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Algo de mi — capítulo 3

La ciudad palpita allá afuera, el viento recorre todos los espacios, los

obscuros, los iluminados, los visibles y hasta los no visibles, mil

sonidos en un mismo instante, con ellos música podría sonar vibrante,

sin más coro que el de vos, sin más cuerdas que las de

una guitarra que desnuda tocabas con gran pasión,

tu garganta con la intensidad de los rayos del sol, que caen sobre nosotros como látigos de luz furiosa, y tu manzana libre, sola, roja como tu boca, jugosa como

tus labios , deliciosa como tu cuerpo.

Los escenarios son interminables, pero en este instante no habría preferido otro si no ese mismo testigo de tu cuerpo y de tus manos causando escalofríos a mi piel sensible, no

había más que nuestra risa y el silencio que nos abrasaba de a

momentos, no había más ante mis ojos que los tuyos iluminándose como un

suave foco de luz, castaña alumbrando mis pestañas, no había más que tus

caricias, tu cabello, tu aliento, y aquella música acariciando mis

oídos de terciopelo, no había nada mas en mi mente, ni preocupaciones, ni

quehaceres cotidianos, solo tu ante mí y las letras de tus palabras

sentadas en algún lado.

No recuerdo haber sentido nada extraño, yo recuerdo solamente haber sido atrapada por tus suaves manos, verdugos de mi cuerpo anestesiado por tus besos. La ciudad palpita allá afuera, y yo sin más hambre que la de ser devorada, hurgabas mi boca con tu lengua

y sin saberlo en mi corazón comenzaba una tregua, no voy a lastimarte, no

tengas miedo de mi, y tampoco de ti, solo temo no volverte a sentir.

Inyectas vida a mi cuerpo, me gusta sentirte junto a mí, con tu cabello

ensortijado entre mis dedos, con mis piernas rodeándote el cuerpo, me

gusta sentirte contento, saberte satisfecho, y tu aliento mezclado de

emociones llegando hasta mi cuello, me gusta, me encanta. No sé

cómo comenzó todo esto, quizá con solo un beso, un beso alimento de mis

sueños, alimento de mis pasiones y deseos. Los sonidos en el exterior

dejaron de escucharse para mis oídos, la música de tu garganta apenas

comenzaba una nueva estrofa. Y yo en silencio, esperando tan solo el

suspiro de tu cuerpo.

No había más ansias que las de tenerte para siempre, no hay mas deseos que las detener ese momento. No podía pronunciar siquiera un solo verso, miles de ellos invadían mi mente, pero ningún recuerdo, estuve a punto de decirte algo bello, pero cometí el error de

mirarte a los ojos, la ternura fatal de tus pupilas, hicieron que olvidase

mis palabras, ya nada importa, solo tus manos recorriendo mi cuerpo,

y la habitación silenciosa, cubriendo nuestra

entrega ansiosa, seguramente miles de cosas sucedían no ocultas, ni

sombrías.

Pero nada más extraordinario que estar a lado de alguien que

había nacido probablemente 1095 días antes de mí y vivido más de 4000

horas de caricias y besos maternales, sin que yo existiese para verle,

nada más extraordinario que dos personas en un mismo instante, en un mismo

momento y una misma habitación que habían nacido en lugares distintos y

conocido gente con otras creencias y pasiones, nada; nada más

extraordinario que la casualidad, la vida o la espera de tu llegada.

El viento mismo se habría impresionado de tal suceso extraordinario, y

celoso estuvo seguramente por algún tiempo, pues no había espacio para el

entre nuestros cuerpos. La música callo en los brazos mudos de la espera

y tu respiración se convirtió en el ritmo delicioso de mis labios contra

tu pecho, no; definitivamente no hay nada más extraordinario que ello…

18 nov. 09