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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 29

CHICOS, el capítulo nuevo es el ANTERIOR a este. Me equivoqué el otro día :(, aunque no importa que lo haya hecho, porque el cap anterior es un POV de Severus y Remus. Así que... vayan a leer!

**XXIX.**Planes

Mi amigo volvió a llamarme con las manos; por un segundo, me había quedado paralizada, sintiendo cómo mi burbuja de placer se desinflaba poco a poco. Luego recordé que no estaba sola, sino que con la peor compañía del mundo: Eric.

"Muévete" articuló el morenazo sólo con los labios.

         Me metí dos cucharadas grandes de helado a la boca, me limpié con una servilleta y me paré.

         —¿Qué sucede? —preguntó Eric, sorprendido.

         —Lo siento mucho —le coloqué una mano en el hombro —, tengo que irme, asuntos de trabajo. Kingsley me está llamando.

         —¿Qué? ¿Qué? Pero, ¿Por qué? —dijo afligido.

         —Otro día nos veremos; el helado estaba muy bueno. ¡Adiós!

         —¡Eh! ¿Shacklebolt es tu novio?

         Corrí entre las mesas, ignorando la estúpida pregunta que me había hecho, teniendo suerte de no derribar nada. Miré hacia atrás y vi que las cejas de Eric estaban más unidas que nunca, entre furioso y apenado, con los dos platos de helados, el mío y el de él, prácticamente llenos. ¡Ojalá encontrara a alguien con quien compartirlos!

         Kingsley me tomó del brazo, apurándome. Salimos del local y me llevó hacia un callejón vacío.

         —¿Qué pasa? —pregunté cuando estuvimos a salvo —¡Ah! —grité cuando vi que algo brillaba en su oreja derecha.

         —¿Qué? ¿Es que no te habías dado cuenta?

         —¡No! —exclamé mirando asombrada el aro de oro que se había colocado —. Margaret te va a penar —dije como si fuera razón suficiente para que se lo quitara.

         Mi amigo sonrió.  

         —Que se atreva. Ya veremos. Bien, escúchame: Harry ha hecho un encantamiento patronus…

         —¡¿Qué?! —los ojos se me abrieron desmesuradamente, volviendo a la realidad. ¿Que Harry había hecho qué? Fue impresionante saber que era capaz de ello, pero fue peor saber lo que había hecho. Aún siendo un Auror, seguía teniendo problemas para generar con facilidad un Patronus.

De un estado de agitación media, por haber caminado rápido, mi corazón alcanzó un ritmo desbocado de conmoción.

—Lo que oyes. Arthur me lo comentó hace diez minutos. Mafalda le mandó una carta para arreglar la ruptura de su varita... está todos patas arriba.

—Pero, tiene que haber una razón, ¿no? Es decir, ¿lo hizo porque se le ocurrió? Porque no me agrada la idea de pensar que fue un dementor al que trató de atacar. Siempre he sabido que Harry no es un revoltoso.

—No sé cuál es la historia, pero el acto lo presenció un muggle, lo que complica más las cosas. Debes ir de inmediato a vigilar el Ministerio, porque Arthur tratará de intervenir en la situación de Harry. Creo que Dumbledore iba en camino hacia el Ministerio también, pero ve de encubierto. Recuerda que no debemos tener contacto con él —suspiró y sonrió —siento haber interrumpido tu cita.

—Es lo mejor que pudiste haber hecho, créeme. Un poco más, y muero de aburrimiento, aunque el helado estaba delicioso. Me voy.

—Sí, ten cuidado, porque habrá más gente que de costumbre hoy.

—No puedo creerlo. Lo que más temía Dumbledore que sucediera, ocurrió. ¿Habrá sido por dementores?

—Ni yo lo concibo, pero pienso lo mismo que tú. Parece que el chico no es alguien que necesite llamar la atención, por lo que han dicho Sirius y Remus. En fin, nos vemos.

Me dio un escalofrío al pensar en los dementores. Una de las pruebas que habíamos tenido que enfrentar en la carrera de Auror, fue ir a Azkaban y soportar con un patronus sin que desapareciera. A todos nos costó: no era fácil llegar a la fortaleza y crear el patronus sin antes llenar el cerebro de recuerdos terribles que nos acechaban en nuestro plano más profundo de la inconsciencia. Por supuesto, salí airosa de la prueba con mucho esfuerzo, pero eso sólo había causado el aumento de mi odio hacia esos detestables seres. Sí, los odiaba más de lo que pude haber odiado alguna vez a Severus Snape.

Tal como mi amigo me había dicho, el Ministerio de Magia estaba concurridísimo esa noche, y más que ninguna otra que recordara. Tuve que ser muy meticulosa en cada paso que daba. Esa vez no podía permitirme chocar contra algún poste, enredarme en las alfombras o, incluso, chocar con algún otro compañero de la Orden del Fénix. Procuré colocarme de manera correcta la capa invisible y tuve que robar café de una máquina del casino para lograr sobrevivir toda la noche.

Dumbledore nos citó a todos oficialmente para el otro día en el Cuartel General. Snape no asistió, e imaginé que debía estar en asuntos más importantes que una simple reunión sobre Harry Potter. Por supuesto, técnicamente en todas las reuniones se nombraba al muchacho más de una vez, pero esta ocasión era diferente: debíamos crear un plan para sacarlo de la casa de sus tíos, sin que ellos se dieran cuenta. Aún así, con la ausencia de Snape, la cocina de Grimmauld Place no había estado tan llena hasta ese instante.

         Shacklebolt y yo teníamos razón en nuestras suposiciones: efectivamente, no uno, si no dos dementores atacaron a Harry y a su primo Dudley. La mismísima Arabella Figg le había contado su testimonio a Dumbledore. Mundungus fue el gran culpable de todo: se rezagó bastante en la reunión. El día anterior había sido regañado brutalmente por Dumbledore según Remus, y al parecer, no había visión más aterradora que un vejete canoso con un gusto extraño por los caramelos de limón, transformándose en un viejo gruñón. La verdad es que costaba un montón imaginarlo.

         —Son los muggles más desagradables que haya conocido en mi vida —comentó la profesora McGonagall cuando se mencionó a la familia de Harry—. Aunque los conocí hace muchos años, el recuerdo de sus comportamientos sigue muy vivo en mi mente.

         —Podríamos sacar a los Dursley a pasear. Hay que convencerlos que salgan de casa para que no estén expuestos a ningún riesgo —dijo Dumbledore —. Puedo asegurar que a la familia de Harry no le gustan los magos.

         —¿Y si enviamos alguna invitación falsa? —dije yo, no muy segura de mi idea al principio — Podríamos invitarlos, por ejemplo, a algún festival humorístico o…   

         —Créeme, Tonks, que los tíos de Harry, lo que menos tienen, es sentido del humor —me hizo saber Arthur con algo de impaciencia.

         —Bueno, entonces algo como el Concurso de Jardines Mejor Cuidados de Inglaterra; es algo sofisticado y sin ni una pizca de humor —añadí.

         —¿Existe eso? —me preguntó Remus, mirándome con incredulidad.

         —¡Claro que sí! El sueño de mi madre es poder quedar en las finales, pero las plantas no duran mucho en el patio que tenemos. Creo que es por la tierra…

         —No me parece mal tu idea, Tonks —me dijo Dumbledore dedicándome una sonrisa—. Tú te encargarás de ello entonces.

         —Ahora, debo saber quiénes estarán disponibles para ir a buscar a Harry este domin…

         Creo que les gané por milésima de segundos a los varios de los que se ofrecieron, entre esos Remus, en levantar la mano. Sirius se amurró un poco, por no decir mucho: tenía tajantemente prohibido salir de la casa, así que ni se molestó en alzar la mano. Kinsley me había comentado ese día que estaba despistando a los demás Aurors con la supuesta pista obtenida de Sirius. El ministerio había dejado de priorizar su captura porque estaban pendientes del director y del mismo Harry, pero aprovecharían cualquier situación para aumentar su credibilidad y demostrar su falsa eficacia.

         —Bien, Elphias, Hestia, Remus, Sturgis, Emmeline, Tonks, Kinglsey y Alastor, por supuesto, seguirán el plan que propondré a continuación.

         Finalmente, planeamos seguir un riguroso plan de horarios por insistencia de Ojoloco: los Dursley serían citados a las ocho de la noche, por ende no deberían salir más allá de las siete y media. Entre ese horario y las ocho debíamos llegar nosotros. Nos iríamos volando. Iba a tener que desempolvar mi Cometa 260 que estaba guardada en un lugar que no recordaba. Tendría que preguntarle a Drómeda.

         El director insistió en que debíamos ser cautos y raudos, porque a las ocho y media se celebraría otra junta; el accidente de Harry había hecho que los planes cambiaran mucho.

         Cuando terminó la reunión, Molly fue a avisar a sus hijos para que bajaran a cenar. Se produjo un altercado: pilló a los gemelos tratando de oír con unas cosas llamadas "orejas extensibles". Jamás la había visto tan enojada.

         —¡No puedo creerlo! ¡Oír conversaciones ajenas es un delito! ¡No volverán a hacerlo nunca más!

         —¡No las botes! ¡No te imaginas lo útiles que son! —se defendían sus hijos mientras entraban a la cocina, todos rojos como tomates.

         —¡Ah, no! ¡No las tiraré a la basura! ¡Las quemaré!

         Y así fue. Echó las orejas extensibles en el lavaplatos y les prendió fuego con un movimiento de la varita.

La cena estuvo un poco tensa por lo mismo: no sabíamos desde cuándo habían estado oyendo y cuánto sabían, pero a mí no me preocupaba demasiado. Aún así, logré distraer un poco a los muchachos con mi rutina de transformación facial, y los muchachos compartieron información de la familia de Harry conmigo.

—Su tía tiene un cuello extremadamente largo —comentó George.

—Y su hijo Dudley fue el primero en probar nuestro Caramelo Longuilinguo.

—¿Caramelo longui-qué? ¿Cómo es eso?

Me quedé un rato más, conversando con Remus y Sirius al finalizar la cena. Éste último estaba extremadamente irritable. Dumbledore había insistido en que cooperara en la casa, que aún seguía patas arriba, y que no se expusiera.

         —Me siento tremendamente inútil —susurró enojado, cambiando de súbito el tema de Quidditch.

         —Vamos, Sirius, Harry es tu ahijado y te necesitará, seguro.

         —¿Sí? ¿Y de qué voy a servirle si no puedo hacer nada que dar consejos vacíos? —contestó fulminándome con la mirada.

         —Pero puedes trabajar un poco aquí. No es que sea algo entretenido, pero por lo menos tu casa quedará más…

         —No es mi casa —corrigió con brusquedad—. Nunca lo fue. Ni siquiera hemos conseguido descolgar el endemoniado cuadro de mi madre. ¡Ni para eso sirvo! Maldita sea.

         Formulé una mueca. Remus me miró y negó con la cabeza, dándome a entender que no le hiciera caso. Me terminó convenciendo, porque no tenía problema en rebatirle su idiotez. De todos modos, debía ser comprensiva. Él era el encerrado, no yo.

         —Bueno, creo que debo irme.

         —Te acompaño a la salida —ofreció Remus.

         No sé si lo hizo por amabilidad, pero sí sé que quería asegurarse que no derribara el paragüero que me había hecho una mala jugada en una de las pasadas reuniones.

         —Hay que ignorarlo cuando se pone así. Yo ya he aprendido a lidiar con ello. Estoy con él con frecuencia, pero suele pasar más tiempo con Buckbeack que conmigo —me dijo cuando estábamos en la escalinata que daba a la calle. Tenía puesta las manos en los bolsillos de su raída túnica. Me gustaba su estilo: era tan desaliñado como yo. A la vista combinábamos un poco.

         —Creo que ya me di cuenta. Creo que mañana trabajaré todo el día, así que no me pasaré para acá. Podré descansar un poco del mal humor de Sirius.

         —Yo estaré aquí, si tienes algún tiempo… —se interrumpió y me observó de manera extraña — Digo, podrías acompañarme y distraerme a mí de su mal humor.

         Sonreí.

         —Lo intentaré, pero no creo que pueda. Debo llegar a las cinco de la mañana a vigilar, ya sabes. Luego debo trabajar; Kingsley me dijo que trabajara mañana, así podría liberar más días la semana siguiente… —la sonrisa comenzó a borrarse de mi cara — Y luego debo volver a vigilar. Espero no quedarme dormida el domingo. Mándame un vociferador por si acaso.

         —Seguro. Nos vemos.

         Le di una palmada en el brazo. Caminé hasta la plaza y desaparecí, pensando en que Remus era una muy buena persona.

         Apenas llegué a la casa, mi madre me bombardeó de preguntas.

         —¿Cómo te fue? ¿Pasó algo interesante hoy? ¿Has visto a Fudge? ¿Mañana hay reunión?

         —Bueno, no sé si leíste el profeta, mamá.

         —Claro, y no se menciona nada sobre Harry Potter, salvo lo típico que últimamente escriben. Eso de que es un niño pretencioso y mimado.

         —Pues, bien, Fudge está presionando en El Profeta para que no publiquen nada sobre su pérdida del control de esas bestias de Azkaban.

         Los ojos de mi madre se abrieron de horror.

         —Entonces, ¿de verdad fueron dementores?

         —Arabella lo confirmó a Dumbledore.

         —Por Dios… —mi mamá se sentó en la silla. Estaba con su típico trapo de la cocina en la mano, y en la otra sujetaba la varita.

         —Mamá, no te preocupes. Todo estará bien, ¿sí? ¡Me tienen a mí! Por cierto, ¿dónde está mi Cometa?

         Logré sacarle una sonrisa, pero estaba preocupada. No pude continuar animándola: debía escribir esa carta para los Dursley.

Estimados Señor y Señora Dursley.

Le invitamos a participar, a ustedes y a su familia, en el Concurso de Fenómenos de Circo Del Año de Londres. Señora Petunia, usted ha quedado como "La Mujer Jirafa". Señor Dursley, usted como "El Más Grande Del Mundo". Señor Dursley Jr., usted ha clasificado en "Cerdos Que Parecen Personas".

Atentamente, y deseándoles lo peor de parte de todos los amigos de Harry Potter.

La Sexy Tonks.

Sí, sí, habría sido fantástico mandar una carta así, pero tuve que practicar mi formalidad, vocabulario y cordialidad para redactar una carta decente y creíble. Tuve que consultar con mi padre, claro, antes de enviarla, para que revisara la ortografía y la estructura. Debía parecer de concurso. Él me ayudó a colocarle el logo. ¡De algo que sirviera su trabajo de Editor!

Coloqué diez alarmas para asegurar mi despertar a las cuatro de la mañana. Debía estar a las cinco en el ministerio, instalada, con capa y todo.

         No fui al correo muggle hasta que dieron las siete y media de la mañana, pero cuando llegué me di cuenta que no tenía ni un céntimo de monedas muggles, billetes, o lo que usaran, así que partí a Gringotts para que me ayudaran.

         —Sabe — le dije al gnomo que me estaba atendiendo, cuando ya me había entregado el dinero. Había cambiado un galeon. No andaban con más —, en la carrera de Auror no me enseñaron a utilizar dinero muggle. ¿Podría explicarme usted?

         El hombrecillo gruñó y me fulminó con la mirada bajo sus lentes de montura redonda. Con eso me convenció: debía averiguarlo sola.

         Llegué un cuarto de hora atrasada al trabajo, pero al menos me aseguré que la carta llegaría ese mismo día a los Dursley. El dinero me alcanzó justo.

         Nadie, sin embargo, notó mi súbita aparición, ni siquiera el cargoso de Eric Munch. Se habían escapado unos simios rabiosos en los que un grupo de mafiosos había estado haciendo pruebas con elixires ilegales provenientes de Alemania. Eso me dijo Shackebolt después de regañarme: fue la única excepción.

         —Por favor —me rogó, más amenazante que afligido— llega a la hora mañana. Estaremos en el mismo lugar. No olvides tu escoba.

         —No me voy a olvidar de algo tanto tan importante, digo —y bajé la voz tratando de ocultar mi emoción —, es a Harry Potter al que voy a ir a buscar.

Besos y abrazos! y Gracias por todo!