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Historia 45483 — capítulo 5

-¡Estése quieta, señorita Granger, haga el favor! No puedo sacarle todos los trozos de cristal si no para de moverse- exclamó la señora Pomfrey. Hermione permanecía tumbada boca abajo en una camilla de la enfermería. Parecía que el frasco roto de Félix Felicis había rasgado el bolsillo de su túnica, y los fragmentos de cristal, muy pequeños algunos, se habían clavado en su pierna y en la de Stapleton. <<Stapleton...>>. Él era el principal motivo por el que ella no podía estarse quieta. Lo tenía, sin pantalones, tumbado en la camilla de al lado, y sabía que éste le dirigía miradas de vez en cuando... ¡Y ella estaba en bragas! Y literalmente, además. -¡Por favor, señorita Granger! Al final, en lugar de usar las pinzas para sacarle los cristales, se las voy a incrustar también. Ya casi hemos acabado, aguante un poco. Hermione resopló, cerrando los ojos. Esperaba que así se le borraran de la mente los ojos de Stapleton clavados en ella, o cómo se había interpuesto entre ella y la pared para amortiguarle el golpe, o sus brazos en torno a su cintura, o su boca a cinco centímetros de la suya, o esos boxes negros que llevaba puestos y se le pegaban al cuerpo como si fueran su propia piel... Notó que sus mejillas ardían. -Bueno, esto ya está- dijo Madame Pomfrey, sacando un pañuelo y secándose el sudor de la frente-. ¡Vaya, qué colorada está, señorita Granger! ¿Se encuentra bien? El rubor de Hermione se incrementó. Oyó que Stapleton se reía entre dientes. -No parece que tenga fiebre- concluyó la señora Pomfrey, quitando su mano de la cara de Hermione. Se dio la vuelta hacia Stefan y observó su herida. -¿Cómo se encuentra, señor Stapleton? El chico no contestó. Sólo emitió un significativo gruñido. -Mmm... Tiene suerte. Usted tiene menos cristales ahí dentro que la señorita Granger. Sin embargo... -¿Qué? -Hay un corte que es bastante profundo. ¿Me pueden decir cómo se hicieron estas heridas? Ninguno de los dos alumnos contestó. -Bien, si no quieren decírmelo, no insistiré. A ver, déjeme... La enfermera empezó su labor como había hecho con Hermione. Ahora era Severus el que se sentía incómodo. Había disfrutado de lo lindo con la turbación de la leona castaña, pero se le había olvidado que él tampoco llevaba pantalones. Miró hacia el techo, intentando no pensar en nada. Sin embargo, sentía los ojos de la chica clavados en su cuerpo, y de repente, a él también le entró el baile de San Vito. -Pero, ¿qué les pasa a los dos? Por favor, señor Stapleton, que parece que le han entrado escregutos de cola explosiva en la túnica. ¡Deje de moverse! Severus tragó saliva. ¿Por qué tenía que pasarle a él? De entre todos, a él. No sabía por qué en el momento crítico se había movido para intentar coger a Granger. No había dejado de observar cómo Draco se hacía el gallito y la atacaba con saña, y para él no fue una sorpresa lo que acabó ocurriendo. Sin embargo, cuando Hermione había chocado contra él, lo único que pensó fue <<Te tengo, Granger>>. Se le revolvía el estómago sólo de recordarlo. Por suerte, el único daño que había sufrido la chica eran esos cortes en la pierna. Él no podía decir lo mismo, pues, además, tenía molidas varias costillas. Y entonces recordó que esos cortes en los que Madame Pomfrey estaba hurgando habían sido hechos por un frasco lleno de Suerte Líquida. <<No sabes la que has liado, Granger. Ahora, tú y yo...>>. Apretó los dientes. Puede que ella no tuviera ni idea (a pesar de ser una insufrible sabelotodo) de lo que suponía que por la sangre de ambos corriera la misma Félix Felicis, pero él si lo sabía. Lo sabía y le aterraba pensarlo. <<Quizá en esta ocasión, al no ser intencionado, no tenga el mismo efecto...>>. Le torturaba la idea de que pudiera ser verdad lo que contaban las leyendas. -Bueno, esto ya está- comentó la enfermera, sacándolo de sus pensamientos-. ¡Eh, eh, eh!- exclamó de pronto, viendo que tanto uno como otra se ponían en pie-. Ninguno de los dos se puede mover de aquí hasta transcurrida, como mínimo, una hora. -Pero Madame Pomfrey, tenemos clase- se quejó Hermione. -Pues tendrán que faltar, señorita Granger. Aquí, la enfermera soy yo, y si yo digo que de la enfermería no se mueve nadie, ustedes obedecen. La chica resopló. Madame Pomfrey iba a marcharse de las cortinas donde estaban a por unos utensilios que necesitaba, cuando McGonagall irrumpió en la enfermería. -¡Poppy! ¡POPPY! Necesito su ayuda. Albus se ha puesto peor. A Hermione se le abrió sola la boca. O sea, que eso era lo que ocurría: Dumbledore estaba enfermo. Y no era nada leve, por lo que parecía. Miró a Stapleton y vio cómo se había sentado de golpe, blanco como la cera, y se había quedado rígido. -¿Peor?- se escuchó decir a la enfermera, que se acercaba corriendo a la profesora. -Sí, le ha subido la fiebre. Si por lo menos estuviera aquí Severus... No deja de llamarlo en su delirio. -Vamos a verlo, entonces. -Sí, vamos. Cuando la puerta de la enfermería se cerró, Hermione vio con asombro cómo Stapleton se ponía en pie y empezaba a vestirse con premura. Lo oía murmurar entre dientes, mientras sus ojos apenas parpadeaban. Al prestar atención, escuchó frases sueltas como: ¿Cómo pudo olvidárseme? o Ha sido culpa mía. -¿A dónde crees que vas, Stapleton? El chico no contestó. Terminó de abrocharse el último zapato y se dispuso a salir. Hermione se puso en medio. -Granger, ¡apártate! -No, la señora Pomfrey nos ha dicho que no nos movamos de aquí. -¡Me importa un bledo lo que haya dicho la enfermera! Albus me necesita... Yo no... Sin embargo, la chica no se movió. -¿De qué conoces a Dumbledore? Eres nuevo... ¿Y ya lo tratas con estas confianzas? -Es largo de contar... Además, a ti no te importa. ¡Quita! -¡No! -Mueve tu trasero de insufrible sabelotodo o me veré obligado a usar la fuerza. -¡Atrévete! -¡Fuera de mi camino! -¡No! Empezaron a forcejear. Hermione lo tenía agarrado del cuello de la túnica, mientras que él intentaba moverla cogiéndola por la cintura. Se miraban a los ojos, a la vez que cada uno intentaba mover al otro. En un momento determinado, Severus consiguió que Hermione se diera la vuelta, y la espalda de la chica quedó pegada a su pecho. <<¡Bien! Así será mucho más fácil quitarla de en medio... ¡Maldita Granger!>>. Estaba a punto de apartarla de su única vía de escape hacia Dumbledore cuando las piernas en las que tenían las recientes heridas, entraron en contacto. Una potente luz salió de esa unión y los chicos dejaron de forcejear. La luz vino acompañada de una agradable sensación. Los cortes ya no les dolían, muy al contrario: había desaparecido todo indicio de que allí hubiera habido algún corte. No supieron cuánto tiempo estuvieron así, pero de pronto la luz se apagó y ellos pudieron separarse de nuevo. Se miraron fijamente. -¿Qué ha...?  Severus no contestó. Llevó su mano derecha al agujero que tenía en el pantalón y palpó. Nada. Estaba su pierna normal, como si nunca hubiera habido herida alguna. Volvió sus ojos a Hermione, que lo miraba, atónita. -¿Cómo...? Por toda respuesta, Severus la tomó por los hombros y le dio la vuelta con delicadeza. Hermione estaba tan sorprendida que ni siquiera trató de resistirse. El chico tragó saliva al ver que, efectivamente, la herida había desaparecido. En su lugar, había quedado una pequeña cicatriz que, de haberse parado a examinarla con más detenimiento, habría descubierto que tenía la forma de medio corazón roto. Respirando con rapidez, se alejó un par de pasos de la chica. Entonces era verdad... Estaban conectados por la Félix Felicis... para el resto de sus vidas. Miró con intensidad a la chica durante un minuto más, y de pronto la imagen de Dumbledore se le formó en la cabeza. <<¡Joder! Albus...>>. Sin decir ni una palabra, se marchó de allí. Hermione vio que se iba, pero fue incapaz de hacer ningún movimiento. Todavía veía brillar la luz en su pierna. Con un suspiro, se puso los leotardos, la falda y los zapatos y salió también de la enfermería.

Severus irrumpió como un rayo en el despacho de Dumbledore. En el centro, vio una improvisada cama, y al viejo director tendido en ella. En los tres días que no lo había visto, parecía haber envejecido cien años (sumados a los que ya tenía). Rodeaban la cama la señora Pomfrey y Minerva McGonagall, la cual, además, le sostenía la mano a Albus. Con su entrada estrepitosa, ambas se giraron hacia él. La subdirectora abrió desorbitadamente los ojos, a la vez que los labios se le apretaban al máximo. La señora Pomfrey preguntó con sorpresa: -Stapleton, ¿qué está haciendo fuera de la enfermería? Severus, que respiraba agitadamente, no contestó enseguida. ¿Qué podía inventar para sacar a las dos profesoras de allí? -Es Granger, Madame Pomfrey. No sé qué le ocurre, pero está dando unos alaridos horribles y no para de correr por toda la enfermería. Tiene que ir con ella. Podría hacerse daño. -Pero es que ahora...- titubeó la enfermera, mirando a Dumbledore. -No te preocupes, Poppy. Ve a atender a la señorita Granger. Esperaré a que vuelvas. La señora Pomfrey se levantó presurosa y salió a todo correr de la habitación. Minerva miró entonces a Severus. -Lo mejor será que vuelva a su sala común, señor Stapleton. No debería estar... El grito de agonía que profirió Dumbledore en esos momentos, la interrumpió. -¡SE... VE... RUS! Snape se estremeció. Albus estaba sufriendo, y si McGonagall no salía del despacho, no podría ayudarlo. Por suerte, la profesora dijo, acariciando la frente del director: -Tranquilo, Albus. Intentaré encontrarlo. Las cosas no pueden seguir así. Se puso en pie, sin dejar de mirar a Dumbledore. -Volveré con él, Albus, aunque tenga que recorrerme medio mundo mágico para encontrarlo. ¿Dónde estará ese maldito hombre cuando se lo necesita? De pronto, recordando la presencia del alumno nuevo en el despacho, se giró hacia él. -Stapleton, necesito pedirle un favor. <<No me mandes a buscarme a mí mismo, vieja arpía. Lo que hace falta es que te largues del despacho>>, pensó Severus con ansiedad. -¿Le importaría quedarse acompañando al director? Si las cosas empeorasen, bastaría con que avisase a cualquier profesor. Severus asintió. La profesora le echó un último vistazo a su compañero y amigo y salió precipitadamente del despacho. Cuando oyó la puerta cerrarse a su espalda, Severus se abalanzó sobre la cama, sacando del bolsillo una pequeña botella llena de una poción de un color rosa pálido. La había conseguido de su despacho, donde tenía un armario lleno frasquitos con dosis iguales. <<Y he tenido que forzar la puerta, como un vil ladrón>>. Destapó la poción y sujetó la cabeza de Albus, incorporándolo un poco. -Severus...- pronunció el anciano. -Ya estoy aquí, Albus- respondió el chico, haciendo que el director se tragara, aunque con dificultad, el líquido rosáceo. Cuando la botellita se vació, Severus la devolvió a su bolsillo y observó el rostro de Dumbledore con angustia. Sentía una terrible presión en el pecho. <<¿Cómo se me pudo olvidar que tenía que darle a Albus la poción? No me puedo creer mi propia estupidez. Ya no sólo parezco un crío, también actúo como tal. Me merecería una sesión de dos horas de crucios por imbécil. Albus muriéndose y yo pensando en... gilipolleces>>. Un minuto después de haberse bebido la poción, la respiración del director se acercó a la normalidad. Severus continuaba sujetándole la cabeza, mientras que con la otra mano le secaba las inconscientes lágrimas que se deslizaban por su arrugado rostro. Sin que el chico se lo esperase, Dumbledore abrió los ojos. Primero fueron apenas dos rendijas, pero a medida que se fueron acostumbrando a la luz, los párpados se fueron levantando progresivamente hasta quedar abiertos del todo. Miró a Severus y sonrió con debilidad. El ex profesor notó cómo el nudo que tenía formado en la garganta se le subía a los ojos y, sin poderse controlar, empezó a llorar en silencio. Las lágrimas resbalaban por su pronunciada nariz desde sus ojos e iban a parar a la barba de Albus. -Pensé...- empezó a decir el anciano- que no iba a volver a verte. -Lo siento mucho- contestó Snape en un susurro. Se sentía muy avergonzado. El anciano no contestó enseguida. Pudieron pasar diez minutos tranquilamente. Hasta que Albus no pudo hablar, no lo hizo. -No, el que lo siente soy yo, Severus. Tenías razón en lo que me dijiste. -¡No, eso no es verdad!- se exaltó Snape, mirándolo con intensidad a los ojos-. Me sentía muy frustrado, Albus. Tuve un miedo horrible. Ya sabe que mi juventud no fue lo más digno del mundo... Y lo pagué con usted. No... No sentía nada de lo que dije. Estaba ofuscado. No pienso que me haya utilizado ni... que se aprovechase de mi dolor por la muerte de Lily. Usted ha sido el único que ha confiado en mí, Dumbledore, y precisamente por eso es por lo que no tenía derecho a hablarle de esa manera. Usted...- sus mejillas, surcadas de lágrimas, se tiñeron de color- ha sido lo más cercano a un padre y a un amigo que he tenido nunca. Los ojos del director también se llenaron de lágrimas. Tirando un poco de su túnica, lo abrazó. Severus hundió su rostro en la plateada melena del anciano y lloró con fuerza, como no lo había hecho en años, como cuando... Lily fue asesinada. 

Hermione, después de pasar un rato en la sala común, bajó al Gran Comedor a cenar. Llevaba toda la tarde dándole vueltas a lo que había ocurrido con Stapleton en la enfermería. ¿Cómo era posible? Su herida se había curado. Esa luz... ¿De dónde provenía? ¿Sería todo a causa de la Félix Felicis? Había leído libros sobre el tema, pero no recordaba que en ninguno apareciese qué efectos tenía dicha poción en contacto con la sangre. Tendría que ir a la biblioteca a investigar sobre el tema... -¡Herms! ¡Hey, Herms! La chica se dio la vuelta, buscando a quien la llamaba tan efusivamente. Unas cuantas pecas y una cicatriz le dieron la respuesta. Harry y Ron se acercaban a ella corriendo. Acababan de salir de su clase de Encantamientos. -¿Qué tal estás?- preguntó el pelirrojo, abrazándola. -Bien, bien. Ya no me duele la herida- mintió ella, sonriendo-. La señora Pomfrey es increíble. -Pues sí, eso parece. -¿Y vosotros qué tal? -Bien, en Encantamientos no hemos hecho mucho. Sólo teoría. Con leerte tres o cuatro veces el libro, te quedará claro- dijo Ron con socarronería. Hermione lo pellizcó en el brazo. -¡Auuuch! -Parad ya los dos- comentó Harry entre risas-. Anda, Ron, cuéntale cómo se puso el profesor Wellman con Malfoy cuando volvió de acompañarlos a ella y a Stapleton a la enfermería. La sonrisa del pelirrojo se hizo tan ancha que casi no le cabía en la cara. -Lo que te perdiste, Hermione... Nunca me imaginé que un tío tan majo pudiera enfadarse tanto. Le echó a Malfoy una bronca, que seguro que se hizo caquita en el calzoncillo. -¿Tan brusco fue? -Acabó restándole veinte puntos a Slytherin, ¿verdad, Harry? -Verdad. -Vamos, es como Snape pero en ser humano. Los tres empezaron a reír. Ron paró de repente cuando alguien que pasaba en ese momento por su lado, le dio un fuerte golpe en el hombro.  -¿Quién diablos...? Stefan Stapleton pasó por delante de sus narices sin mirarlo siquiera. Hermione se fijó en que iba tenso, y en que sus ojos parecían hinchados. -Lo voy a... Harry sujetó a Ron de la túnica para impedirle atacar al alumno de Slytherin. Si éste se dio cuenta de las intenciones del Gryffindor, no hizo nada para demostrarlo.

Severus se sentó en la mesa de Slytherin. <<Ese maldito pelirrojo... Cuando lo coja por banda, no va a tener mundo para correr. ¡Imbécil!>>. Después de su lamentable escena delante de Dumbledore, se había serenado un poco y había intentado hablar con él. Como buen viejo alcahuete que era, había adivinado que había algo que lo preocupaba profundamente. -Verá, hace un rato ocurrió algo... -¿Sí? -Hubo un problema a causa de un poco de... Félix Felicis. -¿Qué problema puede traer una poción que se llama "Suerte líquida"? -Pues... que el frasco en el que iba contenida, se rompió, hiriendo a dos personas... -Vamos, Severus, ya sé que una de ellas eres tú. ¿Quién es la otra? Snape se había quedado con la boca abierta ante la perspicacia de Dumbledore. Titubeó al preguntar: -¿Cómo... lo ha sabido? -Eres demasiado obvio, Severus- había contestado Dumbledore con una sonrisa. Snape carraspeó. ¿Para qué se lo iba a ocultar por más tiempo, si lo iba a acabar sabiendo de todos modos? -Bueno, la otra persona es... En ese momento, McGonagall había irrumpido en el despacho de Albus, frenando todo intento de confesión por parte del frío ex profesor de pociones.  -Nada, que es imposible... Parece que a Snape se lo ha tragado la tierra. ¿Cómo ha estado el profesor Dumbledore, Stapleton? -Mucho mejor, Minerva- había contestado Albus, semiincorporándose en el lecho.  Los ojos de la profesora de habían abierto desorbitadamente. El labio comenzó a temblarle. -Te agradezco lo que has hecho por mí, Minerva, pero ya me siento mejor. Ahora sólo necesito descanso. La profesora McGonagall seguía sin poder pronunciar palabra. -Stefan, ya has hecho bastante por mí- había continuado Dumbledore-. Por favor, baja a cenar y descansa esta noche. Hoy ha sido un día duro... para todos. Severus lo había mirado a los ojos y había asentido en silencio. Por último, se había marchado del despacho bajo la escrutadora mirada de la profesora-gato. -¡Eh, Stefan! ¿Te apuntas?- le dijo de repente Malfoy, arrancándolo de sus pensamientos. -¿A qué?  -Vamos a gastarle una broma a Potter y a sus amigos por lo ocurrido hoy en DCAO. ¿Quieres colaborar? Tendría que haber dicho que sí al instante. A pesar de su madurez, la idea de fastidiar a Potter lo atraía poderosamente... antes. Ahora estaba Granger y la debilidad (aunque negada) que empezaba a sentir por ella. -No sé... -¿No lo dirás por Granger? ¿Qué pasa, ha empezado a gustarte?- se mofó Malfoy. -No digas tonterías. -No son tonterías- se metió Pakinson-. ¿Qué ha pasado esta tarde en DCAO, entonces? -Es cierto- asintió Malfoy-. Paraste su choque. -No es verdad. Weasley me lanzó un hechizo demasiado fuerte y me desequilibró. Nuestras trayectorias se cruzaron y Granger se chocó conmigo. Nada más. -Entonces, no te importará colaborar en la broma, ¿verdad?- lo picó Pakinson con una sonrisa malévola. -¿Qué habéis pensado?- dijo Severus por toda respuesta. -Aquí no. Lo hablaremos en la sala común en un rato. Todos asintieron, riéndose con malicia. Severus miró su plato sin apetito. En esos momentos debía estar disfrutando como un loco ante la perspectiva de tomarles el pelo a Potter y sus amiguitos, pero sentía que se iba a arrepentir mucho de lo que pasara esa noche.

Era media noche. Cinco alumnos de Slytherin, resguardados por las sombras del castillo, se movían con sigilo por los pasillos a oscuras. Su objetivo: dos prefectos que en esos momentos hacían su ronda. <<¿Qué más da que Potter no esté?>>, había dicho Draco, <<yo sólo quiero vengarme de esa asquerosa sangre sucia y su amiguito pelirrojo. Gracias a ella, Slytherin ha bajado al segundo puesto en la clasificación de las Casas. Además, me llamó "cerdo". Se va a acordar de mí toda su vida>>. El plan era sencillo, y todos suponían que bastaría para humillar a los dos amigos. Dieron con ellos en un pasillo del segundo piso. -Bueno, Hermione, no te preocupes... Ya verás como el profesor Flitwick no pone precisamente lo que hemos visto hoy en el examen. Comprenderá que no hayas podido acudir. -Ya, Ron, pero no deja de ser materia para los ÉXTASIS. Seguro que es una pregunta importante. Su amigo sonrió con ternura. Ya estaba acostumbrado a los agobios de la chica y la verdad es que le gustaban... Le gustaban mucho. -Hermione...- susurró, agarrándola por los brazos y acercándose a ella. Se había armado de valor e iba a hacerlo... le iba a demostrar sus sentimientos. Ése era el momento de actuar. Dos de los chicos (Severus y Pakinson) doblaron la esquina y le lanzaron a la vez dos encantamientos aturdidores a Ron. El pelirrojo salió por los aires y cayó unos metros más allá de donde estaba, inconsciente. Justo después, Hermione sacó su varita, que salió por los aires con un sencillo Expeliarmus. Aún confusa por el ataque repentino y la desaparición de su varita, notó cómo dos personas la agarraban por los brazos. Pudo distinguir las gruesas manos de Goyle a su izquierda y la alta figura de Zabini a su derecha. Una voz que arrastraba las palabras se acercó a ella. Vio a Malfoy frente a sí, sonriendo con suficiencia. A su derecha, por detrás de él, iba Pansy Pakinson (<<¡Qué novedad!>>, pensó Hermione) y a su izquierda... <<¡No! No puede ser>>. Stefan Stapleton, con su varita en la mano, evitaba mirarla a los ojos. Hermione sintió un nudo en la garganta. -¡Vaya, qué sorpresa! Pero si es Sangre-Sucia Granger. -¿Qué quieres, Malfoy? -Nada, solamente hablar contigo. Creo que las cosas no quedaron muy claras entre nosotros hoy en DCAO. Según creo recordar, me llamaste cerdo, ¿no es así? -Y tú me lanzaste contra una pared. -Pero eso... Bueno, eso fue un acto reflejo, ¿sabes? Es ahora cuando me voy a cobrar ese insulto y todos cuantos me has hecho. Sonrió con malicia, levantando la varita. Hermione escuchó con horror cómo pronunciaba uno de los hechizos a los que más temía. -¡Densaugeo! Un potente rayo de luz salió de la varita de Malfoy y se estrelló directamente contra la cara de Hermione. Como ocurrió cuando estaban en cuarto año, los dos incisivos, ya de por sí prominentes, de Hermione empezaron a crecer desmesuradamente. Incapaz de hacer nada por controlar semejante crecimiento, la chica empezó a sollozar. Esto aumentó las risas de los Slytherins. Sólo uno se mantenía grave y callado. Severus observaba la escena con confusión: por un lado, quería reírse, porque pensaba que debería encontrar divertida la situación; por otro, tenía verdaderos impulsos de coger a Malfoy de la túnica y estrellarlo contra una de las paredes. <<¿Qué te pasa, Severus?>>, se dijo a sí mismo. <<Se trata de Granger... de los dientes de Granger. ¿Qué haces que no te estás riendo? ¿Por qué no te divierte la situación como lo habría hecho antes?>>. -Aquí sólo falta el profesor Snape diciendo: No veo ninguna diferencia- dijo Malfoy, imitando al profesor entre risas. Severus lo fulminó con la mirada. Era cierto, él había dicho eso. En su momento, le pareció gracioso ver humillada a Hermione, pero ya no. Dio un paso hacia delante, sintiendo que le daba igual lo que pensasen sus compañeros. El único impulso que tenía en ese momento era abrazar a la chica y consolarla contra su pecho. Estaba decidido a mostrar claramente lo que sentía, cuando Zabini dijo: -Viene alguien. ¡Vámonos, venga! Severus no se movió. Ni siquiera lo había oído. Seguía con su intención inicial de ir hacia Hermione y rodearla con sus brazos. -Stefan, ¿qué te pasa?- preguntó Malfoy, tirándolo de la túnica.  Severus volvió sus ojos a él. -Seguro que es Filch. Si nos pilla aquí, nos hará picadillo. Vámonos. Snape volvió una vez más la cabeza hacia Hermione y la vio tirada en el suelo de rodillas, llorando. Después, echó a correr con todos los demás.

  •   *   *Hola amigos!! Antes que nada, quería agradeceros que en el anterior capítulo batimos un record de comentarios!! Me sentí muy feliz, de verdad!! ^^

Aquí os queda otro capítulo más. En serio, no os acostumbréis a este ritmo, porque esto no puede ser sano... Luego no me echéis la bronca porque tarde algo más en actualizar, eh?? (risas)

Bueno, con un duro final de capi, me despido hasta el siguiente. Gracias de antemano por vuestras reviews!

Un abrazo