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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 30
*Mis queridos lectores! Aquí tienen el nuevo capítulo.**He de advertirles que este tiene contenido de la OF , traté de reducir los diálogos que aparecieron en el libro al mínimo, pero la verdad es que son muy importantes para internarnos más en el personaje de Tonks y todo el asunto. Es la única forma que sientan que esta historia de verdad pudo haber sucedido, ese es el sentimiento y pensamiento que quiero crear con este fanfic.*Eso, a disfrutar! me avisan si hay errores.
**XXX.**Operación rescate
Pensé que Sirius no saldría a recibirnos mientras hacíamos hora en Grimmauld Place al día siguiente. Sin embargo, lo vi muy alegre, más que otras veces. Tarareaba canciones de Celestina Warbeck con toda emoción y alabó el color violeta de mi cabello.
—Sirius no se puso nada contento cuando Harry se defendió de los dementores. Igual que todos nosotros, estaba preocupado —me explicó Remus luego —. Pero no escondió su regocijo cuando supo que eso haría que Dumbledore decidiera traer a Harry.
—Bien, vamos, andando —dijo Ojoloco cuando estuvimos todos reunidos. Estábamos con quince minutos de adelanto, según el plan.
—¿Y si los Dursley aún no han partido? —inquirí, pensando en la carta que había enviado.
—Vamos a ir volando —especificó Ojoloco.
—¿Volando? —no fui yo la única que se atragantó al decir la palabra — Sabíamos que nos vendríamosvolando, no que nos iríamosvolando.
—No podemos arriesgarnos a que los muggles nos vean…
—Tardaremos más de media hora en llegar, Ojoloco —intervino Remus con preocupación.
—¡Tenemos que aparecernos! —insistí yo, espantada — Mi escoba no va a durar más de un viaje, ni yo, y creo que aquí todos sabemos aparecernos.
—Remus y Tonks tienen razón, Moody —dijo mi amigo, el morenazo—. Todos sabemos aparecernos, y debemos actuar ceñidos al plan. No queremos tener problemas con los tíos de Harry; Dumbledore insistió que Harry debe volver el otro año. Tampoco queremos que la policía nos acose. Todavía no está completamente oscuro, no nos arriesguemos.
—¡Está bien! —accedió Ojoloco sin mucha paciencia — Entonces, desapareceremos en grupo. ¿Todos saben la dirección exacta? Bien. Aguardaremos. Luego, nos iremos a la plaza.
Mi emoción iba en aumento a cada minuto que pasaba, aunque no era la única que se veía así de excitada. Remus era el único que conocía a Harry, por ende, se veía mucho más tranquilo. Los demás hacíamos cosas similares: nos sobábamos las manos y mirábamos nuestros relojes constantemente, que avanzaban con lentitud.
Finalmente, Ojoloco hizo un gesto, fuimos a la plaza, nos ocultamos tras unos árboles, a pesar de que la oscuridad ya era espesa y nos mimetizábamos perfectamente (aún no encendían las luces de la noche), y desaparecimos de dos en dos, cuidando que ningún ojo de muggle captara lo que estaba ocurriendo.
Nos materializamos silenciosamente en el jardín de los Dursley. La verdad es que mi carta había sido de lo más creíble: tenían un jardín de lo más envidiable. Había flores que jamás había visto en mi vida y el pasto estaba muy verde para toda la sequía que estaba arrasando con Ingraterra.
—Hestia, tú eres la que está más cerca de la puerta. Echa un vistazo —farfulló Ojoloco.
—No hay moros en la costa, todo oscuro —contestó la bruja unos segundos más tardes.
—Haremos una fila… Tonks, ve tras Kingsley, Remus, ve adelante y abre la puerta. Con cuidado, en silencio…
Ir tras Shacklebolt no me salvó de generar caos: no conocía la casa y la oscuridad no me generaba confianza en lugares no familiares, así que traté de afirmarme de un mueble, pero derribé lo que pareció ser un plato, provocando un gran estruendo. Todo me indicó que esa era la cocina, y debía alejarme rápidamente de ella.
—¡Tonks!
—¡Lo siento! No sé dónde estoy pisando…
—¡Reparo!
De pronto se filtró algo de luz por una puerta que habían abierto, pero tuve que esforzarme un montón por no enganchar mis pies en algún lugar. Nos amontonamos en el vestíbulo, al pie de unas escaleras.
—¿Cuál será la habitación del muchacho?
—No sé, las abriré todas —dijo Remus.
Aguardamos, expectantes. Mi corazón estaba acelerado.
De pronto, una sombra apareció en la cima de la escalera. Era una sombra encorvada y muy delgada.
—Baja la varita, muchacho —gruñó Ojoloco, mencionando luego que le sacaría un ojo a alguien. Bien podría sacárselo a él, así que daría simétrico, o más o menos.
—¿Profesor Moody? —inquirió la voz de Harry. Estaba temeroso.
—No sé si debes llamarme "profesor"; nunca llegué a enseñar gran cosa, ¿no? Baja, queremos verte bien.
El chico se quedó quieto, pero bajó un poco el brazo con el que asía la varita. ¡Quién lo habría hecho en su caso! No todos los días se iban a meter casi diez extraños a tu casa.
Remus lo tranquilizó con su ronca voz.
—¿P-Profesor Lupin? ¿Es usted?
—¿Por qué estamos aquí a oscuras? — dije, cansada un poco ya de no verlo. Ya no necesitábamos estar de incógnitos, el chico ya sabía que estábamos ahí — ¡Lumos!
El muchacho estaba alerta, con una expresión boba en la cara. Jamás lo había visto en mi vida, ni siquiera había tenido la suerte de topármelo en la calle como otros, pero sí había recibido muchas reseñas de quienes conocían a sus padres. Era como lo imaginaba, y eso, lo hice expresar en una oración.
—¿Cómo estás, Harry? —pregunté para infundirle confianza, pero él no contestó. En cambio, mi amigo habló con el mismo tono impresionado, comentando lo parecido que era a su padre, James.
Elphias rectificó sobre sus ojos, que eran igual a los de su madre, Lily. Sentí algo raro cuando pensé en ella. No sé si eso podría calificarse como "celos", más bien, era nostalgia.
Ojoloco se entretuvo un poco confirmando si era de verdad el muchacho o no. Éste bajó por fin cuando se dio cuenta que ninguno quería herirlo.
—¡No te pongas la varita ahí, muchacho! —le espetó Ojoloco cuando Harry se metió la varita al bolsillo trasero del pantalón. Todos estábamos expectantes a sus movimientos — ¿Y si se enciende? ¿No sabías que magos mucho mejores que tú han perdido una nalga?
Miré a Ojoloco con desconfianza. Seguro se lo había inventado, porque yo aún conservaba mis nalgas, y eso que un montón de veces me había puesto la varita en aquél bolsillo. Al menos que él hubiese sido la víctima. No me extrañó, después de todo, le faltaban varias partes del cuerpo.
—¿A quién conoces tú que haya perdido una nalga? — pregunté, sabiendo que no iba a obtener respuesta. ¿Tendría puesto él una nalga de mentira acaso?
Conversamos un rato con el chico en el vestíbulo, quien estaba muy asombrado por la cantidad de gente que lo había ido a buscar. Luego, entramos a la cocina. Fue allí donde Remus se entretuvo presentándonos, y cuando habló de mí, mencionó mi adorable nombre. ¿Es que ese hombre aún no comprendía?
—No me llames Nymphadora, Remus —me quejé un poco harta —. Me llamo Tonks —corregí, mirando a Harry. Desde ya había que instruirlo que me dijera "Tonks". No podía permitir que se infectara con el virus Nymphadoriano.
Me entretuve mirando la cocina. Ahora que estaba con luz, podía apreciar lo limpia y ordenada que estaba. El plato que había roto, había sido reparado por Kingsley brillaba limpio sobre un mesón. Mi madre se habría cambiado de buena gana a un lugar como aquél, porque, por más pulcra que fuera, jamás nuestra casa lograba verse impecable de techo a suelo. Ted era muy desordenado. De ahí mis genes.
Ojoloco se sacó el ojo, que no giraba bien. Me aguanté la arcada.
—Ojoloco, ya sabes que eso que estás haciendo es asqueroso, ¿verdad? —le pregunté, asqueada.
Lo que hizo luego, fue peor, porque le pidió a Harry un vaso de agua para remojarlo. Me escapé de allí en cuanto Remus dijo al chico que fuera a preparar su baúl. No quería ver más el ojo flotando en el vaso, pero también tenía mucha curiosidad por saber algo más de Potter.
Su habitación estaba hecha un desastre, pero me pareció totalmente acogedora. El resto de la casa era demasiado antinatural para mí.
Cuando me peiné esa mañana, no lo hice con la luz prendida, así que no vi cómo me quedaba realmente el color de mi pelo. Estaba demasiado soñolienta, y la única vez que fui al baño en el trabajo, tampoco me había mirado en el espejo, y sencillamente me quedé conforme con lo que había dicho Sirius en Grimmauld Place ("Buen toque, Tonks"). Pero cuando me miré en el espejo de Harry, me veía tremendamente pálida. Tal vez era porque su luz era más blanca, pero me daba un toque enfermizo.
—¿Cómo lo haces? —preguntó Harry cuando me vio cambiando el color de mi cabello al rosado chicle nuevamente. Imposible que no se diera cuenta: pareciera como si estuviera sentada en el baño haciendo fuerza.
—Soy Metamorfomaga —contesté y le expliqué orgullosamente sobre lo que significaba para mí y para mi puesto de Auror.
Harry parecía ser un muchacho muy tímido para toda la fama que tenía. Me lo imaginé de ese modo: la gente que obtenía la fama sin pedirla, la rechazaba con rotundidad. Le gustaba esconder su cicatriz tras su pelo revoltoso, así que supe que le habría gustado esconder su cicatriz si hubiese podido. Y no me sorprendió que me preguntara si se podía aprender a ser metamorfomago.
Lamentablemente, no era posible. Sólo éramos unos pocos los que nacíamos con el don.
—Seguro que a veces te gustaría ocultar esa cicatriz, ¿verdad?
—Sí, claro —contestó, dándome la espalda.
Le di un poco la lata frente al tema, hasta que recordé que yo debía estar ayudándole a empacar.
Traté de hacerlo con magia, pero no quedó perfecto: cada vez estaña más convencida de que los encantamientos de limpieza y orden no eran mi fuerte.
—¡Caramba! —exclamé cuando vi que Harry tomaba su escoba de debajo de la cama. Se notaba nueva y lujosa — ¿Tienes una Saeta de Fuego? Y yo todavía llevo una Cometa 260 —le dije sin ocultar mi envidia. Dicha escoba, estaba en mi bolsillo con un encantamiento de expansión no detectable. Daba gracias por poder esconderla, aunque fuera por un rato. Debía juntar algo de dinero y comprarme algo más decente.
—¿Conservas las nalgas? — pregunté como broma, a ver si le sacaba una sonrisa, mientras cogía la jaula de la ausente lechuza. No resultó, ese muchacho estaba en estado de shock — Bien, vamos. ¡Baúl locomotor!
Bajé las escaleras con cuidado, procurando no hacer desastres.
—Excelente —dijo Remus cuando nos vio entrar nuevamente a la cocina —. Creo que nos queda un minuto. Tendríamos que salir al jardín para estar preparados…
Me distraje un momento con un objeto cuadrado y blanco, con muchos botones, que examinaba Shacklebolt junto con Sturgis con atención. Supe que era un microondas: mis abuelos solían calentar la comida allí cuando no deseaban cocinar.
Si algo no podía hacer siendo metamorfomaga, era invisibilizarme. Por algo utilizaba capa invisible cuando debía hacer guardia en el ministerio, así que me asombré mucho al ver a Ojoloco utilizar el encantamiento desilusionador con Harry. Yo habría tenido que intentarlo dos veces antes de que me resultara por completo. Nunca uno terminaba de perfeccionarse, mas debía aceptar que, Ojoloco paranoico y todo, era un as para todo tipo de encantamientos. Por algo había sido el mejor de sus tiempos, y yo lo admiraba mucho. Esperaba ser tan sabia como él. ¿Debían arrancarme un ojo, un pedazo de nariz y nalga para aprender de verdad?
—Vámonos —urgió Ojoloco y abrió la puerta para que volviéramos al jardín. Saqué la escoba de mi bolsillo mientras. Varios hicieron lo mismo. Otros habían llevado la escoba en la mano, como Remus, y la habían estacionado en el pasto.
El mago se puso a dar las indicaciones generales al muchacho, en tanto yo amarraba con un arnés el baúl de Harry a mi escoba, dedicando mucho énfasis en una posible muerte si el plan no salía como esperábamos. Tuve que reprender a Ojoloco: el muchacho iba a salir corriendo antes que pudiéramos rescatarlo.
Él se defendió, pero Kingsley estuvo de acuerdo conmigo.
—No va a morir nadie —aseguró.
—¡Monten en las escobas, ésa es la primera señal! —gritó Remus de pronto, señalando a chispas rojas que habían estallado en el cielo.
Dedalus Diggle se había apostado en el cielo como un intermediario vigilante para que pudiéramos despegar sin problemas: la rigurosidad debía reinar. No era con la vida de cualquier persona con la que estábamos jugando. Sólo daría las claves, y luego se retiraría.
—¡Segunda señal, vámonos!
Estallaron chispas verdes. Entonces, todos subimos a nuestras escobas, dimos una patada en el suelo y ascendimos lo más rápido posible.
No me vayas a fallar, escoba maldita. Has tenido mucho tiempo en desuso, así que sé útil, pensé, esperando que mi escoba me comprendiera.
Nos alejamos hasta que la ordenada y pulcra casa de los Dursley quedó del tamaño de la punta de un alfiler. Dedalus ya no estaba.
Ojoloco nos hizo girar varias veces, de un lado a otro para evadir los curiosos ojos de los muggles que vigilaban el cielo, según él. Seguro que ni siquiera veían nada. Ascendimos un montón, y aunque iba con una túnica de viaje decente, el viento comenzaba a congelarme la cara. En cualquier momento se me iba a caer la punta de la nariz, y no iba a necesitar Mortífago que me mutilara. ¡Con tal de que no se me cayeran las nalgas! Y el peligroso vaivén del baúl me estaba sacando de las casillas.
—¡No nos hagas pasar entre las nubes! —le espeté a Ojoloco cuando quiso que nos ocultáramos de un pueblo — ¡Vamos a quedar empapados, Ojoloco!
Hicimos varios giros para comprobar que nadie nos estuviera siguiendo, y tuvimos que hacer varios más para evadir la autopista. Rotábamos las posiciones de vez en cuando. Hasta ese momento mi paciencia estaba al borde, pero no pude evitar gritarle más cuando dijo que nos devolviéramos una vez más cuando ya casi estábamos llegando.
—¡Estamos helados hasta el palo de la escoba! —le recalqué, mirando hacia atrás, a punto de lanzarme hacia él. Las tripas me rugían y necesitaba comodidad.
Justo en ese instante, Remus avisó que debíamos comenzar el descenso. No tardé en hacerle caso.
Bajamos hasta la plaza que ya estaba iluminada. De las casas salía un leve murmullo de televisión y música. Mientras yo sacaba el arnés del baúl de Harry, Moody, antes que algún muggle asomara la nariz por los visillos, absorbió las luces con un objeto alargado, de plata y pequeño. Era el apagador que había prestado Dumbledore a Ojoloco. ¡Qué diablos! Dumbledore parecía tener cosas extremadamente raras y divertidas. Una vez había estado en su despacho y en todos los rincones los objetos brillaban y producían sonidos extraños, como si tuvieran vida propia. Podría habernos prestado algo a cada uno ¿no?
Guardé mi escoba en el bolsillo. Ojoloco enseñó el papel con la letra de Dumbledore que había anotado la dirección de la casa, si no, no habría manera de que él entrara.
—Yo te ayudo —me dijo Remus tomando de un extremo del baúl, llevándolo hacia adelante. Creo que quería asegurarse que no causara estragos.
Cuando Harry pudo ver la casa, Remus se adelantó a abrir la puerta, y luego regresó a ayudarme.
Las luces estaban apagadas y no se oía nada de la cocina. Efectivamente, Molly se había encargado de que ningún ruido traspasara esa puerta.
Ojoloco prendió las luces y con Remus dejamos el baúl en un rincón. Lo hizo desaparecer para enviarlo a la habitación de Harry.
Seguí a Kingsley que se dirigía a la cocina; Remus iba detrás de mí. De pronto, recordé lo que significaba una reunión. Las tripas me sonaron, pero no de hambre.
Cuando entré a la cocina, lo vi. Estaba ahí, y recluté cada partícula de energía de mi cuerpo para actuar con normalidad y no cambiar mi semblante indiferente.
Mi corazón, sin embargo, no pudo evitar acelerarse cuando me miró por un segundo. De inmediato, recordé lo que había sucedido en el armario, sintiendo mis mejillas arder.
Muchos cariños a todos, gracias a las personitas que comentan, a los que pierden el tiempo conmigo, a los que me tienen en favoritos, etc.