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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 16

**XVI.**El alcohol no cura las penas

Con algo de esfuerzo —no podía sacar la varita, que había caído entre mis pies y los pedales, lo que me impedía abrir la puerta, que se había trabado. ¡Típico! Era tan predecible —, salí de mi hermoso auto que había quedado con gran parte del capó hecha puré. Parecía un acordeón.

El impacto fue tal —jamás había tenido un accidente, estaba en shock, como hipnotizada. Por poco se me caía la baba —, que olvidé sacarle las llaves. Ni siquiera alcancé a tener pena por mi auto por lo tonta que me hallaba.

Caminé rengueando por la calle, sin saber qué hacer. Estaba algo mareada y, por sobre todo, muy enojada conmigo misma. Mis abuelos paternos eran muggles, pero no tenían carro, así que no tenía idea qué se hacía en esos casos. Lo más obvio, por supuesto, era pedir ayuda.

Veía borroso y no era para menos porque me había pegado en la cabeza con el volante. Me estaba creciendo un huevo en el inicio del cabello y me ardía un montón. El corazón me latía como el de un colibrí y las piernas las sentía como jalea.

De pronto mis oídos parecieron destaparse, porque absorbí un montón de ruidos: el sonido de los autos pasar en la avenida principal y una música amortiguada que salía por alguna parte de la calle. Quitándome la mano de la frente, y pestañeando varias veces seguidas para enfocar bien la vista, barrí la calle con la mirada. De una esquina lejana me observaban dos personas… ¿Qué demonios les pasaba? ¡Había chocado y ni siquiera se habían acercado a mí! ¿Es que los muggles estaban dementes?

Continué caminando, furibunda.

—Necesito distracción —me dije cuando descubrí a un grupo de jóvenes amontonados en las afueras de un local que estaba decorado con luces de neón. No tenía muy claros mis pensamientos, así que sólo seguí mi instinto, el que me empujaba hacia el centro nocturno. Los jóvenes ni siquiera miraban en dirección a mi auto. Al parecer, los choques en esa calle eran comunes. Digo, como no me habían ofrecido ayuda alguna…

Mis piernas tembleques me llevaron hacia el bullicioso y abarrotado interior. Nadie me quedó mirando por mi pelo rosado, ni por lo corto que lo llevaba, ni porque tenía más hoyos en las orejas de los permitidos. De hecho, me encontré con chicas que parecían mis hermanas. ¿O eran chicos? Difícil era saberlo a simple vista.

El lugar era pequeño, y estaba extremadamente lleno de gente. Todos bailaban al ritmo de la música electrónica, como si estuvieran poseídos por alguna especie de demonio. Me fui hacia la barra, el único lugar que estaba un poco más vacío, con algunos asientos libres. Me instalé allí y apoyé los codos, sintiéndome desvanecida. ¿No debería haber ido a San Mungo en vez de meterme en una disco? Eran las ocho de la noche. No era tan tarde y podría haberle dicho a Drómeda que me acompañara a vera algún sanador. Bueno, también podría haber ido sola.

—¿Quieres tomar algo? —me preguntó el hombre que atendía y que estaba secando vasos en ese momento.

—Una cerveza de mantequilla —dije inconscientemente, sin siquiera fijarme en el trapo sucio que usaba. Tampoco alcancé a ver el probable escupo que lanzó al vaso para dejarlo casi transparente.

—¿De mantequilla? —se rió y me observó como si tuviera cara de chiste— No tengo de eso, pero tengo una London Pride que te gustará muchísimo — de un refrigerador sacó un y me la plantó delante y la abrió con sus destapadores. Yo estuve a punto de sacar mi varita. Ahí reaccioné y recordé que no podía hacer magia, porque ellos eran muggles. Tomé la botella y me la llevé a la boca.

Al principio la encontré amarga, pero no pasaron ni cinco minutos y me di cuenta que me había gustado, porque la había vaciado toda.

—¿Tienes otra? —le pregunté un poco angustiada, comenzando a pensar en el auto, en el choque y en... En alguien.

—¡Ah! Di en el blanco, ¿no? —comentó triunfante.

Me entregó otra y se puso a hablarme; se lo agradecí, necesitaba olvidarme.

—Nunca te había visto por acá. ¿Es primera vez que vienes a este lugar?

—Sí, no frecuento muchos estos barrios muggles.

—¿"Muggles"?

—Quiere decir barrios de "discos" —traté de arreglar. Los únicos muggles con los que compartía, era con mis abuelos paternos, y ellos sí sabían qué significa "muggle".

Y así es como pedí dos cervezas más y me incluí en la conversación de dos jóvenes amigos que estaban a mi lado. Creo que hablamos de animales y de programas de computación. Cuando pregunté que "qué eran programas de computación", se estuvieron riendo cerca de quince minutos. Lo gracioso, era que yo tampoco podía parar de reír.

Me pagaron un Manhattan. Hasta ese instante, había sido lo más fuerte que había probado en mi vida, incluyendo el Whiskey de fuego. Luego, me pillé con otro grupo —¿o eran los mismos? —, haciendo un concurso de "quién se bebe el Whiskey más rápido, sin poner caras feas". Perdí, así que de penitencia, me tuve que tomar otro, del que no estoy segura si me lo bebí todo o la mitad. Creo que también me hicieron probar algo llamado Vodka.

Tengo algunos recuerdos borrosos de lo que vino después. Creo que me subí en una tarima con otras dos muchachas de mi edad y nos pusimos a bailar alocadamente. Era yo la que entonces estaba poseída por Satanás. La verdad es que era divertido y muy liberador bailar de ese modo.

Estoy casi segura que me lancé sobre la multitud y fui sostenida por muchos brazos como en los conciertos de rock. Mi sueño había sido hacer eso desde que había visto a Myron Wagtail, el vocalista de las Brujas de MacBeth hacer eso. Sentí que volaba, que estaba sobre las nubes y que rebotaba en ellas… hasta que me mareé.

—¡Bájenme! —grité con la lengua traposa en el momento en que mis intestinos se retorcieron peligrosamente, y mi estómago comenzó a temblar.

Me dejaron en el suelo. Y allí, mareada, asqueada y sudorosa, corrí sin rumbo y me agaché gusto frente a un basurero —¿estaba allí o yo lo había hecho aparecer en la desesperación? — y vomité monumentalmente.

No era la primera vez que vomitaba, pero sí la segunda por culpa del alcohol. En ese instante, vi todo más claro porque me había desintoxicado. El olor era insoportable y me sentí sucia.

—Qué mierda estoy haciendo —me pregunté y corrí hacia el baño, que estaba al fondo, a la derecha. Lo hice por puro instinto. La mayoría de los tocadores estaban en esa dirección.

Me lavé la cara, me enjuagué la boca, y tuve que huir de una chica que me quedó con expresión lasciva cuando salí del baño. Me pesaban los ojos y sentía que estaba pisando huevos.

—¿Me puedes decir la hora? —le pregunté a uno de los muchachos con los que había conversado. Pero estaba tan borracho como lo había estado yo. Así que salí del local, creyendo que debían ser las doce de la noche, como máximo.

Esperé ver mi pobre auto plantado en el árbol, pero sólo vi el árbol. Agucé mi vista y miré el resto de los árboles, para comprobar que no estaba equivocada.

Di un grito ahogado.

¡Mi auto ya no estaba!

Mis ojos se abrieron desmesuradamente, y comenzaron a registrar todo el lugar. No… no podía ser.

¿Acaso me habían robado? ¡Me habían robado! ¡Era la primera vez que me robaban!

—¡¿Quién fue el hijo de puta que se robó mi Honda rosado?! —grité a todo pulmón.

Los jóvenes que estaban fumando fuera de la disco muggle, me observaron como si estuviera loca unos segundos, antes de sumergirse nuevamente en sus conversaciones.

Me dieron ganas de patearle el trasero a todos ellos, y bien que pude haberlo hecho con magia, mas no me atreví: ¿y si me descubrían y me echaban del Ministerio? Ya me había emborrachado y me habían robado el coche. No necesitaba nada más.

Snape se me vino a la mente de inmediato. ¿Quién dijo que emborracharse era bueno para pasar los malos tragos? Ahora parecía que mi nerviosismo se había elevado al cubo.

Suspiré y me puse en marcha para buscar una calle solitaria, donde pudiera hacer parar el Autobús Noctámbulo. ¿Qué iba a decirles a mis padres?

Andrómeda Tonks no se preocupó de su hija, o sea yo, cuando no la sintió llegar a la hora que acostumbraba. Tuvo que aceptar que, tal vez, había tenido una reunión con la Orden del Fénix y le había tomado tiempo. Además, tenía casi veintitrés años. No podía estar eternamente controlándome, por mucho que fuera su única hija, y por mucho que temiera de su otrafamilia. Sin embargo, cuando dieron las once, se comenzó a inquietar.

Seguro que se quedó un rato más. Tal vez hicieron una cena o algo así.

Trató de convencerse, acostada en su cama, al lado de su profundamente dormido (y panzón) marido de que todo estaba perfecto, de que yo era cuidadosa, discreta, responsable y madura. No obstante, transcurrieron las doce, la una de la mañana, y nada, ni siquiera un memorándum, una lechuza o un Patronus llego a sus manos. ¿Cómo se le había ocurrido pensar eso de mí? ¿Era mi madre o no?

—Ted, Nymphadora no ha llegado —le dijo a Ted, sacudiéndolo del hombro para despertarlo.

—¿Mmhm?

—Que Nymphadora no ha llegado. Tienes que hacer algo. Tenemos que buscarla.

Kingsley estaba dormido en su cómoda cama de dos plazas, soñando con Margaret como todas las noches, seguramente, cuando lo despertó una luz brillante que había aparecido de la nada.

Abrió los ojos con lentitud. Era un Patronus desconocido, una pantera. Se sentó y trató de elucidarse para oír la información. Debía ser importante.

Cuando estuvo con la mente clara, el animal abrió la boca y abrió con la inconfundible voz de Andrómeda Tonks, mi preocupada madre.

—Kingsley, ¿Está mi hija contigo? No ha llegado a casa.

Mi amigo frunció el ceño y se giró para observar la hora de su reloj. Eran la una de la mañana con diez minutos, y no pasaron ni cinco cuando salió de su apartamento para buscar a su querida y hermosa amiga. Antes, envió un mensaje de vuelta a los padres de ella, para prometerles que él se haría cargo de mí.

Estaba a centímetros de alzar la varita para llamar al Autobús Noctámbulo, cuando un lince del color de la plata apareció ante mis ojos, saliendo de una nube de humo.

—Tonks, dime tu paradero, ahora ya.

Sabía que era el Patronus de Shacklebolt, pero jamás había oído su dulce voz sonar así, tan intimidadora e iracunda. Él casi nunca se enojaba… así que, si estaba de ese humor, era por algo muy malo.

No demoré en contestar, mediante el mismo método. Kingsley no tardó en materializarse frente a mí.

—¡¿Qué diablos haces aquí?! —me gritó tomándome de los hombros para zarandearme, acercándose a mi cara y abriendo sus redondos ojos más de la cuenta. Se veía realmente amenazador.

Iba a contestarle, pero frunció la nariz y se alejó, soltándome.

—¿Vomitaste? Tienes olor a cerveza —arqueó las cejas.

—Yo… —no supe qué contestarle. Era evidente, y me sentí ridícula. ¿Qué buena explicación iba a darle?

"Sí, lo que pasa es que creo que me gusta Snape otra vez, y me pareció oportuno emborracharme, porque no me lo podía sacar de la cabeza. Y vomité, claro, porque es entretenido hacerlo."

—Son las dos y media de la mañana —me dijo con dientes apretados —. Te he buscado por más de una hora. No pude enviar el Patronus antes, porque no tenía idea cómo hacerlo aparecer sin que recorriera media ciudad volando y brillando llamativamente. Eso nunca nos lo enseñaron y me tardé un montón en averiguarlo. Tú también deberías aprenderlo, Dumbledore seguramente lo sabe… —abrí la boca espantada — ¿Qué?

—No pueden ser las dos y media. Drómeda me va a matar —mascullé, otra vez sintiéndome desvanecida.

—Opino lo mismo —contestó mi amigo, alentadoramente —, ella fue la que me envió a buscarte. No quería alertar a nadie, pero tuve que preguntar a Sirius si estabas allá, y desperté a Ojoloco para que me echara una mano.

—¿Le dijiste a Ojoloco? —le gruñí, aguantando las ganas de enroscar mis manos alrededor de su cuello.

—Tenía que hacerlo, ¿no? —me miró con el ceño fruncido — No es gracioso, Tonks.

—¿Acaso me estoy riendo?

—No —me dijo —. Pero, a lo que voy, es que… ¡mira dónde estás! No digo que unos cuántos muggles sean peligrosos, menos para ti —eso me subió el ego —, pero, ¿te das cuenta en lo que estamos metidos? ¡En la Orden del Fénix! ¡Debemos ser responsables! No es un juego, Nymphadora…

—¡Hey!

—…, si tú no te cuidas a ti misma, yo no puedo andar detrás de ti salvándote el trasero…

¿Dijo trasero?

—… cada vez que se te ocurre desaparecer. Tu madre está asustada.

—Sí, seguro, y ahora estás haciendo que perdamos tiempo.

—¿Qué más da? Te van a terminar gritando igual. ¿Y tu auto?

—Me lo robaron.

—Uff —me dio una palmada suave en la espalda, la que reflejaba pura lástima —, estás muerta.

Estuvo cerca de acertar.

Mi querido amigo Kingsley, ya me había hecho sentir suficientemente mal. Sabía que todo ello no era un juego y que debía cuidarme. Sabía que, en cualquier momento, podría ser atacada. Los Mortífagos tenían sus métodos de enterarse de las cosas, y aunque no había transcurrido mucho tiempo, probablemente ya supieran que yo trabajaba para Dumbledore, y si es que no era así, entonces no tardarían en enterarse. Y yo me estaba exponiendo.

Por ello, no era necesario que mis padres me dieran otra dosis de "siéntete mal". No era necesario, pero era lo que me merecía. Sí, aunque me doliera, estaba de acuerdo.

—¿Crees que soy estúpida? —aulló mi madre cuando le dije que no era ni olor a alcohol y vómito el que tenia impregnado en mi cuerpo — ¿Es que tienes quince años?

—Estoy muy, muy decepcionado de ti —dijo mi padre, con calma, pero con una voz, que hubiese preferido que me lo gritara —. Nos preocupaste, haces que tu madre se llene de ronchas —sí, Drómeda estaba llena de manchas por los nervios —, y para peor, molestamos a Kingsley, quien se dio el trabajo de ir a buscarte y venir a dejarte.

Yo escuchaba sentada en el sillón grande, observándolos a la cara. Sí, me atrevía hacerlo, porque si agachaba la mirada, me dirían "mírame cuando te hablo". Prefería ahorrarme esa frase tan molesta.

Ellos estaban de pie, con los brazos cruzados.

—Sé que eres adulta —me dijo mi madre, con ojos enrojecidos —, pero vives aquí y lo único, único, que te estoy pidiendo ahora, es que me avises. Sabes que debiste hacerlo y te pasaste… quizá a qué lugar. Prefiero no saberlo, pero ya me lo imagino, si dices que te robaron el auto…

—Mamá —interrumpí cerrando los ojos. No iba a quedarme sin decir nada —. No soy una alcohólica. Y jamás planeé hacer lo que hice. Y sé que estuvo mal, pero tengo una vida —subí un poco el tono —. No es que no me pueda controlar, pero hay cosas… cosas que no te puedo contar, pero que me afectan. No soy una idiota. Choqué —admití—, pero no por el alcohol. Eso fue antes. Luego me ofusqué y me metí a un bar muggle.

—Y te pusiste a beber —señaló mi padre.

—Sí, pero fue pérdida de autocontrol. No culparé al choque completamente, pero no estaba en mi mejor momento en ese instante.

Mi madre alzó una mano.

—Está bien. Ya no quiero oír más — dio unos pasos para retirarse, pero se devolvió —. Si no deseas volver a pasar por lo mismo, entonces tendrás que aprender a ser menos emocional.

"Menos emocional". ¿Qué imbecilidad estaba diciendo mi madre? ¡Como si fuera tan simple dejar los sentimientos a un lado! Ella lo sabía mejor que nadie. ¡Ella era la que se había desligado de la familia Black para casarse con el ridículo de Ted! ¡Ella era la número uno en dejarse llevar por los sentimientos, cuando debió haber obedecido a la tradición familiar, a sus padres!

Pero, lamentablemente, era mi madre y tenía todo el derecho de darme consejos y decirme cosas molestas. Ella era la ley.

Bueno,pensé cuando estaba ya acostada en mi cama, al menos he aprendido ya que el alcohol no cura las penas. Las acentúa y te hace ver como una tonta sin cerebro.