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Historia 45353 — capítulo 16
Aquel verano,Ariel concurrió a trabajar a la chacra de Mariana Galvez.
Había que cosechar el trigo,y la mujer no daba abasto con un solo peón que la secundara.
Su padre,el dueño del almacén de ramos generales del pueblo,ante las necesidades expresadas por aquella mujer,ya demasiado castigada por la vida,le había ofrecido los servicios de su hijo para dicha tarea,ya que estaba acostumbrado al trabajo de campo desde que era un niño.
Así,no solo no estaría ocioso durante el verano,sino que podría ganarse un sueldo,de paso haciendo una obra de bien.
Quince días debía permanecer en el medio de la nada misma,hospedado en la vivienda de la señora Galvez.
Se trataba de una mujer dura,de manos de cuero,acostumbradas al trabajo de la tierra.
Una viuda demasiado joven,con un atractivo rústico y corporal,visible solo para quienes supieran leerlo entre líneas.
Amistosa con quienes la respetaran,y tremendamente hostil con cuanto hombre pretendiera utilizarla,en nombre de su soledad,que a veces,llegaba a pesarle como una roca.
Para un chico de dieciocho años recién cumplidos,dos semanas en el centro de esa alfombra verde e interminable ,de una esmeralda calurosa y agreste,no constituían el mejor programa,pero la sola idea de obtener un beneficio económico,lo animaba a soportar el calor y la dura faena.
La viuda hablaba poco,para mantener la distancia que solía crear cuando se enfrentaba a un hombre desconocido,siempre a la defensiva.
Pero el chico le agradaba.Era extremadamente respetuoso y trabajador,y le hablaba con mucha amabilidad conservando esa lejanía que ella pretendía.
Una noche fue diferente.Hacía un calor abrazador,y los ventiladores de la propiedad,solo arrojaban aire caliente.
Ariel coincidió con Mariana,en los bancos de madera del patio trasero,donde la brisa campestre,proporcionaba un tímido alivio.
Hablaron de la cosecha,al pasar,mientras algo raro,se gestaba entre ellos.
Había una diferencia en los tonos,otra luz en las sonrisas,y un creciente deseo en el aire,que hasta un casi adolescente podría reconocer.
Entonces se acercaron.
Ariel sintió esas manos de cuero,volverse terciopelo en tan solo un roce.
Nadie juzgaría además de la noche y ese cielo inmenso.
-No se si sabré estar a tu altura.-le dijo Ariel desmayado de ganas ante ese cuerpo voluptuoso que se le imponía gracias a los cielos,sin remedio.
-Lo harás bien.-susurró ella,dejando que fluyera aquella rarísima pasión.
Ese verano el chico aprendió demasiado.Lecciones que jamás olvidaría.Sentimientos con características de trueno.Tormentas de humedad e impulsos eléctricos,que recordaría por siempre,con imágenes de sentido realismo.
Y hoy,al cabo de algunos años,cada vez que Ariel atraviesa el campo,y contempla al pasar algún trigal,cuando el viento hace danzar las espigas,vuelve a sentir aquellos brazos de fuego.
Y cuando toma por suya a una mujer,inevitablemente,descubre el rostro de Mariana, y como si se tratara de una película, revive inevitablemente también, aquel verano.