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Historia 45483 — capítulo 3

Severus corría por las escaleras en dirección a la torre de Astronomía, que era donde tenía su siguiente clase. Sujeto en un puño llevaba el frasquito de Félix Felicis. Estaba enfadado... muy enfadado. Primero con Hermione Granger, que no había parado hasta que él había cogido la maldita poción, y después con él mismo. No entendía cómo había podido ser tan débil. La chica lo había presionado un poquito y él había saltado como si de un cáctus se tratase. <<Si yo fuera ahora mismo el que era, otro gallo habría cantado. ¡Maldita Granger!>>. Puede que con ese cuerpo se sintiera joven y vigoroso del nuevo, pero también carecía de algo que le ofrecía el otro: autoridad. Antes, con sólo verlo, muchos alumnos se echaban a temblar, temiendo alguno de sus comentarios hirientes o su famosa frase: "X puntos menos para..." (generalmente, Gryffindor). Y esa chica lo había retado. Aún le ardía el brazo donde ella lo había tocado. Hacía mucho, muchísimo tiempo que nadie lo tocaba, pero ella... Apretó los dientes por la rabia. Eso no iba a quedar así. Tal vez no tuviera su aspecto amenazador de siempre, pero seguía siendo Severus Snape, y ella no era más que una insufrible sabelotodo, y además, de Gryffindor. <<Granger 1- Snivelus 0>>, pensó con amargura. <<Por ahora...>>.

Hermione entró en el Gran Comedor todavía bastante afectada por su último encuentro con Stefan Stapleton. Ni siquiera en clase de Aritmancia había conseguido serenarse. Los últimos segundos de su conversación y el roce de sus dedos con su piel cuando le había arrebatado de golpe el frasco de Félix Felicistodavía la hacían estremecerse. Se sentó entre sus dos amigos sin siquiera saludarlos.

-Hola, ¿eh?- dijo Ron, molesto.

-¿Mmm? ¡Ah! Hola, chicos- contestó ella sin prestar mucha atención a lo que decía.

-Hermione, ¿te encuentras bien?- preguntó Harry.

-Sí, sí, sólo... Ha sido la clase de Aritmancia la que me ha dejado un poco ida- mintió la chica, pensando que sería mejor no preocupar a sus amigos con paranoias suyas.

-¿La clase de Aritmancia te ha dejado ida?- inquirió Ron.

-Sí, ¿por qué?

-Bueno... Entiende que suene un poco... raro. Que eso lo digamos nosotros, vale, porque ya sabes que Trelawney quema incienso de maría en medio de clase, pero tú... Vamos, a no ser que la profesora Vector se esté proveyendo del mismo tipo de sustancias...

-Anda, Ron cállate un ratito- lo interrumpió Harry.

Después miró a su amiga con el ceño fruncido, pero no hizo más preguntas. Sabía que no valdría de nada presionarla. Cuando ella quisiera contárselo, lo haría. Ron había arrugado el morro y miraba a Harry con gesto de protesta, pero no dijo nada.

-De verdad que estoy bien, Harry- dijo, mirándolo a los ojos e intentando sonar lo más convincente posible.

El chico de ojos verdes se encogió de hombros y empezó a comer. Su amigo pelirrojo lo imitó sin decir ni una palabra. Por su parte, Hermione cogió el tenedor, pero antes de llevarlo al plato, se dio la vuelta hacia la mesa de Slytherin. Su estómago dio un vuelco al ver que Stapleton acababa de llegar y se estaba sentando al lado de Malfoy. Como si lo hubiera estado llamando a gritos, el chico volvió bruscamente sus ojos a Hermione. Sus miradas se conectaron durante unos instantes en los que el tiempo pareció detenerse. Finalmente, Stefan se volvió a mirar a su compañero, dejando a Hermione con el corazón en la garganta.

La noche cayó sobre el castillo como un dulce y silencioso manto. Severus Snape se escabulló sin ser visto de la sala común de Slytherin. Dumbledore lo había llamado para que fuera a verlo. No entendía por qué, si hacía apenas veinticuatro horas que se habían visto y hablado por última vez. Por eso, y para no llamar la atención, cosa en lo que Dumbledore había insistido bastante, había decidido retrasar el momento. Caminó deprisa por los pasillos pobremente iluminados, donde las sombras se convertían en sus aliadas. Esperaba no encontrarse con ningún prefecto, o tendría que dar muchas explicaciones, cosa que no le apetecía lo más mínimo. <<Granger es prefecta>>, dijo una vocecilla en su cabeza. Por un momento, tuvo el irracional deseo de que la chica lo pillara. Movió la cabeza a los lados, volviendo a la realidad. <<¿Y a mí qué me importa que sea prefecta, o perfecta o lo que le dé su real gana? ¡Maldita Granger! Ojalá no tuviera que volver a cruzarme contigo nunca más>>. La vocecilla en su cabeza volvió a decir <<¿Estás seguro?>>. Él apretó los dientes y se dijo a sí mismo con todas sus fuerzas <<Sí, muy seguro>>. Por suerte para él,  pudo llegar a la gárgola de piedra sin que nadie lo viera.

-Snich de regaliz- dijo, no sin cierta vergüenza ante las contraseñas, en su opinión ridículas, que elegía el director.

El animal mitológico se hizo a un lado, cediéndole el paso al ex profesor de Pociones, que se subió en las escaleras de piedra automáticas. No tardó nada en llegar a la robusta puerta de madera labrada y llamó con los nudillos. Un suave "Adelante" hizo que entrara. Albus Dumbledore, con una camisola y su gorro de dormir, lo esperaba sentado en su butacón. Severus dio unos pasos, acercándose al escritorio.

-¿Quería verme, director?

-Vaya, Severus, qué sorpresa. No creí que te fuera a ver ya.

-Habría venido antes, pero como usted mismo me pidió, estaba siendo... discreto. Y creo que llamaría bastante la atención que en mi primer día, ya me llamara a su despacho- hablaba con el mismo tono susurrante que acostumbraba.

-Mmm... Bueno, ¿qué tal tu primer día?

-Sin nada que contar.

-¿De verdad? Vamos, Severus, no seas humilde... Horace ha estado hablando conmigo hace un rato y estaba muy sorprendido.

Severus se sentó en una de las sillas que había frente al escritorio con aburrimiento.

-Slughorn siempre tan cándido...

-Me ha dicho que has hecho uno de los mejores Veritaserum que ha visto en toda su vida.

En la cara de Snape se dibujó una sonrisa de suficiencia, torcida, sarcástica.

-¿Es eso para ti pasar desapercibido, Severus?

-Una cosa es que me tenga que hacer pasar por uno de esos mocosos descerebrados, y otra muy distinta, tener que hacerme también el tonto. Aun cuando de verdad era joven podía hacer una poción como la que he hecho hoy a las mil maravillas.

-Cuando hablas así, pareces más viejo que yo.

Severus puso los ojos en blanco.

-¿Qué es lo que quiere, Albus? ¿De verdad me ha hecho venir para preguntarme por mi primer día de clases?

El anciano director lo miró fijamente. Sus ojos azules escrutaban el rostro de Severus y le daban la impresión de estar taladrándole el alma. Taladrar el alma... De repente, la imagen de unos inquisitivos ojos color miel se formó en su mente. Fijó su atención en Albus, tratando de olvidar el pensamiento anterior.

-No, tienes razón- dijo por fin Dumbledore.

-¿Entonces?

-Hoy he estado en el lugar donde te ocurrió... Bueno, ya me entiendes.

-¿Y qué?

El director hizo una larga pausa, tan larga que Severus empezó a desesperarse.

-¿Albus?

-Nada.

-¿Qué?

-Que no he encontrado nada.

-¿Cómo que nada? ¿Qué significa eso?

-Significa absolutamente nada, Severus. Ni siquiera el tenue rastro que deja la magia cuando es utilizada. Nada de nada.

-¿Y eso cómo es posible?

Albus no contestó. A Severus le dio un vuelco el estómago. Si Dumbledore le hablaba así... <<Esto no puede ser cierto. No me puede estar pasando a mí>>.

-¿Y qué vamos a hacer? Porque supongo que tan inconmensurable mente habrá pensado en algo.

-No... No sé qué hacer. No sé qué ha ocurrido. Lo único que tengo son varias hipótesis, a cada cuál más improbable.

Severus se puso en pie de un salto y comenzó a pasearse por la habitación. Toda la frialdad de la que hacía gala, el temple, todo había desaparecido. Si hablaba...

-Así que ya está, ¿no? Las cosas han sido así y así se tienen que quedar.

-Por favor, Severus, intenta calmarte.

-¡No! ¡Ya estoy harto de estar calmado! Me calme o no me calme, la situación va a seguir igual.

Fulminó a Albus con la mirada.

-Todo esto... Todo esto ha ocurrido por su culpa, Dumbledore. Hasta este momento he pensado que, aunque con algún pero, era libre, pero me he dado cuenta de la verdad. Usted siempre lo monta todo de tal manera que es imposible decirle que no.

-Siempre has podido elegir.

-No, eso no es cierto, y usted lo sabe. Se aprovechó de mi penitencia para encargarme trabajos que necesitaba que alguien llevara a cabo. Utilizó mi dolor por la muerte de Lily para que hiciera cosas... despreciables. Pero se acabó. Ya he cumplido mi condena: Ayudé a salvar la vida del hijo de Lily, y eso basta para acabar con esto. Nunca más, Dumbledore.

El director lo miró a los ojos y Severus le sostuvo esa mirada. Sabía que estaba siendo injusto. Sabía que no era cierto. Sabía que Dumbledore era el único que lo había apoyado cuando los demás sólo le habían dado la espalda. Fue el único que lo defendió a capa y espada, el único que siempre confió en él y en su buen corazón, mientras que el resto lo veía como una escoria asesina... Sabía todo eso, e incluso a él le dolían esas palabras, pero fue incapaz de callarse. Su frustración, su enfado, su... miedo al volver a ser un joven, al pasado, al dolor que tuvo que soportar... Todo ello le hacía descargar su rabia contra Dumbledore como si de un saco de boxeo se tratase. Y el anciano simplemente lo miraba, tragándose todas y cada una de sus palabras.

-No le importa poner la vida de los demás en juego siempre que sea en beneficio de su niño Potter, ¿no es así? ¿Qué importamos un montón de personas mediocres si todo sirve para alcanzar las grandes metas del poderosísimo Albus Dumbledore?

Esperando que el director reaccionara, dijera algo, se defendiera, al menos, se quedó de pie en medio del despacho. Sin embargo, Dumbledore continuó callado. Con un suspiro de decepción, Severus se dio la vuelta y se marchó del lugar. Entonces, sólo entonces, los ojos de Albus hablaron por él, cuando una pequeña lágrima se deslizó mejilla abajo y se perdió en su barba.

Severus salió prácticamente corriendo del despacho de Dumbledore. No se sentía bien por todo lo que había dicho. No estaba orgulloso de sí mismo, ni quería pensar en ello. Sólo quería llegar a su habitación y acostarse, acostarse y olvidar...

Ron y Hermione estaban terminando ya de hacer su última ronda. Era bastante tarde, y dudaban de ver a alguien ya a esas horas. Enfilaron un largo pasillo en dirección a su sala común. 

-Oye, Herms...- susurró Ron.

-Dime.

-Pues yo quería... hablar contigo... sobre algo... importante- temblaba como un flan ante lo que tenía pensado decir.

-¿Sí? ¿Qué es?

-Verás, yo...

No pudo terminar la frase, pues alguien se chocó contra ellos en mitad del pasillo. Ambos amigos estuvieron a punto de perder el equilibrio. Hermione pudo distinguir una melena de pelo negro pasar a su lado, enmarcando una pálida cara y una prominente nariz. Ron, que se había recuperado antes que ella, sacó su varita y, apuntándolo, exclamó:

-¡Eh, tú!

Vieron cómo Stefan Stapleton se paraba de pronto y empezaba a girarse lentamente.

-¿No sabes que no se puede deambular por los pasillos después de una hora determinada?

<<Tiene gracia quién me lo dice, Weasley>>, pensó con sorna Snape. Podía haberse hecho el inocente, haber fingido simplemente que no lo sabía, pero la furia que sentía, mezclada con la idea de tener una excusa para pelearse con el pelirrojo amigo de Potter, hablaron por él:

-Sí, lo sabía.

-Entonces, además de nuevo, eres tonto, por lo que veo.

-¿Me lo dice el que no sabe ni cómo declararse a la chica de la que está enamorado?

Ron enrojeció hasta la punta del último pelo. Apretó con fuerza la varita, hasta que los nudillos se le quedaron blancos.

-Te voy a...

Levantó la varita en el aire, pero antes de que pudiera pronunciar ningún hechizo, Stapleton había sacado la suya y la había agitado con fuerza. De ella salió un potente rayo azul, que golpeó a Ron en el pecho y lo lanzó por los aires varios metros más allá.

-¡Ron!- gritó Hermione, viendo cómo su amigo salía despedido. 

Miró a Stapleton, que ya se alejaba de allí, como si nada hubiera pasado. Furiosa, se incorporó del todo y fue tras él. Lo alcanzó al final del pasillo. Tiró de su túnica y consiguió pegarlo a la pared. Después, le puso la punta de su varita en el cuello.

-¿A dónde crees que vas? ¿Qué le has hecho a Ron?

Clavó sus ojos melados en él, que le devolvió una mirada de completa sorpresa. <<¡Pero Granger...!>>. No tardó mucho en tornarse de sorprendida a iracunda.

-Aparta... esa... varita... de... mi... cuello- susurró el chico, del mismo modo que la vez anterior le había advertido que no volviese a tocarlo.

Por toda respuesta, la chica aumentó la presión, obligándose a acercarse a él. Sus narices casi se tocaban. Los ojos de Severus ardieron. Recordó que ella era una de las causas de que estuviera tan nervioso y desesperado, por tanto, de que hubiera sido tan duro con Albus. Sin que la chica pudiera preverlo, Severus la agarró por los hombros y la pegó a la pared con un golpe seco. Respiraba agitadamente. Hermione no había movido ni un ápice la punta de su varita.

-Granger, no me obligues...

Un escalofrío recorrió la espalda de Hermione al mirarlo a los ojos. Había tal fuerza en ellos, tal brío, tal... violencia contenida, que sintió miedo por un momento. Qué curioso, siendo ella una leona de Gryffindor, que se asustase por una mirada. Sin embargo, continuó sin retirar la varita. Sentía la presión de las manos de Stapleton sobre sus hombros, y cómo el pecho del chico subía y bajaba sin control. Sin duda, algo horrible había tenido que pasarle para que se encontrara en tal estado.

-Granger, por favor...- su tono había cambiado. Había súplica en él.

Hermione continuó como estaba, pero ahora ya no era por detenerlo, sino porque estaba completamente paralizada. Esos ojos la estaban hipnotizando. Si no supiera la verdad, lo habría pensado seriamente. Vio de pronto con pavor cómo el chico se inclinaba sobre ella, muy despacio, como movido por algo externo a su voluntad. Supo lo que pretendía y se halló incapaz de hacer nada. Podía sentir la lucha interior entre dos sentimientos muy contradictorios: por un lado, la repulsa por lo que ese chico acababa de hacerle a Ron; por otro, el deseo de probar... Quizá sus labios sabían tan bien como había imaginado. <<¡No, no! ¿En qué estoy pensando? ¡Oh, Dios mío! ¡Va a besarme! ¿Qué hago?>>. Lo único que su cuerpo le permitió fue cerrar los ojos. Entreabrió un poco los labios, esperando lo inevitable. De pronto, una voz la sacó del ambiente ilusorio que se había creado.

-¡Hermione!- Ron corría hacia ella a través del largo pasillo.

La chica se dio cuenta de que seguía pegada a la pared. No sabía cuánto tiempo había pasado allí, pero ya no podía sentir las manos de Stefan sobre sus hombros ni oía su respiración ni tenía butaca en primera fila para ver el espectáculo de sus ojos y sus labios. Vio su varita caída en el suelo, a su lado. Suspiró. Por un momento había creído que él...

-¿Estás bien?- preguntó su amigo, llegando a su lado.

-Sí, sí, no te preocupes. Salí corriendo detrás de Stapleton, pero... no lo alcancé.

-Bueno, volvamos a la sala común.

-Perdona, ¿tú estás bien? 

-Sí, estoy bien. No sé qué hechizo me ha lanzado ese imbécil, pero no me ha hecho gran cosa. Supongo que sólo quería aturdirme. Venga, no nos detengamos más.

Echaron a andar. No tardaron mucho en llegar a su sala común. Ron se despidió de ella con un bostezo y maldiciendo interiormente a Stapleton por haberle chafado la declaración que tenía preparada. Hermione subió a su dormitorio. Sus compañeras ya dormían. Se sentó en la cama y suspiró. ¿Qué se suponía que acababa de pasar con Stapleton? Ese chico iba a acabar volviéndola loca. Se tocó la pierna descuidadamente. De repente, se dio cuenta de que su bolsillo pesaba más que antes. Metió la mano en él y palpó. Los ojos se le abrieron por la sorpresa. Sacó la mano cerrada, y cuando la abrió, un frasquito de cristal lleno de una poción dorada resplandeció en ella.

  •   *   *

Heeey! ¿Qué tal todo? Bueno, después de muchos problemas (he tenido que reescribir partes del capítulo varias veces), he podido actualizar. Espero que os haya gustado.

Un saludo a tod@s, y muchas gracias a los que dejáis reviews. Le suben a una la moral.

Besooos