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Historia 42696 — capítulo 8
Capítulo 8: En el castillo
Llegaron a la estación, y sin falta, se encontraba la figura de su amigo Rubius Hagrid. Los chicos fueron a abrazarlo. - ¿Cómo han estado, muchachos? - les preguntó alegremente el guardabosque de los terrenos de Hogwarts - No tengo mucho tiempo, porque me aguardan los niños nuevos, y ya saben - bajando un poco la voz, para que sólo ellos escucharan - están algo asustados, no se si se acuerdan ustedes. - Como para olvidarnos - dijeron los cuatro riéndose a más no poder. -Bueno, tengo que dejarlos - se apresuró a decir Hagrid, viendo que se amontonaban un par de alumnos que parecían algo asustados. No, estaban realmente asustados. - Bueno - empezó a decir Harry - será mejor que tomemos un carruaje, porque sino llegaremos tarde. - Sí - conjeturaron sus amigos. Y caminaron un rato, hasta que llegaron a una zona donde vieron, y esta vez fueron los cuatro, unas criaturas de pie, parecían caballos, aunque tenían cierto aire de reptil. No tenían carne, y tenían el pelo negro amarronado, pegado a su esqueleto, distinguiendo cada uno de sus huesos. Tenía la cabeza parecida a la de un dragón y tenía los ojos como si no viera, sin pupila. De la parte alta del lomo le salían unas inmensas alas negras y baqueteadas que parecían de gigantescos murciélagos. Allí paradas, quietas y silenciosas en la oscuridad, las criaturas, tenían un aire fantasmal y siniestro. Eran thestral, en la que cual fueron volando al ministerio de la magia cuando, supuestamente, Voldemort había capturado a Sirius. Pero fue todo un engaño. Sirius, estaba en perfectas condiciones, y Harry, pensaba que él mismo lo había llevado a su muerte, si no hubiese sido tan estúpido de haber caído en su juego. Subieron al carruaje, y cerraron la puerta. Cuando llegaron a la entrada del colegio, les extrañó ver a todos sus compañeros con los nuevos uniformes, color, y piernas desnudas, por lo que pudieron ver Harry y Ron, con lo cual recibieron un gran coscorrón en la parte de atrás de la cabeza. - Sigan mirando, y tendrás más, Harry - le advirtió Ginny, mirándolo con el ceño fruncido. - Perdóname, no lo haré más, mi amor - se disculpó él. Ginny lanzó un bufido de resignación, y Harry la besó. - Para tí también va, Ronald - lo amenazó Hermione - Sólo sigue y ya verás. - Lo lamento, hermosa - Ron intentó hacer lo mismo que Harry, solo para que ella lo perdonara y lo besara. Pero eso no pasó. Hermione, dio media vuelta y se marchó. - No sonó muy convincente eso, hermanito - le hizo entender Ginny. - ¿Por qué tu perdonaste a Harry, y ella a mi no? - le preguntó desafiante el pelirrojo. - Porque sé que Harry no lo hará más - le contestó ella - ¿O no, mi vida? - dándole un codazo en las costillas a su novio. - S...sí, amor - Harry divisó la fría mirada de su prometida, y él le sonrió dulcemente, y ella se suavizó. Entraron al castillo, dejando su equipaje en la entrada, junto con lo demás. Y se fueron al gran comedor para cenar junto con todos los alumnos. Harry, Ron y Hermione, eran como una leyenda, porque ellos son los héroes que se fugaron de las manos del ministerio de la magia, los mortífagos y los cañorreros. Todos los miraban, y cuando entraron al salón, todos le dedicaron de pie un fuerte aplauso, vítores y chiflidos. Ellos se sonrojaron, saludaron a todos. Harry tomó a Ginny de la mano y caminaron hacia la mesa de Gryffindor, y se sentaron. La menor de los Weasley, les presentó a todos sus amigos y compañeros, que ahora serían de ellos. Se sintió en todo el comedor el tintineo de un cristal. Y se trataba de la profesora McGonagall, que golpeó su copa con su tenedor. Se dirigió hacia el mostrador que contenía una lechuza de bronce, que tan pronto se acercó ella, extendió sus alas, como haciendo gesto de que hicieran silencio. Pero, no era necesario, ya que todos hicieron un silencio perturbante. - Bienvenidos a Hogwarts, alumnos - empezó a decir, felizmente Minerva McGonagall - Quiero decirles que es un honor ser la directora este año, y agradecerles por ser fieles a este colegio, ya que, en el último tiempo, no ha sido bueno para nadie. Y por eso me vi obligada a darles un regalo. Cambiarles el uniforme escolar. Espero que les sea de su agrado - y recibió el aplauso de todos los presentes, haciéndola que se emocionara. - Bueno, les quiero dar la bienvenida otra vez, y que pasen los alumnos de primero. Pasó una fila interminable de niños de 10 y 11 años, algo temerosos, pero decididos a entrar en el gran comedor, comentándose unos a otros lo impresionante de ese lugar, el techo del mismo, las reliquias, y la cantidad de alumnos que había en el colegio. La profesora McGonagall fue llamando uno por uno y la fila de niños iba desapareciendo, y las mesas de las cuatro casas iba llenándose cada vez más. - Sólo las dos últimas palabras - sintetizó la directora - ¡A comer! - Bravo, bravo - aplaudieron Harry y Ron, y empezaron a comer, porque en la mesa había aparecido todo tipo de comidas, saladas y agridulces. Llegaron con lo justo para el postre, que Harry sentía que explotaba, y notó que los pantalones le empezaban a apretar, cosa que es extremadamente alarmante, dado que esos jeans le quedaban flojos. Más tarde, todos subieron a las respectivas salas comunes, y los cuatro, se quedaron al lado de la chimenea, hablando, aunque Ron y Hermione seguían sin hablarse, o por lo menos ella no le hablaba. - Por favor, Hermione, vuelveme a hablar - le suplicó él - te necesito. - Creo que nosotros nos vamos - dijo Ginny, agarrándole la mano a Harry - es mejor que estén solos. Ven Harry, demos un paseo por los jardines.