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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 31

Ajáaa! Ven? Ven? ya no me demoro décadas en actualizar!! Jejeje. Pero sí EPDGIII se tardará un poco más, porque me estoy releyendo mis propios fanfics (acabo de terminar la primera parte), porque necesito refrescarme con mis propias ideas para escribir una tercera parte genialosa.Pero, no les doy más la lata.Disfruten!! 

**XXXI.**Una visita nocturna

Me reprendí mentalmente a mí misma, y creo, que por primera vez, de verdad hice caso a ello. Logré controlar esos desbocados latidos de mi corazón y presté atención al vejete que estaba comenzando a hablar de nuevos planes para la Orden. Luego, cuando cada uno dimos nuestro reporte, y tocó el turno de Snape, fijé mí vista en un punto fijo en su mejilla y oí cuidadosamente todo lo que dijo, sin distracciones, comportándome como una adulta.

         Durante esos días, en los que había trabajado duramente, tanto en mi puesto del Ministerio como de vigilante, había obtenido buena información. Me había dedicado a patrullar por los otros pisos, y había oído varias cosas interesantes: muchos estaban inquietos por la baja calidad de información de El Profeta. Y yo comprendía bien el por qué: leía a diario ese periodicucho para enterarme qué estaban ocultando. Había demasiadas noticias internacionales, de espectáculos y otras tantas de gente desconocida, o sencillamente actos que a nadie les importaba, como por ejemplo, la pelea entre dos sanadoras de San Mungo ante el premio de "La Sanadora del Mes", o la apertura de una nueva tienda en el Callejón Diagon. Bueno, lo último me interesaría siempre que fuera de ropa juvenil, pero resultó ser ropa para ancianas anticuadas.

         Escuché también a Fudge hablando sobre la dirección del colegio y el siempre puesto faltante de Defensa Contra las Artes Oscuras y cómo quería aprovecharse de la situación. Dumbledore no se sorprendió ante eso, pero se preocupó más al confirmar sus sospechas: no estaba teniendo suerte en encontrar a un profesor para el puesto, nadie quería estar porque estaba maldito. Y, por supuesto, aunque Ojoloco y Remus habían trabajado allí, los dos estaban muy ocupados como para hacer vida social de profesores; ambos eran importantes elementos. El Ministerio quería inmiscuirse en Hogwarts para tener al director controlado. Yo apostaba a que Dumbledore no necesitaba un ejército de magos incompetentes como ellos para controlarlo. Al viejo le salía magia hasta por debajo de las uñas.

         —El trabajo que hace Tonks no parece realmente complicado —dijo Sirius cuando terminé de dar mi reporte con una detallada explicación de la conversación que había tenido Fudge con uno de los miembros del Departamento de la Aplicación de la Ley Mágica —.Digo, podría yo también inmiscuirme en el ministerio de vez en cuando…

         —Sirius, no es necesario que te repita que, a estas alturas, Voldemort y sus secuaces deben estar al tanto de que eres un animago. No deseamos también que el ministerio se entere de eso —dijo Dumbledore apesadumbrado.

         —Tienes más trabajo útil aquí, Black —dejó escapar Snape en voz baja y con tranquilidad, dando ese toque de sarcasmo que no era tan fácil de detectar. Yo ya había sido parte muchas veces de ese tipo de comentarios, así que ya conocía los cambios de sus tonos de voz.

         Terminamos en menos de una hora. Fue una reunión relativamente corta, en comparación con otras que habíamos tenido; una de las razones era porque muchos estábamos muertos de hambre, y otros tenían que llegar a sus casas.

         —Remus, Tonks, acompáñenme para que me ayuden a cerrar esa puerta —dijo Molly, refiriéndose a la puerta de entrada que tenía como diez cerraduras y cadenas por todos lados. Cada una respondía a un encantamiento distinto.

         Salimos en fila y despacio para no meter ruido en el vestíbulo. Snape se había adelantado, pero quedó atrapado en el centro por los demás, que estaban cruzando animadas palabras en susurro antes de retirarse.

         Me puse en puntillas para verlo. Remus me miró y me hice la tonta, haciendo como que veía la puerta —uy, pero qué puerta más interesante —. Severus tampoco pasó por alto lo que había hecho y sentí cómo clavaba los ojos en mí.

         Nos despedimos de los demás. Fueron saliendo rápidamente, uno a uno de la casa. Cuando se cerró la puerta, con Molly y Remus nos acercamos a trabar la puerta con los sortilegios.

Bueno, pudo haber sido peor. No se acercó a mí ni nada. ¿Qué mejor? Sólo me usa para satisfacer sus necesidades bestiales. No debería ponerme a extrañar sus besos o abrazos… o sea, sólo fue una vez ahora, no debe volver a pasar. No volverá a pasar.

Quería convencerme de que no me importaba, pero tenía sentimientos encontrados: quería a Snape. Lo quería, lo deseaba, pero me amaba a mí misma y necesitaba hacerme respetar por él. No podía tomarme cuando se le diera la gana e insultarme cuando yo me estaba tratando de entregar de algún modo. Cualquiera de los dos casos, me apenaba.

         Alguien me tocó el brazo. Sólo había estado dos segundos parada en la puerta, mirando a la nada, pero Remus se dio cuenta que me había quedado pegada en algo.

         —Vamos a la cocina —me susurró.

         Asentí y caminé sin darme cuenta por donde iba. Tropecé con el paragüero maldito, y para no caer de boca, me torcí, cayendo sobre mi trasero.

         —¡Tonks! —me gritó la señora Weasley, quien había estado hablando con los muchachos al pie de la escalera.

         —¡Lo siento! —me disculpé afligida — Ese ridículo paragüero —la verdad no sabía por qué estaba allí —, es la segunda vez que tropiezo con…

Pero no pude seguir dando la lata. El dolor fue lo de menos: el estrépito fue tal entre la señora Weasley y yo, que todo el esfuerzo por mantener a Walburga en silencio se fue a las pailas.

—¡Cerdos! ¡Canallas! ¡Subproductos de la inmundicia y la cochambre!

Traté de disculparme de nuevo, oír a esa mujer era tremendamente desagradable. Levanté la maldita pierna y la empujé con la pared para que quedara bien apegada y no volviera a hacerme lo mismo.

Sirius salió corriendo de la cocina gritándole desesperado a su madre para que se callara. Creo que se estaba desquitando un poco por lo que el director le había dicho. Y lo de Snape, claro. Con Remus lograron cerras las cortinas e hicieron que el silencio volviera a reinar en el lugar.

Finalmente entré a la cocina. Harry, con los demás niños, entraron después de mí.

—¿Así que Ojoloco no te hizo venir por Groenlandia? —preguntó Bill a Harry luego de haberlo saludado.

—Lo intentó —intervine, mirando los pergaminos que estaba tratando de enrollar Bill con algo de apuro.

Traté de ayudar a Bill a guardarlos —eran los mapas del ministerio —, pero le lancé una vela encima. ¡Qué estaba pasando conmigo! Mis niveles de torpeza se estaban viendo aumentados en ese momento y sabía perfectamente por qué.

—¡Oh!, lo siento… —le dije a Molly con culpabilidad.

—Dame, querida —dijo Molly, ya exasperada. Con un movimiento de su varita reparó el pergamino.

         Me senté durante unos minutos, pero cuando Molly solicitó ayuda para preparar la cena, me ofrecí. Quería hacer algo para distraerme y no ponerme a pensar en Snape, así que con toda mi disposición le dije:

         —¿Qué quieres que haga, Molly?

         Imaginé que se iba a reusar, y se excusó diciendo que debía estar muy cansada por el viaje. La verdad es, que no lo estaba.        

         —¡Nada de eso! ¡Quiero ayudarte! —insistí. Fui hasta el mueble de donde Ginny estaba sacando los cubiertos y, para variar, pasé a llevar una silla. Por lo menos, eso era parte del repertorio. Las sillas se me enredaban en los pies. Era culpa de ellas.

         Luego de eso, me esforcé en ser un aporte y no una interrupción. Coloqué ordenadamente la mitad de los cubiertos y los vasos. Estuve a punto de quebrar uno, pero logré controlar mi torpeza.

         Probar bocado me hizo sentir mucho mejor, y mi público usual (Ginny y Hermione) me alegraron solicitando sus narices favoritas para que yo las imitara con mi aburrida nariz y típica nariz. Después, con Ginny, nos pusimos a hablar sobre las Arpías de Holeyhead, dado que una de las jugadoras había sufrido una caída de escoba, y Hermione quedó un poco rezagada porque no sabía mucho de Quidditch.

         Me terminé yendo a la casa como a las doce de la noche. Después de que habíamos acabado de cenar, la sobremesa se había extendido bastante porque Sirius alentó a Harry que exigiera le contáramos qué estaba sucediendo con El Innombrable y los Mortífagos. Sirius estuvo a punto de hablar sobre la Profecía, pero Molly lo detuvo a tiempo, muy enojada.

         Durante el rato extra que me quedé allí, Sirius se amurró otra vez, dirigiéndole antipáticas miradas a Molly. El Señor Weasley estaba hablando con Bill.

         —Esta noche me iré a casa —me comentó Remus en susurro —. Mañana será un día largo, y tampoco quiero intoxicarme con el mal humor de Sirius.

         —Ni yo —le contesté un poco alicaída —. Mañana por suerte es domingo, pero tendré un montón de trabajo el resto de la semana. Luego se vendrá la audiencia de Harry.

         —Yo debo ir… ya sabes —me dijo con voz de ultratumba.

         Automáticamente mis ojos viajaron hasta una de sus cicatrices. Le toqué el brazo amistosamente.

         —Debes descansar. Y a Sirius, no hay que hacerle caso. ¿Nos vamos juntos?

         —Claro —contestó con amabilidad.

         Nos despedimos de los Weasley y Sirius, que apenas contestó.

         Salimos juntos de la tétrica casa, como habíamos hecho otras veces, nos despedimos en la plaza y desaparecimos, cada uno para su casa.

Mis padres ya estaban acostados cuando llegué, así que fui a saludarlos fugazmente. Tenía sueño, pero no estaba tan cansada, y tenía muchas ganas de tomar un baño caliente. Dieron la una de la mañana cuando salí del baño, y a la una treinta estaba acostándome en la cama.  

         No sé cuánto tiempo pasó desde que había apagado la luz y me había acomodado en mi mullida cama, cuando sentí un extraño ruido. Me había estado quedando dormida, y creo que estaba empezando a soñar con lechuzas. ¿Sería una lechuza picoteando una ventana? ¿Quién me habría mandado un mensaje a esa hora?

         Abrí los ojos con dificultad y noté que mi pieza se había oscurecido. Por la cortina no se colaban las típicas luces de la calle. ¿Sería el loco de Moody que había absorbido las luces de la calle, para invitarme a participar en una peligrosa misión?

         Me reincorporé y volví a oír el mismo ruidito de repiqueteo. Abrí los ojos y traté de acostumbrarme a la oscuridad antes de abrir la cortina.

         Me arrodillé en el colchón y, lentamente, separé la tela del vidrio. Tardé fracción de segundos en darme cuenta que alguien estaba apegado a la ventana.

         Di un grito ahogado y tomé mi varita rápidamente. Mas, antes que lanzara una maldición, la voz de quien estaba afuera, dijo:

         —¡Soy yo!

         Sonó amortiguado. Parecía estar apegado al vidrio.

         Era Snape. Mi corazón dio un salto por la impresión.

         Aún desconfiada, descolgué la cortina con un hechizo y me mantuve a distancia. Pude distinguirlo. Tenía las manos apegadas al vidrio para poder ver bien. Las luces de afuera le molestaban si dejaba que se reflejaran en la ventana.

         —Ábreme —me ordenó.

         —¿Disculpa? —farfullé, enojada.

         —¿Ah?

         —Es mi casa, no tienes respeto…

         —No te oigo.

         Con otro hechizo prendí la luz y abrí la ventana. Luego, lancé un encantamiento a la puerta para que quedar cerrada y no se oyera nada.

         Antes que pudiera decir algo, Severus estaba entrando, evitando pisar la cama.

         —No te he invitado a entrar —le lancé, cruzándome de brazos. Me había pillado desprevenida, tanto así, que ni siquiera el corazón se me había acelerado. Para mi asombro, yo me hallaba tranquila. Tal vez eso se debió a que, por unos momentos, pensé que lo estaba soñando.

         —Lo habrías hecho si te lo hubiese pedido —contestó indiferente, cerrando la ventana y restaurando la cortina. Me miró con los ojos entrecerrados, analizando mi desaliñado pijama.

*Debí haberle hecho caso a Drómeda cuando me dijo que cambiara mi pijama,*pensé avergonzada mirando la desgasta y pelusienta ropa que llevaba puesta. ¡Pero qué más daba! A mí me gustaba así. Ese era mi estilo: el desaliño puro.

         Levanté la cabeza con orgullo y lo miré.

         —Si vas a hablar, entonces comienza  ya, mañana tengo que trabajar…

         —Mentirosa.

         —Bien, no tengo que trabajar, pero tengo sueño.

         —¿En serio? —se aproximó y pensé en retroceder, pero me quedé donde estaba — Lo dudo. Te veo más despierta que nunca.

         Estábamos cerca, pero no lo suficiente para que ocurriera algo. Nos miramos fijamente. Perdí la batalla y agaché la cabeza. No estaba nerviosa, creo que tenía una sensación de abatimiento.

         —Sabes lo que siento —le dije —. Por favor, vete si lo único que harás es confundirme.

         Severus suspiró y parecía estar igual que yo. No se notaba altivo y feroz como siempre.

         —¿Me creerías si te digo que no sé explicarte lo que siento por ti? ¿Me creerías si te digo que, de todas maneras, tengo ganas de besarte y abrazarte? —susurró apenas moviendo los labios.        

         Cerré los ojos, no porque creyera que lo que me había dicho fuera romántico. De hecho, era lo opuesto. Sólo había cerrado los ojos porque había reconocido algo, y era en parte doloroso. ¿Qué peor que te dijeran que no sabían lo que sentían por ti?

         —Créeme —farfulló posando su mano derecha en mi hombro — no te estoy usando. Sé que te he dado esa impresión, pero no sabes lo difícil que se me ha hecho llegar hasta aquí. No es sencillo.

         Abrí los ojos y lo contemplé de nuevo. Jamás lo había visto tan dispuesto y débil. Sus ojos ya no transmitían ese frío fulgor que te hacía querer mirar hacia otro lado y no saber nada de ésa persona. Había calor en ellos, había pestañas, por supuesto, pero más que nada, había sinceridad y debilidad. No recordaba haberlo visto de ese modo.

         —Por más que te empeñes en intentarlo, o porque sencillamente eres así (aún no descubro si eres o te haces), sé que no eres malo —le dije —. Estoy segura que no te he hecho nada como para que me hagas daño. ¿No? Digo… te creo.

         —No quiero hacerte daño. No quiero. Lo siento si lo he hecho.

         —Sé que es tu mecanismo de defensa —dije, rendida.

         No contestó nada. No iba a admitir que era débil, menos cuando sabía que yo lo sabía. No necesitaba Legeremancia. En ese instante, fue cuando me di cuenta que conocía más a ese sujeto de lo que creía.

         —Me tienes que decir algo más.

         No era una pregunta, era definitivamente algo que esperaba y que había temido escuchar desde hacía mucho tiempo, es decir, desde el colegio.

         —Quiero estar contigo, de verdad, pero ¿estás al tanto que no puedo prometerte nada concreto? ¿Nada eterno?

         Miré hacia el techo, algo aliviada. Pensé que iba a decirlo de forma más cruel.    

         —Creo que siempre lo he sabido. Era obvio, si no, no habrías tardado tanto en venir hasta acá o…

         —¿O qué?

         —O me habrías venido a buscar el mismo día en que llegué de Hogwarts hace seis años atrás.

         Se quedó unos segundos en silencio, antes de decirme:

         —Sí vine esa noche, Tonks.

         —¿En serio? —mi voz sonó derretida, entre la pena y el asombro.

         Arqueó un poco las cejas, cerrando los ojos, como no teniendo más remedio que contarme.

         —Eras muy joven. No quería inmiscuirme en tu vida… no quería, además, sólo habría sido para problemas… igual que ahora.

         —Un momento —dije molesta —. ¿Viniste a decirme esto para darme a entender que es un error?

         —No porque sea un error tiene que ser malo —justificó él —. Además, tu madre ya no puede meterse más en tu vida…

         —Hey, no creas que le voy a contar esto —dije, soltando una carcajada nerviosa.

         —Claro que no lo contarás —la idea pareció espantarle a Severus —, pero, a lo que voy, es que si se hubiese enterado de algo, no habría podido meterse en tu vida. Eres adulta… La diferencia entre el ayer y el ahora, es que, por lo menos, tú serás responsable de tus actos.

         Asentí levemente y alargué mi mano izquierda para tomar la suya. En la otra aún aferraba mi varita. Él tenía razón, antes era una chiquilla tonta… Ahora, era una mujer tonta, pero sí, sabía, creo, en lo que me estaba metiendo.

         Se quedó quieto durante unos segundos, esperando a que yo hiciera algo más. Al notar que yo no iba actuar, se inclinó un poco y atrapó mis labios con los suyos.

         Por supuesto que no me hice de rogar.

         Fue un beso corto, pero profundo y desbordante de pasión.

         Se separó de mí.

         —Tal vez debamos salir a dar un paseo.

         Sonreí abiertamente y asentí, sintiéndome mucho mejor.

Gracias por el apoyo y los comentarios! As always, los amo, hacen mi vida más bonita.