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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 32

Hola mis amad@s! aquí, nuevamente, intentando no tardarme demasiado! Espero que todos se encuentren excelente.No tengo nada más que decir, sólo que quedan como 20 capítulos para que la historia termine, o eso espero xD, pero luego se viene la tercera parte. Un abrazo, muchos cariños!

**XXXII.**De paseos e inquisiciones

Afuera estaba fresco, así que extraje de mi armario una chaqueta al azar y me la calcé rápidamente. Salimos por la ventana. Snape me ayudó para que no chocara con la ventana o me enredara con la cortina.

         Corría algo de viento, pero era una noche estrellada y oscura. Debían ser cerca de las dos de la mañana. Una que otra ventana de las casas brillaba por efecto de los televisores que prendían los muggles. Era fin de semana, así que muchos aprovechaban de quedarse despiertos hasta tarde viendo sus aburridos programas favoritos.

         Me metí las manos en los bolsillos. Estaba segura que Severus no habría aceptado que le tomara la mano para caminar, menos en la calle. Aún así, me sentía feliz. Estaba consciente de que eso podría acabarse en cualquier segundo, así que decidí sacarle el jugo a ese sentimiento.

         —Hoy… digo, ayer, conociste a Potter por fin, ¿no? —preguntó con amargura.

         —Sí. Es un chico bastante interesante, ¿sabes? —comenté con sinceridad, pero a propósito. Snape me dirigió una mirada de exasperación como si hubiese dicho una blasfemia.

         —Es un aprovechado insolente —gruñó. Pude ver cómo apretaba los puños ante ese pensamiento.  

—Para nada, es agradable, sencillo. Y no es para nada engreído.

         —Eso es lo que tú crees.

         —No. Es de lo que me di cuenta. ¿Lo odias por "él"?

         No me contestó. El silencio otorgó; yo me refería a James Potter, por supuesto.

         —Pero tiene los ojos de su madre —insistí yo, sin evitar colocar un poco de amargura en mi tono de voz.        

         —No me digas algo que ya sé —gruñó.

         Lo miré de reojo. Se veía enojado a la luz naranja de las luces callejeras.

         —No te vas a enojar conmigo ahora, ¿cierto?

         Me observó. Yo le estaba sonriendo. Volvió a no contestar, pero tampoco hizo algún gesto.

         Caminamos un rato en silencio, pero no pude aguantar por mucho rato.

         —¿Tanto la amabas? —mascullé apenada. No por mí, sino que por él. Severus era un hombre destrozado.  

         Creí que no contestaría, pero estaba dándose su tiempo para pensar.

         —Sé lo que sentía por ella —dijo al fin, en voz baja —. Pero no lo puedo expresar con palabras. Aún pienso en ella —continuó, mirando hacia el frente —. Cada noche, cada día, siempre…

         —Es decir… y disculpa que lo diga… Si estuviera ella de vuelta, tratarías de tener algo. Digo… estarías con ella de algún modo, ¿no?

         Me miró y se detuvo un momento. Lo imité. Creí que me gritaría y saldría corriendo. ¡Estaba metiendo la pata! Sin embargo, las dudas me carcomían.

         —No serviría intentarlo —dijo —, porque no resultaría.

         No quise seguir preguntando, me contuve. No había contestado de mala manera, pero eso me había indicado que hasta ahí me diría Severus. No me contaría más de su vida, y que yo no debía preguntar nada más si no quería saber cosas horrendas y tristes. Retomamos el camino en silencio, oyendo los autos pasar de la calle principal de más allá.

         Torcimos hacia una plaza solitaria pocamente iluminada.

         —Entonces… ¿te arriesgarás? —preguntó de pronto.

         Yo sabía a lo que se refería: si me atrevería a estar con él, a pesar de lo que me había dicho, de lo que yo sabía y de lo que pensaba.

         —Yo me he estado atreviendo hace mucho rato, Snape… —murmuré— Tú eras el que no quería que lo hiciera. Tirabas del hilo y luego lo soltabas.

         Llegamos a un árbol y me detuvo allí.

         Había suficiente luz para mirarnos las caras. Sus ojos estaban muy abiertos, como si hubiese descubierto algo nuevo en mí. Quiso decirme algo, porque abrió la boca como para pronunciar un sonido. Luego, se limitó a apegar su frente a la mía.

         ¿Qué me habría querido decir? No le di tanta importancia al asunto. Quería disfrutar ese momento con él. Esa fue la primera noche de mi vida en la que tuve una charla normal con él, una charla honesta y emocional.

         —Puede que no te exprese un montón de cosas —ronroneó, abrazándome —, que no te diga las cosas que tú quieres oír con exactitud. Pero, en serio, constantemente tengo ganas de besarte, incluso desde el primer día que te vi este año.

         Sonreí con los labios… y nos volvimos a besar. Me abrazó con fuerza.

         Esa noche, sé que fui realmente importante para él. Me necesitó y me quiso. Para mí fue suficiente, en ese instante, que me revelara tales sensaciones. Una de las cosas que yo quería de él, era un poco de honestidad.

         Nos sentamos en un banco a conversar de mí, o más bien, me dejó hablar. Me oyó con atención, haciendo uno que otro comentario irónico o burlón. Yo, no porque él no quisiera hablarme de su vida, iba a hacer lo mismo. O sea, era obvio, yo no iba a amarrarme la lengua para estar con él. Iba a morir o me iba a volver loca si lo intentaba.

         Me acomodé varias veces. Mi última posición fue colocar mi cabeza en las piernas de Snape. Al principio me miró con las cejas arqueadas por mi atrevimiento (vi sus manos temblar, como si estuviera a punto de darme un empujón), mas luego, lo descubrí pasando sus dedos entre mi cabello inconscientemente mientras yo le seguía dando la lata sobre lo que había tenido que hacer para lograr egresar de Auroría.

         En un momento me perdí y se me cerraron un poco los ojos. Snape no lo pasó por alto.

         —Vamos. Te iré a dejar. Ahora sí te creo que tengas sueño.

Cuando desperté a la mañana siguiente, muy tarde por cierto, me pregunté si lo que había sucedido anoche sólo había sido un sueño. No había quedado nada en la habitación que indicara que él había estado allí.

         —Primera regla de la mañana—me dije cuando me levanté y me miré frente al espejo señalándome con un dedo —: no ilusionarse.

         Tuve que hacer un gran esfuerzo para no pensar en ello. Mi día de descanso  tuvo demasiado descanso. Mis abuelos se habían ido de viaje a Francia por un par de semanas, y nosotros no teníamos nada que hacer.

         Fue uno de los días más aburridos de mi vida, y el más desesperante, por cierto. Hizo tanto calor, que mi madre ni siquiera hizo aseo, y nos dedicamos a fermentar cada uno en su cuarto, tratando de refrescarnos con viento helado salido de la varita, pero llegaba un punto que se nos cansaba la mano tanto afirmarla y debíamos morirnos de calor por un rato. Tal vez tuviéramos que invertir en esos ventiladores que usaban los muggles.

         El calor me embotaba el cerebro y me invitaba a sumergir mis pensamientos en sofocantes y borrosos recuerdos de la noche anterior. Me hacían dudar de mi cordura. La opción habría sido haberle enviado un mensaje, pero no me lo contestaría, estaba segura de eso.

Pudimos hablar de esto anoche… pudimos haber quedado de vernos otro día, hablar más seguido, comunicarnos, pero no concretamos nada… Todo es tan incierto… Pero yo lo sabía y lo sé, tengo que ser fuerte y lidiar con esto si de verdad lo quiero…

Se había despedido muy cálidamente de mí antes de esfumarse, pero yo estaba con tanto sueño, que él, tal vez, no quiso conversarme de nada más.

El tiempo transcurrió lento, pero ocupé las horas en pensar lo mismo, imaginando románticos e imposibles encuentros, visitas nocturnas futuras… que, precisamente, no se cumplió en la noche. Nadie quiso entrar por mi ventana esa vez.

         A diferencia de ese día, el lunes amaneció completamente nublado, lo que desde ya me hizo saber que no sería un día de trabajo cualquiera, y presentía que no tendría que ver con el ausente Snape. Me tuve que obligar a salir del embotamiento en el que estaba por culpa de ese sentimiento de enamoramiento adolescente que llenaba mi cuerpo, lo que básicamente se trataba de angustia, porque lo único que quería, era verlo otra vez.

         El Ministerio se veía normal; Eric, como siempre, me hizo una entusiasta seña, que no pude ignorar, porque imaginé que él había, con mucho esfuerzo, pasado por alto por la plantada que le había pegado el otro día, con dos helados repletos para él solo. Los días anteriores, no sé si no me había visto o estaba enojado, pero no me había saludado. Hubiese preferido que continuara así.

         Cuando llegué al despacho, sin embargo, no estaba Kinglsey, lo que me hizo que me preocupara.

         —¿Dónde está? —le pregunté a los otros que se veían tan preocupados como yo y hablaban en susurros como si temieran que alguien se enterara de algo.

         —El Ministro lo mandó a llamar.

         —Ah, ¿en serio? ¡No me digan que lo han ascendido otra vez, al maldito! Falta solamente que se convierta en Jefe de Departamento…

         Luego de diez minutos regresó mi amigo.

         —Rodney, es tu turno —dijo él.

         Rodney se puso de pie, asustado y salió. Kingsley me miró significativamente, pero no entendí lo que quería decirme con esa mirada, y tampoco podía hablarme en esos momentos con tantas miradas curiosas que le observaban, esperando algún tipo de explicación.

         —Ya lo sabrán —dijo —, Fudge les hablará a cada uno, sólo tienen que esperar su turno.

         Después de dos magos más, fue mi turno de retirarme hacia la oficina de Fudge, que quedaba en la primera planta. Tuve que tomar el ascensor.    

         El hombre estaba esperando sentado en su silla de gamuza rojo tierra, leyendo concentradamente unos papeles. Estaba segura que el muy idiota estaba fingiendo sólo para hacerse el despreocupado y desinteresado. Me dio muy mala espina. Si hubiésemos tenido un problema de departamento, Scrimgeur era el que tendría que haberse puesto en contacto con nosotros para arreglarlo, no el mismísimo Ministro de magia, que estaba muy pomposamente vestido y peinado. Me recordaba al hombrecito de Quaker, pero con el pelo más corto.

         —Buenos días —saludé, dejando la puerta abierta a propósito.

         —¡Ah! ¡Tonks! Sí, sí, eh… ¿O prefieres "Nymphadora"?

         —"Tonks" está bien.

         —Perfecto, ¿podrías cerrar la puerta? Eso… bien, toma asiento —me invitó con excesiva amabilidad y floritura de la mano.

         —¿Ha empezado bien la mañana? —le pregunté sólo para  distraerlo y sacarlo algo de quicio.

         —Sí, por supuesto…

         —¿Mucho trabajo le espera hoy?

         Me miró y me sonrió amistosamente pero asintió con rapidez.

         —Como todos los días —agregó y frunció fugazmente las cejas al ver mi potente rosado cabello —. Te he citado…

         —Disculpe que lo interrumpa, pero me apetece beber algo, ¿podría pedirle una taza de té?

         —O, sí, no hay problema —con un movimiento de su varita hizo aparecer una elegante taza humeante —. Como te iba diciendo…

         —Disculpe, sonará algo confianzudo, ¿tiene leche y azúcar?

         —Un segundo — dijo e hizo aparecer dos frascos de plata sobre la mesa y una cuchara —. ¿Quieres otra cosa? —ofreció, adelantándose a los hechos. Estaba algo exasperado — ¿Pasteles? ¿Panqueques? ¿Bollos? ¿Jugo, agua?

         —No, señor Ministro, así estoy bien. Ahora lo escucho —sonreí tranquilamente y me puse a soplar el té enfáticamente —. Está caliente, pero prosiga.

         —Como he tratado de decirte desde hace un rato, estoy citando a Aurors. No es que haya habido un problema, para nada, trabajan mejor que nunca. Sin embargo, ha habido algunos inconvenientes este último periodo y necesitamos… eh… tomar… precauciones —vaciló un poco al notar cómo me ponía a sorbetear el té. Estaba con la vista fija en la taza.

         Hubo un segundo de silencio.

         —Lo escucho, continúe —le dije al ver que estaba como esperando a que parara de hacer el ruido.

         —Está bien. El punto es que, todo este asunto, tiene un código de silencio, por eso es que nadie ha comentado, o eso espero. No es por… bueno, digo, es sólo por si acaso, no es un sistema represivo ni nada. Te imaginarás, muchos asuntos tienen códigos de criterio, éste es uno de esos casos. El punto es que, se ha creado un documento —de pronto se puso más serio. Se enderezó del asiento, dándose aires de importancia, tomó un papel delgado y amarillento y lo puso delante de mí —, que deben firmar miembros importantes, como ustedes, para declarar plena fidelidad al Ministerio de Magia y al Ministro, es decir yo…

         Se interrumpió porque yo me había atorado y había escupido sobre la hoja. Eso sí que no fue a propósito. Me salió del alma.

         ¡¿Un papel para jurar fidelidad?!

         —¡Lo…,cof, cof, lo siento!

         —No, tranquila, no te preocupes —arrugó el papel con una amplia sonrisa y lo echó al tacho de basura que tenía apostado al lado —. Se han copiado un montón —y extrajo otra muestra de una torre que tenía sobre la mesa —. Hemos tomado medidas de seguridad; se presume que… alguien quiere derrocar el Ministerio. Me imagino que sabrás que con "alguien", me refiero a Albus Dumbledore. Ni te imaginarás todos los problemas que ha creado; lo que cuenta El Profeta es sólo la punta de la escoba. No podemos permitir que la gente quiera desestabilizar con disparates al ministerio, hemos trabajado duro, sin duda ustedes también, para conseguir lo que tenemos. El punto es que, necesitamos todas las manos disponibles para cumplir con el deber del Ministerio de Magia…

         —Disculpe, pero… sólo por preguntar, porque estoy muy de acuerdo con lo que usted dice, Dumbledore es un chiflado adicto al poder, pero ¿qué sucede si uno se negara a firmar?

         —Está penalizado por la Ley.

         —Ah… pero, no entiendo, básicamente, ¿qué incluye este documento?

         —Sí, ya me habían hecho esa pregunta… —comentó algo decepcionado — El documento dice que se sancionará a quién se descubra pasando algún tipo de información a Albus Dumbledore y a quien trate de ir en contra de las normas del Ministerio de Magia, alborotando la calma, como lo es hablar de supuestos magos tenebrosos que han… resucitado —suspiró e hizo una mueca —. Azkaban —resumió.

         —Ya entiendo. ¿Dónde firmo?

Cretino. Estúpido, no creerías que el Innombrable ha vuelto aunque lo tuvieras delante de tu estúpida nariz.

Fingí salir muy campante, pero estaba hecha un demonio por dentro. No podía creer el descaro de ese hombre, la ineptitud. ¡Hasta yo podría ser mejor ministro que él!

         No, en realidad no, pero Kingsley sí podría. Si ese ridículo de Fudge hubiese hecho caso desde el inicio, no tendríamos todos esos problemas que enfrentábamos, como andar vigilando de noche el ministerio, perdiendo horas importantes de nuestras vidas, arriesgando el pellejo ante los Mortífagos.

         Había recién cerrado la puerta de la oficina del ministro, cuando llegó alguien a mi lado. Nos miramos con la misma expresión de terror y asombro.

         —Sabía que no eras una ilusión —farfullé viendo a Lucius Malfoy, vestido elegantemente con una toga verde de broches dorados. Su cabello rubio estaba tan largo como el de mi madre.

         —Necesito hablar con el Señor Ministro —contestó mirándome despectivamente.

         —Está ocupado. Está hablando con los Aurors, ¿sabes? Esos personajes que andan combatiendo el mal, atrapando magos mafiosos, asesinos… Mortífagos.

         El mago me hizo un desprecio y me apartó de la puerta sin delicadeza para entrar sin golpear.

         —Lo siento, Fudge, esta muchacha dice que usted está ocupado, pero he venido a hablar algo muy importante con usted —dijo con esa voz venenosa que arrastraba las palabras.

         —¡Lucius! No hay problema. Tonks, dile a Proudfoot que venga mientras tanto y que espere afuera.

         —Bien… —medio gruñí, ardiendo de rabia, aguantando las ganas de enredar mis garras en el pelo de Malfoy para tirárselo y hacerlo gritar como niñita.

         Me devolví a mi oficina y le hablé a Proudfoot para que se fuera.

         —Debo ir a hablar con Arthur Weasley —anuncié a Kingsley con tono formal —, creo que ha habido un problema en su oficina con un objeto encantado.

         —¡Ah! Ahora que lo mencionas —contestó él, poniéndose de pie —, debo resolver un asunto con él, así que te acompañaré.

         Esta fue la excusa que utilizamos para escaparnos del lugar e ir a contarle la noticia a Arthur sobre lo que estaba haciendo Fudge; le advertimos que anduviera con cuidado, y yo aproveché de decirle lo de Lucius.    

         —¡Ni me digas! —farfulló, rojo de ira —. Lo vi con mis propios ojos cuando vino a pavonearse por acá. No sé qué se cree. Anda husmeando y comprando a medio mundo con su sucio oro. Seguro que viene a negociar con Fudge, siempre lo hace, fingiendo ser caritativo…

         Cuando regresamos a nuestra oficina, nos sorprendimos de ver a Ojoloco allí. No era muy bien visto por el resto del personal, aunque, claro, entre los Aurors era admirado por su valentía y talento.

         —Tú —me espetó cuando me vio —. Vienes conmigo. Discúlpala por este día Shacklebolt.

         —Bien, no hay problema… —dijo mi amigo despreocupadamente —pero mañana trabajarás doble —sonrió—. Adiós.

         Miré a Kingsley con cara de "ayúdame", pero el pelón desgraciado no me hizo caso. ¿Ojoloco me iba a someter a otra sesión dolorosa de entrenamiento muggle?