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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 18

Siento el ultramegra- retraso. Notas al final, para quienes le interesa saber un poco de la escritora. Un abrazo enorme a todos mis lectores, esto es para que comiencen a calentar la mente, en el buen sentido xD. Es un capítulo corto. Y les aconsejo, para los que deseen, releer al menos esta parte, porque hice varias correcciones para mejorar la historia. **XVIII.**Pensamientos

"Te he visto distraído, Severus", fue el comentario que me abofeteó esa mañana, cuando fui a hablar con Dumbledore al colegio, con el fin de reportar la última información que había recibido la noche anterior, posterior a la reunión. Precisamente, eso salió de sus viejos labios.

Era sábado, y el calor se colaba por cada resquicio del castillo, sofocando hasta los fantasmas y los personajes de los cuadros.

—¿Distraído? —intenté no sonar evasivo, sino que "desentendido" —. Sólo es cansancio, señor director —repuse, formulando una expresión de seguridad. Actuar se me daba bien, dado que casi toda mi vida había sido una mentira, y fingir u ocultar eran dos reglas principales que debía cumplir a diario. Aún así, no podía engañar al director, y tampoco podía reconocer debilidades. Él ya sabía demasiado de mí, y tendía a sentirme expuesto. No me gustaba, sencillamente, que me pillaran con la guardia baja.

—No me imagino por qué —replicó a cambio, haciendo énfasis en el sarcasmo.

No lo había logrado engañar, pero sí supe que el sarcasmo se debía a lo de "cansancio", después de todo, era verdad. Dumbledore lamentaba que yo tuviera que arriesgarme de ese modo, por el hecho de ser una "persona". Pero erael mejor peón que tenía y debía utilizarme. Además, era una promesa que yo había hecho. Mi tarea de doble agente apenas estaba comenzando. Digo… llevaba años comenzando, y no tenía aspecto de tener un desenlace.

Distraído. Estaba cansado, sí, pero me había visto envuelto en situaciones más agotadoras que la noche del viernes. Como había adivinado Dumbledore, estaba distraído, ese era el real problema, y no me gustaba esa sensación de despegarme de la tierra por minutos, sin poder escuchar ni ver lo que sucedía a mí alrededor. Por suerte, eso no impidió que oyera lo que tenía que oír, de manera completa. La información que había entregado a Dumbledore, sobre el Señor de las Tinieblas y sus Mortífagos era la misma que se había hablado en el momento, sin alteraciones. Mi memoria seguía estando buena. Pero sí, estaba ido. Y la respuesta la tenía en la punta de la lengua, y eso complicaba más las cosas; preferiría no haberla sabido, ser ignorante.

En esos instantes, en los que me hallaba en la sala de mi casa, preparándome para ir de excursión con los Mortífagos, todos mis pensamientos se vieron reducidos a una sola persona: Nymphadora Tonks.

Era fácil saber que no estaba enamorado. El amor no funcionaba así para mí. Sencillamente, no quería salir de mis pensamientos. Era como… como una mosca que no paraba de zumbar para avisar de su existencia. Tan sólo segundos bastaban para verme sumergido en fantasías que no tenían ni pies ni cabeza: besos apasionados, miradas cautivadoras y risas que sonaban prohibidas.

Tal vez era algo meramente físico: mi alma le pertenecía a una sola persona, pero bien sabía yo que tampoco quería verla de ese modo superficial. Porque no eran sólo ganas de abrazarla que me daban cuando ella atacaba mis pensamientos, sino que, también, añoraba su compañía.

De cualquier modo, todo eso estaba muy mal. Fuera amor, fuera deseo, interés o diversión lo que yo buscaba, no tenía sentido: no sabía cuál de todas esas opciones empeoraba más la situación. Y tampoco sabía si debía caer en la tentación para poder desenterrarla de mi mente. Dicen que hay que caer en las tentaciones para que pierdan su significado. ¿Debía intentarlo?

Me di cuenta de mi estado de ánimo cuando iba llegando a mi casa, con una sonrisa de oreja a oreja. Había estado en las nubes, pisando esponjas, y recién allí, viendo el reflejo de mi rostro en la ventana, intensamente iluminada por las luces de la calle, supe que estaba Feliz. "Contento" era quedarse corto. Mis dientes se asomaban sin esfuerzo. Incluso brillaban.

La cena en casa de Sirius había sido agradable. Mas, definitivamente, ese no era el motivo real por el que me encontraba tan sonriente, por mucho que fuera mi amigo y hubiese pasado muchos años en la cárcel, sin saber de él. La razón era otra, muy distinta.

Habría sido absurdo de mi parte ponerme a analizarme, si ya sabía de cabo a rabo que la compañía de Nymphadora Tonks me era más que placentera. A pesar de su usual distracción y excéntrica actitud, era muy atenta a veces y su risa lograba entibiar el ambiente, tornándolo confortable. Me gustaba estar con ella. Eso era todo. Era como tener a una amiga. Bastaba que me mirara con esos brillantes ojos llenos de emociones y fogosidad, para sentirme especial.

Entré a la casa, deseando ir a la cama, estaba cansado, pero me detuvo la visión de una remendada ropa llena de sangre que estaba tirada en el suelo, al lado de ésta. El suelo y los muebles estaban llenos de polvo, dado que ya casi no estaba viviendo exactamente ahí.

Eso me borró del todo la sonrisa, y me cayó la roca del recordatorio, recalcándome quién era yo, qué era, y qué demonios estaba haciendo allí, el mundo, aguantando.

Yo era Remus Lupin, un hombre de treinta y cuatro años, con la, para nada envidiable, condición de hombre lobo y que, en esos momentos, me estaba viendo envuelto en la convivencia con los de su especie, a los que probablemente vería la semana siguiente otra vez.

Eso era yo. No era normal, no era como Tonks. Era absurdo pensar que yo podría entablar amistad con alguien tan puro como ella, tan intocable. Le ganaba por más de diez años… y no calzábamos para nada. Yo era como algo soso, amargo.

Sin embargo… ¿quién dictaba que no podía acercarme a ella? Mis mismos amigos me habían enseñado a aceptar ser querido, a aceptarme a mí mismo e incluirme en la sociedad hasta donde pudiera. ¿Por qué tenía que pensar de ese modo tan negativo?

No era malo aceptar lo atractiva que era Tonks, tampoco cuánto me atraía su alocada y extravagante personalidad. No, eso no era malo. No era malo, al menos que ella… Que ellame gustara.

Eso, era un real problema. Me sentí confundido y súbitamente desanimado. Las arrugas de mi rostro volvieron a reflejar amargura.

Espero que todos ustedes, mis queridos, estén bien. Yo estaba muy bien, pero muy falta de inspiración, por eso dejé de escribir. No encontraba el tiempo y no podía expresar las ideas que estaban en mi mente. Siempre he pensado, por supuesto, en terminar la historia, pero no sabía cómo continuarla. Lamentablemente, hace dos semanas mi perro, Nene, falleció. Fue y es un duro golpe para mí, pero sirvió para inspirarme, ahora tengo una llama que me alimenta y me hace escribir. Así que prometo terminar esta historia y seguir con la tercera parte, sea como sea, tomándome lo menos de tiempo posible.

Gracias a todos los que continuarán apoyándome hasta el final. Un abrazo enorme a todos, los amo!!