← Cuando las cenizas vuelan · de
Cuando las cenizas vuelan — capítulo 17
**XVII.**El consejero
Sabía que mi madre estaría enojada por largo tiempo y que dominaría a mi padre con sus tácticas truculentas para que no me hablara demasiado bien —en su presencia, claro; papá no podía estar demasiado enojado con alguien, menos conmigo… Nadie puede estar enojado conmigo. Soy bastante adorable… a veces —. Me imaginé que, incluso, Kingsley volvería darme un sermón al estilo "Margaret", el que bien se había aprendido. Me hablaría de "madurar" y todo ese asunto que me cuesta practicar.
Pero, lo que no imaginé en ningún momento, fue que llegara, antes de la hora del almuerzo, Ojoloco a regañarme.
Cuando abrí la puerta y me topé con ese ojo de color azul eléctrico, mirándome directamente y con ganas de querer salirse de su cuenca, estuve a punto de sacar la varita para atacar. Luego, caí en la cuenta de que era Ojoloco. Su aspecto era feroz. Podría haber ganado en ese momento el premio del hombre más feo y aterrador del mundo.
—Muy descuidada, ¿eh, Tonks? —gruñó empujándome a un lado, sin pedirme permiso para entrar —¡Cierra la puerta! —me espetó, provocándome escalofríos. Eso me hizo reaccionar de mi parálisis momentánea.
—¡Vaya! Ese temperamento… —contesté yo, cerrando la puerta tras de mí —. ¿No que habíamos terminado con las prácticas…? —inquirí con cierta sorpresa.
—Sí, pero evidentemente te hace falta una dosis de clases para la discreción, por no decir, para quitarte la estupidez —su cara se acercó a la mía durante unos segundos. Luego, me hizo un desprecio.
En ese instante aparecieron mis padres, que venían de la cocina.
—Buenos días —saludó Ojoloco y, luego, ignorándolos, se dirigió hacia mí —. Kingsley me contó que estabas perdida, chiquilla, pero eso me hace sospechar de ti, porque ningún mago puede perderse en esta ciudad. Es absurdo. Con un encantamiento brújula siempre estás salvado.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué no soy de confianza? —chillé, asombrada por la frase "sospechar de ti".
—No, pero sí me hace sospechar de tu inteligencia. ¿Y si te hubiesen visto los Mortífagos? O pudo, incluso, haberte visto el Innombrable.
—¿Alastor Moody? —preguntó mi madre, aproximándose al Ojosueltocon aspecto curioso.
Moody se giró y asintió con sequedad.
—Sí, pero eso no es importante ahora. Su hija estuvo a milímetros de ser capturada por los Mortífagos, lo que habría sido fatal para la Orden…
—¡Ningún Mortífago me siguió! Qué exagerado eres, Moody —contesté dándole una palmada en el hombro, tratando de no parecer grave. Retrocedió cuando lo hice, con brío —No tengo venenos en las manos —alegué ofendida.
—Pero podrías tenerlo. ¿Cómo sabes si esos Mortífagos no te hicieron alguna maldición? Habrías echado abajo todos los planes de Dumbledore. Ni siquiera te conozco lo suficiente como para preguntarte algo que sólo yo sepa. No esperaba tan muestra de ineptitud de parte tuya…
—¿Inepta? ¿Yo? —jamás me habían llamado así hasta ese instante. Fue un duro golpe, era una de las palabras que menos me gustaban. Realmente, me sentí mal. Podían decirme "estúpida", pero "inepta" sonaba a que era incapaz de hacer cosas exitosamente.
—Hoy recibirás una tarde de entrenamiento a modo de castigo —mi madre me miró a mí y luego a Ojoloco. Contemplé con disgusto una cruel sonrisa que se le dibujó en la cara —. Así que cámbiate de ropa, come algo y…
—¡Estoy muy cansada! —alegué, negando con la cabeza. Parecía una pesadilla. Me dolían las piernas de tanto bailar,y mi estómago exigía una limpieza profunda para sacar toda esa basura que había bebido.
—¡Y yo estoy muy viejo para andar aguantando niñerías! ¡Y es sólo culpa tuya si estás cansada porque estuviste buscando peligro anoche! —rezongó blandiendo un dedo peligrosamente. Con eso me dejó muda.
La verdad, es que no tenía cómo defenderme. Era yo contra Ojoloco, y detrás de Ojoloco estaban mis padres, y detrás de mis padres, aunque en ese momento no se hallaba presente, se ubicaba Kingsley. Y si Margaret hubiese estado viva… Habría ocupado el primer lugar, porque me habría destripado antes de soltarme una sarta de insultos.
No tenía a nadie que para que me defendiera, así que, ¿qué ganaba con gastar el aire en palabras insulsas? Me merecía un castigo, no tanto por haberme emborrachado, sino por estar volviendo a sentir "cosas" por Snape.
Sí, definitivamente me lo merecía. Suspiré.
—Veo que no tengo alternativa…
Mi madre se encargó de apresurarme. Evidentemente, aún estaba furiosa conmigo y lo único que deseaba era que me fuera para luego, verme regresar exhausta, sangrando de codos y rodillas, arrastrándome por el suelo suplicando descanso.
La realidad sí se acercó un poco a esa fantasía. Quedé sangrando de las rodillas al menos: Ojoloco me obligó a saltar por unas rocas de una playa a la que visitamos. En un momento, me distraje con un pájaro —temí a que me cagara en la cabeza —, pisé mal y caí de rodillas, rompiendo el pantalón y dejándome la piel en carne viva. Fue muy doloroso, pero me limité a pronunciar unas cuantas palabrotas en voz baja. No sé por qué no me imaginé que, por más que hablara despacio, Moody me oiría. ¡Era tan obvio! Seguro que tenía orejas metidas hasta en el…
Como castigo, sentenció el resto mí fin de semana a la intensa limpieza que se estaba llevando a cabo en la vieja Mansión Black. El aseo no me llamaba nada la atención, pero estaba aliviada: no me encontraría a Snape los días de limpieza, dado que no habría reunión. Y era imposible que él se ofreciera amablemente a cooperar con tan entretenida tarea.
Cerca de las cinco de la tarde terminó mi "castigo" con el ex-Auror y, para asegurarse que llegara a la casa de Sirius, me fue a dejar a la puerta misma.
—Si no has cumplido tu castigo, me enteraré, Tonks — refunfuñó entrecerrando su ojo bueno —. Y espero no volver a oír que andas tratando de confabularte con Mortífagos…
—¡Eh! Sólo fui a una fiesta, ¡nunca quise confabularme con…!
Ya se había ido.
Golpeé un par de veces, esperando a que Sirius me recibiera, pero fue la señora Weasley quien abrió.
—¡Ah! Hola Tonks, pasa, adelante —farfulló con amabilidad, haciéndome un gesto para guardar silencio. Seguro que tenía los dedos cruzados tras su espalda, rogando para que no derribara nada y así no despertar a la madre de Sirius.
—Hoy no hay reunión —susurró cuando cerró la puerta —¿Qué te trae por acá?
—Ojoloco me mandó a participar en la limpieza —contesté con poco entusiasmo, sin explicar la razón. No era necesario andar ventilando mi estupidez —, tengo que obedecerle.
—¡Ah! Bueno, entonces ven con nosotros —dijo, como si no le gustara mucho la idea de que me viera metida en el aseo.
Subimos hasta una sala polvorienta y sucia que estaba en la segunda planta. Todos los pelirrojos de Molly y Sirius estaban allí.
—¡Eh! —gritó Sirius dando zancadas hasta a mí y dándome palmadas en la espalda —. En la mañana recibí un mensaje de Kingsley contándome lo ocurrido —se puso serio —. Y me dijo que te vigilara.
—Ay, no… ¿Tú también me vas a regañara ahora?
Pensándolo objetivamente, Sirius Black era la persona menos indicada para decirme lo que debía hacer o no.
—¿Crees que tienes algún derecho? —añadí.
De reojo, vi que Molly nos miraba con curiosidad.
El mago soltó una carcajada.
—No, claro que no. Está bien. Alguna vez yo también lo hice. Muchas veces, creo —miró hacia el cielo —. Perdí la cuenta.
—No me extraña… —balbuceé —. En fin, tengo que ayudar con esto, sino Ojoloco me hará caminar por piedras al rojo vivo.
Intenté, juro que intenté ser cuidadosa. Pero mi equilibrio falló cada vez que pasaba por algo valioso o endeble. Rompí una figura de loza y boté dos objetos de plata, que quedaron rebotando por la habitación con un desagradable ruido.
Sirius apenas miró cuando tuve esos ataques de destrucción. Parecía que no estaba interesado en lo más mínimo en sus reliquias.
El acto final, fue cuando me enredé en una cortina y le desgarré un pedazo.
—Tonks, creo que estás muy cansada —me espetó Molly, tratando de sonar afable, pero se notaba que estaba hirviendo de rabia —. Deberías ir a descansar.
Sirius llegó a mi lado y me miró con una sonrisa, pasándome un brazo por el hombro.
—Yo también estoy cansado, creo que deberíamos ir los dos —comentó, llevándome lejos.
Alcancé a ver que Molly le dirigió una mirada asesina.
—Así es como te salvas de cooperar.
Me soltó y se adelantó, guiándome hacia la escalera.
—He estado desde la mañana metido allí —gruñó en voz baja, súbitamente deprimido —. Sólo quiero beber algo antes de seguir.
Llegamos a la cocina y me pasó una cerveza de mantequilla.
—No te preocupes, no te vas a emborrachar con una —se burló, sentándose en la silla de enfrente, viendo mi cara de súbita sorpresa.
—Sí, lo sé, sólo que olvidé que era de mantequilla… Jamás volveré a tomar una bebida muggle. Ya tuve suficiente con lo de ayer.
—Me imagino, recuerdo bien cómo me sentía yo después de tomar cubas y cubas de su cerveza. Salud —brindó chocando su botella con la mía.
Bebimos en silencio. El primo de mi madre casi se bebió la botella de inmediato.
—Creo que es mejor que suba a ayudar, antes que Molly comience a desquitarse con sus hijos —comentó parándose otra vez.
Justo en ese instante, la puerta de la cocina se abrió y apareció Remus.
—¡Perfecto! Llegaste justo a tiempo, Remus, para hacerle compañía a Tonks mientras yo ayudo a Molly con la limpieza —celebró Sirius con ironía, dándole una palmada en la espalda a su amigo —. Te cambiaría de buen gusto el papel, pero si no subo, Molly me hará la tarde imposible.
—Hola —saludé al mago cuando Sirius se fue —. Me tenían limpiado también —susurré con desgano… y luego sonreí —. No le digas esto a Ojoloco. Estoy castigada, así que imagina que estoy desangrándome por las rodillas tanto fregar el piso.
Remus sonrió con recato.
—¿Puedo preguntar por qué estás castigada? —avanzó y se sentó donde antes estaba Sirius.
—¡Alguien que no lo sepa! Porque se me hace que Moody se lo dijo a toda la Orden.
Suspiré, luego tomé aire y, brevemente, le narré la chiquillada que había cometido la noche anterior, omitiendo razones.
—Tú nunca te has emborrachado, ¿no? Digo, tienes cara de no haberlo hecho —le dije.
Remus hizo una mueca y se puso a jugar con la tapa de la botella de Sirius.
—No pongas la manos al fuego —me miró —. Una vez. Con James Potter, Sirius y… Bueno. A James se le ocurrió gastar su mesada en cerveza y vino muggle —hizo una pausa y soltó una breve carcajada —. No recuerdo haber vomitado tanto como esa vez.
—Me alegro no ser la única.
Por uno segundos, me fui en mis pensamientos.
—¿Por qué ibas a exceso de velocidad?
Porque soy una estúpida que piensa estupideces sobre una estúpida persona.
No pude replicar. A cambio de eso, contesté con otra pregunta.
—¿Te has enamorado alguna vez, Remus?
Fruncí mi nariz cuando formulé la frase, como si el amor oliera a mierda. Bueno, generalmente lo hace.
No se esperaba esa pregunta. Abrió la boca y la cerró varias veces.
—Bueno… no lo sé. Me gustaron una o dos chicas durante el colegio, y logré compartir con una de ellas en séptimo. Pero… ¿enamorarme? Esa es una palabra muy grande —hizo una pausa y me miró con intensidad, entrecerrando los ojos —. ¿Tiene que ver con el amor lo de tu accidente?
Esquivé su mirada. ¿Y si sabía Legeremancia, como sé que lo hacía Snape? Sería completamente… desastroso.
—No lo sé —fruncí el ceño y decidí modificar un poco las cosas —. Es que… durante el colegio me gustó mucho alguien y ayer me lo encontré, hablé unas palabras con él y… Es un verdadero idiota, ¿sabes? No me conviene —de pronto, me inspiré y se apoderaron de mí las ganas de desahogarme —, ¡y eso es lo peor! No me conviene ni un poco, somos completamente diferentes, pero él siempre ha actuado de una manera extraña conmigo… Digo, trata de captar mi atención, como la típica relación del perro y el gato, pero él… —me desinflé un poco— siempre ha tenido en mente a una persona… O sea… Creo que está realmente enamorado de otra mujer.
Fugazmente recordé la fotografía de Lily Evans en el periódico que había guardado Snape en su despacho. Había ocurrido hace muchos años… y el recuerdo aún estaba fresco en mí.
—Bueno, eso es complicado. Sé que es simple decir las cosas, pero, tal vez, ¿no deberías hablar con él? ¿Preguntarle qué es lo que busca contigo? —la voz de Remus sonó comprensiva.
—No creo que resulte.
—Aún así, deberías intentarlo. Porque es eso, o intentas olvidarlo —sonrió —. Eres joven, estoy seguro que puedes encontrar a alguien más sin problemas. Tal vez, debas cambiar de círculo social, o algo así… —hizo una mueca —. Sólo, no dejes que eso te consuma y te impida vivir. Dudo que a tus padres les guste ver a su hija sufriendo por alguien que, quizá, no valga la pena completamente.
Quedé boquiabierta y con cara de estúpida. Hacía tiempo que no escuchaba algo así. Fue… emocionante.
—Desde Margaret que nadie me daba un buen consejo —le dije, dándole una palmadita en el brazo —. Muchas gracias.
—No agradezcas —contestó —. ¿Quién es Margarett?
—Era mi mejor amiga.
—¿"Era"? ¿No será por casualidad…?
—¿"La otra mujer"? No. Ella murió hace un tiempo atrás.
Remus frunció los labios, pero le sonreí para que no creyera que debía tenerme lástima.
—Lo siento —contestó.
—No te preocupes, es tema superado. Además… tal vez me he ganado a un nuevo consejero, ¿no?
Reímos.
Me sentí bien, contenta. La conversación no paró allí, pudimos compartir un rato más, antes que llegara Molly a la cocina y se pusiera a preparar la cena.
Rechazó mi ayuda, como era de esperarse.