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El más bello de mis males. — capítulo 11

Ese lunes los pájaros cantaban con ahínco y Celeste, podía escucharlos desde su habitación sin tener que esforzarse demasiado. La mano ya no le dolía, ésta había quedado reparada, pero por alguna extraña razón se sentía rara. Aún tenía algunos mareos y unas pequeñas ronchas habían aparecido en sus piernas, pero pensó que debía de ser algún efecto secundario del hechizo de Poppy o talvez de la poción que había tomado. En todo caso, no lo consideraba tan grave y mejor optó por no prestarle demasiada importancia.

Después de levantarse y tomar un baño con agua caliente, se vistió con una blusa blanca con cuello alto y una falda a cuadros café con pliegues que le llegaba hasta las rodillas, se calzo de prisa las altas y largas botas negras y salió con rapidez tomando a su paso una larga tunica negra del respaldo de una silla.

No había notado la hora hasta que llego al comedor. Lamentablemente ya no había tiempo para desayunar, así que se dirigió de prisa a las mazmorras.

Al bajar por las escaleras en espirar y entrar al lúgubre pasillo, notó a la mitad del caminó que sus alumnos comenzaban a entrar en el salón de clases.

—Veo que se encuentra mejor, Nobilis —habló Snape al momento que salía de su despacho. Celeste, que no se esperaba aquello, dio un pequeño brinco debido a la sorpresa.

—Mucho mejor, Profesor Snape —lo miró aún exaltada y respiró profundamente— ¿No debería estar ya en clase?

—Sí —miró de reojo a los últimos alumnos de primer año que quedaban en el pasillo—. Le recuerdo que tiene que ponerse su tunica —regresó la mirada hacia ella—, es una regla para todos los Profesores. Sin acepción.

—¡Oh! —exclamó como si hubiera recordado algo—. Que olvidadiza soy, no me había percatado que no la llevaba puesta.

—Será mejor que se la ponga antes de entrar al salón —sus labios marcaron una débil risa y su mirada recorrió el cuerpo de la bruja—. ¿O pretende distraer a los chicos? Aunque al parecer son un caso perdido…

Las mejillas de Celeste, como siempre, se enrojecieron y Severus emprendió el camino hacia el lado contrario del pasillo. Por un momento se quedo parada, decidiendo si seguirlo o hacer lo mismo que él. Al final la razón fue más fuerte y Celeste prefirió alcanzar a sus alumnos.

—Buenos días, chicos —saludó al dirigirse a su mesa de trabajo—. Por favor, abran su libro en la página 301 en "Las propiedades de las Ortigas y sus aplicaciones". Lean con detenimiento y cuando todos terminen podrán preguntar lo que no hayan comprendido.

Todos obedecieron gustosos, sacaron sus libros y se dispusieron a leer; mientras tanto, la profesora tomó algunos ingredientes del gabinete más grande que tenía y los colocó sobrelas mesas de trabajo de forma equitativa.

Al llegar hasta los últimos estudiantes, un fuerte dolor en el pecho la hizo perder el equilibrio. Intentó sujetarse de la mesa, pero se sentía tan débil que resbaló y terminó por golpearse la cara contra de ella.

—¡Profesora! —Gritó el pequeño Dennis Creevey— ¿Qué le sucede?

—Dennis… —balbuceó adolorida, pues cada vez que intentaba respirar se lastimaba—. Snape… busca a Snape.

El niño asustado, por un momento se quedó petrificado sin saber si quedarse o ir en busca del Profesor Snape, hasta que por fin al comprender la gravedad del asunto salio corriendo a toda prisa

—¡Esta ardiendo! —Mencionó una de las niñas al tocar a la bruja—. Profesora,se encuentra muy caliente.

—¡Profesor Snape! —gritó Dennis desesperado, entrando a toda carrera sin haber pedido permiso—. ¡Profesor Snape!

—Vaya —entrecerró los ojos y comenzó a arrastrar las palabras—. Veo que la Profesora Nobilis no les ha enseñado, en su clase de cocina, que es el respeto.

Ante este comentario, los estudiantes de Slytherin soltaron una carcajada.

—¡Tiene que ayudarla! —exclamó el chico agitado—. Es la Profesora Nobilis. Ha caído al piso y no puede levantarse.

—¡Si cuando regrese nadie a terminado esa posición, restaré puntos! —lanzó un ultimátum a todos sus alumnos al levantarse y rodear su escritorio.

Todos lo miraron extrañados cuando salió corriendo del aula con el ceño fruncido.

Al llegar empujó a los estudiantes que se amontonaban alrededor de Celeste y sin pensarlo dos veces, la tomó entre sus brazos. La bruja ya se encontraba inconciente y aún estaba ardiendo.

—¿Qué es lo que ha ocurrido? —miró con severidad a Dennis.

—Nos pidió que comenzáramos a leer y después de darnos el material, para realizar una poción, se desplomó y se golpeó contra la… —su voz se quebró repentinamente y el llanto sustituyó sus palabras.

—¡Basta! —lo calló Snape— ¿Observaron si tocó algo más?

—No —respondió una niña morena que apuntó hacia la mesa—. Sólo fue eso.

El mago dio la media vuelta y caminó de prisa con Celeste en los brazos por todo el pasillo de las mazmorras, en cuanto llegó a las escaleras agitó su varita y una camilla apareció. No paró en ningún otro momento hasta que pudieron llegar a la enfermería.

—¡Señora Pomfrey! —grito furioso y tomó de nuevo a la chica entre sus brazos— ¿Que fue lo que le dio ayer?

—¿Qué trata de insinuar? —le contestó molesta al cerrar una alacena—. Yo no le di nada fuera de este mundo. Arreglar huesos es simple, tengo años haciéndolo.

—¿Entonces, qué le esta sucediendo a Nobilis? —Fugazmente contempló el rostro de la chica. Estaba sonrojado por la temperatura—. ¡Tenemos que bajarle la fiebre de inmediato!

—Recuéstela de inmediato —ordenó sin miramientos y apuntó a una de las camas—. ¿Antes de desmayarse tocó o bebió algo raro?

—No, los alumnos mencionan que no bebió nada raro, pero… —se quedó pasmado y no pudo concluir la frase.

—¿Qué sucede? —Lo interrogó al notar lo sombría que era su expresión. —Maldita sea —balbuceó arrastrando la lengua—, sabia que esa poción estaba mal.

—¿Disculpe?

—Ayer bebió una poción para el dolor, pero su color era muy sospechoso —deslizó sus dedos por su grasiento cabello—. ¿Cómo no me di cuenta?

Sin explicar nada, salió corriendo de la enfermería dirigiéndose a toda prisa de vuelta al salón de clases de Celeste. Para entonces ya se encontraba vacío, así que no le costó trabajo comenzar a inspeccionar todos los estantes y las mesas donde ella tenía sus pociones experimentales. Una sonrisa de alivio se dibujó en sus labios cuando encontró una botella con un líquido idéntico al que ella había bebido.

Nervioso, la destapó y olfateó con cuidado. Sin ningún problema identificó uno de los ingredientes: Eléboro.

Desgraciadamente no podía aún cantar victoria, había demasiados aromas mezclados. Con impotencia removió algunos pergaminos hasta dar con el libro de anotaciones de Celeste, pero no había nada respecto a una poción con aquellas características. Definitivamente tardaría más de lo que había calculado en tener el antídoto. Dudaba que un simple Bezoar funcionara, esta vez tenia que ser rápido. No sabía cuanto daño había en Celeste y cuanto tiempo podría quedarle.

"No puedo dejar que esto avance" —ahogó su angustia en su interior para no caer en la desesperanza—."Dumbledore me encomendó mantenerla a salvo. No puedo fallar en eso. ¡No con ella!**"

Con las notas en una mano y el frasco en la otra, Snape de nuevo corrió fuera del aula, cruzo parte del oscuro pasillo y desapareció tras la puerta de su despacho.

            La noche pronto llegó y Celeste continuaba igual. Severus probó con varios antídotos pero la fiebre no cedía a pesar de todos sus esfuerzos. Dumbledore comenzó hacer actos de presencia casi cada media hora y pronto comenzó a escucharse el nombre de San Mungo. Harry, Hermione y los hermanos Weasley la habían ido a ver tres veces, hasta que por el horario, ya no pudieron seguir afuera de la torre de Gryffindor.

"Maldita sea, ¿Por qué no funciona?", Severus se encontraba agotado, pero no podía renunciar. Cada vez la situación empeoraba más y más."Dame una señal Celeste, un indicio de que ingrediente no logro encontrar".

—¡Severus! —Exclamó Karkarov en cuanto lo vio— ¿Cómo esta?

—Es obvio que esta mal —contestó impaciente—. Necesita descansar, así que…

—Entiendo. No discutiré eso —lo miró de arriba hacia abajo—,pero también he venido a hablar contigo.

—¿Qué quieres? —Entrecerró los ojos—. Estoy ocupado.

—Sabes bien que es lo que quiero, Severus —se burló de mala gana— No me digas que no has notado que la marca esta cambiando. ¡Se hace más fuerte!...

—Guarda silencio —susurró en tono de advertencia—. Alguien te puede escuchar y creo que estas haciendo mucho escándalo por nada.

—Pero no puedes negármelo —insistió tratando de no subir la voz—. Lo sabes, sabes lo que esta ocurriendo.

—Eddy… —murmuró Celeste. Los dos Magos la miraron precavidos—. No te vayas…

—La fiebre la hace delirar —pensó Snape, en voz alta—. Mejor ya lárgate Igor, tengo que encontrar el antídoto. Supongo que no deseas que muera, ¿verdad?

—¿Qué muera? —le respondió con incredulidad—. A mi eso no me preocupa, aunque he de confesar que ha despertado en mi cierto interés…

—Ella no es como tus conquistas, Karkarov —siseó con el gesto fruncido—. A Nobilis tienes que respetarla, sobre todo dentro del colegio. Se encuentra bajo el cuidado de Dumbledore y si algo le pasa…

—¡Vamos, Severus! No me digas que tú no has pensando en ella—Sonrió con malicia— ¿Hace cuanto que tu cama esta fría? La mía lo ha estado por mucho tiempo y ella… —la miró de reojo y alzó la sabana que la cubría—. Ella es una tentadora solución a mis males. ¿No lo crees?

—Ella ahora esta enferma —avanzó hacia él y le arrebató la sabana de las manos—. Lo que ambos hagan después, no me incumbe.

—¿En serio? —Habló escéptico—. Entonces supongo que no te importa que me la lleve a la cama y la haga mi mujer…

—He dicho que te vayas… —gruñó Severus y metió una de sus manos bajo la tunica.

—¡Aquí no se discute, señores! —gritó la Señora Pomfrey irritada— Además, ya no es horario de visitas.

Igor asintió cortésmente y salio de la enfermería echando pestes.

—Profesor Snape, usted debería de estar buscando un antídoto —agregó Poppy, indignada al mismo tiempo que caminaba hacia el otro extremo de la enfermería.

Con los puños cerrados y la mandíbula apretada, el mago soltó un suspiro envuelto en furia.

—Eddy… —volvió a murmurar la rubia, al mismo tiempo que intentó alzar un brazo—. Quédate conmigo… conmigo.

Sabía muy bien a quien llamaba Celeste entre sueños. A pesar de estar entre dos mundos, ella había dicho su nombre en lugar del suyo. Él estaba allí, era el hombre al que ella había declarado su amor y a pesar de ello, a pesar de todo eso, Celeste deseaba tener a otro a su lado.

"¿Qué me sucede?", caviló confundido. "Ella es libre de llamar a quien guste. No debería de pensar en estupideces mientras ella esta luchando por mantenerse con vida"

Ya marcaban las dos de la madrugada y Snape seguía trabajando sin descanso dentro de su despacho.Leia por milésima vez, cada una de las palabras que aparecían dentro de las anotaciones de Celeste. Intentaba aún descubrir algo que se le hubiera pasado y como por arte de magia, en uno de los extremos de una hoja, había una nota escrita en letras apretadas y pequeñas.

Me gustan las margaritas. Se pueden combinar perfectamente con casi todo.

—¡Eso es! —exclamó emocionado—. Raíces de margaritas. Sabía que había usado algo aparentemente insignificante.

Después de su hallazgo, tardo dos horas más en terminar. Era satisfactorio que el antídoto no fuera de esas pociones que tardaban meses en ser terminadas.

Al momento de embotellarla, volvió a correr hasta la enfermería. Para entonces ya había recorrido el colegio como si estuviera compitiendo en uno de esos irracionales maratones muggles.

Al entrar escandalosamente, con el cabello alborotado y la respiración agitada, notó que Albus se encontraba sentado a un lado de la cama de Celeste.

—¡Ah, Severus! —le sonrío calidamente—. He meditado la situación. Creo que ha llegado el momento de trasladar a Celeste a el Hospital de San Mungo —alzó una ceja—. A menos, claro esta, que hayas encontrado alguna solución.

—Así es —habló entrecortadamente—. Creo,creo que esto funcionará.

Se acercó al cuerpo inerte de la joven y la levantó un poco para darle de beber el líquido escarlata que había hecho. Poco a poco los labios de Celeste cedieron y el antídoto fue desapareciendo hasta terminarse.

Ambos Magos aguardaron algunos minutos y para su regocijo, la fiebre había desaparecido.

—¡Bien hecho, Severus! —Lo apremió Dumbledore— Pronto todo quedara en el pasado. Sabes, algo muy gracioso ocurrió hace un instante…

Severus lo contempló con las cejas alzadas, no sabía a que se estaba refiriendo.

—Hace unos minutos, Celeste me ha confundido contigo —sonrío burlonamente ante la cara de estremecimiento de Snape—. Debió de haber sido por la fiebre.

—No lo dudo. A veces las personas enfermas creen en lo que es sólo un espejismo —intentó salirse del camino—.Ella tenía una fiebre muy alta, así que los desvaríos son normales.

—Mmm… —meditó por un momento el anciano—. Puede ser, o talvez no.

—¿Qué es lo que ha dicho? —Moderó su voz aun tono más despreocupado—Pues, al principio sólo mencionaba al Sr. Dufy, Pero después de algún tiempo comenzó a llamarte… —Severus alzó una de sus cejas y Albus sonrió— ¡Ah! Y pidió que volvieras a abrazarla, que no la soltaras… ¿Existe algo que quieras contarme?

El rostro de Snape se puso más pálido de lo común. Se había quedado petrificado ante tal comentario y no supo que responder.

—Veo que no —miró a la chica recostada—. Sabes Severus, Celeste es un excelente Sanador y no dudo en que, además de un cuerpo enfermo, es capas de reparar el alma más rota y herida.

—Si usted lo dice, profesor —expresó sin inmutarse.

—Bueno —se levantó Dumbledore con lentitud—, es obvio que ya nada tengo que hacer aquí.

Al marcharse el anciano, Snape tomó asiento en la cama contigua en la que la bruja se encontraba recostada. Reconocía que un gran alivio se había alojado en su corazón al comprender que se encontraba por fin fuera de peligro, pero una extraña sensación se había alojado en su interior, una que no podía identificar. Las palabras de Dumbledore aún tenían eco en sus oídos. No dudaba en ningún momento que aquella mujer tuviera la capacidad de sanar almas, pero la suya estaba demasiado rota para poder unirse de nuevo.

No se imaginaba una vida con ella al lado, jamás había meditado respecto a tener una vida en común con alguien a parte de Lily y formar al fin un hogar. Sabía que era sólo construir un castillo en las nubes, pues la marca tenebrosa de su brazo cada vez era más evidente. El señor Tenebroso se hacia cada vez más fuerte, pronto regresaría y él tenia que retornar a su lado, Celeste quedaría en medio. Lord Voldemort de seguro la deseaba para sus filas y él no podía permitir que ella ingresara en esa vida, en una vida solitaria y sin sentido, como la de él.

*"No puedo hacerlo",*pensó de inmediato. "Tengo que mantenerme al margen y dejar que ella siga su camino sin mi"

Cuando Celeste abrió los ojos vio a Severus durmiendo a su lado, aun se sentía confundida y el pecho le dolía cada vez que jalaba aire, pero no podía negar que el olor que llegaba hasta ella era el mismo que percibió aquella noche que había despertado en el Hospital de San Mungo.

—Severus… —murmuró y el mago abrió los ojos al sentir que ella posaba su mano sobre la de él—. Gracias…

—No hables —la interrumpió—. Debes descansar.

Celeste ya no volvió a abrir la boca, pero lo contempló con los ojos humedecidos. Ahora comprendía que Severus había sido la persona que Patrick vio todas las noches cuidándola en San Mungo. Él era la primera persona que había contemplado cuando creyó que no volvería despertar nunca más y ahora, una vez mas, la circunstancia se repetía.

—Eres muy tonta para ser de sangre pura —dijo Severus, con un rictus de acritud en los labios—. Sólo a ti se le ocurre confundir una poción sanadora con una mortal.

Ella sólo dejó escapar una sonrisa. No deseaba pelear, estaba agotada y los parpados le pesaban demasiado. De repente sintió que el sueño la invadía poco a poco y la arrastraba pacíficamente.

—Creí que te marcharías…

Fue lo último que alcanzo a escuchar Celeste, cuando Severus le brindo un pequeño apretón a su mano.