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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 14
**XIV.**Conociendo a la Orden
Transcurrieron cinco días en los que no hubo reunión y que no tuve comunicación con nadie más que con mi mentor, Ojoloco Moody. Día por medio me tuvo corriendo entre los árboles y saltando como una loca desquiciada de roca a roca y entre plantas pinchudas. Poco faltó para hacerme comer gusanos y hongos.
—Si un día te falta comida, no tendrás más opción que comer esto. Aunque tendrás que aprender a distinguir los hongos venenosos. Puedes morir, o peor, puedes quedarte sin piernas o brazos.
—O sin ojos —susurré yo. Por suerte, mi comentario pasó por alto. Fue algo ofensivo.
Dentro de esos cinco días, habían ocurrido varias cosas: mis abuelos paternos fueron a visitarnos y me felicitaron por haberme unido a la lucha en contra del mal. Supongo que me imaginaron como una especie de superheroína. Yo era lo menos parecida a una superheroína.
Y, estoy casi segura que eso ayudó mucho a mi madre a recapacitar. En la noche del domingo, cuando llegué de mi segunda "cita" con Ojoloco —qué extraño sonaba eso… ¡Puaj! — con aspecto de perro callejero. Estaba sucia, con un olor no agradable —había caído sobre un pájaro muerto. O el pájaro muerto había caído encima de mí, ya no lo recordaba — y caminaba como si me hubiesen agarrado a latigazos y tuviera granos en el culo.
—¿Cómo te fue hoy? ¿Tuviste mucho trabajo?
No le había contado nada a mi madre de Ojoloco, y encontré oportuno ese momento para refregárselo en la cara.
—Mamá, estoy entrenando como nunca con Alastor Moody, ¿puedes creerlo? Me hizo atarme a un árbol e intentar escapar sin magia… Tengo las manos quemadas —miré mis palmas con un puchero — ¿Qué hiciste de comer?
—Te preparé un pollo asado con ensaladas.
Sonreí de oreja a oreja. ¡Era uno de mis platos favoritos! ¿Mi madre comenzaba a perdonarme? ¡Claro que sí!
Se sentó frente a mí mientras yo cenaba, con una copa de vino en la mano.
—Dora —dijo con voz solemne tras beber un sorbo —, aunque no esté de acuerdo en que pongas en riesgo tu vida, me disculpo por haberte tratado como una mocosa que no tiene idea de la vida.
—Es verdad que no tengo idea de la vida —reconocí. Sí, era bueno hacerse la arrepentida cuando estaban a punto de perdonarte. Era una buena manera de ser más apreciada y te dieran algo de razón —. No pasé lo que vivieron tú y papá.
Sonrió con dificultad, pero fue una sonrisa natural.
—Sí sabes lo que es la vida. Afortunadamente, tú has tenido algo más de suerte que nosotros, pero yo no quiero que eso se arruine. Ahora, tampoco quiero arruinarte la vida yo —farfulló arqueando las cejas—. Así que… espero que practiques bien con Moody. Era un muy buen Auror, aunque parece que tanto Mortífago lo terminó dejando mal. En fin —me tocó una mano y me dio palmaditas suaves, con mucho cariño (para ser ella) —. Tienes mi apoyo, a pesar de que difiera.
—Gracias, mamá —le sonreí, sabiendo que quería decirme "eres mi única hija". Tenía esa mirada —. Te doy mi palabra: no haré estupideces y no me expondré al peligro.
Más tarde, acostada en mi cama, me pregunté por qué diablos había hecho las dos promesas más poco probable de cumplir.
Era totalmente imposible que dejara de hacer estupideces: poco más tarde de haber dicho eso, se me ocurrió intentar sacarme los pelos de la nariz con las pinzas. Había sido tan, tan doloroso, que estuve llorando un minuto por el puro dolor. Luego, me pregunté si sería menos doloroso con magia, pero preferí no intentarlo. Capaz que quedara como Moody, que tiene un trozo menos de nariz.
En cuanto a no exponerme al peligro, era algo que tendría que probar con las misiones de la Orden. No era terrible intentar convencer a la gente del Ministerio. Lo único que podía conseguir era que me echaran… y me mandaran a Azkaban por fraternizar con Dumbledore, por supuesto. El Profeta anunciaba constantemente —entre líneas, casi en las páginas finales — que quien fuera sospechoso de estar apoyando lo que se llamaba las "ideas revolucionarias" de Albus Dumbledore, sería castigado con el encarcelamiento.
Bueno, si algo puedo decir de mi misma, es que no soy tan estúpida y soy muy ágil con lo que es Defensa Contra las Artes Oscuras. De hecho, sí, debo reconocer que soy inteligente. Así que no deberían pillarme. Mi único problema es la torpeza física.
Fue en la noche del miércoles, a las nueve, cuando por fin recibí señales de la Orden. Fue Dumbledore que me envió su patronus, avisándome que al otro día se celebraría una reunión a las siete y media de la noche. Se lo comenté a Drómeda, pero se limitó a asentir. Definitivamente ya no estaba en contra de eso, aunque tampoco me lo aplaudía. Peor era nada, por supuesto.
Con Kingsley llegamos juntos al número 12 de Grimmauld Place y esta vez tuve mucho cuidado en no botar nada para despertar a la vieja loca del cuadro.
Sirius se puso contento cuando nos vio: fuimos los primeros en llegar. El pobre había estado solo con Kreacher quien, evidentemente, había decidido salir del baño. Andaba merodeando por ahí y lo escuché decir algo. Creo que era un insulto para mí.
—¿Por qué no has venido? Se supone que tienes que ayudar con la limpieza —me espetó luego de saludarme, teniendo un repentino cambio de humor.
—Sinceramente —le dije mientras nos sentábamos alrededor de la mesa, en la cocina —, se me olvidó. Y he tenido trabajo. Ya sabes, he estado atacando a gnomos diabólicos y cosas por el estilo —eso era cierto. Unos gnomos "poseídos" habían atacado a una familia de magos en el sur de Manchester, pero resultó ser una estupidez más, de las que me fue fácil librarme. En realidad los gnomos habían comido ortiga, que les había provocado descontrol mental, así que se pusieron violentos. Era más sencillo ponerles un plato con agua de menta y se les pasaba —. Tal vez mañana pueda venir, ¿no?
—Claro. Tú también puedes venir, Kingsley, aunque me temo que a ti te asignan trabajos más serios que a Tonks —se burló. La única que no rió fui yo. De verdad no era gracioso tener que andar peleando con esos adefesios en vez de hacer un trabajo de verdad. Esa era una de las situaciones extrañas en que mi sentido del humor se hacía ausente.
Media hora más tarde (a las 7:45) llegaron los demás y me empecé a colocar nerviosa. Sabía el motivo exacto, pero preferí ignorarme a mí misma.
Por suerte, luego que Mundungus y Hestia Jones se presentaran de los primeros, llegó Molly Weasley con un montón de muchachos pelirrojos, sus hijos. Me emocioné al ver tanta gente joven. Kingsley tenía mi edad, pero con lo de Margaret y el trabajo se echaba diez años encima fácilmente, así que ya no contaba como alguien "joven". Conocí a los gemelos, Fred y George —no me quedó muy claro, eran idénticamente iguales — y a la menor y única mujer, Ginny.
—¿Te puedes transformar en lo que quieras? —me preguntó uno de los gemelos mirándome alucinado, como si fuera una especie de tesoro.
—Pues, bueno, ser Metamorfomaga es como si te tomaras un vaso de poción Multijugos —expliqué —. La única desventaja es que resta energías estar "disfrazada", además que es algo completamente emotivo… por ejemplo, si estoy muy feliz, puede que mi pelo se haga más rosado.
—Y… ¿tú crees que podrías darnos algo de tu sangre para estudiarte?
Lo encontré osado. De todas las peticiones que me habían hecho, jamás me había topado con "podrías darnos de tu sangre". Para mala suerte de los muchachos, su madre oyó eso.
—¡Por ningún motivo vayas a dejar que te extraigan sangre! —me espetó, y luego se volvió hacia ellos, roja de ira. Por suerte estábamos en la cocina — ¡Basta ya con sus inventos raros! Si van a hacer algo, que no sea a costa de los demás. ¡Y espero que no sean para los "Sortilegios Weasley"! ¡Están advertidos!
Vaya, pensé con mis ojos bien abiertos, con mi mamá se llevarían de lujo. Y yo pensé que era la única desafortunada que tenía una madre tan tirada de las mechas.
Bueno, la verdad es que tampoco les habría dado sangre. No era hematofóbica, pero no me hacía gracia que me enterraran alguna aguja para hacer experimentos conmigo.
—Ya, mamá, no haremos nada —dijo Fred… o George, con tono apaciguador. Se volvió hacia mí — ¿Podrías hacernos una demostración?
—Bien —acepté, dándoles en el gusto, e hice crecer mi pelo hasta la cintura, tiñéndolo de un negro azulado y empalidecí mi cara, añadiendo ojeras. Parecía como muerta. Eso fue suficiente para maravillarlos. Y la verdad es que yo también me sentí satisfecha.
—Realmente es ventajoso, lo dominas bien —me elogió Ginny Weasley con una sonrisa de oreja a oreja. Desde ese instante, no paré de hablar con ella. Hacía tiempo que no hablaba con alguien que no me agradara tanto, o sea, una mujer. Desde Margaret.
Al menos, mientras tanto, me sirvió de distracción. Miraba cada vez que la puerta de la cocina se abría. Un par de veces la madre de Sirius se puso a gritar, al parecer, habían hablado demasiado fuerte.
La última persona en llegar fue Dumbledore, quien marcaba el inicio de la reunión, así que suspiré de alivio, porque no había aparecido Snape. Creo que solté un suspiro cuando me di cuenta de su brillante ausencia. ¡No tendría problemas! Un gran alivio.
Cuando el anciano director llegó, Molly Weasley llevó a todos sus retoños a la segunda planta y les prohibió bajar y ponerse a escuchar. Los amenazó con dejarlos sin comer.
Yo sospeché que tendrían algún modo de enterarse de algo. Eran chicos inteligentes y si no tenían qué comer, se las arreglarían de algún modo para conseguir comida.
Remus Lupin se ubicó a mi lado y cuando le dirigí la palabra para saludarlo, me di cuenta de que tenía un rasguño en la mejilla, que ya estaba cicatrizando.
—¿Qué te pasó? —pregunté sin ponerme a pensar de que podía ser una pregunta indiscreta.
Me observó de una manera extraña, como si lo hubiese puesto en algún apuro. ¿Y se era un mafioso? O peor… ¿Un Mortífago que se había envuelto en problemas? Miré a Dumbledore fugazmente.
—Pues… tuve un accidente —contestó limitándose a dedicarme una sonrisa forzada.
—Ah pues… qué mal. ¿Ya no te duele?
—No, está bien —se pasó una mano por la cara, como si con eso pudiera cubrir la herida. Y allí me di cuenta que tenía otra herida en el dorso de su mano izquierda. Estuve a punto de preguntarle si lo habían agarrado a palos o había chocado contra un cactus, pero Dumbledore interrumpió para imponer orden y comenzar.
Fue vergonzoso admitir que mis intentos de captar seguidores habían sido infructuosos, pero al menos obtuve felicitaciones por estar esforzándome en el entrenamiento que me estaba dando Ojoloco. Éste hizo un gruñido de orgullo —digo, creo que reflejaba orgullo, a menos que estuviera a punto de hacerse en los pantalones — cuando Albus lo nombró.
Algunos, por suerte, tenían mejores noticias que yo, como Mundungus por ejemplo, que al parecer tenía varios contactos con enanos pestilentes iguales a él, y eso era bastante bueno a la vista de la mayoría.
—Estoy intentando mediar con los amigos de Greyback —comentó Lupin más tarde —, pero creo que no será cosa fácil convencerlos. Mientras tanto, puedo seguir viviendo con ellos. Creo que aún no me veo en peligro.
"Creo que aún no me veo en peligro" ¡Qué demonios! Bien sabía yo que Greyback era un hombre lobo, que ahora era más lobo que hombre, y si ya se había metido con ellos, ¿cómo podía decir que no veía peligro? Parecía mapa de lo marcado que estaba. Sí, al rato me di cuenta que tenía varios rasguños en el cuello y en los brazos. Inconscientemente se había subido las mangas de la túnica, mostrando varios rasguños. No pude evitar mirarlo con recelo, y se dio cuenta, por eso atinó a reacomodarse las mangas. Esa vez, eso sí, no quise preguntar nada. Si se había metido con los compañeros de Greyback, por supuesto que había salido herido.
Pobre, al menos yo tengo que sólo pavonearme de vez en cuando por los otros pisos del Ministerio, pensé aliviada. Aunque, creo que no me habría importado arriesgarme un poco más. Claro que, si le decía a mi madre "quiero ir a convencer a los hombres lobos", me encerraría en un calabozo y no me dejaría salir nunca más.
Dumbledore ordenó que Sturgis siguiera manteniendo su puesto de vigilancia, porque el lugar donde estaba guardada "el arma" —como habíamos decidido llamarle — no debía ser perdida de vista. El Innombrable probablemente tenía a vigilantes alrededor del Ministerio.
Finalmente, añadió, como guinda de torta, que Snape no se presentaría pronto, dado que estaba sacando información, y no quería levantar sospechas marchándose tan pronto de donde estaba.
Me dieron ganas de golpearme como elfo doméstico. ¿No podía oír su horrible nombre sin que me diera una cosa en el estómago?
Tal vez son náuseas que no se alcanzan a formar en su totalidad. Sí, le tengo asco. Puaj.
Por suerte, al rato me distraje con la cena, en la que conversé mucho. Mi plato se tardó un montón en vaciarse. Hablé mucho con Ginny Weasley, quien me pareció una muchacha bastante madura para tener catorce años. A menos que yo fuera la inmadura y quedáramos a la par; eso no era totalmente descartable.
También hablé con Remus, quien me pareció un hombre sencillo. No le seguí insistiendo en sus cortes, por supuesto. Tal vez fuera de alguna religión, de esas en las que tienen que autoflagelarse para limpiar sus pecados. O… en una de esas, era masoquista. Era muy bueno a simple vista, incluso normal… pero uno nunca termina de conocer bien a las personas. Y, a veces los más normales, esconden secretos más grandes.
Me contó que había hecho clases en Hogwarts de Defensa Contra las Artes Oscuras y se ofreció en ayudarme si necesitaba algo de entrenamiento, lo que le agradecí mucho.
—No es que subestime a Ojoloco —me dijo en un susurro —. Probablemente es mucho mejor que yo, pero dudo que comer gusanos y arrastrarte por la tierra sea completamente útil si tienes una varita con la que puedes defenderte.
Poco más tarde, cuando ayudé a Molly a lavar la losa, me emocioné tanto hablando con Bill Weasley de los próximos conciertos que se avecinaban (y a los que no podría ir), que rompí como dos platos. Eran de Sirius y, evidentemente, le dio lo mismo que se me cayeran. Estaba algo taciturno, balanceándose en su silla y apenas escuchando a Lupin quien le hablaba con cara de preocupación.
Intercambié unas palabras con Emmeline Vance, también, a quien le había gustado mi remera, y quien me dijo que conocía a una tienda que tenía ropa similar a la que me gustaba usar a mí.
Lo de los platos fue un mero detalle, así que lo pasé excelente; sentí que estaba conociendo más a la Orden de Fénix, aunque me faltaba un montón de gente con quien hablar. Me habría quedado si no hubiera sido porque tenía que levantarme temprano para ir a trabajar al otro día. Lupin se iba a quedar ese día con Sirius, lo mismo que Molly con los demás niños. Habría sido divertido. Al menos, sonó divertido hasta que Molly dijo "hay que comenzar a hacer habitable esta casa de una vez por todas, y todos debemos cooperar". No, gracias, no quería ayudar en eso. Tenía suficiente con mi madre que me hacía ordenar mi ropa cada semana.
Cuando iba camino a casa, pensé en Snape, otra vez. Yo decía que no quería verlo, pero cuando se me volvió a aparecer en el sueño… supe que estaba negando lo innegable.
Entonces, me propuse actuar como yo, como la verdadera Tonks cuando lo viera: sin tartamudeos, sin nerviosismos. Estaba perdiendo mi estilo, mi marca personal, y no iba a dejar que él se llevara eso de mí.
Así que, si lo veía en la próxima reunión, no iba a dejar que me disminuyera por ningún segundo.
A ver si me resultaba.