó con parsimonia, pasándose las manos por el vestido para estirar arrugas inexistentes.
—No… Bueno… Sí.
Drómeda se tapó la boca y se dejó caer en la silla.
—Mamá, pero todo va a estar mejor —sonreí, pero no me atreví a acercarme mucho —. Dumbledore ha hablado conmigo, con Kingsley, con el Señor Weasley… supongo que lo conoces.
Me miró desconcertada.
—Estoy en la Orden del Fénix, mamá, y vamos a luchar…
—¿La Orden del Fénix?
—Sí, es un grupo de gente que…
—¡Sé lo que es, Dora! ¡Cuando tenía tu edad también existía la Orden del Fénix!
No me habló suave como podría haberlo hecho. Eso fue un grito. Retrocedí un paso y choqué con el respaldo del sillón.
—Mamá, entonces no debes preocuparte. Gente muy buena está allí, y me eligieron a mí también —sonreí con esfuerzo—. Me siento bien con ellos, y todo está muy bien organizado, Dumbledore es un excelente líder…
Hizo un gesto con la mano para que dejara de hablar.
—¿Qué sucede? —pregunté aturdida. Drómeda se puso de pie y se paró en frente de mí.
—Quiero que te salgas de la Orden del Fénix, mañana mismo.
—¡¿Por qué?! —pregunté casi gritando. La verdad, es que yo no solía gritar. Canalizaba todas mis energías por mi inquietud propia. No necesitaba expresarme con la voz.
—¡Porque es peligroso! No voy a permitir que arriesgues tu vida en una banda de magos mediocres…
—¡No son mediocres! —dije, y no sé por qué tuve que pensar en Snape. Por último, Dumbledore, ¡pero no Snape!
—… siendo mi única hija. Tú seguirás trabajando con normalidad. Además, precisamente eso, ¿si pierdes tu trabajo?
—Hay miles de trabajos mamá y francamente, lo único que me falta, es andar destapando retretes por algún loco caso de desechos humanos asesinos o algo así…
—No es gracioso, Nymphadora —me espetó, frunciendo de tal modo sus cejas, que casi ya no le veía ni los ojos —. Te disculparás y de saldrás de la Orden. No vas a poner en peligro tu vida…
—¿Y quién dice que voy a correr riesgo?
—¡No me trates de estúpida, que soy tu madre!
—¡No te he tratado de estúpida! Simplemente, estoy diciendo que en ningún momento me han obligado a dar mi vida para…
—¡En algún momento tendrás que hacerlo, seguro! ¡Esto es serio, Dora! Si es cierto que el Innombrable ha vuelto, entonces nuestra vida se va a ir al infierno como las de muchas personas. ¡Te saldrás de…!
—¡No-voy-a-renunciar! ¡Por fin puedo hacer algo que vale la pena! ¡Tengo veintitrés años y no me dirás qué hacer!
—¡Aún no cumples veintitrés! ¡Y mientras vivas bajo este techo…!
—¿Qué sucede aquí? — Mi padre salió envuelto en una toalla, ofendiéndonos sin piedad con su enorme barriga —¿Qué es eso del Innombrable y la Orden del Fénix?
Mi madre se cruzó de brazos e hizo un gesto petulante con la cabeza.
—Explícale a tu padre.
Tomé aire. Esa sería una larga noche.