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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 13
**XIII.**Adopción y lectura de cartas
El reloj marcó las dos cuando me fui a la cama, con el estómago tan lleno, que creí que vomitaría en cualquier momento hasta botar mis propios intestinos.
Mi padre se había sentado en el sillón tal cual como había salido del baño, invitándome a que le explicara la situación. Me escuchó con atención sin interrumpirme, asintiendo constantemente y entrecruzando los dedos de las manos. Drómeda estaba inquieta, parándose de vez en cuando y haciendo sonar las botas contra el piso.
Ambas creímos que triunfaríamos, que mi padre nos daría la razón —se mostró muy imparcial durante las horas en que conversamos —, pero, finalmente, no supo por quién votar. Típico de papá; no quería quedar mal con nadie.
—Bueno, encuentro que las dos tienen un punto a favor —dijo luego de fruncir los labios por largo rato —. Es cierto, eres nuestra única hija y deberíamos protegerte. Pero si dices que has estado sacando ratones que explotan en vez de estar luchando contra magos tenebrosos…
—¡Ted! —exclamó mi madre, molesta.
—Eh, Drómeda, sólo estoy diciendo que Dora debería buscar algo mejor, y si lo encuentra en la Orden del Fénix… aunque, claro, tal vez sea mejor que hagas caso a tu madre y renuncies…
—No voy a renunciar, papá —repliqué molesta.
—Bueno, es verdad, tienes edad… —miró a mi madre dubitativo—. Quizá debamos dejarla…
Mi madre se enderezó. Su mandíbula estaba tensa.
—Prepárense la cena ustedes solos, que yo me voy a acostar —dijo y se fue.
Con Ted nos miramos y nos encogimos de hombros. A las doce de la noche nos pusimos a cocinar; a la una, almorzamos.
—Y, ¿Qué crees entonces? —pregunté a mi padre mientras engullíamos el plato.
—Creo que… deberías buscar tu propio destino, Dora. Pero, lo único que te pido, y ruego, es que te cuides.
Sonreí y le guiñé un ojo.
—Me sé defender, no te preocupes.
A las dos, estaba tratando de colarme el pijama en la oscuridad. Cinco minutos más tarde, estaba profundamente dormida.
Por fin día viernes. No significaba que tuviera el fin de semana libre, porque podía tocarme trabajo también. Sin embargo, el hecho de que ya fuera fin de semana, sonaba a tranquilidad.
Aparentemente, no iba a ver reunión. No me llegó ningún mensaje durante la mañana, y Kinglsey me dijo que, probablemente, Dumbledore tuviera otras cosas que hacer. Además que, hacer reuniones tan seguidas, no tenían mucho sentido cuando recién estábamos comenzando, no debíamos levantar sospechas. Eso me causó gran alivio. Me sentía nerviosa cada vez que pensaba en Snape. Y no quería verle la cara de nuevo. Supongo.
¿Y si acababa enloqueciendo por su culpa?
Creí, sin embargo, que fuera de eso sería un día aburrido y normal de trabajo: informes, tesis o algún trabajo similar al de ayer. Pero ocurrió algo completamente diferente e inesperado.
Uno de las jóvenes brujas mensajeras del Ministerio —quienes aspiraban a ser Secretarias de algún miembro importante — llegó corriendo, agitada con un papel en la mano, cerca de las doce.
—¿Tú eres Nym… Nym…? —miró mi nombre con ojos grandes. Evidentemente la muy bruta no tenía idea de cómo se pronunciaba. ¡Claro! Si jamás lo había escuchado; Drómeda lo había inventado — ¿Tú eres Tonks? —preguntó finalmente con una sonrisa, avergonzada.
—Sí. ¿Por qué? ¿Scrimgeour quiere verme? ¿Acaso me va a subir el sueldo? —bromeé un poco esperanzada. Tal vez con un aumento mi mamá me disculpara.
—No. Tengo que entregarte un mensaje en privado —dijo mirando a mis otros compañeros.
—Está bien —la seguí, hasta que quedamos lejos de oídos indiscretos.
—Te busca alguien —me dijo con voz de confidencialidad.
El corazón se me aceleró. ¡Ya estaba pensando estupideces! Ni siquiera me había dicho quién me estaba esperando, y yo ya estaba especulando cosas.
—¿Quién me busca? ¿Dónde?
—En el callejón Diagon. Un tal Amastel Moody. Tiene un ojo del terror, en serio, y pata de palo —rió tontamente.
Me quedé pensando unos segundos.
—Aguarda, un momento —dije impresionada — ¿Te refieres a Alastor Moody? ¿El famoso Auror?
—Sí, él mismo. Está esperando en el callejón de la Aparición. Dijo que necesitaba verte. Pero ve con cuidado, dijo. Que nadie te vea —y, añadió, sin poder contenerse de la felicidad—. Me dio dos galeons por decirte esto.
—Ah… ya —contesté un poco desconcertada. Pobre, parecía que jamás hubiese tenido tanto dinero en sus manos. Pero esperé que me diera a mí también algo de dinero por obedecer su orden.
Tomé mi bolso de la oficina y partí, argumentando que tenía que hacer un trámite. No era del todo mentira, dado que luego, tendría que ir al callejón Diagon a comprar unas cosas que me había encargado mi madre en la mañana, de muy mala gana, porque aún estaba enojada. Por supuesto que el orgullo no le impedía pedirme favores, o más bien, darme órdenes.
Me fijé que nadie me siguiera y por poco choqué con un poste de luz. Al final del callejón, había un hombre corpulento, con un abrigo largo. Era canoso y podía ver resplandecer el ojo falso que tenía, de un azul eléctrico impactante. Éste se movía para todos lados como si tuviera un ataque de nervios. Me dio un poco de asco… con razón le decían Ojoloco. Solamente esperaba que no se saliera de su cuenca y me callera dentro de la boca.
Hice mi paso lento para aproximarme con cautela.
—Hola, soy…
—Nymphadora Tonks, veintidós años, a más de un mes de cumplir los veintitrés y nuevo miembro de la Orden del Fénix —dijo con una voz ronca, que sonaba un poco intimidadora, semejante a un gruñido.
—Sí, bueno, ya lo sabe. ¿Está de parte de Dumbledore?
—Sí, me dijo que eras un Auror en potencia, pero que, básicamente, te han enseñado basura todos estos años. A diferencia de Kinglsey, tú no estás preparada. Y debes estar preparada —añadió abriendo el ojo normal hasta hacerlo tan redondo como el otro.
—Eh… disculpe, pero estoy un poco confundida. ¿Pelear para qué?
—¡Para la guerra, por supuesto!
—Ah, por supuesto, ya entiendo…
—Conmigo no te hagas la graciosa. Y ahora, debemos irnos.
—¿Irnos? ¿Adónde? —pregunté, desorientada —. No avisé al Departamento de…
Me apuntó con un robusto dedo.
—Eso no importa. Debes entrenar. Siento si te ofende, pero las mujeres son más débiles, y debes ser fuerte, resaltar sobre el resto. Tenemos que comenzar a practicar. Ya no se enseña como solía ser antes. Ahora, lo único que hace, es prácticamente andar barriendo deshechos de los muggles.
Estaba alucinada. Fue todo muy rápido. De pronto estaba escribiendo con una esforzada letra redonda una mierda de informe y, súbitamente, estaba ante uno de los más grandes Aurors de la historia frente a mí, regañándome y diciéndome que iba a enseñarme a combatir.
Sonreí como una loca.
—¿Dónde iremos a practicar?
—A un lugar donde nadie nos moleste. Tómate de mi brazo. Y guarda la varita mientras desaparecemos, puede que le vueles un ojo a algún mago si durante la desaparición viajamos al lado de alguien.
—¿Eso puede suceder de verdad?
—No tienes idea de las cosas que pueden suceder de verdad.
Desaparecimos.
Nos materializamos en un bosque que, a diferencia del Bosque Prohibido, tenía árboles jóvenes y muy separados unos de otros, dejando grandes espacios para poder correr.
—Le pedí a Remus que viniera —gruñó Ojoloco —, pero tenía cosas que hacer. De todas maneras, tres son multitud, así que es mejor que te entrene yo solo. Nunca se sabe cuando puedes estar compartiendo con un impostor. Hay que estar en Alerta Permanente.
Había sabido que Ojoloco era extraño y paranoico… Pero nunca pensé que tanto. Sí me gustó lo de "Alerta Permanente". Era como un nombre de banda musical.
De todas formas, a pesar de su extrema locura, lo pasé excelente, y lo digo con un tanto de ironía: me hizo correr treinta minutos como un cerdo en fiesta medieval. Quedé tirada como un trapo sucio y mojado en la tierra, pero me tuve que levantar de inmediato. Sentía que las piernas se iban a soltar de su articulación.
—¡No te quedes ahí, muchacha! ¡Cuando te ataquen los Mortífagos no vas a poder descansar! ¡Y tienes que correr! ¡Los muggles corren por sus vidas! En el caso de que perdieras la varita y en el lugar hubiera un encantamiento antidesaparición, ¡tendrías que correr! No tendrías más opción que esa.
—¡Ya, me levanto, me levanto!
Me hizo saltar como un conejo por unas rocas y estuve a punto de darme en la cabeza. Luego me hizo pasar como mono por las ramas de los árboles. Me faltaba la liana para convertirme en Tarzán.
Me hizo hacer sentadillas y de todos los ejercicios que comúnmente los muggles hacían para verse musculosos y apretados: abdominales, punta y codo, etc. Pero eso no fue todo. Cerca de las cinco de la tarde comenzó el entrenamiento "real" para afinar mis reflejos. Al menos, era algo en lo que estaba bastante bien, y fue lo mejor. Me pilló pocas veces desprevenida, aunque sí me enseñó un montón de encantamientos, a primera vista algo inservibles, pero que en realidad servían si se utilizaban como se debía. Por ejemplo, el encantamiento de estornudos y el del hipo: gente podía morir de eso, así que, en el fondo eran como utilizar las maldiciones imperdonables. No sería tan cruel: sería una muerte tragicómica.
Ya eran las siete cuando decidió dejarme en paz. El noventa por ciento del rato me había estado gritando. Estuve suspirando un minuto entero del puro alivio.
—¿De verdad cree que pueden aparecer los Mortífagos aquí? —pregunté con incredulidad.
—Ni te imaginas. Esos se las arreglan para saber dónde está la gente. Ahora, creo que es mejor que nos vayamos antes de…
¡Pum!
Alguien apareció entre nosotros. Ojoloco se puso en guardia de inmediato.
—¡Tranquilos! Soy yo, soy Remus.
—¡Hola! —saludé alegre acercándome a él.
—Ah, estábamos a punto de marcharnos. Pueden aparecer los Mortífagos —dijo Ojoloco como si nada.
—Bueno, sí, vine porque pensé que estarían aquí aún entrenando, y hoy es la única noche en que podré estar disponible. Desde mañana… —se calló, mientras miraba el cielo de color rojo —. En fin —se volvió hacia mí —, ¿quieres practicar un poco más, Nymp… Tonks?
Creo que mi cara se desfiguró al oír el inicio de la pregunta, pero cuando estuvo a centímetros de pronunciar mi nombre, me transformé en una especie de arpía. Me calmé, claro, cuando rectificó el "Tonks".
—No, estoy muy cansada —farfullé —. Tengo hambre y…
—Yo creo que es una buena idea —intervino Ojoloco —. Cuando estemos en guerra, no tendrás tiempo ni para comer, chiquilla. Probablemente quieras vomitar. Así que no estará mal diez minutos de duelo.
Tuve ganas de enroscarles las manos en el cuello a los dos y triturarlos. ¿Es que acaso no tenían en consideración que era una dama sensible después de todo? ¡Lo único que quería hacer era comerme un dragón, si era posible! Y descansar.
Pero resistí. Digna ante todo, y el espíritu Tonks por siempre. Así que acepté, porque no tenía más remedio y deseaba llegar a casa para asaltar el refrigerador.
Lupin era, a pesar de no tener el título de Auror, más ágil que yo. Me derribó tres veces, aunque no me hizo daño. Yo, en cambio, me aproveché de la situación y lo mandé volando lejos en la única ocasión en que lo vencí.
Después de todo, lo pasé bien. Me sentí adoptada por Ojoloco y apreciada por Remus, quien amablemente fue por diez minutos a ayudarme.
—¿Irán a comer donde Sirius? —preguntó Remus cuando terminamos el entrenamiento.
—Yo tengo asuntos que resolver —contestó Moody.
—Y mi mamá está enojada conmigo, así que prefiero volver a casa para no preocuparla. Además, tengo que pasar al callejón Diagon antes.
Nos despedimos y yo partí, sudada y sucia, al callejón. En vez de bruja, parecía vagabunda.
Cuando entré, una hechicera que tenía peor aspecto que yo me interceptó.
—¿Quieres que te lea las cartas, niña?
—No gracias. Usted quiere robarme, así que no —me negué tratando de pasar de largo.
—No quiero robarte. Sólo quiero decirte tu futuro —susurró con expresión maniática.
Me comenzó a seguir, así que preferí zanjar el asunto.
—Escuche. Tengo dinero justo para comprarle unas cosas a mi mamá, así que sólo puedo darle dos sickles. No puedo pagarle más.
—Puedo yo leerte cuatro cartas con ese dinero —susurró echándome un aliento similar al olor que tenía ese profesor francés en el cuerpo.
Tuve que aceptar, y mientras me leía las cartas, evité respirar.
—Bien —dijo dando vuelta la primera —. Veo que te estás reintegrando a una especie de familia.
—Dígame algo que no sepa, y apúrese.
Me lanzó una mirada asesina con unos turbios ojos azules. Dio vuelta la otra carta.
—Tendrás un hijo.
—Vaya, eso es bueno, pero espero que no aún. ¿Puede decirme la fecha?
Dio vuelta la tercera, ignorándome.
—Te enamorarás de dos hombres. Y uno será un viejo amor.
Snape, pensé, rogando porque fuera mentira.
Dio vuelta la última carta.
—Uno de ellos será el padre de tu hijo.
Negué con la cabeza, reusándome a pensar que sería Snape. Saqué los dos sickles de mi bolsillo, se los planté en su sucia palma de la mano —tan asquerosa como la mía — y me fui a comprarle las malditas porquerías a mi madre.
No. No, no, no señor. No me iba a enamorar otra vez de ese cretino petulante.
Entré a la botica, y eso me recordó a Pociones.
—Deme ojos de hormiga por favor… y unas flores de centinodia…
Suspiré y miré un caldero burbujeante que estaba en el medio de la tienda. ¿Qué pasaba si me metía y me ahogaba? Así evitaría ese problema.
—Por qué tuve que aceptarle la lectura de cartas a esa laucha arrugada —me pregunté a mi misma cuando iba saliendo de la tienda —. Ahora soñaré, otra vez, cosas que no quiero.
Estaba cansada y mis músculos aullaban del dolor. Rogaba que eso fuera un factor de apoyo para caer en un sueño profundo sin pesadillas.