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Historia 43067 — capítulo 13
-Las cosas no pintan bien, la verdad- murmuró Pólux mientras se apoyaba la cabeza con la palma de la mano. Derek les había contado a él y a Galaad la situación en la que estaban. El mapa del merodeador no aparecía por ningún lado.
-Si el mapa no lo encontráis, es que todavía lo tiene o Christie, o Bill...... o su secuestrador- sugirió Galaad. Derek asintió tímidamente con la cabeza. Esa era una idea en la que ya había pensado, pero intentaba que no penetrara demasiado en su mente. La simple imagen de un secuestrador dentro del seno del castillo que podía ver la situación de todas y cada una de las personas que allí se encontraban le parecía escalofriante.
Derek suspiró y se dejó caer en uno de los asientos de la sala común, contemplando el fuego junto a sus amigos. Eso le ayudaba a pensar en la situación, la cual, por muchas vueltas que le daba, no dejaba de empeorar por momentos.
-¿Algún plan?- preguntó finalmente el chico, sin dejar de mirar a la chimenea. Galaad movió negativamente la cabeza, pero Pólux respondió:
-Parece mentira que sea la novia de Tyler una de las desaparecidas y seamos nosotros los que tengamos que hacer algo. Si él estuviera aquí seguro que al menos hubiera pegado una paliza a alguien- Galaad y Derek no pudieron evitar mostrar unas sonrisas pensando en su amigo enfrentándose a todo aquel que se le pusiera por delante. -O hubiera ido a que Wotan le enseñara mas hechizos- añadió otra vez Pólux, pero esta vez Derek no se rió, sino que se abrió los ojos de par en par. ¡Ya sabía como seguir!. Todavia se acordaba de las palabras de McGonagall dos años atrás. Wotan era el castillo. El fantasma estaba al corriente, quisieran o no los demás, de todo movimiento que ocurriera en Hogwarts. Él era la clave.
-Derek, ¿te pasa algo?- preguntó Galaad angustiado ante la cara de su amigo.
-¡Lo tengo!, ¡Es Wotan!- Sus dos amigos le miraron extrañados. Derek se lo suponía. Ellos no sabían gran cosa del viejo director.- ¡El nos puede ayudar!, Sabe todo lo que pasa en el castillo. Escuchad, ahora no puedo explicároslo, ¿vale?, tengo que ir a mandar una carta.- dijo entusiasmado.
-¿Una carta?, Es de noche, y dudo que ninguna lechuza quiera moverse solo porque tu quieras decirle a tu madre que todo va bien- contestó Polux.
-No es eso- replicó el castaño, mientras sacaba un pergamino para empezar a escribir- es Tyler. Él es el único que sabe donde está Wotan. Ya sabéis, por las clases que tuvo el año pasado. Tengo que averiguarlo para ir a hacerle una visita.- Sus dos amigos se contagiaron del entusiasmo del chico. Polux dibujó una sonrisa.
-¡Estoy seguro que que Tyler es el primero que quiere acabar con esos Titans!
-Crucio- recitó una chica morena con la tez pálida y fracciones delicadas. Enfrente suya se alzaba un pequeño poblado muggle, en el que, a escasos metros suyos, un hombre gritó de desesperado dolor ante el hechizo de la túnica roja.
-Muy bien Lilith- dijo Barld, un chico lleno de pendientes y con aspecto rebelde. La chica le sonrió, y después miró a su izquierda, donde paralizado se encontraba otro chico moreno de diecisiete años, con una pequeña perilla y el pelo a capa llamado Tyler.
-Ahora eres uno de los nuestros- le sonrió ella. Deberás seguir nuestras costumbres. Lilith tocó con su mano la de Tyler, y guió el brazo del chico hasta que lo alzó del todo, apuntando con la varita al muggle que pedía clemencia sollozando.
-¡Vamos, hazlo!- exigió la escuálida Temis detrás suya, mientras Perseus asentía con la cabeza.
Tyler prefirió no pensar en lo que estaba apunto de pasar. Cerró los ojos y contó hasta tres, luego simplemente dejó que de su boca saliera la maldición Cruciatus y oyó gritar de horror al muggle. Cuando abrió los ojos, los cuatro túnicas rojas le miraron de forma amistosa. Tyler sonrió también y volvió a levantar su varita, ahora con entusiasmo:
-Crucio- repitió, y el muggle gritó con más fuerza todavía. Extrañamente, Tyler disfrutó con la escena. Se sentía más realizado que nunca, incluso más que después de haber ganado a Áspid o a Ares. Por primera vez en su vida, parecía ser realmente el mago poderoso que siempre había querido.
-Sabia que podrías llegar a ser uno de los nuestros. Nunca lo dudé, ¿sabes? Creo que este es tu destino- se le acercó Lilith. Barld gruñó por detrás y lanzó otro Cruciatus al muggle para desentenderse de la escena. Entre los gritos de dolor de éste, Lilith pasó una mano por encima del hombro de Tyler y se inclinó hacia él. Tyler no se echó para atrás. El hombre gritó con todas sus fuerzas cuando los labios de los chicos se juntaron.
La calle estaba casi desierta. Saint Marc era una localidad tranquila del centro de Inglaterra que estaba acostumbrada a las lluviosas tardes de verano como aquellas, en la que los vecinos preferían quedarse en sus hogares a exponerse fuera al mal tiempo. No obstante, un hombre rubio, joven y de gran envergadura, vestido con un elegante traje esperaba pacientemente bajo la lluvia al resguardo de su paraguas negro. Cualquiera hubiera afirmado que se trataba de un alto ejecutivo.
Un cuervo negro se acercó volando desde las alturas esquivando el chispear del agua para posarse al lado del hombre. El cuervo graznó a modo de saludo y el hombre le miró furiosamente:
-Llegas tarde, Ceo- dijo simplemente. El ave se transformó de inmediato en un chico joven, pelirrojo y de cara jovial.
-Lo siento, Basilisk- dijo éste. Llevaba, al contrario que su superior, una combinación de ropa muggle un tanto extraña, con unas bermudas debajo de una camisa negra. Basilisk movió la cabeza comprensivamente, aceptando sus disculpas.
Pasaron unos minutos sin pronunciar palabra en esa calle desierta. El joven Ceo miraba a Basilisk, esperando que de un momento a otro le diera instrucciones, pero éstas no llegaban. Éste, por su parte, miraba atento hacia la lejanía de la calle.
-Cambiate, ya viene- dijo simplemente mientras movía graciosamente la varita por su propio cuerpo. Acto seguido, sus ropas muggles cambiaron a una túnica y una capucha blanca que le tapaban el rostro. Ceo hizo lo mismo.
A lo lejos, dos figuras se acercaban riendo. Eran una pareja muggle de unos treinta años. Parecía que iban a toparse con los dos Titans, pero de repente se pararon en mitad de la calle para despedirse.
-Es ella. Nuestro objetivo- musitó Basilisk- Agatha Keane- La mujer a la que Basilisk se refería era alta y delgada, con el pelo castaño y rizado y unos grandes ojos.- Ceo, inmediatamente hizo impulsos de salir a por ella, pero Basilisk le paró con la mano.
-Como acabas de salir de Durmstrang y hace nada eras un túnica roja, no te lo tendré en cuenta. Pero a partir de ahora, no harás nada que yo no te haya mandado, ¿de acuerdo?- La voz de Basilisk era imponente cuando se ponía autoritario. Ceo asintió, pero no pudo evitar preguntar:
-¿Pero que más nos da?, ¿Porque simplemente no vamos, hacemos lo que tenemos que hacer y nos vamos ya?. Solo son muggles.- Basilisk suspiró resignado, pero acabó contestando:
-Porque no queremos que su acompañante sufra ningún daño. Nuestra misión es hechizar a la mujer. Ella tiene una enfermedad llamada cáncer de útero, que es precisamente lo que necesitamos que tenga para que sobreviva a los hechizos, aunque de paso la curamos.- Ceo le miró extrañado, no entendía que se preocupara por un muggle. Basilisk se dio cuenta y, molesto por tener que dar explicaciones a un recién llegado a la organización, contestó:
-Ese hombre, Shankar Laskmie, es su prometido. Y el hechizo que vamos a hacerle a la mujer no tendría sentido si ésta no tiene hijos, ¿entiendes?- Ceo asintió con la cabeza de forma tonta y miró al hombre, que tenía todos los indicios de ser un inmigrante indio algo adinerado, a juzgar por su tez morena, sus ropas y sus gestos rimbombantes. Finalmente, el prometido se despidió de la mujer con unos cuantos besos. Ésta saludó con la mano hasta que estuvo lejos, para finalmente girarse y andar unos pasos hasta un portal cercano. La mujer metió la mano en el bolsillo para sacar unas llaves.
-¡Ahora!- bramó Basilisk, que lanzó un hechizo paralizante a la mujer. Ésta cayó al suelo en redondo.
Basilisk y Ceo procedieron con el hechizo.