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Lazos de sangre — capítulo 15
El mundo se paralizó a su alrededor. Ser besado por Snape, seguía siendo muy inquietante. Por una fracción de segundo, sus labios se rozaron contra los suyos y luego, todo se terminó. Al terminarse, notó que había mantenido los ojos cerrados. Severus sonrió con malicia, ante ese gesto. Rita estaba confundida. ¿Por qué casarse con Harry Potter? ¿Estaba acaso...? ¿Enamorado del muchacho? Una cosa era haber sido su profesor y otra, haberse enamorado perdidamente de él.
¿Qué credibilidad, le daba esa debilidad? ¿Debilidad por un joven mucho menor que él? Pero si había algo que le daría toda la oportunidad.
- Harry Potter- dijo ella misma, firmando el pedazo de pergamino. Su noticia.
"Jugoso acuerdo. Candidato a elección hace más que votos de campaña. Hace votos matrimoniales"
Hermione inspiró, preguntándose si debía abrazar a su amigo o quedarse en el lugar dónde se encontraba. Ron parecía una teja, sonrojado, sorprendido. El mundo podía sorprenderse ahora. Severus Snape, se había casado.
- Es hora de irnos, Severus- dijo, pero Snape estaba distraído. Miraba a Harry, que seguía con la vista fija sobre sus ojos.
¿Qué tanto le miraba? ¿Qué tanto buscaba en él, que lo miraba con fijeza? Negó con la cabeza y rompió el contacto visual. Harry inspiró.
Al regresar, la situación no parecía mejorar, en ningún sentido. Alastor y Kingsley, estaban presos, listos para ser enjuiciados. Dumbledore ya tenía reuniones, acerca del asunto. Minerva, había acordado encontrarse con él.
La época escolar, estaba por comenzar y Harry, temía que ese fuese el golpe maestro. Había sido una noche pesada y caer en una cama blanda, era lo que más quería. La Sra. Weasley, desataba el corbatín de su traje, cuando él observó a Snape, que subía las escaleras.
Caminó detrás de él, al poco tiempo y abrió la puerta. Al entrar, Severus estaba colgando su saco. Su camisa estaba manchada de sangre, en las mangas, donde se suponía que él había intentado arrancarse el anillo.
No se lo había preguntado, pero ya lo estaba intuyendo, en cuanto la mirada de Harry no se despegaba de su mano herida.
- Supongo que querer escapar nunca me sentó. No tanto, como le sentó a Potter- dijo, con una voz envenenada. Harry prefirió por salud mental, no hacer caso a lo que estaba oyendo. Con un suspiro lento, Snape terminó en la cama. Miraba al techo e inspiraba, una y otra vez. Todo cambiaba tan drásticamente, que ni siquiera él podía encontrarse en un solo lugar.
Solía pasarle a Harry, cuando no encajaba. Cuando sus tíos le hacían la vida imposible. Y ahora, también sus tíos querían venderlo. Era sin duda, uno de esos momentos, donde él no sabía a dónde pertenecía.
Pero sabía a dónde llegaba. La madriguera.
- Buenas noches- dijo, en voz baja y sopló la vela que tenía a su lado. No escuchó comentario alguno y simplemente, se cubrió con las sábanas, hasta el cuello.
Tendría mucho en lo que pensar, esa noche.
Estando allí, su cabeza se llenó de diversos pensamientos. De sentimientos diferentes, que poco podían definirse, como algo concreto. Sus sueños iban y venían, Severus aparecía en todos ellos. Estar casado, seguramente significaba toda una vida de estar juntos y jamás separarse. Se lo habían prometido, el uno al otro.
Y por más que lo pensaba, le seguía pareciendo, una propuesta vacía y sin sentido. Inspiró, tratando de dormir y se dio la vuelta hacia el otro lado. Fuera como fuera, la luna iluminaba parcialmente, el lugar donde Snape dormía. No muy apartado de él.
Tenía los ojos abiertos y de vez en cuando, verificaba que Harry estuviera dormido. Con una inspiración honda, parecía que Severus Snape, afrontaba los mismos problemas de concentración. En silencio, se sentó en la cama.
Iba a ser una noche larga.
Harry no se movió. No quería que el profesor, notara que no estaba durmiendo, como creía que estaba. Mientras lo miraba, Severus compuso un rostro de dolor, que él le pudo atribuir a la marca. Efectivamente, comenzaba a quemar, pero de una forma débil. Seguramente, significaba dos cosas.
Uno: Su señor quería verlo. Dos: La situación, empeoraría cuando supiera, que era el flamante esposo del gran Harry Potter. Por más tonto que sonara.
Soltó un quejido débil y alzó la cabeza, para mirar en dirección a Harry. No notó movimiento, así que intentó levantarse, pero no tuvo éxito. Sus pies no obedecieron y su dedo, ardía como nunca. Tenía que ir, pero no podía levantarse.
Era como si una fuerza invisible, lo mantuviera allí. Se sentía mágicamente atado, a algo que no podía definir. Comenzó a pensar, en las posibles fuentes de su problema. Dumbledore no había mencionado nada en específico.
¿Y los anillos? Si ellos eran un factor, una atadura, pues estaba en graves problemas, puesto que tenía que presentarse, ante su señor. Pero no se movía, su cuerpo no obedecía. Su dedo ardía, pero nada más que eso.
Siempre en dificultades. Allí siempre lo metía, el director de Hogwarts. Una costumbre deprimente, que solía tener. Y aún así, él cedía a sus decisiones.
Todo por el pequeño Potter. El gran San Potter.
Harry en cambio, meditaba. ¿Para qué irse, en una circunstancia como esa? Eso solo significaría un problema para todos. Por supuesto, Severus Snape siempre los sumergía en los más profundos embrollos.
Curioso. Que el primero quería irse y el segundo, solo quería que se quedara, para que no ocurrieran más desgracias.
Al amanecer, todo pareció distinto. Para cuando Harry abrió los ojos, Severus estaba allí. Dormía y parecía tan distinto, que daba miedo. Con un suspiro, el muchacho caminó hacia él y lo contempló. No era él, lo podías jurar si no lo conocías bien y hasta lo creías. Pero no. Debajo de esa máscara de "paz", estaba la persona más indiferente e infeliz, que él jamás había visto. Aparte de Lord Voldemort, claro estaba.
Se detuvo en la escalera y miró a su alrededor. Era muy temprano y parecía que no había nadie en la cocina. Caminó entre los muebles y las habitaciones. Sirius se había quedado esa noche y Hermione también. Se sentó en una de las sillas de aquella casa y miró lo que le rodeaba. El hogar de Snape y justamente en ese momento, su hogar.
Permaneció largo rato allí e incluso, se quedó dormido. Sus gafas, amenazaban con caerse de su nariz, mientras su cabeza colgaba de forma casi, dolorosa. Estaba soñando, mientras dormía. Soñaba con una habitación a oscuras y una gruesa voz que parecía dictaminar órdenes a un hombre, agazapado, lleno de miedo, en la penumbra.
Pudo haberlo descubierto, de no haber sido por una mano, que zarandeaba su hombro, de forma amable. Entre abrió los ojos y observó a Hermione. Estaba allí parada, en pijamas y sonreía con suavidad, mientras lo miraba.
- Despierta, Harry.
Se reincorporó y se colocó los lentes en su lugar. La contempló, mientras ella apartaba la mano de su hombro y se sentó a su lado. Harry inspiró y ladeó la cabeza hacia la muchacha, que parecía nerviosa. Bien, todos tenían esa expresión.
-
¿Y tus padres?
-
Están a salvo, con el Sr. Arthur, en la madriguera. Voy a verlos de vez en cuando.
Por fortuna.
-
¿Estás bien?
-
Sí. Eso creo.
-
¿Y Ron?
-
¿Ron?
-
Bueno, no es secreto ya, que tú y Ron.
-
¡Ay Harry! ¿Enserio lo crees? Bien, creo que Ron no aprendió el arte de la discreción. Pero estamos bien. Quise decírtelo pero...
-
Lo intuí desde un principio. Me alegro por ustedes.
Antes de que Hermione hablara, Severus Snape, estaba en la escalera. Miraba hacia abajo y parecía confundido, por una razón que ninguno de los dos, pudo entender. Bajó las escaleras con rapidez y miró a Harry, de reojo. El muchacho se mantuvo en el sofá, sin despegarle la vista y sin parpadear.
-
Potter... ¿Dónde está, Black?
-
Sigue dormido, señor...Pero...
-
Si se despierta, dígale que Dumbledore necesita enterarse de algo- fue lo único que dijo, antes de perderse en la cocina. Harry observó a Hermione, que se encogió de hombros y se levantó para regresar, a la habitación que había estado usando. Con un suspiro, Harry se levantó de la silla baja y caminó hacia la cocina.
Severus estaba allí, no muy lejos. Le daba la espalda y una de las alacenas, estaba abierta. Harry caminó en silencio y trató de determinar, qué estaba haciendo Snape, en esa esquina. Sin hacer ningún tipo de ruido, se detuvo a pocos centímetros. Él no lo vería, le daba la espalda y no tenía mucha visibilidad.
Pues, estaba pálido. Parecía a punto de desmayarse y sostenía su brazo, con una expresión de dolor. Se desbalanceó y luego, se sostuvo de uno de los estantes, frente a él. Le temblaba el labio y la mano, con la que mantenía levantada, la manga de su brazo izquierdo. Harry miró la marca, a flor de piel
Pero, Severus estaba por desmayarse o algo parecido. Parecía ser muy fuerte, como para mantenerlo estable. Volvió a desbalancearse y Harry sintió, que debía intervenir.
Colocó una mano sobre su brazo y le pareció que Snape, apenas notó que había alguien allí, parado a su lado. Colocó su mano sobre el hombro del muchacho e hizo presión, inconscientemente. Harry soltó un quejido, sintiendo que estaba hundiendo su cuerpo, hacia el suelo. Su profesor y pareja, tenía los ojos en blanco.
El llamado de Voldemort, parecía ser insistente. Se preguntó si Voldemort, había leído el titular de Rita Skeeter. Seguramente lo había hecho y se quejaba al respecto. Snape pasó a lucir como una especie de marioneta grotesca. Suspiró Harry, al sentir que todo su peso iba a terminar sobre él.
Y así fue. Snape terminó por cansarse y arrastrar a Harry con él. Terminaron junto a una pared. Harry estaba bajo su profesor de pociones, su esposo, soportando su peso. Cualquiera que los mirara creería cualquier cosa.
Esperó por unos minutos, meditando qué iba a hacer a continuación. El aliento del profesor, estaba sobre su nuca, mientras estaba extrañamente encorbado. Trató de erguirse para ayudarlo, pero Snape pesaba más de lo que podía pensar, con su tamaño. Tuvo que pedir auxilio.
-
Potter- escuchó, antes de que intentara abrir la boca- déjame ir, Potter.
-
¿Dejarlo ir?
Comenzaba a comprender una cosa de los anillos. Eran capaces de retener a las personas. De mantenerlas, unidas.
-
Déjeme reunirme con el señor tenebroso.
-
¿Y por qué yo? Yo no he estado haciendo nada.
-
Ha estado pensando que es mejor que no vaya, seguramente piensa que es mejor que no lo sepa. Me tiene atado.
Lo pensó, sí, pero no esperaba.
- Simplemente déjeme ir.