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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 20
**XX.**Licántropos
—Buenos días, Arthur —saludé casi sin aliento, corriendo al ascensor. Me había atrasado quince minutos, y ya todo el mundo parecía estar haciendo su trabajo. El señor Weasley iba hacia las chimeneas con un par de magos de su oficina, probablemente para atender algún caso de artefactos muggles encantados.
Las puertas de uno estaban cerrándose, pero alcancé a saltar justo a tiempo. El seguro metálico sonó y éste se comenzó a traquetear.
Me había quedado dormida. Tras llegar a mi casa, volví a comer y me quedé conversando con mi padre. Le conté lo del coche y él me habló de su trabajo: había tenido que revisar más de cincuenta ejemplares de libros de Mordicus Egg que se habían copiado mal porque un pájaro entró y cagó sobre la cabeza del que dirigía la máquina impresora. A mi padre se le daba bien lo de la ortografía y le gustaba mucho leer, por eso trabajaba en la Editorial Mágica. Un trabajo que la familia de mi madre siempre calificó como vulgar y del que yo poco hablaba, porque en realidad, era aburrido y no daba suficiente dinero como para que me comprara otro coche. Lástima.
Luego de eso, me quedé leyendo el Corazón de Bruja que mi madre había comprado. Contenía interesantes artículos sobre cómo ser una mujer más atrayente y los pasos a seguir para conquistar a un hombre de poca paciencia. ¿Era Snape un hombre de poca paciencia?
¡Vaya, qué estaba pensando! Y qué revista más machista.
En todo caso, concluí que esa revista es pura basura y que me quedé hasta las dos de la mañana haciendo test estúpidos por nada. No era tampoco como que fuera a pasar algo con el murciélago narigón ese…
De inmediato me di cuenta que no estaba sola en el ascensor. Mi acompañante me miraba de reojo, pero con una intensidad que quemaba. Es decir, con odio.
Era Lockwood y volvió a sorprenderme verlo allí. Ya se me había olvidado que estaba trabajando en el Ministerio.
—¿Qué me ves? —masculló entre dientes, agarrando su maletín con fuerza.
Los años le habían afectado para bien y enojado se veía bastante atractivo.
Curvé ligeramente las comisuras de mi boca y arqueé una ceja. ¿Mi intención? Bueno, sólo quería molestarlo un poco. No podía fastidiar a nadie más. Es decir, yo era el saco de boxear de mucha gente… era justo que yo también tuviera uno. Además, no por nada estaba allí. Debía aprovechar la oportunidad.
Lockwood frunció el ceño. Probablemente quiso alejarse más, pero no podía atravesar la pared del ascensor.
—¿Qué? —escupió haciendo un desprecio — Tú me besaste aquella vez. Así que no me mires de ese modo,—masculló y añadió, en voz aún más baja —mestiza fenómeno.
—Bueno, es cierto… —cavilé —, pero tú me contestaste — respondí maliciosamente— Y sé que te gustó.
—No hables idioteces —farfulló mirando al suelo con enojo. Sé que quería lanzarme el maletín por la cabeza.
—No seas tan amargado. Y estoy segura que te encantaría ser metamorfomago —sonreí ampliamente —, todos quieren tener mi poder, así que asumo que no te burlas de mí con real maldad.
—Séptima planta, Departamento de…
Las puertas se abrieron con estrépito y entró un grupo de gente que ahogó la frívola voz que dictaba los nombres de las oficinas. Unos memorándums me dieron en la cabeza. Me apresuré a ubicarme al lado de Lockwood.
—¿Qué te parece si nos besamos ahora? —susurré con disimulo en su oído. Se había burlado tanto de mí en el colegio, que merecía un poco de vendetta, ¿no?
Se apartó de mí como si hubiese recibido una corriente eléctrica, mirándome con ojos desorbitados. Para suerte de él, se bajó en la siguiente planta.
Mis compañeros de trabajo me mataron con la mirada cuando llegué por fin a la oficina. No tenía excusa, pero tampoco quería inventar una, así que acepté mi cruel castigo sin chistar, digo, revisar informes y más informes mientras ellos tenían trabajo de terreno, aunque pude reivindicarme durante el resto de la semana: llegué temprano, le hice una zancadilla a Lockwood en la mitad del Atrio y tuve algo de acción el día miércoles con unos trolls que querían invadir un pueblito al sur de Manchester. Quedé mareada con tanto viaje en traslador.
El viernes, para ser un día de verano, amaneció muy nublado y frío, pero desperté contenta porque, en la noche, podría volver a Grimmauld Place por algo de diversión. Los otros días me había limitado a estar en mi casa, donde las cosas ya estaban menos tensas con Drómeda. Casi me miraba con cariño y me había preparado dos de mis platos favoritos.
Llegué con quince minutos de antelación al trabajo porque me aparecí por la red Flú. Durante diez minutos, estuve estornudando por el uso de los polvos. Ese era mi grave problema, por eso prefería cualquier otro método de transporte.
—Segunda planta, Departamento de Seguridad Mágica…
Estaba sonándome, por eso no miré al bajar del ascensor, y por lo mismo choqué con alguien. Al parecer, ese alguien, también estaba mirando hacia otro lado.
—Oh, disculpe…
Ambos nos quedamos paralizados, mirándonos fijamente. La mandíbula casi se me cayó.
—Apártate —me gruñó Lucius Malfoy empujándome y metiéndose al ascensor. Me caí al suelo, pero estaba demasiado absorta y preocupada para pararme de inmediato.
—¿Qué demonios…? —farfullé agarrando mi varita con fuerza, ¡pude haberlo detenido! ¿Qué estaba haciendo allí?
Me paré y fui directo a la oficina de Shacklebolt, pensando en esperarlo, pero ya estaba allí.
—¿Y tú? ¿Duermes acá? —pregunté dándole una palmada en el hombro.
—Podría ser, hay mucho trabajo que hacer, ni te imaginas —me miró con ojos grandes.
—Sí, ya lo creo. ¿Viste a Lucius Malfoy?
—¿A Malfoy? —frunció el ceño —¿Estuvo aquí?
—Otra vez. Algo que se trae entre manos. Vamos a tener que andarnos con cuidado. No debería estar inmiscuyéndose en el Ministerio.
—Lamentablemente no podemos hacer nada por ahora. Dumbledore nos dirá que hacer cuando se organice alguna reunión —miró la hora —. Creo que deberías irte antes que llegues tarde. No te perdonarán una segunda vez.
Llegué a las ocho en punto a la oficina y por mi puntualidad salí premiada. La verdad, es que el equipo completo tuvo algo que hacer: todos fuimos enviados a un lugar distinto, por trabajos aparentemente sencillos, si no, no nos habrían mandado solos. Yo tuve que ir hacia Bristol, porque la casa de una familia de magos había resultado destruida y, al parecer, lo que lo había causado estaba aún dentro. A la vuelta, tendría que hacer el papel de profesora con un grupo de cinco jóvenes extranjeros metamorfomagos que aún no sabían controlar el don. Mi madre estaría orgullosa de eso.
Cuando llegué a Bristol, la pareja con los tres niños, estaban amontonados en un rincón, apegados a la cerca. Estaban aterrados, los muchachos lloraban. Era una familia humilde y vivían en una parte muy solitaria, rodeados por un bosque y montañas.
—¿Han visto algo extraño? —inquirí sacando mi varita, sin despegar la vista de la casa. Los vidrios estaban rotos y el segundo piso estaba derrumbado. La puerta tenía grandes rasguños de garras no humanas.
—No, sólo vimos unas sombras por la ventana —contestó la mujer, abrazando a la hija menor con fuerza. La pequeña lloraba en silencio.
El esposo carraspeo y me miró con intensidad.
—Hemos oído que este no ha sido el único ataque… Creo que el día lunes sucedió lo mismo, kilómetros al norte.
Justo el día en que no trabajé, pensé.
—Corren rumores también —el viejo se ganó mi atención con esa frase —. Digo, hace años… hace años ocurrieron cosas similares.
Suspiré, al momento en que algo sonó adentro.
—Ahora vuelvo — dije y corrí hacia la entrada sin querer perder más tiempo.
Entré con cuidado aguzando mi sentido de la vista y el oído. Sin pensarlo mucho, casi instintivamente, oscurecí mi pelo y el tono de mi piel para mimetizarme con el sombrío interior de la casa. Había un ruido que provenía de la cocina, como de olisqueo y… dientes masticando.
Caminé de lado, intentando no hacer ruido… Me asomé. En un inicio pensé que eran chimpancés, hasta que les vi asomar enormes dientes. Las manos las tenían grandes y con unas garras aterradoras. Se asemejaban a los licántropos, la posición y la contextura física… Al menos que fueran licántropos, claro, sin transformación porque no había luna llena y era pleno día.
—¡Desmaius! —grité sin pensarlo. Aturdí a uno y se quedó quieto en el suelo, mientras el otro saltó por el hueco de la ventana. Traté de desarmarlo, pero corrió rápido, hacia el bosque.
Al otro bastardo no le duró nada el desmayo: cuando me di vuelta se estaba poniendo de pie. Era una visión horrible.
—Carne fresca —gruñó con una voz desgarrada.
—Qué miras, maldito cerdo, ¿acaso ya no te comiste todo lo que tenía la cocina? No sabes con quién te estás metiendo, imbécil.
—¿Con alguien del Ministerio, supongo?
—No, ¡con Nymphadora Tonks, idiota! —moví la varita para atarlo con cuerdas mágicas. Éstas alcanzaron a rodearle los musculosos brazos, pero se deshizo de inmediato de estas con un rugido. Saltó por la ventana también, probablemente siguiendo el camino de su mugriento amigo.
Cuando quedé sola, me di cuenta del olor a podrido, sangre y sudor que había quedado en el lugar. Me dio una arcada.
—Qué seres más repugnantes… ¡No porque sean licántropos no se deben bañar!
Salí de allí y me fui a unir con la familia limpiándome el sudor de la cara.
—¡Los vimos! —gritó el mago — ¡Eran hombres lobos!
—Sí, y unos muy hediondos —corroboré. Van a tener que proteger sus alrededores, porque no creo que estos sean los únicos —aconsejé, mientras mi pelo y mi piel volvían a su "normalidad" —. Ahora, entre los tres trataremos de acomodar su casa. ¿Varitas listas? Uno… dos… tres.
No quedó completamente restaurada, pero al menos estaba todo en pie y firme.
—¿Usted sabe algo, no? —me preguntó la madre.
—¿Qué quiere decir? —guardé mi varita.
—De estos ataques.
Entrecerré los ojos. Ese era el tipo de personas que buscaba la Orden. Era mi día de suerte.
—No hay una razón diferente a la de la última vez —expliqué con seriedad —. ¿Leen El Profeta?
—No. No tenemos suficiente dinero para pagar la suscripción.
—Pues bien, no lo lean, porque les oculta información. El Innombrable ha vuelto —repliqué y no me asombré al ver las caras de horror de la familia.
—¿Qué sucede? ¿Qué haremos?
—Pues bien, todo lo que les puedo decir, es que se protejan y pasen el mensaje a aquellos que puedan ser de confianza y crean en ustedes. El Ministerio no quiere reconocer la verdad… por lo tanto, es tarea de nosotros, los conscientes de la realidad, preparar al resto. Deben alistarse para cualquier cosa. No sólo ustedes, a sus hijos también.
Tras ese mensaje poco esperanzador, abandoné el lugar, activé mi traslador y volví al Ministerio de Magia, donde todo seguía normal. Eran las diez, faltaba una hora para hacer la clase. Conocería a más fenómenos como yo.
Almorcé cerca de las dos y, luego de eso, partí a la oficina para hacer el informe de los hombres lobos. Se me habían escapado: no había sido un trabajo fructuoso, sólo los había logrado espantar, pero tampoco los habría logrado atrapar sola. Probablemente me designaron el trabajo sin pensar en su peligrosidad real. El departamento de Kingsley se encargaba de meter a los magos a la cárcel, el mío se encargaba de casos menores. Sin embargo… ¿sería realmente útil meterlos a la cárcel? Si todo esto iba en serio, sólo debía contar los días para que el Innombrable liberara a todo los reos de Azkaban para formar su ejército. Así había sido la primera vez.
No había llegado nadie aún de mi grupo —¿les habría tocado un caso parecido al mío? Se habrían visto envueltos en algún peligro? —, pero la oficina no estaba sola. Estaba Lockwood sentado en mi puesto, con los dedos entrecruzados y con las cejas muy unidas. Estaba enojado.
—Eh… ¿no que trabajas transportes? —pregunté quedándome en el umbral de la puerta, extrañada.
Sus ojos claros se toparon en los míos, con odio.
—Te crees muy astuta, ¿no? ¿De verdad tu venganza incluye seducirme? ¿O es sólo por molestar?
Bufé. ¡Era por eso! Parecía que lo había dejado algo confundido.
—¿No tienes trabajo que hacer? —pregunté con voz cansina — No tengo tiempo para esto.
Se puso de pie y me señaló con un dedo amenazador.
—Juegas sucio —gruñó —. Sabes que me gustaste —admitió con la mandíbula apretada.
Creo que sí lo sabía, pero no pude evitar sorprenderme. Los colores se me fueron a las mejillas.
—O sea que sí te gustaba…
—No te hagas.
—No me hago —respondí con sinceridad —. Es que te empeñaste mucho en negarlo. ¿Y qué buscas ahora? Si tanto te molesta, entonces no lo haré más, pero es que te lo mereces. Me trataste muy mal —le espeté.
—Eres idiota —me lanzó sin pelos en la lengua —. A veces hay otras maneras de manifestar el gusto.
Cerré los ojos por unos segundos. La imagen de aquél personaje vestido de negro apareció en mi mente de nuevo.
—Pues eso no me parece. No es justo.
Se enderezó y se aproximó a mí con un rictus de orgullo en el rostro.
—Lo que no es justo, o más bien dicho, no fue justo, es por qué me besaste esa vez si no significaba nada.
Di un grito ahogado.
—No puedo creerlo. ¿En serio? Han pasado más de cinco años.
—Por lo mismo —se cruzó de brazos — ¿Cuál es el problema de saber el motivo?
El problema del motivo era recordarlo.
—No te lo diré, Lockwood, ahora lárgate —lo hice a un lado para sentarme en mi silla.
—Entonces, dame a cambio una cita, el lunes luego del trabajo. Una, para demostrarte que realmente no soy tan desagradable como tú piensas.
No sé por qué lo hice, pero cedí de inmediato y él se sorprendió, seguro pensó que me negaría rotundamente. Tal vez quería una excusa para olvidarme un poco de Snape. En una de esas, no fuera tan mala idea salir con él y me terminara enamorando de Lockwood.
No, definitivamente no podría enamorarme de Lockwood, pero asistiría a la cita. De todos modos, terminé sonriendo. ¡Y Tonks anota un punto por su inevitable sensualidad! Después de todos, los genes Black no estaban tan mal…