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El más bello de mis males. — capítulo 10
Para ser domingo era un día bastante movido, faltaban dos días para la primera prueba del Torneo de los tres magos y todo el colegio estaba emocionado.
Al entrar al Gran Comedor, notó que Severus no había llegado aún a desayunar. Sospechó que las constantes desveladas por fin lo habían debilitado, pero en realidad temía que ella fuera la causante de su ausencia. Últimamente su comportamiento había dado mucho que desear, pero era ese entupido orgullo de águila que no la dejaba descansar. Cuando alguien la hería y humillaba, solía enardecerse como un fénix.
*"No seas tan engreída, no eres tan importante como para quitarle el apetito a nadie"*caviló avergonzada.
Todos los profesores hablaban sobre el gran evento que se venia y las pocas posibilidades de Harry para salir airoso. En verdad Celeste se sentía muy preocupada por el pequeño estudiante, sabia que era valiente y sus anteriores hazañas dentro del colegio lo afirmaban, pero esto era diferente. Alguien en verdad quería ver a Harry lastimado o peor aún… muerto.
Para ser toda un adulto, Celeste a veces se sentía como cuando tenía 15 años: insegura y ansiosa. Todo el tiempo que se había sentido a salvo, la hicieron obtener confianza en si misma y en sus cualidades; pero después de lo ocurrido en el Mundial de Quidditch, las cosas habían cambiado y no era tan fuerte como pensaba.
Todo el desayuno se la pasó meditando sobre su actual situación. Se encontraba en un punto donde temía ya no poder aguantar.
Por un lado estaba el amor incondicional hacia Severus, el constante rechazo que recibía de su parte y fingir que eso no le afectaba para nada; y por otro lado, el que su vida se encontrara en peligro, los constantes miedos a ser localizada por los Mortífagos y soportar día tras día, el recuerdo constante de llevar sobre sus hombros la gran responsabilidad de tener un poder poco común.
Estaba aislada del mundo exterior, no podía ser totalmente sincera con nadie, (ecepto con Diandra) y para el colmo, extrañaba con locura a Edward y Patrick, sus dos mejores amigos. Uno sumergido en sus constantes viajes y el otro en Londres, siguiendo con su vida normal en el Hospital de San Mungo. Por primera vez en su vida profesó tener envidia de ellos, envidia por su vida estándar.
Al terminar de desayunar, bajó con torpeza a las mazmorras e ingresó a su aula de clases, donde sus experimentos se encontraban en las esquinas rodeando las mesas de trabajo. A diferencia del Profesor Snape, trataba de ayudar lo más posible a sus alumnos: tanto en teoría como en práctica. No era tan estricta y sabía que los estudiantes tomaban más materias a parte de la de ella, así que evitaba llenarlos de tareas y prefería que casi todo se hiciera en le horario de clases.
Obviamente no se había salvado de las críticas de Snape, quien consideraba que en vez de parecer clase de pociones era una clase de cocina, pues ella se ponía un delantal y hacia las pociones paso a paso haciendo que sus alumnos repitieran lo que les explicaba. *"La mejor enseñanza es con el ejemplo Profesor",*se había atrevido en una ocasión a contestarle. Era irrebatible que la respuesta no había sido del agrado de Severus.
No era muy ordenada, pero sabia exactamente donde encontrar las cosas y tenía todo debidamente etiquetado para evitar confusiones, ya que algunas de sus pociones experimentales aún no eran aprobadas por el ministerio y si llegaban a las manos equivocadas, podría suceder una verdadera tragedia.
Ya no recordaba su cita con Potter hasta que se escuchó que alguien llamó a la puerta.
—Adelante —habló en voz alta—. Buenos días,por favor tomen asiento.
Ambos chicos miraron a su alrededor con curiosidad, ya que ese salón no se parecía en nada al que tenían ellos en su clase de Pociones.
—Buenos días, Celeste —la saludó Hermione y Harry la imitó.
—¿Creo que ambos sabrán por que están aquí? —Celeste rompió el silencio, que había durado unos segundos.
—Harry me comentó algo… —Hermione se animó a responder—. Supongo que quieres pedirnos que no digamos nada de lo que sucedió.
—Bueno, eso ya se los he pedido a ambos y creo que cumplirán su promesa —suspiró aliviada y los miró con agradecimiento—. Pero a pesar de ello, creo que tienen derecho a saber que esta ocurriendo, quien soy en realidad y que hago aquí
—¿Quién eres? No comprendo —Hermione en verdad se encontraba confundida—. Sabemos quien eres. Eres Celeste Demetria Nobilis, Sanador y Profesora de Pociones en Hogwarts. Una persona perspicaz, amable, considerada… —y agregó con tristeza— y lamentablemente, embelesada del Profesor Snape.
Harry, sin proponérselo, hizo una expresión de asco al recordar lo que había contemplado la noche anterior. Algo que deseaba olvidar por completo y no agregarlo a su lista de traumas.
Celeste de inmediato, apreció como sus mejillas se enardecían. Ya estaba sonrojada, el comentario de Hermione era el causante y no podía evitar el sentirse avergonzada.
—Eres muy linda al decir eso, Hermione —dijo dulcemente—, pero en verdad muy pocos saben que es lo que hago aquí en Hogwarts y el porque Dumbledore me ha triado precisamente este año.
Aspirólo más profundamente que pudo, antes de continuar.
—Les voy a platicar algo, y no quiero que me interrumpan —les advirtió—. Es algo que no debería estar haciendo, pero estoy a punto de explotar si no se los explico.
—Como ya sabes, Hermione —volteó a verla —Llegue a Hogwarts a los 10 años y entré directo a segundo grado, para incomodidad de algunos. El Ministerio y mi madre, habían decidido trasladarme desde el Liceo Mondragón (que se encuentra en España), hasta este colegio. Siempre considerando que era la mejor opción para mi. Mi madre deseaba que yo tuviera la mejor educación posible para convertirme en una gran Bruja y habiendo ella estudiado en Hogwarts, sabia que el Profesor Dumbledore podría ayudarme aconseguirlo. Tal vez ustedes no sepan que es un Mago o una Bruja "Ansorbedor", pero esa condición hace que seamos peligrosos si no sabemos controlar nuestra habilidad, o por lo menos eso creyó el Ministerio al enterarse de que yo había nacido con esa condición.
—Es un mago que absorbe pensamientos y emociones de otra persona, con el simple hecho de tocarlos físicamente —le interrumpió Hermione sin poder evitarlo—. Son extremadamente raros.
—Exacto, raros y muy codiciados. Probablemente yo sea la última, no he podido conocer a nadie igual. —Desvió la mirada por unos segundos y continuó—. Pero gracias al Profesor Dumbledore puedo decir que soy una bruja más, como cualquier otra. Él insistió que esta información fuera manejada confidencialmente, así he podido desenvolverme en el mundo mágico sin contratiempos, a diferencia de mi madre…
—¿Dónde esta tu madre, Celeste? —Harry preguntó, desobedeciendo también el hecho de que Celeste no quería que la interrumpieran.
—Ella murió a manos de los Mortífagos. Yo sólo tenía 15 años y temiendo que sufriera el mismo destino que ella, el Ministerio de magia junto con el Consejo de Hogwarts decidieron trasladarme a America y terminar mis estudios en Salem. Ocultándome de ellos, evitando que Quien-ustedes-saben pudiera encontrarme y tratara de reclutarme para su causa —se detuvo un momento, como si recordara todo en su mente y agregó—.Después de rechazar la propuesta para convertirme en Auror, decidí estudiar y ser Sanador. Antes de llegar aquí... trabajaba en el Hospital de San Mungo.
—¿¡Usted rechazo ser Auror!? —dijo Harry, sorprendido ante el hecho de que ella rechazara la oportunidad—. ¿Pero, porque?
—Eso te lo explicare otro día —le sonrío amablemente—. El hecho es que de alguna manera, los Mortífagos se enteraron de que yo había heredado esa cualidad y he venido a Hogwarts a resguardarme. El Profesor Dumbledore fue muy amable al ofrecerme un espacio como parte del personal docente…
—¡Pero Hogwarts no es tan seguro como solía ser! —exclamó Hermione, preocupada—. Podrían llegar a matarlos a ambos.
—Hay cosas peores que la muerte…—le aclaró la situación—. Si me atrapan y no accedo a unirme a ellos, temo que utilicen la maldición Imperius sobre de mí y con ello tendría una gran ventaja, yo no podría resistirme a obedecerlos.
—Es verdad… —murmuró Harry, ya preocupado— ¿Qué es exactamente lo que desean de ti?
—Harry —suspiró Hermione e intentó explicarle—. Si Celeste, cae en sus manos, ellos podrían acceder a cualquier información que deseen. No existe manera de evitar que ella extraiga de la mente de una persona lo que a ellos les plazca. No existe hechizo alguno que lo detenga.
—Y eso es muy peligroso —finalizó Celeste—. Es por ello que los de mi clase, están registrados ante el Ministerio de Magia. Cualquier uso indebido esta prohibido y es castigado con Azkaban.
Al escuchar el nombre de aquella prisión, a Harry le hizo recordar lo mal que lo había pasado su padrino Sirius Black, el cual había sido castigado injustamente pasando 12 años metido en ese infierno. No podía imaginar a Celeste encerrada en ese lugar.
—Ya veo —Harry cruzó los brazos y empezó a pensar en lo que eso significaba—. Entonces… a ambos nos están buscando.
—Eso cree Dumbledore y el Ministerio. Con todo lo que ha sucedido, el riesgo se ha incrementado dentro de Hogwarts. —Contestó ella, intentando no escucharse tan dramática— Creo que compartimos algunas cosas, Harry.
—Es verdad —meditó Hermione— Ambos quedaron huérfanos, son perseguidos y atemorizados por Mortífagos, Dumbledore trata de mantenerlos a salvo y…
—¿Y? —quiso saber Harry
.—Y ambos… tienen ciertos sentimientos por el Profesor Snape —sonrío divertida ante la cara perturbada de Harry.
—¡A mi no me gusta Snape! —gritó molesto. Ante tal aclaración ambas chicas soltaron una carcajada.
—Eso esta bien, Harry —Celeste le sonrío—. No deseo pelear con nadie por él.
La situación ya no era tan tensa como al principio. Harry había conseguido, sin querer, cambiar el ambiente a uno más agradable.
—Escuchen — trató de atraer su atención— Respecto a lo que paso ayer, Harry —el chico tembló horrorizado. Era obvio que había recordado el incidente—. Por favor, no quiero que salga de aquí. Si el Consejo se entera, avisarán al Ministerio y pedirán la salida de ambos…
—¡Eso no debe de pasar! —gritó Hermi asustada—. Noe s que me preocupe el profesor Snape, pero tú estarías desprotegida. A la merced de los Mortífagos.
—No te preocupes, Celeste —se levantó Harry y la miró con decisión—. Por nuestra parte no revelaremos nada.
—Así es —le secundó la niña—. Seremos como una tumba.
—Gracias, chicos —les sonrío, pues sabía que podía confiar en su palabra—. Se los agradezco con todo mi corazón.
—Celeste, creo que debes de saber algo —agregó Harry, preocupado—. Algo relacionado con los Mortífagos…
—¿Qué sucede? —quiso saber de inmediato.
—Creo que deberías de estar alerta con el Profesor Karkarov —no sabía como decírselo sin delatar la plática que había tenido con Sirius. La noche anterior—. Me he enterado que fue un Mortífagos. ¡Estuvo en Azkaban!
—¡¿Cómo?! Harry eso no puede ser —abrió los ojos en exceso. Aquello la había impactado—. Igor ha sido muy amable conmigo, simplemente es…
—No te lo diría si no fuera cierto —trató de convencerla—. No creo que todavía practique la magia oscura, pues Dumbledore jamás hubiera permitido su llegada. Talvez por eso el Profesor Moody este aquí en Hogwarts. Ya sabes, siendo un es Auror.
—Es verdad, es muy extraño el tener a un Auror como profesor en Hogwarts —de repente su voz se escuchó más triste que antes—. Desde hace un tiempo, Karkarov se me ha acercado mucho. Hace poco me dejó subir a su barco…
—¡¿En serio?! —Hermione también se puso de pie asombrada—.Creo que deberías de tener mas cuidado con él. Puede ser peligroso.
—Tengo que hablar con Profesor Snape —recordó de prisa—. Dumbledore me pidió que lo hiciera al detectar algo sospechoso.
—Sólo… por favor, no le menciones que yo te lo dije —suplicó Harry—. Snape y yo no sentimos mucho aprecio el uno por el otro. Él me detesta.
—No lo sabrá. —dijo sin prestarle mucha atención. Aún se encontraba pasmada por la noticia sobre Igor. Hermione se dio cuenta de eso.
—Bueno. Nosotros nos retiramos —se despidió la niña—. Tenemos que ir a la biblioteca y buscar como burlar a un dragón.
—¿Un dragón? —Aquella palabra hizo que volviera a la realidad— ¿Y eso para que lo necesitan?
—Es la primera prueba —respondió Harry cabizbajo.
—Pero… ¿Cómo te enteraste de eso? —quiso saber la Profesora.
—Bueno… eso era lo que estaba haciendo ayer en la noche fuera de Hogwarts. Alguien pensó que era buena idea que lo supiera.
—Ya veo —suspiró aliviada—. Por lo menos no tienes nada que ver con los atracos hacia el Profesor Snape. Le han estado robando ingredientes de su inventario. Esta muy molesto, Harry. Ten cuidado.
No estaba muy segura de ir en busca de Severus, pero de una vez por todas, tenia que agarrar valor y comentarle lo de Karkarov. Era su deber hacerlo y necesitaba encontrar la manera de hacerlo sin delatar su plática con Harry y Hermione.
Con pesadez se dirigió hacia las mazmorras, una vez que sus amigos se habían marchado, y al detenerse frente al despacho de Snape. Llamó a la puerta dos veces. Al esperar algunos minutos, comprobó que no se encontraba en ese lugar.
"*Es Domingo. Supongo que aún debe de estar en su habitación",*caviló por un instante y se encaminó por el mismo pasillo hasta la siguiente puerta. No tenía placa alguna, así que no era ni un armario ni el despacho de otro profesor. Esa puerta siempre se encontraba cerrada y siempre pasaba frente a ella de camino a su aula. Nunca había visto entrar ni salir a nadie, no podía ser otra cosa más que la recamara de Severus.
Volvió a darse ánimos y llamó a la puerta de nuevo con los nudillos. Esperó por un momento pero nada paso, así que pegó un oído a la puerta tratando de escuchar cualquier indicio que él aún estuviera ahí.
"Talvez sigue dormido", quiso pensar,pero escuchó el sonido de agua cayendo y acertó al pensar que se encontraba tomando un baño.
Era mejor regresar mas tarde, aunque no deseaba hacerlo, tenia que terminar con eso y probablemente mas tarde se arrepentiría. Sin saber como pasó, al apoyar todo su cuerpo en la puerta, esta se abrió. Lamentablemente, al no esperar que eso sucediera, la ley de la gravedad la jaló al piso.
—¡Auchhh! —Gimió adolorida—. ¡Duele, Duele! Ahora si me he lastimado…
Al momento de caer, su cuerpo había aplastado su mano derecha. Intentó moverla para evaluar el daño, pero sólo consiguió aumentar su dolor. Un grito ahogado salió de sus labios.
—¿Qué demonios sucede aquí? —la figura de Severus atravesó una puerta, que supuso Celeste, era la del baño— ¿Invadiendo de nuevo mi espacio, Nobilis?
—La puerta se abrió sola —chilló con lo ojos cristalinos.
—Que conveniente… —contestó sin creer nada de lo que ella había dicho.
Celeste no se había dado cuenta pero Severus, sólo llevaba una toalla enrollada en sus caderas y cuando él notó la mirada fija de ella, se sonrojo. De inmediato caminó de regreso al baño, a colocarse una bata larga y oscura, para después regresar hasta donde ella se encontraba.
—Será mejor que se retire. No debería de estar aquí —no era la primera vez que Celeste escuchaba esas palabras—. No existe excusa alguna para entrar a la habitación de un hombre y mucho menos en Hogwarts.
—¡Severus, me duele! —Volvió a chillar y sus lágrimas se hicieron más evidentes—. Me he roto la mano al caer.
Al escuchar su adolorida suplica, se agachó y tomó la mano de la bruja, a pesar de los constantes gritos de ella
—¡Deja de quejarte como un bebe! —la reprendió mientras observaba detenido la muñeca de ella—. Esta claro quete la has roto. De verdad que eres un caso perdido, Celeste —y frunció el ceño—. Lamentablemente se me terminaron las pociones para aliviar el dolor, mientras llegamos a la enfermería…
—¡Yo tengo en mi aula de clases! —Recordó adolorida—. Si me ayuda, podremos llegar hasta ahí y después ir a la enfermería.
—No existe otra opción —suspiró algo molesto—. Vamos. Ponte de pie.
Al jalarla del otro brazo para que le levantara, Celeste chilló de nuevo y cuando por fin salieron de la habitación, la bruja se sonrojó al comprobar que Snape aún tenia su brazo asido. Ambos caminaron por el solitario y húmedo pasillo, hasta llegar a su destino. Snape alzó su varita, pero Celeste lo interrumpió antes de poder conjurar algún hechizo.
—No tiene ningún conjuro. Puedes abrirla sin problemas…
—Nadie sospecharía que estas en peligro de muerte. Tu seguridad deja mucho que desear —Severus torció la boca en señal de completa desaprobación y empujó la puerta—. Siéntate allí. ¿Dónde están las pociones?
—Ahí —señaló la esquina derecha del salón—. La de color púrpura.
—¿Estas segura? —Snape miraba con duda el líquido contenido en el pequeño frasco—.Se ve diferente…
—¡Ya dámela, con un demonio! —gritó frenética. El dolor la estaba trastornando—. Típico de ti Severus, siempre disputando por todo.
Snape puso los ojos en blanco y se acercó a ella. Destapó la botella y la ayudo a beberla.
—¿Estas mejor? —quiso saber. Su tono de voz en realidad era de preocupación.
—Todavía me sigue doliendo, pero estaré bien —sonrío, aún sus ojos continuaban húmedos.
—Vamos entonces —la ánimo—. Te acompañare a la enfermería.
Sin reñir, aceptó la propuesta del Profesor y se encaminaron a las escaleras. Las miradas curiosas los acompañaron hasta que pudieron llegar con Señora Pomfrey, la cual no se encontraba muy contenta de ver a Snape trayendo a Celeste herida.
—¿¡Qué ha pasado!? —corrió hacia ellos alarmada y contempló a Snape inquisidoramente.
—La Profesora Nobilis ha resbalado en las mazmorras —se defendió de inmediato—. Como siempre caminaba distraída… cosa que le pasa muy seguido desde que era una cría.
La rubia no pudo evitar sonrojase después del comentario del mago. A pesar de lo vergonzoso que podía ser, era agradable saber que él recordaba algo sobre de ella.
—No hay nada que un buen hechizo y cuidados no puedan hacer —y de nuevo volteó a ver a Snape—. Ya puede retirarse, yo me haré cargo.
—Severus —lo llamó cuando estaba por retirarse y el mago paró en seco—Gracias…
—Debe de ser más cuidadosa, Nobilis —respondió sin hacer ningún esfuerzo por mirarla y continuó avanzando. Celeste lo contempló hasta que salio de la habitación.
—Mi niña —le acarició la cabeza Poppy a Celeste con ternura—. Mañana ya estarás como nueva.
—Me alegra que estés aquí —suspiró Celeste—. Muchas gracias.
Al recostarse, apoyó su cabeza sobre la cómoda almohada. Se sentía algo rara, la cabeza le daba vueltas y le hormigueaba la garganta.
*"Todo estará bien",*pensó optimista. "Mientras él se encuentre cerca de mi, todo estará bien".