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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 19
**XIX.**Cómo tratar a los hombres
Me habría encantado quedarme en la casa de Sirius, pero no me atraía hacerlo hasta que estuviera más o menos limpia. Además, ni siquiera había llevado ropa para cambiarme, así que tuve que volver a mi casa para dormir, y a primera hora del domingo, partí otra vez a Grimmauld Place, a fingir que ayudaba, cuando en realidad sólo iba a ir a calentar el culo en la silla y comer alguna de esas asquerosas mezclas que Kreacher había guardado en una de las despensas. Hacer el aseo no me molestaba tanto, pero a la Señora Weasley sí; cuando me vio llegar, me miró alarmada, probablemente temió verme con un plumero en la mano. Habría sido como un mono con varita mágica.
Tal vez, de verdad me habría divertido haciendo algo por la vida, pero debía reconocer que era un poquito desastrosa.
Kinglsey, que estaba allí, intentando cooperar un poco en su tiempo libre —había estado vigilando a unos miembros sospechosos del Ministerio, algo nada sencillo —, me miró con una sonrisa maligna.
—Sirius me contó que ayer casi no moviste un dedo para limpiar. Y cuando lo hiciste, acabaste derribando la mitad de la casa —me dijo, aguantándose las ganas de reír.
Observé a Sirius con seriedad, algo extraño en mí. Mis veces de seriedad estaban contadas con los dedos de las manos. Varios de ellos, incluían a Margaret, quien solía ponerme límites y razonar como alguien maduro.
—¿Por qué tienen la mala costumbre de hablar a mis espaldas? ¿Creen que es gracioso?—gruñí, sacando mi varita, sin pensarlo dos veces — ¡Esto es gracioso! —espeté y les lancé el encantamiento mocomurciélagos directo a la cara. No alcanzaron a reaccionar; creyeron que no me atrevería a atacarlos—. Oh. Tenía ganas de hacer eso —sonreí—. Par de idiotas. No es mi culpa caminar y botar todo lo que se me cruza. Si quieren alegarle a alguien, entonces vayan donde mis padres.
Me senté, puse los pies en la mesa, adaptándome en una pose amenazadora. Me habría gustado esperar a que suplicaran, pero en segundos lograron hacer desaparecer la masa viscosa que no les dejaba respirar.
—Ojoloco debería levantarte ahora mismo el castigo —dijo Sirius, asombrado, sin atisbo de burla en sus ojos. Estaba impresionado.
—Esto nos ha pillado de sorpresa por completo —corroboró mi amigo con ojos grandes. ¿Acaso había ganado un poco más de respeto? Eso sumaba puntos a mi favor. Mi ego se infló un poquito.
—Sí, sí. Bueno, si ustedes no le cuentan a nadie más que sólo me dediqué a destruir las posesiones tuyas —repliqué, refiriéndome a Sirius —, no va a ser necesario decir a Ojoloco que me deje libre. Por favor, finjan conmigo que he hecho mi trabajo.
Luego de eso, me quedé sola en la cocina. Ellos se retiraron para continuar con la labor. Apoyé la cabeza sobre la mesa, pensando en cómo podría no aburrirme estando sin compañía, cansada de nada, no había hecho demasiado para sentirme así… ¿O el aburrimiento de verdad mataba? Me quedé profundamente dormida.
Desperté agitada, no sé cuánto rato más tarde, y tardé darme cuenta de la razón. Pensé que se había debido a Snape, quien parecía haberse inmiscuido en mis sueños una vez más. Luego supe que era porque Kreacher estaba jugando con una de las puertas de la cocina, abriéndola y cerrándola con fuerza, mirándome fijamente, con sangre en el ojo.
—¿Qué? —le espeté, pasándome la mano por la cara para sacarme la máscara de sueño, lagañas y baba — ¿No te puedes ir a fastidiar a otro lado?
Iba a replicarme una grosería probablemente, pero Sirius irrumpió en la cocina, interrumpiendo la escena.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Vete a limpiar alguna cosa!
Tras Sirius, llegó es resto de la familia Weasley, sin contar a Percy. Al parecer, se estaban mudando a la casa de Sirius para tener más facilidad en el trabajo que se estaba haciendo, tanto en la limpieza, como en lo que se refería a las reuniones de la Orden y otras misiones que se estaban realizando. Eso me hizo sentir algo irresponsable: yo debía de estar hablando con gente para convencerla de que el Innombrable había vuelto, algo nada fácil. Aunque estaba castigada por Moody, así que por algo estaba allí metida, en esa horrible y tétrica casa. Sin embargo, la compañía era lo importante, por eso me gustaba tanto estar allí. Así evadía las miradas de regaño de mi madre, probablemente no me perdonara jamás mi estupidez.
Junto con la manga de pelirrojos, llegó la "adoptada", quien, por supuesto era amiga de Ron y de Harry Potter, llamada Hermione. Una chica encantadora y que, a los pocos minutos de haberla conocido, demostró un rango de inteligencia sarcástico infinito con una simple frase que soltó cuando Ron asaltó imprudente y cavernícolamente un paquete de bolas de chocolate que ella cargaba en la mano. Yo habría hecho lo mismo con un poco de más hambre.
—¿Quieres que te compre otras cuantas, Ronald? ¿O con esas estarán suficientes para recuperar la energía que has perdido ayudando en esta casa?
—No, no, con estas es suficiente —respondió el muy cerdo con la boca llena de chocolate. ¿Comía yo así? De pronto sentí algo de vergüenza.
—Sabes que tienes que mantener alejadas las cosas comestibles de Ron, Hermione —terció Ginny arqueando las cejas.
—¿"Gué" "guiegues" "decig"? —tragó y nos miró a todas con desafío — ¿eh?
—Nada, Ron… Nada.
El muchacho hizo un gesto de conformidad y se alejó para ir a compartir con los demás.
—Me pregunto si todos los hombres son iguales —comenté algo decepcionada —. Unos idiotas que no valoran los sentimientos de los demás… y que se los comen para engordar su gran ego… Digo, no es lo mismo, pero… —de pronto miré a Hermione y estaba roja como tomate —¿Qué pasa? —inquirí, imaginándome perfectamente lo que sucedía.
—Nada, yo… necesito tomar agua.
Entrecerré los ojos y pensé, no sé por qué, que a la muchacha le gustaba Ron. Pero yo no era nada aguda con esas cosas, así que descarté la idea. Además, no me incumbía.
Molly se encargó de la cena, y esa vez no me ofrecí para ayudar, porque me puse a conversar con Ginny.
—¿Estás despechada, Tonks? —inquirió con curiosidad.
Arqueé las cejas y, esa vez, me sentí yo abrumada ¿Tan evidente era? Hermione, que había ido a tomar agua de verdad, se unió otra vez.
—Bueno… no precisamente —intenté eludir —. Sólo que los hombres nos tratan como complicadas a nosotras, pero ellos son a los que hay que saber que tratar, porque actúan de forma misteriosa e incoherente. —me sentí súbitamente alterada y mis mejillas se encendieron — Así que, ¿quién los entiende?
—Sí, pero ya sabes que los hombres siempre tendrán la mitad, o menos, de madurez que nosotras —apoyó Hermione arqueando las cejas y echando una fugaz mirada a Ron, que observaba con avidez lo que estaba preparando su madre.
—No hay mejor ejemplo que todos los hombres que componen mi familia —terció Ginny frunciendo el ceño —. Incluyendo a papá.
Suspiré. ¿"Madurez"? ¿Estábamos hablando de hombres o de mí misma?
—No puedo hablar mucho, entonces —susurré, desanimada —. No tengo principios para criticar la inmadurez de los hombres si yo descuidé mi auto por irme de fiesta a una disco… Y me lo robaron.
—¿Qué? —saltó Hermione — Tuvieron que ser muggles, ¿no?
—Sí, probablemente.
—¿Y por qué no lo has rastreado?
Miré el techo y entrecerré los ojos. ¿Por qué no lo había rastreado?
—Bueno… prácticamente no se me ocurrió, y con esto del aseo y todo… —no quise decir la palabra "castigo", porque era demasiado vergonzoso aceptar que había sido sancionada por mi estúpido comportamiento.
Estúpido, ¡estúpido comportamiento! ¡Estúpido Snape!
—¡Hola, Ojoloco! —pronunciaron varias voces a la vez, de súbito. Pegué un respingo cuando apareció rengueando con su pata de palo, observando todo con su ojo falso, girando a toda velocidad.
—No creo que sea difícil rastrearlo —añadió Hermione mirándome alentadoramente, retomando la conversación —. Opino que deberías rastrearlo. Pero, en cualquier caso, un robo no implica inmadurez, ¿no? A cualquiera puede pasarle. No se compara con lo que hacen los hombres en ningún caso. Créeme, a veces no me queda más remedio que pensar que son un caso perdido.
—Ya lo creo —contesté con la moral un poco más alta —, son orgullosos, infantiles, nunca saben lo que quieren realmente…
—¿Hablas de ti misma, Tonks? ¿O hablas de los hombres?
De pronto el Ojo con patas se acercó cojeando hacia nosotras. Me miró con intensidad.
—Espero que hayas aprendido la lección. Si me vuelvo a enterrar que andas buscando problemas con los Mortífagos…
Abrí la boca, atónita, pero no contesté nada en mi defensa, a pesar de que las miradas de incertidumbre de Ginny y Hermione me incitaban a ello. Pero, sencillamente, era un caso perdido entrar en razón a Alastor Moody para hacerle entender que sólo había ido a una disco muggle.
—…En cualquier caso, nosotros, los hombres, somos pragmáticos y sencillos. Ustedes son las complicadas. Sin embargo, te aconsejo que te enfoques en tus deberes, y no pierdas el tiempo en andar pensando en cosas tan absurdas como el amor y esos patéticos asuntos. Estoy seguro que tienes mejores cosas que hacer.
—Es extraño —comentó Ginny en un susurro, cuando el mago dio media vuelta y se fue a interrogar a los gemelos Weasley.
—No te imaginas cuánto —contesté, y no pude estar más de acuerdo con él: sí tenía mejores cosas que hacer, como intentar recuperar mi auto. No podía darme por vencido tan luego, debía darle su merecido a esos muggles rateros.
Y eso fue lo que hice. Luego de cenar como una puerca —difícil evitarlo con ese talento de Molly para hacer tales comidas exquisitas. Traté de comportarme un poco, claro, para no asustar a mis nuevas amigas—, me arremangué, aseguré a Ojoloco que partiría directo a casa, y me marché, buscando, con un extremadamente sencillo encantamiento de rastreo, mi querido auto robado. En una librería muggle compré un mapa, eso haría la búsqueda un poco más fácil.
El encantamiento era como usar un perro rastreador: indicaba el camino que había recorrido el objeto desde un inicio en el mapa, así que lo único que tenía que hacer, era aparecerme en el lugar correcto. El encantamiento, por desgracia, no funcionaba con seres vivientes móviles, así que, aunque intentara buscar a los desgraciados, me sería más que difícil. Y tampoco funcionaba en lugares con mucha magia. La misma magia hacía de interferencia. Era un hechizo hecho para el mundo no mágico.
La pequeña luz que flotaba ante el mapa, brilló con intensidad cuando se posó en Bromley. Doblé el papel, lo guardé en mi bolsillo y desaparecí con mi varita en posición de ataque. Sin embargo, todo lo que vi al llegar, fue una rejilla muy alta, cercando una especie de parque…
…con muchos autos en su interior, apilados uno sobre otro: era un vertedero de automóviles, de esos donde los muggles dejan sus chatarras, o al revés, los muggles roban los carros de otros muggles para ir a dejarlos a esos lugares.
La calle estaba poco iluminada, pero era suficientemente para pasar desapercibida y para encontrar lo que buscaba.
Hice un agujero en la reja y pasé al otro lado, poniendo en funcionamiento el encantamiento de rastreo. La luz roja apareció en el suelo, como si fuera una especie de "rayo láser", esa especie de luz asesina que utilizan los muggles para matarse unos a otros, creando robots que lanzan rayos láser, para continuar matándose. Sí, escuchar las locuras de mis abuelos paternos no era muy sano.
Caminé durante lo que casi fueron diez minutos, entre medio de torres de coches que cada vez se iban disminuyendo más. Por un momento creí que había menos cantidad de estos. Luego, caí en la cuenta que no faltaban autos: sino que se habían achatado. ¡Estaban aplastados como si fueran un trozo de lata ordinario!
Y, de pronto, la luz desapareció cuando llegué ante un pedazo de lata rosa, muy aplastada entre una torre de varios automóviles más: era el mío, y ni siquiera se asemejaba a un acordeón. Estaba destruido, imposible.
El estómago se me apretó.
—Por los calzoncillos de Merlín…
Aún así, quise intentar arreglarlo antes de retirarme, para darme por vencido completamente. Hice levitar los coches que lo aplastaban y conjuré, teniendo una pequeña gota de esperanza en mi interior… pero apenas vibró un poquito profiriendo un lastimero chirrido.
—Malditos bastardos, vaciaron mi auto y lo dejaron inutilizable.
Me sentí mucho más decepcionada en ese instante que cuando recién me di cuenta de su desaparición y de saber que no podría recuperarlo.
—Bueno, bueno, soy una bruja, puedo volar en escobas y aparecerme.
Fue frustrante… sentía que mi automóvil me hacía un poco más interesante y sensual. Ambas cosas se vieron aplastadas como aquél pedazo de chatarra. Con pasos lentos me alejé hasta las sombras y desaparecí, volviendo a mi casa. Al día siguiente tenía que trabajar.