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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 15

**XV.**Choque… ¿de amor?

Estaba viendo lucecitas de colores. Sí, verdes, rojas, amarillas… De todos los colores, incluso los que no existían, y de los que no tenía idea de su nombre. Por un momento, me pregunté si estaba siendo atacada por otros magos; se parecían bastante a las luces emitidas por las varitas. Luego, me di cuenta que eso era totalmente absurdo, dado que estaba en pleno barrio muggle, en presencia de ellos. Entonces, traté de recordar lo ocurrido: ¿Por qué estaba viendo luces? ¿Por qué me sentía mareada y... encerrada? Cerré los ojos con fuerza e hice memoria.

La mañana, había sido muy diferente a las otras. Dado que me había dormido temprano la noche anterior, había despertado mucho más temprano esa mañana y con mucha ansiedad. Así que comí un poco más de pan al desayuno y, como era temprano y no quería quedarme rondando en la casa, decidí irme en mi hermoso Honda rosa al trabajo, ya que hace días que no lo hacía. Necesitaba canalizar esa sensación de angustia que se me colaba por los poros.

No tenía muy claro por qué estaba así, o sea… sí sabía la razón, y no valía la pena recordarla, pero sólo quería atribuirla al hecho de que no había habido reunión ayer. Era absurdo, dado que sólo un día antes, el miércoles, habíamos tenido una. Sí, esa en la que precisamente no se había presentado Snape.

Conduje hasta las cercanías del Ministerio y dejé el auto estacionado, bajo el encantamiento desilusionador, como acostumbraba hacerlo. No faltaba el desgraciado que podría habérmelo rayado con esos grafitis extraños que no dicen nada legible.

Pasé por alto a Eric Munch como cada día, pero ésta vez no me hizo ningún gesto. Creo que por fin se estaba rindiendo conmigo y eso era un gran alivio. Creo que mehizo sentir mejor, hasta que choqué de lleno con alguien por haber mirado a una persona. Todo fue muy rápido: creí haber visto a alguien que se me hacía conocido, cuando me di un cabezazo con otra persona, que también se me hizo familiar.

Era alguien rubio, bastante atractivo, pero me dio mala espina… igual que la persona a la que había estado observando segundos antes.

—¿Lockwood? —mascullé, sorprendida, súbitamente desencajada de mis pensamientos.

Alfred Lockwood, mi ex compañero de Hogwarts, quien me había hecho por mucho tiempo la vida imposible en el castillo, estaba en frente de mí, mirándome con los ojos desorbitados.

—Yo no te conozco —me dijo, y me esquivó. Llevaba un maletín en la mano y ceñida una túnica muy formal.

—¿Conseguiste trabajo acá? —le pregunté, alzando la voz, pero no me contestó — ¡Todavía recuerdo que me devolviste el beso! ¡No creas que lo he olvidado! ¡Fue lo más asqueroso de mi vida! —le grité, picada. Nadie dejaba hablando sola a N. Tonks. Salvo su madre.

—¿A quién le gritas tanto? —me dijo Kingsley, que siempre se las arreglaba para pillarme en los momentos más vergonzosos.

—A Lockwood, ¿te acuerdas de ese cretino? Parecía que andaba mendigando trabajo, el muy inútil… y… —me quedé callada y me acordé de a quién había visto antes y me puse como loca a mirar el Atrio.

—¿Qué te pasa?

—Juré… —negué con la cabeza, insegura —. Creo que vi a Lucius Malfoy. No lo conozco bien, pero lo he visto en fotografías. Ya sabes, en El Profeta ha salido a veces. Y tal vez lo haya visto en alguna fotografía cuando pequeña.

—¿A Lucius Malfoy? ¿Acá en el Ministerio? —se extrañó Shacklebolt, abriendo sus redondos ojos y colocando la misma expresión de desconcierto y preocupación que yo, haciendo un análisis visual del lugar.

—Pero creo que fue mi imaginación —insistí. Tal vez cuando pequeña lo había visto, pero claro que ahora estaba más viejo, y diferente.

Kingsley quedó receloso y yo igual, pero nos marchamos a nuestras oficinas con nuestro ánimo normal. Debíamos trabajar. La vida continuaba. Lamentablemente no existían los árboles dadores de Galeons.

Sin embargo, cuando eran cerca de las cinco y yo fui a dejar un informe a otro departamento, no pude pasar por alto de que esa vez sí había visto a Lucius. Estaba como tratando de pasar desapercibido, y quizá le resultó, porque creo que fui la única que lo vio. Se marchó rápido, habría sido, de todas maneras, incapaz de alcanzarlo aunque corriera.

Luego de eso, volé a la oficina de mi amigo y le confirmé que mi visión había sido certera.

Los dos pedimos permisos, porque se nos había presentado una "situación urgente" —la madre de Kingsley había tenido un accidente, lo que era una total mentira —, y enviamos un patronus a todos los miembros de la Orden para hacer una reunión urgente. Tal vez se tuviera que hacer un plan de refuerzo. Que Lucius Malfoy estuviera merodeando por el Ministerio en esos momentos, era algo que podía significar mucho más que una sencilla visita.

A pesar que estábamos en "un apuro", me permitió que fuéramos en mi auto. No estábamos a más de veinte minutos y saltándome algunos signos del tráfico, podría hacer un record de quince minutos.

Llegamos sanos y salvos. Ya estaba la mitad de los que habíamos citado allí, a excepción de Sturgis, quien se quedó donde estaba, en su puesto de vigilancia, bajo la orden de Dumbledore.

La casa parecía algo más limpia, al menos la cocina, y Sirius estaba notablemente contento porque habíamos llegado de improviso. Poco le faltó para ponerse a aplaudir.

Los gemelos intentaron colarse otra vez en la reunión metiéndose debajo de la mesa, mas no escaparon del ojo de águila de la señora Weasley. No era un plan muy inteligente, aunque yo también lo habría pensado.

Cuando llegaron todos, nos pusimos manos a la obra. Discutimos cerca de media hora en lo que podía o no hacerse, pero llegamos a la conclusión que no podíamos ponernos todos a vigilar el Ministerio, porque sería más que sospechoso. Así que quedamos en que Kingsley, Arthur y yo, nos daríamos más vueltas de las usuales por los pisos más cercanos a donde estaba oculta el arma.

En ese instante, Molly tuvo que retirarse, porque había estallado en llanto. Segundos más tarde, me acordé que era por Percy, ya que habían tenido una pelea. En realidad, casi siempre la veía media llorosa. Pobre. Difícil ser madre, ¿no? Ya habían pasado varios días, pero una madre no olvida tan fácilmente.

Varios se retiraron, pero Dumbledore decidió quedarse a cenar, y yo, ya que estaba allí y Kingsley no tenía problemas en compartir con Sirius y los demás, me entusiasmé y me quedé también. Era día viernes y el sábado lo tenía libre. Además, extrañaba relajarme. Desde que había entrado al Ministerio, era un poco difícil y sin Margaret, pocas veces podía descargarme.

—¿Si te hubiera visto Lucius Malfoy, te habría reconocido? —me preguntó Remus, antes de que me levantara. Mi intención era ayudarle a Molly con la preparación de la cena. Ella me dejaba cooperar, a regañadientes. Mi madre jamás lo hacía, y eso era frustrante.

Me volví a acomodar y me puse a pensar.

—No creo. Digo, tal vez me vio un par de veces cuando tenía como dos o tres años, pero dudo que haya sido suficiente para que me reconociera. Y no creo que sepa cómo soy realmente. Antes usaba el pelo largo y cuando pequeña, era muy fea — contesté con naturalidad. Luego, le observé con atención—. Ya casi no se te nota la cicatriz —dije y le sonreí.

—Bueno, siempre hay ungüentos útiles que borran esas grotescas marcas —sonrió también, aliviado al notar que no le preguntaría otra vez qué le había sucedido —. ¿Practicaste ayer con Ojoloco?

—¡Ah! No, ¿sabes? —le susurré, mirando de reojo al aludido, que bebía de su petaca unas sillas más allá, conversando con el director — Estoy emocionada, ¡me dejó libre! Dijo que se le entumía mucho la pierna mala y que ya estaba lista. Que siguiera practicando por mi cuenta. Además le comenté que tú te habías ofrecido a ser mi ayudante, y se quedó conforme —bajé más la voz —, pero no le digas que no es cierto. De verdad, no tengo ganas de nada más. Si sigo así, perderé mis energías y me van a echar del trabajo. Lo que menos necesito ahora, es que me despidan.

Cuando Ginny se sentó a mi lado, me puse a charlar con ella.

—¿Este es tu cuarto año, Ginny? ¿Cuál es tu ramo favorito?

—Sí, estoy algo emocionada —sonrió —, y me gusta mucho encantamientos, pero prefiero el Quidditch.

—¡Yo igual! ¿Tu equipo?

—Las Arpías de Holyhead —respondió con orgullo.

—¡Yo igual! —sonreí de oreja a oreja.

Poco más tarde, dejé mi lado maduro aparte dejé de conversar con ella para transformar aspectos de mi cara a su petición. De verdad era entretenido, más cuando tenías una croqueta entera metida en la boca. Además, se merecía una demostración de mi habilidad. Incluso, hacía reír a Remus y eso me hizo sentir bien. No precisamente el centro de atención, pero sí conforme.

Lamentablemente, justo cuando mi nariz estaba siendo transformada a una similar a la de Snape… entró el mismo Snape a la cocina. Por un breve instante pensé que era una ilusión, pero cuando me di cuenta que todos lo miraron también, supe que era totalmente cierto. Me dio un vuelco en el estómago.

—Tengo un mensaje para el director —dijo para excusar su presencia —. Es algo urgente, que tal vez debe saber.

Pasó la vista fugazmente por la mesa, pero estoy segura que se detuvo una fracción de segundo más en mí.

—Siéntate, Severus. Es mejor que nos digas a todos —le indicó Dumbledore con amabilidad.

Para mala suerte mía se sentó casi al frente de mí.

Poco oí de lo que tenía que decir, primero porque estaba distraída, moviendo la pierna,y, segundo, porque me fui a la mitad de su discurso. Sé que mencionó a Lucius Malfoy, tal vez dio la misma información que di yo, pero desde su punto de vista…

Me levanté de la mesa y salí de la cocina. Creo que pasé desapercibida. Me planté en un rincón y traté de tranquilizarme. ¡No podía dejar que los nervios me ganaran! ¿Qué acaso no había madurado nada? ¿No habían fortalecido los años mi carácter? ¿Qué habría pensado Margaret de todo eso? ¡Se habría sentido avergonzada de mí! Seguro me estaba apuntando desde el cielo con un dedo acusador.

Pude haber vuelto a la cocina y haber pasado todo por alto, acobardándome. Pero no iba a repetir la historia de la otra vez. Tenía que enfrentarme a él. No tenía un motivo para discutir con Snape en esos momentos, pero seguro que si estábamos un segundo a solas y nos dirigíamos la palabra, yo podría volver agarrar confianza en mí. Así que aguardé. Mi miedo era injustificado.

Apareció, cerrando la puerta de la cocina con suavidad, tras ocho minutos más de espera.

No me vio en un inicio, porque yo estaba en un rincón oscuro, al lado del primer peldaño de la escalera. Cuando me vio, ni siquiera vaciló en su actitud. ¿Por qué diablos él parecía tan seguro de sí mismo?

—Me sorprende que hayas alcanzado a ser Auror —masculló con sorna —. Digo, con tanta torpeza que te inunda, creo que la irradias…

Abrí la boca, incrédula. Ni siquiera un "hola". No, insultos en el primer ataque.

—Bueno, recuerdo que en Pociones no me había ido tan bien, pero mis calificaciones estaban, sospechosamente, más que perfectas y fueron suficientes para que me dejaran entrar — le dije. La respuesta se me salió sola, ni siquiera tuve que formularla en mi mente.

—Ya se me estaba haciendo extraño todo esto —replicó el mago, ignorando lo que le había dicho —. Pensé que el primer día no dudarías en atacarme, Nymphadora —me dijo en un susurro apenas audible.

—Lo habría hecho si no hubiésemos estado rodeados de gente.

—Tienes rencor — me dijo, y avanzó unos cuantos pasos hacia mí, antes vigilando la puerta de la cocina.

—¿Por qué habría de tenerlo? Lo que pasó… fue hace mucho tiempo —repliqué, tratándome de convencerme más a mí que a él.

No pude ver bien su expresión. El vestíbulo era lúgubre y me costó descifrarle, aunque habría preferido tener la oportunidad de mandarle un puñetazo a saber lo que pensaba.

¿Estaba nerviosa? Sí, y mucho. Pero ya me sentía osada.

—Y si fue hace tanto tiempo, ¿por qué evitas mirarme? Digo, es como si aún te importara —se burló en un siseó.

—Eres desagradable, Snape, siempre lo has sido. No me importa nada. Y tú, menos.

—¿Segura?

—Segura.

—Pues, bien, eres una mentirosa. Estoy casi seguro que aún sigues pensando en mí.

—¿Qué? —le susurré con fuerza. Las cortinas del cuadro de la madre de Sirius oscilaron peligrosamente. Snape caminó hasta la puerta — ¿Disculpa? ¿Qué te hace pensar que sigo pensando en ti? —abrió la puerta y yo di dos zancadas hasta él — ¿Quién te crees tú para decirme…?

Se volvió hacia a mí con brusquedad. Creo que, hasta ese instante, jamás habíamos estado tan cerca (sin contar el séptimo año). Lo miré directamente a sus ojos. Esos profundos, infinitos e indescifrables ojos negros. Por segundos me quedé atrapada en ellos.

—Sé Legeremancia —contestó —. Y estoy seguro que tu pelo está un ápice más claro ahora que hace tres segundos.

Se volteó y cerró la puerta. No de un portazo, pero la cerró frente a mi nariz. Y yo, me quedé parada como una estúpida frente a ella, pensando en qué demonios había ocurrido.

Volví a la cocina y me obligué a sonreír a todos.

—Debo irme —dije, sin pensarlo tampoco. No creí poder aguantar mucho rato más allí. En cualquier momento me pondría a chillar como una loca.

Me despedí y me fui a mi auto, que estaba estacionado al lado del parque que estaba enfrente.

Miré a mí alrededor creyendo que Snape aparecería, pero no fue así y eso me hizo sentir frustrada, lo que me condujo a una ira tóxica. Estaba furiosa conmigo misma. Estuve a un pelo de sufrir un ataque estilo "elfo doméstico", o sea, autoflagelación.

El motor por lo menos prendió y no ocurrió como siempre mostraban en las películas muggles: el protagonista no podía tener un peor día, y cuando deseaba marcharse, el motor no quería andar. Luego el muggle lo revisaba y se quemaba.

Y así es como me puse a manejar como una loca, saltándome las señales, confiándome en mi gran habilidad con la varita mágica.

Yo no sigo pensando en él. Claro que no. ¿Quién se cree? No tiene ningún derecho en inmiscuirse en lo que pienso.

Ay, ¿quién engaño? No estaría tan furiosa si no sintiera nada por él. ¿Qué pensará él de mí? ¿Le ocurrirá lo mismo, o sólo me ve como la mocosa a la que acosó hace mil años atrás?

Estuve preguntándome una infinidad de cosas, de las que, probablemente, jamás tendría una respuesta. Me sentía… rara. No enamorada… pero… ¿me gustaba?

Admite que tuviste ganas de besarlo. Admítelo… ¡Admítelo! ¿Es que ni siquiera confías en tu propio Yo?

Estaba hiperventilada, y en algún momento fallé, mandando mi habilidad para manejar al diablo. De pronto, me encontré incrustada en un árbol, con la cabeza apegada al volante, en una calle que aparentaba estar desolada. ¿Y si yo había hecho aparecer el árbol con magia involuntaria?

El capó humeaba. El olor llegó a mi nariz.

Allí fue cuando vi las luces de colores frente a mí. Creí que era el semáforo, aunque tan sólo era mi cabeza que estaba sufriendo explosiones multicolores por el golpe.

Bueno… el motor me echó andar, pero acabo de chocar. ¿Podría ser peor?

Maldito seas, Severus Snape. Púdrete tú y tu maldita nariz peluda…

Pude oír la voz de mi madre, gritándome "¡Eso es porque manejas con trampas mágicas! ¡Cuántas veces te lo he dicho! ¿Es que tienes micropuffs metidos en las orejas?"

—¿Por qué a mí…? —lloriqueé, aún mareada, presenciando la función de estrellas fugaces en mi mente.