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Cuando las cenizas vuelan — capítulo 33

Quise actualizar cerca de las 4 de la tarde (ahora son las 8:30), pero no pude! me fui a caminar con mi madre, para movilizar estas grasas que componen mi cuerpo súper escultural xD, y para peor, llego y el internet se me cae a cada rato... En fin, pero aquí estoy!  Espero que les guste el capítulo, durante este y el otro no habrá Snape, y creo que tampoco Remus, pero no significa aburrimiento total!! ejejje, son capítulos necesarios para ir completando la historia. Besos y abrazos por toneladas, los amo!

**XXXIII.**Días de entrenamiento

—No sirve que estés aquí todo el día —me gruñó Ojoloco mientras yo lo seguía por el aglomerado pasillo. Todos nos quedaban mirando de forma rara. O más bien, quedaban mirando el ojo de Ojoloco. Es que, sencillamente, era inevitable —. Una mente como la tuya no se pulirá en un lugar como este.

         —¿Qué me estás tratando de decir? ¿Acaso no estoy cualificada para el Ministerio? —pregunté un poco ofendida.

         —Todo lo contrario. El Ministerio no está cualificado para ti, está lleno de cabezas huecas. Tú aparentas serlo, pero en realidad, no lo eres — gruñó.

         Alcé una ceja ante ese comentario, pero decidí dejarlo pasar, porque al final, me estaba adulando.

         Guardamos silencio durante el recorrido en el ascensor. Me moría por hacerle preguntas, pero a la vez estaba planeando la mejor forma de huir de Moody. No podía evitar estar un poco aterrada acerca de lo que me aguardaba.

         —Vamos, rápido. Salgamos lo antes posible de aquí. Tenemos que aprovechar todo el tiempo que tengamos, ya que nunca se sabe cuándo te caerá un dragón encima.

         —Difícil que un dragón nos caiga encima. ¡Vuelan!

         —Fácil es cortarle las alas con una tajada de varita —rebatió él —. Saldremos al callejón, y de ahí nos esfumaremos.

         Una vez afuera, no me pude contener.

         —¿Qué se supone que estamos haciendo aquí, Ojoloco? —pregunté con desconfianza.

         —Mira, niñita —"¿niñita?" pensé exasperada— tienes una mente brillante. Eres torpe como tú sola, pero si tienes una mente brillante, todo lo demás mejora. La mente domina al cuerpo y a ti te faltan siglos para dominar. Todo lo que aprendes en la carrera de Auror es basura. Los que realmente vale, es lo que vives en carne propia una vez que eres lanzado a los lobos, y te lo digo porque yo viví en esos tiempos. —me miraba fijamente con su ojo pequeño, pero el otro se movía a toda velocidad en su cuenca robando un poco mi atención —. Sin embargo, hay una gran diferencia entre el ayer y este día: el Ministerio está tan sumido en esa falsa seguridad, que a ustedes, los Aurors, les mandan a hacer actividades similares a las que hace la Oficina Contra el Uso Indebido de la Magia, lo que es completamente inútil. Tú necesitas practicar para mejorar y yo te ayudaré.

         —"¿Ayudarme?" —hice una mueca, atemorizada. Moody ayudando… — ¿No será como cuando me "entrenaste" la otra vez?

         —Eso fue tu castigo por andar borracha y fraternizando con magos tenebrosos.

         —Yo nunca estuve fraterni…

         —Escucha. Iremos a entrenar. Ahora, tómate de mi brazo, te guiaré a un lugar.

         Coloqué los ojos en blanco, pero no tenía otra alternativa, así que obedecí. Al segundo después, tuve esa sensación extraña de encogimiento, como si me estuvieran tratando de meter por donde no cabía.

         Creí que apareceríamos en un bosque, pero en vez de eso, fuimos a parar a una cancha de fútbol muy rústica, vacía, desolada y evidentemente abandonada por el largo de la maleza que había crecido. A lo lejos, a kilómetros de allí en dirección al sur, se notaba una población que estaba encapsulada en un círculo negro, y hacia el este se apreciaba un bosque muy verde y espeso. Lo demás era puro cerro.

         —Hace años ese pueblo se quemó —dijo Ojoloco señalando el círculo negro que envolvía  las casas desteñidas —. Era un pueblo de muggles, así que no tenemos riesgo alguno al restar aquí.

         Di un respingo.

         —¿"Riesgo alguno"? ¿Estás bien, Ojoloco? Para ti siempre hay un riesgo. Ahora que lo pienso, ahora sí podríamos ser alcanzados por un dragón, o lo que sea que caiga del cielo.

         Ojoloco formuló algo similar a una sonrisa en su cara.

         —Exacto, ya comienzas a madurar. Por eso protegeremos el perímetro que ocuparemos. No me extrañaría que estuviéramos siendo vigilados.

         Suspiré. Por un segundo pensé que Ojoloco había dejado de preocuparse, pero sólo me estaba poniendo a prueba. Miré el cielo despejado y caluroso: estábamos tan expuestos, que en realidad podríamos ser detectados con facilidad.

         Luego de asegurar la cancha con algunos cuántos sortilegios muy útiles, Ojoloco se plantó frente a mí para explicarme lo que haríamos.

         —Hoy y mañana —habló —. Entre hoy y mañana tendrás que ser capaz de mejorar y afinar tus habilidades. Eres mujer…

         —No lo sabía.

         —No me interrumpas. Eres mujer, pero eso no te da motivo para ser más débil que los demás.

         —¡Pero yo no soy débil!

         —Oh, claro que lo eres —de pronto y tan rápidamente que no me di cuenta, fui alcanzada por unas cuerdas que me envolvieron de brazos a pies, derrumbándome como un saco de papas al suelo.

         —No estaba preparada —protesté picada.

         —¡Alerta permanente! —bramó Ojoloco — Esa es la clave. Si estás allí, parada pensando en si vino primero el huevo o la gallina, no vas a conseguir dar siquiera un paso para huir —me señaló con la varita e hizo desaparecer la soga —. Eres muy lenta, pero eso va a cambiar. Entrenaremos hasta que te sangren las orejas —hice una mueca ante esa aseveración —. Quién sabe si tenemos la oportunidad de ser atacados por Mortífagos ahora. Allí tendrás que desplegar todas tus habilidades y, te aseguro que la lentitud, no será una que necesitarás.

          Suspiré cansinamente. Dijera lo que dijera, aunque me arrastrara por el suelo, no iba a conseguir que Alastor Moody me dejara ir. Sin embargo, sus ojos disparejos y siniestros tenían tal brillo de emoción y convicción que confié realmente en él y quise que me ayudara. Tenía fe en mí… tenía fe en que yo iba a mejorar.

         —¿Por qué te importa tanto pulirme, Ojoloco? —pregunté sin darle muchas vueltas al asunto.

         Me señaló con un dedo con solemnidad.

         —Tienes mucho potencial y la Orden del Fénix te necesita, pero no voy a permitir que nos pongan en riesgo con tu mediocridad.

         —¿Mediocridad? ¡Nada de eso! Yo soy muy…

         ¡Paf!

         Y de pronto me vi de cara al suelo de nuevo, atrapada por las cuerdas.

         Siendo sincera, a pesar de que Ojoloco tuviera expectativas de que yo pudiera evolucionar de algún modo, no creí que lo lograra. Digo, ¿qué más podía evolucionar si yo ya me autoconsideraba en mi punto máximo de perfección? Pero me equivoqué estrepitosamente. Hacia las cinco de la tarde y sin siquiera haber almorzado, me había vuelto más rápida: el mago lanzaba maldiciones y encantamientos a diestra y siniestra, apareciendo y desapareciendo a una velocidad que jamás creí posible. Físicamente él era un desastre, pero en lo que a habilidades se refería, era fabuloso.

         Básicamente nuestro entrenamiento se iba a dividir en dos secciones: esquivar y atacar. Ese día sólo me dedicaría a evadir, que era lo que precisamente estaba haciendo. Ahora, lo que no entendía, es por qué era mediocre. De verdad era mediocre, pero no porque quisiera. Había sido una de las mejores de mi clase, pero en un rango normal. ¿Acaso los profesores no se esforzaban demasiado con las mujeres, por el simple hecho de ser mujer? En ese caso, estaba siendo salvada por el único mentor que no creía en la barrera que dividía a los sexos opuestos. Aunque hubiese sido yo un muchacho, me habría agarrado y torturado con entrenamiento de igual forma.

         Así mismo, como él estaba empeñándose y perdiendo tiempo en mí, di lo mejor de mí, aunque significara que me dolieran hasta las entrañas por tanta maldición que tocaba mi cuerpo. En un momento terminé con el hombro derecho dislocado, una tercera oreja y un terrible dolor de estómago que superaba al del brazo.

         —¡Tienes que ampliar tu campo de visión! —me espetó cuando quedé así de deforme.

         —No tengo ojos de camaleón —protesté con un puchero.

         —Entonces, si sigues así, serás presa fácil. ¡Los Mortífagos no te harán aparecer una tercera oreja! ¡Te la van a sacar! Y junto con ella, si es posible, tu cabeza también.

         Moody era un maldito paranoico, pero tenía razón, así que me esforcé en "ampliar mi campo de visión" y estar atenta. Y no lo lamenté. A las seis estaba preparada para pelear, pero a las nueve de la noche era toda una experta en desaparecer, correr, ocultarme y encantamientos escudos.

         —Ya, suficiente por ahora —dijo Moody un poco apagado. Lucía tan cansado como yo —. Vas bien. Ahora iremos a comer algo y luego continuaremos…

         —¡No! —caí de rodillas y uní mis manos, suplicando — Necesito comer y dormir. Si no, mañana terminaré muerta, de verdad. Piedad, por favor.

         —Ya, ya —dijo apesadumbrado —. Vámonos de aquí.

         Luego de llenar nuestros estómagos en un restaurant de paso en una calle muggle —Ojoloco revisó de mil formas su platillo de gulash para asegurarse de que no estaba envenenado, y fue muy hábil en ignorar las miradas de terror que le dirigía la gente (no se esforzó en esconder su deforme rostro tras un sombrero) —, desapareció conmigo para dejarme en la puerta de mi casa.

         —No era necesario, dudo que hayan magos tenebrosos por acá cerca.

         —No escupas al cielo. Y aprovecha de dormir chiquilla, que a las ocho te pasaré a buscar.

         Di un respingo.

         —¿A las ocho? ¿De la mañana?

         —¡Pues claro que de la mañana!

         —¿Y qué pasa con Kingsley? ¿Mi trabajo?

         —Olvídate de eso, yo me encargo. Adiós.

         Diciendo eso, dio medio giro y se esfumó.

         Creo que ni siquiera me lavé los dientes esa noche. Quise hacer un descanso previo antes de meterme a la ducha, pero pasé de largo hasta las siete y media de la mañana. Me desperté gracias al choque de un automóvil una calle más abajo. Tomé un baño en tiempo record y comí tan rápido que ni siquiera me di cuenta lo que me estaba echando a la boca. Pude haberme comido el paño de la cocina, y no me hubiera percatado.

         A las ocho en punto, ni más ni menos, mi mentor se presentó frente a mi puerta, preparado para torturarme una vez más.

Kingsley se paró frente a mi escritorio con los brazos cruzados y una mirada arrogante el miércoles en la mañana. Estaba caluroso, pero yo temblaba dentro de mi delgada túnica de trabajo, como un chihuahua con párkinson.

         —¿Faltas dos días al trabajo y te echas a dormir aquí? —preguntó mirando mi deplorable aspecto de vagabunda de circo. Para añadir teatralidad a mi imagen, estaba usando un lacio pelo negro que me llegaba hasta la mitad de la espada. Las ojeras las tenía tan pronunciadas que podría haber pasado inadvertida como un mapache.

         Lo miré de reojo, babeando sobre unos papeles. Me dirigió una mirada comprensiva.

         —Mira, entiendo que estés exhausta, pero yo no soy quien impone las reglas del Ministerio. Tienes que trabajar cuatro días a la semana como mínimo, Tonks, y con este serían uno, porque el día lunes no valió de nada. Pasado mañana será viernes y se termina la semana. Así que tendrás que levantar tu trasero de esa silla y ponerte a trabajar.

         —Lo sé —susurré con un hilo de voz.

         —Bien —me lanzó tres carpetas —. Necesito que investigues a Gail Curtis. Se presume que está traficando hierbas venenosas de África en el mercado Negro del Callejón Diagon. Elige a alguien para que te acompañe. Puede que esté teniendo relación con el caso de Sally Gedgrave. Ah, y también síguele el rastro a Howard Crichlow; me han llegado comentarios de que está asaltando tiendas muggles en Clapham Road. Y vete luego, antes que Scrimgeour te intercepte.

         Levanté la cabeza con interés.

         —¿Por qué?

         —Porque cuando llegué me llamó a su oficina y me empezó a preguntar si yo me consideraba alguien cercano a Dumbledore.

         Fruncí el ceño.

         —¿Y tú que le contestaste?

         —Que no tenía idea de cómo era su cara en realidad. Apenas lo había visto en Hogwarts como director y en los cromos de las Ranas de Chocolate.

         Suspiré. Me levanté lentamente con acción motora de zombie asintiendo lentamente con la cabeza manteniendo los ojos cerrados.

         —Y, por favor, cambia tu aspecto, pareces salida de un cuento de terror.

         El día anterior, Ojoloco me había exprimido en todos los sentidos, tanto físicos, como mentales y sentimentales. Me dejó tan seca, que apenas tenía sentido de orientación. Sin embargo, en un recóndito lugar de mi mente, había una lucecita que brillaba de puro orgullo: de doce duelos, gané siete a Ojoloco, y si podía vencer a Ojoloco… bueno, no me daba el pellejo como para enfrentarme con el Innombrable, pero al menos podría con sus aliados más poderosos. Podría enfrentarme a Lucius Malfoy sin ningún temor. ¡Qué ganas de hacerle arder esa despreciable cabellera de muñeca!

         Junté la poca energía que me quedaba y decidí trabajar hasta tarde para cumplir las 32 horas semanales que tenía que completar en tiempo record, si no me descontarían el treinta por ciento de mi sueldo. Haciendo dieciséis horas seguidas, por lo menos me quedaría un horario normal para el jueves y el viernes. Y eso fue lo que hice.

         —¿Qué son estas horas de llegar, Dora? —me regañó mi madre cuando me vio entrando a la casa a eso de las doce con diez minutos. Estaba en bata tomando una humeante taza de té.

         Estiré un brazo y le hice un desprecio.

         —Habla con la mano. Quiero dormir —me volví hacia ella con ojos pequeños —. Tengo veintidós años, y me faltan exactamente diez días para que cumpla los veintitrés, así que por favor, no más charlas de que "si llego tarde, el cuco me va a comer". Adiós.

         Al día siguiente, desperté menos cansada a pesar de haber trabajado tanto, y también tuve menos ajetreo. Como estaba más despierta, me di cuenta que yo no era la única que había tenido malos días. Cuando pasé junto al mostrador de Eric Munch, vi a este con un aspecto de náufrago alcoholizado. Estaba mal afeitado y descolorido. Incluso las espinillas se le habían desteñido.

         —Vaya, Eric, ¿qué tal? —le pregunté teniendo un poco de curiosidad. ¿Le habría ocurrido algo?

         Sin embargo, no me contestó. Me miró por un par de segundos para luego hacerme un desprecio. Me encogí de hombros y seguí mi camino.

Creo que el problema soy yo. Ay, Tonks, eso te pasa por jugar con el corazón de las personas.

Habiendo hecho tantas horas seguidas el día anterior, pude salir temprano esa tarde. A las cuatro en punto ya estaba libre, así que decidí ir a dar una vuelta a Grimmauld Place.

         —Hola —me gruñó Sirius cuando me vio. Lo pillé tratando de descolgar por milésima vez el cuadro de su madre.

         —Hola, ¿dónde están los demás?

         —Están repartidos ordenando y desintoxicando —si es que se puede desintoxicar — esta maldita casa.

         —Salí temprano y no quiero llegar todavía a mi casa… ¿Puedo ayudar en algo?

         Sirius sonrió.

         —A mí no me importa, pero trata de no intervenir mucho con Molly…

         —Tranquilo —le guiñé un ojo —, me mantendré lejos de su radio detector de desastres. Iré a saludar a los demás.

         Molly Weasley habría servido para Sargento en la armada Militar de los muggles, porque era una experta en dar órdenes con voz irrefutable y mirada silenciadora y chispeante. Se sorprendió un poco cuando llegué en medio de la limpieza de una oficina grande llena de libros y con un tremendamente polvoriento escritorio, pero no me recibió tan mal como otras veces. Los demás, eso sí, se alegraron de verme.

         —Bueno, aprovechando que estás aquí para ayudar, ¿podrías ir con Harry y Ron a limpiar el baño del último piso?

         —¿Qué? ¿Por qué tengo que ir a limpiar baños? —protestó Ron con el entrecejo arrugado.

         —Ya, ya —intervine yo con una gran sonrisa —. Vamos, muchachos, será divertido.

         Alcancé a ver como Ron le dirigía una mirada de exasperación al cuatrojos Harry, pero me hice la desentendida. Comprendía bien que a Ron le parecía un poco ridícula… pero, ¿a quién no?